¿Qué te gusta leer?

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A menudo me he cruzado con una pregunta que no siempre he sido capaz de responder de una manera concreta: ¿Cuál es la literatura que me ha formado como escritor? o, dicho de otra manera, ¿qué es lo que me gusta leer?

Comprendo que este pregunta proviene de esa necesidad, tan humana, de etiquetar a las personas, de identificar sus orígenes. Recuerdo cuando era chico, que a veces acudía con mi mejor amigo a una piscina reservada exclusivamente para militares de un cierto rango, los niños con los que compartía el chapuzón lo primero que hacían al verme era preguntarme sobre el escalafón de mi padre, en función de mi respuesta se acercaban o no a jugar conmigo. Como mi padre no tenía escalafón militar los que se quedaban conmigo eran los que tenían menos prejuicios y eran más nobles, con lo que junto a decepción venía la recompensa.

De una manera similar, incluso a veces igual de cruel, muchos escritores miden el escalafón de sus colegas en función del número de libros publicados, del número de seguidores en las redes sociales, o de la calidad de las lecturas que atesoran. Siguiendo la máxima de Borges que estaba más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito.

Yo reconozco que no siempre he tenido el tino suficiente para responder a una pregunta tan simple.

Diría que mis lecturas, en este caso como las de cualquiera, han dependido de los momentos y de las situaciones, sin que apunte la obviedad de que todos los lectores tenemos un territorio en el que paseamos con mas agrado que en otros. La poesía, por poner un ejemplo, supuso para mí ese territorio inicial. En los albores de mi juventud, la mayoría de las lecturas estaban relacionadas con los versos, cuando leía prosa se trataba generalmente de biografías poéticas o de ensayos y estudios críticos que analizaban el mismo tema. No leía mucho más, y no por exceso de clasismo sino más bien por falta de interés. Ahora lo lamento.

Después pensé que había tantos clásicos por leer que no me resultaba útil acercarme a la última novedad si no estaba tamizada por la purga que supone el paso del tiempo. Sólo con los años relajé en parte esas expectativas hasta transformarme en un lector ocasional, acostumbrado a revolotear siempre por los mismos temas, como una mariposa en la farola.

Uno de esos temas es, precisamente, el paso del tiempo y la nostalgia asociada a lo que fue y no volverá, es una constante en mis lecturas, en mis escritos y en mi pensamiento.

La evocación de la niñez, no exactamente de la mía, sino de la niñez en general, ha dirigido una parte importante de mis lecturas y también, en gran medida, de mi propia escritura. La niñez como refugio, como terreno sobre el que experimentar el proceder de la vida adulta; tan enaltecida, tan omnipresente, tan decepcionante.

Y por último: la aventura, la necesidad de soñar una vida diferente a través de los libros, de admirar gestas de exploradores, de viajeros solitarios, de navegantes, de montañeros…

De la poesía, de la nostalgia, de la niñez y de la aventura, como motores de mis gustos literarios, hablaré en las siguientes entradas de este cajón de sastre.

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