Recordando a Gloria Fuertes

El próximo mes de Julio se cumplen cien años desde que naciera mi amiga Gloria Fuertes. Ya murió, pero cada vez observo cómo se reivindica su figura de poeta de guardia por encima de aquella imagen, por otro lado entrañable para los de mi generación, de escritora infantil.

La recuerdo de pequeño, sentada con el pelo blanco, desgarbada, con corbata y chaqueta ancha, y su peculiar voz de cazallera fumadora, relatando las andanzas de la pata y el pato, del payaso y su nariz, o de la luna y su sombra. Para ella llegar a ese mundo era fácil porque siempre se sintió una niña envuelta en un cuerpo grande, en un cuerpo pesaroso, que la acompañó por los brumosas tierras de la soledad y la guerra.

Cuando yo tenía veintipocos años, me hice con una antología de su poesía de adultos, sus obras incompletas que publicó Cátedra, y ahí, en ese libro negro, se me reveló la otra Gloria, la que era capaz de entremezclar lo ingenuo y lo terrible, la que te levantaba una sonrisa para, a vuelta de verso, agarrarte por dentro como una soga.

Esa Gloria, la desconocida, la reivindico ahora como una muestra de escritora fiel a sus ideas, genuina, adelantada a su tiempo, casi siempre mal valorada por los popes de la cultura, que tardaron en tomarla en serio.

Porque Gloria no lo tuvo fácil. Debió ser complicado abrirse camino, sola en la sala, recién salida de una guerra, huérfana, flaca, con el verso en pecho, acostumbrada a ser un bicho raro, a montar en bicicleta con pantalones, a rondar el amor de la acera de enfrente, bebiendo hilo, sin el apoyo familiar, sin un núcleo claro de enseñanza que alentara sus inicios, sin una biblioteca detrás que le aportara sombra. Pero lo consiguió, con empuje, con el viento en contra, acabaron creyéndola los que ella quería que la creyeran y pronto la tuvieron en cuenta en los exclusivos círculos de la poesía de mediados del siglo XX, le dieron cobijo y la adoptaron como uno de los suyos personajes como Celaya, José Hierro o Antonio Gala.

Su poesía de adultos no es fácilmente encasillable, podríamos asociarle a la temática social, pero centrada en ella misma, lo que ve, lo que vive, lo interioriza y lo muestra con una mirada particular con sus versos irregulares, de fondo profundo, de forma simple. Su conocimiento de la guerra la convirtió en una beligerante pacifista, su vida bajo la dictadura franquista la convirtió en una mujer independiente y libertaria.

Siempre he pensado en ella cuando se pregunta si un poeta nace o se hace. Yo diría que los hay que nacen y los hay que se hacen. Personalmente no tengo dudas de que prefiero a los primeros, los que escriben así porque lo sienten, los que no buscan imitar al que está de moda, los que no tratan de enturbiar el agua de su mensaje, prefiero a los poetas claros, de corazón, los que están cerca del pueblo y escriben para él, porque la poesía es necesaria y no es propiedad de las élites culturales, prefiero a los que desahogan sus sentimientos libremente, sin camisas que los constriñan, libres. Poetas libres. Como Gloria.

Hay muchas páginas en internet con sus poemas. A modo de ejemplo os propongo estos tres.

El primero lo recuerdo a menudo, como un ejemplo magistralmente breve, de evocación poética:

Todo el color del mar subió a tus ojos

todo el agua del mar bajó a mi llanto

 

El segundo se titula Isla Ignorada. Podéis ver en él algunas de sus referencias biográficas clásicas.

 

Soy como esa isla que ignorada,

late acunada por árboles jugosos,

en el centro de un mar

que no me entiende,

rodeada de nada,

sola sólo.

Hay aves en mi isla relucientes,

y pintadas por ángeles pintores,

hay fieras que me miran dulcemente,

y venenosas flores.

Hay arroyos poetas

y voces interiores

de volcanes dormidos.

Quizá haya algún tesoro

muy dentro de mi entraña.

¡Quién sabe si yo tengo

diamante en mi montaña,

o tan sólo un pequeño

pedazo de carbón!

Los árboles del bosque de mi isla,

sois vosotros mis versos.

¡Qué bien sonáis a veces

si el gran músico viento

os toca cuando viene el mar que me rodea!

A esta isla que soy, si alguien llega,

que se encuentre con algo es mi deseo;

manantiales de versos encendidos

y cascadas de paz es lo que tengo.

Un nombre que me sube por el alma

y no quiere que llore mis secretos;

y soy tierra feliz que tengo el arte

de ser dichosa y pobre al mismo tiempo.

Para mí es un placer ser ignorada,

isla ignorada del océano eterno.

En el centro del mundo sin un libro

sé todo, porque vino un mensajero

y me dejó una cruz para la vida

para la muerte me dejó un misterio.

 

Y por último, una de sus autobiografías poética, que le dio pie al gran Juan Carlos Ortega a realizar un reportaje televisivo que os recomiendo y que podéis ver pulsando aquí.

