La radio

En las últimas dos décadas hemos tenido la suerte de presenciar el nacimiento de un medio de comunicación revolucionario como ha sido internet. Estamos además siendo testigos directos de cómo la irrupción de esta plataforma ha ido transformando medios que parecían indisolubles a la imagen del hombre moderno, me estoy refiriendo por ejemplo a la prensa escrita. Días atrás, el director de uno de los periódicos más importantes de España, El País, mandaba una carta a sus trabajadores en donde les comunicaba lo evidente, la claudicación del papel ante el avance de los tiempos y la apuesta directa y sin ambages por lo digital. Ya son muy pocas las personas que compran periódicos de papel, el público actual exige la inmediatez, la necesidad de compartir la información, de comentarla, de que fluya de un lugar a otro. En los tiempos que corren un periódico de papel se queda viejo enseguida. En mi caso, que siempre he sido un enamorado del periodismo, sólo compro un periódico impreso cuando deseo resguardar algún ejemplar por el mero hecho de coleccionarlo, de atesorar momentos históricos en los márgenes del papel y la tinta

De esta revolución arrolladora que afecta, como ya he comentado en otras entradas anteriores, a la música, a la literatura, al cine… tampoco se salva la televisión, que ve como su posición de privilegio va siendo amenazada ante el avance de los medios alternativos de información de la web.

A pesar de todo, si hay un medio que ha sido capaz de permanecer, de aguantar el envite de los nuevos tiempos, que incluso se rejuvenece y vive, esa es la radio.

Yo me reconozco un radioyente de los de toda la vida. La radio acompañaba las comidas de mi casa cuando yo era pequeño, poco después, con apenas diez o doce años, era yo el que quedaba atrapado por las ondas de la radio deportiva. El hecho de que hoy realice esta entrada en mi blog tiene que ver precisamente con esa época, porque hoy me he enterado de la muerte de uno de mis ídolos infantiles: Gaspar Rosety, el locutor que acompañaba a José María García en las narraciones de los partidos del Real Madrid, de la selección española o de cualquier final de fútbol que se preciase. La radio tiene la particularidad de que el locutor parece que sólo te está hablando a ti, por momentos te hace sentir que eres el único destinatario de sus palabras. Siempre que he escuchado la radio lejos de mi casa, las sintonías, las voces de mis locutores me hacían sentir arropado, me daban la seguridad de que aquellas voces amigas seguían ahí, acompañándome, alejando la soledad y los miedos. Esta sensación que provoca la radio permanece inalterable con el paso de los años. Por eso la desaparición hoy de Gaspar Rosety para mí supone en cierto modo el adiós de alguien a quien no conocí pero que formó parte de mis recuerdos y por tanto lo asumo como una vivencia propia.

Pedro Pablo Parrado y sus goles, Hector del Mar narrando como el balón volaba como una palomita y acababa besando la malla, aquellos Tour de Francia vividos bajo la voz de Javier Ares, aquel Pepe Gutiérrez acompañando al pelotón, la voz particular de Andrés Montes narrando el último triple, o aquellos jóvenes de Gomaespuma en la SER, que no hablaban de deporte pero que los asocio invariablemente a aquellos años.

La radio deportiva fue pasando y poco a poco mi dial iba sintonizando otros canales. Repasar por la noche la actualidad con el desaparecido Carlos Llamas y su hora 25, las noches apasionantes de Miedo en RNE con Jose Antonio Valverde, los inicios de Milenio3 y aquel joven Iker Jiménez del que todavía soy devoto escuchante. Las noches posteriores con Manuel Antonio Rico, con Fermín Bocos, las mañanas con Antonio Herrero, con Iñaki Gabilondo, con Carlos Herrera, con Pepa Fernández los fines de semana…

La radio sigue siendo mi compañera al dormir y al despertarme, los Jazmines en el Ojal que hace ya más de veinte años radiaba Alberto Cortez durante las tardes de los sábados en la Ser marcaron buena parte de mis gustos musicales, literarios y casi diría que vitales. Creo que podría pasar perfectamente sin ver la televisión, sin leer periódicos, sin redes sociales, sin conectarme siquiera a internet, pero estoy seguro de que me sentiría infinitamente más solo si no existiera la radio.