La democratización del turismo

Resultado de imagen de turistas

 

Me encanta viajar, conocer nuevos países, nuevas culturas, observar otras costumbres, otros paisajes. Para ello cuento con una familia viajera, a la que no le da pereza coger la maleta e irse. Pienso en los lugares que he visitado junto a mis hijos y a mi mujer y me siento afortunado de haberlo vivido porque estoy convencido de que  viajar no sólo provoca felicidad sino que es además una excelente forma de culturizarse, de mezclarse con otros planteamientos, con otras formas de vivir, de valorar más lo tuyo o simplemente de intentar cambiarlo.

Tenemos una caravana con la hemos viajado por casi toda España y por muchos de los países limítrofes. Para aquellos destinos en los que la distancia es mayor, viajar en caravana resulta demasiado cansado y costoso, en esos casos es mejor moverse en avión y, ya en el país de destino, alquilar un coche o utilizar el transporte público. De esta forma hemos recorrido buena parte de Europa, pateando, que es una de las mejores maneras de conocer las ciudades.

Llevamos muchos años viajando, al principio con rudimentarios mapas y preguntando a los vecinos sobres las rutas a seguir, ahora con la ayuda inestimable de los navegadores y los teléfonos móviles que hacen difícil perderse y ofrecen a los usuarios decenas de opciones para  llegar a los sitios más escondidos.

Poco a poco, la tecnología se ha ido implantando en nuestras rutinas turísticas. Ahora es perfectamente posible organizar viajes complejos sin necesidad de utilizar una agencia de viajes. Desde casa podemos optar por elegir los alojamientos entre una gran variedad de opciones, podemos reservar billetes de tren o de avión que partan desde cualquier estación o aeropuerto europeo, sabemos cuáles son los restaurantes mejor valorados, las atracciones que vale la pena ver, el precio de los museos, el horario de apertura de los monumentos o la temperatura que habrá en determinada playa. Ese auténtico torrente de información, si se sabe utilizar, permite al viajero ser autosuficiente, facilitando el intercambio de información entre los visitantes, los consejos y advertencias, podríamos decir que la tecnología ha provocado una democratización del turismo.

Pero  también esto reporta una serie de inconvenientes que afectan directamente en la manera en que los viajeros hacemos turismo, con perversos efectos tanto en la población que debe convivir con los turistas, como en los propios viajeros que buscan encontrarse con algo que ya no existe, o que el exceso de visitas ha desvirtuado. La masificación es una de las consecuencias de esa democratización turística de la que formamos parte. Hay ciudades como Venecia o Praga (me refiero a sus zonas turísticas) que se han convertido en un auténtico parque temático de piedra, el turismo las ha invadido, pervirtiendo la esencia de sus calles, de sus restaurantes, de sus costumbres y de sus gentes. Se han convertido en ciudades sin alma, donde todo se reduce a millares de turistas caminando de un lugar a otro, como borregos,  sin entender nada, sonriendo a la cámara del teléfono móvil. No hay secretos en la ciudad que no hayan sido desvelados, ni palacio o catedral que no disponga de su oficina de entradas y en donde el objetivo no sea otro que el de pagar, visitar rápido por donde yo le digo y marcharse. Da igual que vayas a un viejo palacio abandonado, o a un campo de concentración visitable, la marabunta del turismo se extiende por todas partes como una mancha continua de aceite.

Hace poco he tenido la oportunidad de visitar lugares a los que hacía tiempo que no iba, donde antes podías respirarse el silencio, el respeto o la soledad ahora se ven colas de personas en sandalias, con pantalón corto, gorra deportiva y cámara al hombro, disparo a disparo, sin mirar más allá del visor de la cámara. De esa manera el lugar parece otro.

Es verdad. Como turista, yo también he pasado a formar parte de ese circo. Yo también acudo a esos mismos lugares, a los mismos restaurantes que se recomiendan, a los mismos hoteles, a las mismas atracciones en sandalia, cámara al hombro, disparo a disparo. Y, aunque trato de evitarlo, me temo que también me he convertido en un borrego más. Pero a veces, en medio de la manada, miro a mi alrededor y anhelo aquellos tiempos, no tan lejanos, en los que había menos tecnología, menos explotación, más respeto y en donde viajar tenía mucho más acentuado ese componente de aventura, de sorpresa, que provoca lo desconocido, lo desnudo o lo inesperado.

Como en tantas cosas de la vida, son las dos caras de una misma moneda, los pros y los contras de nuestra evolución como especie curiosa y gregaria. En tales circunstancias sólo queda adaptarnos y aprender a viajar de nuevo.