¿Quién toca el Tambor?

En mi novela “Los viajes de Lucas Ventura” había un capítulo dedicado a la batalla de la Albuera, aquel terrible encuentro que enfrentó a los ejércitos franceses y polacos, con los ejércitos españoles, portugueses e ingleses. Entre los retratos que evocan aquellas batallas me llaman la atención la figura de los tamborileros, personajes que se encargaban de alentar a las tropas, de azuzar el sentimiento guerrero, de mantener la esperanza a golpe de redoble. Aún heridos, tan solo con el arma de su tambor,recorrían temerariamente el campo de batalla.

Aquella imagen dejó su eco en los tiempos actuales. Todavía la expresión “suenan los tambores”, se utiliza para indicar que se está alentando algo.

A lo largo del siglo XX los encargados de hacer sonar esos tambores eran, fundamentalmente, los políticos y la prensa. Pero ahora esos papeles, paulatinamente, se están empezando a desdibujar.

La prensa ha dejado de ser el principal motor de información para la gente, sobre todo entre los más jóvenes. La irrupción de las redes sociales, la facilidad y la inmediatez con la que internet pone a nuestra disposición noticias de todo tipo han provocado un cambio, irrevocable, en nuestra forma de entender el mundo.

Ya nadie duda que hay injerencias malintencionadas cuyo principal objetivo es desinformar, inculcar noticias falsas y desestabilizar compañías, regímenes y democracias.

Es algo muy grave, porque es grave todo lo que carece de control,y además la red ha terminado siendo un espejo despiadado de nuestro mundo con sus espléndidas virtudes y sus terribles bajezas, a distancia de un solo clic.

Antes, detrás de la firma de un editorial había una persona o un grupo de personas a quien podías identificar. Por eso, ya hablé en otra entrada de la importancia que tenía el papel del periodista, que se informa,que analiza, que discrimina lo falso de lo que no lo es. Detrás de una arenga estaba el arengador que daba la cara. Detrás del megáfono estaba el mitinero. Pero detrás de una noticia falsa, quién hay, qué busca, qué obtiene a cambio.

Un claro ejemplo de cómo fluye ahora la información ha pasado hace poco en las elecciones de Andalucía, con un partido nacionalista español como Vox, del que apenas se ha había dado pábulo en los medios de comunicación oficiales y que, sin embargo, ha logrado casi 400.000 votos. ¿Cómo llegó su mensaje a la gente? ¿De dónde salieron tantas personas que no sólo sabían de su existencia sino que llegaron a votarles?

No es algo nuevo, el mismo proceso sucedió hace unos años, con la eclosión de Podemos en el panorama político español.

Alguien tocó esos tambores y no fue la prensa tradicional.

Cada vez el poder de ese maremágnum que nos llega a través de las pantallas, como una pesadilla de Orwell, va a ir adquiriendo más importancia. Desde los asuntos más triviales o superficiales (recordad que se eligió a un representante para eurovisión como Rodolfo Chiquilicuatre, promovido por foros de comunicación muy activos como forocoches y similares) hasta lograr tambalearse democracias tan grandes como la de Brasil, o a candidatos tan potentes como Hillary Clinton.

A veces detrás de estas iniciativas existen personas cuyo interés no pasa más allá de hacer una gamberrada o tantear los límites de lo correcto, pero en otros casos los objetivos son mucho más oscuros y preocupantes, porque detrás de ellos existen países financiando grupos especializados en sembrar discordias, alentar falsedades o perseguir la desestabilización, el debilitamiento de los estados, sin importar las consecuencias.

Y cada vez nos resultará más difícil distinguir la verdad de la mentira, sospechar que alguien nos está dirigiendo malintencionadamente, a nosotros, que nos creemos tan libres y tan formados, detectar si no somos más que un leve eslabón manipulado, un borrego con ínfulas de sabiduría bailando al son que nos tocan.

No sé a vosotros, pero el día que vi a miles de personas corriendo por Central Park, en Nueva York, detrás de aquellos pokémons virtuales que aparecían en la pantalla de sus móviles, como si estuvieran persiguiendo gamusinos virtuales, sentí que era una metáfora perfecta de lo que nos espera.

Nubarrones

 

Cuando era más joven era un radical: anarquista (de los de salón, pero anarquista), republicano, apátrida, deseoso de que todo cambiara, absolutamente todo porque creía que si no cambiaba todo no cambiaba nada.

Mi madre me decía entonces que lo que me pasaba era normal, que el que no era así con veinte años es que no tenía corazón.

Retroalimentaba mis pensamientos leyendo a Nietzsche, a Kropotkin, buscando reseñas de Durruti y silbando por lo bajo a Victor jara o tarareando el «ay, Carmela» y «a las barricadas».

