Etica y Tauromaquia

Cuando me acerqué a la literatura de principios del pasado siglo, me acerqué inevitablemente a la tauromaquia. Parecía como si la literatura y la tauromaquia estuvieran ancladas la una a la otra, como si aquellos toreros encerraran tras de sí a un poeta, o como si aquellas poetas no fueran sino toreros disfrazados. La épica de aquellos seres, ensalzados en poemas, que se enfrentaban a la muerte como estatuas palpitantes, inmóviles en medio del albero, agitando la muleta entre la nada y la media tonelada de músculo y hueso resoplante, causaban en mí una admiración parecida a la de los héroes legendarios.

Jamás me ha agradado la muerte de nada, por eso cuando tuve tiempo de ver con los ojos de adulto, aún con la mirada turbada por los versos, llegué a entender el arte del torero, la muleta templada delante de la cara del toro, el baile de las banderillas rondando la tragedia, la quietud y la soledad del torero en el centro de la plaza, pero también la desesperación y la humillación del toro anhelando salir de aquel escenario inhóspito y doloroso.

El pasmo de Triana, aquel Joselito al que no había toro capaz de matarle, Manolete, Sánchez Mejías, Paquirri, El yiyo con los ojos blancos, Esplá banderilleando, el Juncal de la ficción (y el búfalo)… forman parte de mis recuerdos de adolescencia.

Pero yo no soy taurino. Yo admiro la épica, el arte cuando es de verdad, pero no el maltrato, la muerte convertida en diversión, el sufrimiento transformado en aplausos. Tardé en llegar a esa conclusión, pero cuando lo comprendí entendí que debía ser consecuente en mis planteamientos. No, yo no soy taurino. Como hombre pienso que somos animales, pero que tenemos conciencia de muchas cosas que otros seres vivos no tienen, que nos debemos a unos valores, a una ética en la que no todo está permitido. Por eso no me gustan los toros, ni las vaquillas de los pueblos, ni los embolados, ni nada en donde no haya un trato justo, en donde no se respete al animal, sea cual sea, en donde se olvide que todo ser vivo ha de tener dignidad incluso en el momento de afrontar su muerte, aunque sea una muerte a manos del hombre.

Pero esos mismos principios me llevan a despreciar a aquellos que, en el otro extremo, se alegran cuando muere un torero, como sucedió hace unos días. Me resulta abominable que alguien pueda tener esos sentimientos, que en el fondo no esconden sino una mala interpretación de la venganza y, paradójicamente, un perfecto ejemplo de aquello a lo que critican.

Debemos defender la ética, que no es sino la aspiración a ser seres evolucionados. Desde ese punto de vista ninguna diversión, ninguna burla, ningún desprecio, debe surgir a costa de la muerte de nada ni de nadie.