Grecia

 

Desde hace muchos años el nombre de este país ha estado rondando por las habitaciones de mi casa. Mi hermana es una apasionada del mundo clásico desde bien pequeña y esa pasión, convertida ya en su profesión, ha ido poco a poco calando en todos los que la rodean. Viajar a Grecia a su lado se transformaba por tanto en algo casi místico, en algo que iba mucho más allá de un simple viaje.

Grecia es el origen de lo que somos. Conceptos que ahora tenemos asumidos, que son consustanciales a nuestra manera de ser, surgieron en Grecia. Pensemos que la evolución del ser humano se ha forjado casi siempre bajo la ley de la supervivencia de los más fuertes. El jefe de la tribu primigenia se fue transformando en rey, más adelante en emperador cuando no en un semidios capaz de controlar las crecidas de un río o la abundancia de las cosechas. Sin embargo, apenas finalizado el Neolítico, en términos históricos,  nos topamos con una pueblo que plantea una forma diferente de enfrentarse a lo que le rodea, y lo hace desde un punto de vista tan avanzado que no encuentra una equivalencia equiparable hasta muchos siglos después.

Que en un mundo como aquel, que venía de donde venía, alguien propusiera que las decisiones se tomasen por mayoría, que se idease y se pusiera en práctica tanto la democracia directa como la representativa, resulta sorprendente. Que se pusieran las bases de la filosofía, de la ciencia, de la literatura, del teatro, del deporte, que aún hoy se sigan celebrando olimpiadas, se sigan representando las tragedias griegas, se sigan estudiando en los institutos los textos de Platón o de Aristóteles, que se siga referenciando a Pitágoras o Arquímedes, rememorando sus esculturas, sus edificios, su lengua.

¿Quién puede poner en duda que en Grecia el ser humano alcanzó una periodo de esplendor del que todavía seguimos bebiendo?

La sensación de estar caminando por los lugares que pisaron esos antepasados nuestros, tan antiguos pero tan cercanos, os aseguro que provocó en mi una emoción difícil de explicar.

Es verdad que ahora Grecia es un país lleno de problemas: poco habitado en buena parte del territorio, con muy bajo tejido empresarial, con deudas casi impagables, una población con bajos salarios y mucha carga impositiva, con el problema añadido de la inmigración y la guerra rozando sus fronteras. Todo ello ha desembocado en la Grecia de hoy, desanimada y pobre.

El agua del pasado no mueve los molinos del presente, eso es cierto, pero tengo la convicción de que guardamos una deuda moral y ética con aquella Grecia antigua que nos observa desde la ruina, somos los nietos imperfectos que nacieron de aquella ensoñación. Cuando los bárbaros del norte decidieron que en el tablero económico era posible sacrificar a la ficha Griega debimos habernos revelado, debimos haber forjado un frente común todos los pueblos del mediterráneo y gritar que evolucionar de esa forma no era digno, que una Europa sin Grecia no era Europa.

¡Efjaristó Grecia!