Pero la mayoría de aquellos pensamientos, buena parte de mis ideales de entonces, se han ido matizando con el tiempo, edificando sobre las ruinas de aquellas rebeldías nuevos edificios mucho más corrientes y normalizados. También me lo decía mi madre, si a los cuarenta y tantos seguía con esas ideas es que tenía un corazón más grande que mi cerebro.

Digo todo esto porque el día de hoy, en el que se celebran elecciones generales en mi país, me doy cuenta de que hace mucho que dejé de ser radical y me pasé al banco de los moderados, de los escépticos, de los que no creen en la palabra del primero que alza la voz puño en alto, de los desencantados, de los desilusionados. De haber tenido 25 años menos hoy para mí sería un apasionante día en donde la esperanza de una revolución en puertas, de un mundo en evidente cambio, me esperaba a la vuelta del recuento de votos.

Pero para mí no es más que una jornada de dudas, de indecisiones, de apatía, de temor incluso por un futuro que uno ve con pesimismo, en donde los cambios, aquellos que uno tanto anhelaba, no son ya sino nubarrones negros.

Las banderas venenosas

Yo no viví el franquismo, quiero decir que aunque nací cuando Franco aún vivía no tuve conciencia política de su existencia. Podría decir, sin miedo a resultar melifluo, que crecí en libertad, en una libertad que forjaron los que me precedieron y que le dieron sentido. Sólo el que no la tiene o el que ha luchado por ella sabe valorar lo que significa esa palabra, para otros muchos, parafraseando a Benedetti, libertad es tan solo una palabra aguda.

He viajado lo suficiente para saber que la sociedad en la que vivo, la que resultó de tanto años de dictadura, la sociedad española, aunque mejorable, es una sociedad en buena parte tolerante, solidaria, probablemente más justa que cualquier otra que nos ha precedido, y convergente en los valores de la nueva Europa. Podríamos decir que es un buen país para vivir. Sin embargo, y a pesar de todo, soy consciente de vivir en un país enfermo.

A lo largo de la historia contemporánea la mayor parte de las guerras han venido de la mano de dos conceptos que, en el fondo, están muy relacionados: los nacionalismos y la religión. Los nacionalismos prenden con enorme facilidad en el corazón de cualquier pueblo, los políticos lo saben y cuando quieren, con una periodicidad fatídica, azuzan la chispa adecuada y obtienen siempre el mismo resultado. Da igual que se falsifique la historia, que se minimicen unos sucesos y se magnifiquen otros, dan igual las mentiras, las medias verdades, las incongruencias, las contradicciones… el nacionalismo una vez azuzado no se apaga nunca.

Y yo durante la mayor parte de mi vida he visto cómo en nombre del nacionalismo se asesinaba a gente en mi país, por el mero hecho de no comulgar con la idea y ante el silencio cómplice de miles de personas que miraban hacia otro lado, he visto cómo se vivía con naturalidad el hecho de que los que sólo empleaban la palabra tuvieran que llevar escolta para evitar ser asesinados, he visto acusar de fascistas a los que, codo con codo, en silencio, se manifestaban en el lugar en que había muerto el último. He escuchado, decenas de veces, movidos por ese mismo aliento, acusar a mi región, Extremadura y otras tantas, de ser una tierra de vagos que sólo se levantan para ir al bar y esperar que les lluevan las subvenciones. He visto en infinidad de ocasiones cómo se alienta el odio, la discriminación, el separatismo o la fractura, cómo se incide en la diferencia por intenciones meramente económicas o políticas.   

Sí, mi país, España, padece la grave enfermedad del nacionalismo. Y los que como yo somos de izquierdas (ese término tan prostituido y venido a menos), los que creemos en una sociedad más igualitaria, con igualdad de derechos y deberes, de privilegios y prebendas, donde cada voto valga lo mismo y donde el protagonismo recaiga fundamentalmente en lo social, los que creemos que nuestra patria está en nuestros zapatos, en nuestra familia, pero que eso no nos impide ser conscientes de que empujando en la misma dirección nuestra sociedad avanzará, los que desconfiamos de la gente con banderas, de los que cantan o pitan himnos, los que formamos este extenso grupo de personas que son hijos de los que lucharon por la libertad, tenemos la responsabilidad de, cuando menos, no permanecer en silencio.

Hoy he terminado de leer un libro muy recomendable de escritor Stefan Zweig titulado “El mundo de ayer”, él era austríaco y nació en 1881, vivió en primera persona el alzamiento nacionalista que dio origen a la primera guerra mundial y más adelante sufrió el resurgir del nacionalsocialismo en Alemania. Cuando creyó que la II Guerra Mundial estaba perdida y que Hitler acabaría apoderándose de toda Europa se suicidó. En un párrafo del libro dejó escrito algo que, viniendo de quien venía y contando con la experiencia de lo que vivió, resulta esclarecedor:

 «Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea». Stefan Zweig