 

Gloria Fuertes nació en Madrid
a los dos días de edad,
pues fue muy laborioso el parto de mi madre
que si se descuida muere por vivirme.
A los tres años ya sabía leer
y a los seis ya sabía mis labores.
Yo era buena y delgada,
alta y algo enferma.
A los nueve años me pilló un carro
y a los catorce me pilló la guerra;
A los quince se murió mi madre, se fue cuando más falta me hacía.
Aprendí a regatear en las tiendas
y a ir a los pueblos por zanahorias.
Por entonces empecé con los amores,
-no digo nombres-,
gracias a eso, pude sobrellevar
mi juventud de barrio.
Quise ir a la guerra, para pararla,
pero me detuvieron a mitad del camino.
Luego me salió una oficina,
donde trabajo como si fuera tonta,
-pero Dios y el botones saben que no lo soy-.
Escribo por las noches
y voy al campo mucho.
Todos los míos han muerto hace años
y estoy más sola que yo misma.
He publicado versos en todos los calendarios,
escribo en un periódico de niños,
y quiero comprarme a plazos una flor natural
como las que le dan a Pemán algunas veces.

No quiero que me incineren

Un árbol

Yo no quiero que me incineren.

No quiero que la última sensación que tenga mi cuerpo de este mundo sea al fuego.

No quiero que me queme nadie.

Yo quiero ser enterrado, cuando llegue mi hora, a la manera del hombre antiguo,

si es posible alejado de un nicho frío en donde la tierra no perciba mi olor.

Quiero que mi cuerpo descanse bajo tierra,

que las raíces se nutran de mi cuerpo,

que los árboles se coman mis recuerdos y mis sueños,

y sólo entonces,

los arrojen desde sus ramas al azul y al viento.

 

De mi diario a la poesía

Yo tenía un diario en el que escribía cada noche. Todavía lo conservo, es una libreta cuadriculada, de pasta azul y letra atolondrada. Me viene ahora a la memoria ese cuaderno, mientras escribo en mi bitácora, evolución desproporcionada de aquellas hojas adolescentes.

Mi diario no era un diario normal, no se limitaba a relatar mis experiencias, sino que las reescribía y reinventaba. Era un diario anovelado, mi personaje vivía en una isla solitaria y cada suceso que me acontecía diariamente, tenía su traducción en mi isla: aprobar tal asignatura era superar una montaña, un despecho amoroso era morir de hambre, una discusión una tormenta… con nadie hablaba, sus soliloquios eran mi filosofía.

Lo que más me sorprende de aquello, fue que cada vez mis anotaciones en el diario iban siendo más poéticas, sin yo pretenderlo. En mi adolescencia nunca leí poesía, más allá de las obligadas por mis profesores de literatura, casi siempre a destiempo, casi siempre de mala gana, tratando de encontrar en ellas las asonancias, la sílaba exacta, la rima perfecta, pero olvidando el mensaje. ¡Cuántas frustraciones literarias se han fomentados desde las aulas, obligando a leer libros inadecuados para la edad del lector!

Pero esa es otra discusión. Lo que quiero decir es que me encontré con la poesía, antes de que ella se encontrara conmigo. Recuerdo, como si fuera hoy, a uno de mis mejores amigos, tendríamos poco más de dieciocho años y estábamos sentados en una de las escaleras de la Plaza Mayor de Cáceres, todavía no se había instaurado el botellón como lugar de encuentro y borrachera, pero aquellas escaleras siempre han invitado a la conversación. En un momento de la charla él me miró y me dijo: “Tanto dolor se agolpa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”. Aquellos versos se adentraron en mí de tal forma que puedo decir, sin sonar a petulante, que ya nunca más volví a ser el mismo.

Al día siguiente me acerqué a la biblioteca y de la mano de Miguel Hernández aprendí a leer y a entender la poesía. Fue como la llave que me abrió un sendero al que yo tendía inconscientemente. Luego vinieron otros, Bécquer, Machado, Alberti, Lorca, Rosales, Cernuda, Neruda, Darío, Hierro, Ángel González… pasé a ser un lector casi compulsivo de versos. Juro que me palpitaba el corazón con fuerza cuando me acercaba a las secciones de poesía de la librería o la biblioteca, que aquellos libros fueron el soporte sentimental de mis tristezas, que sus autores forman desde entonces parte de mí y que siento que me acompañan cada vez que escribo un verso o redacto una nota.

El destino quiso que años después, al inaugurase la Sala Miguel Hernández del Complejo Cultural San Francisco, fuera invitado a dar una conferencia sobre la vida y obra de aquel poeta alicantino.

Tantas horas les dediqué, que cuando pienso en ellos lo hago como el que recuerda a un amigo, a un compañero del alma que todavía revolotea alrededor de las aladas almas de las rosas.

Pliegos poéticos

Durante dos años continué con mi poesía al hombro, limpiándola de los vicios que arrastraba en los inicios y tratando de acercarme a un concepto más puro, aunque no necesariamente más sincero. Un par de años después de publicar De la memoria anclada, de nuevo la Diputación de Cáceres realizó una serie de pliegos en la que se mezclaban la poesía y la pintura. En mi caso mi pliego poético iba en colaboración con el pintor Hilario Bravo.

Lo de la Rosa permanente me trae recuerdos de mi amigo Miguel Serrano, que murió poco tiempo después que vieran la luz estos poemas, aquellas Rosas él las cuidaba y trataba como nadie. Todavía me sorprendo al verme en esa foto con la pajarita. A veces mi hija dice que en ella me parezco mucho a una foto de García Lorca que guardamos en la librería. Precisamente de eso se trataba. Como curiosidad os mostraré además la versión que el cantautor Nando Juglar hacía de uno de los poemas que aparecían en este poemario, y que incluyó en su disco: Extremadura Música y Poesía. Puedes escuchar la canción si pulsas aquí.

 

De la memoria anclada

Comencé a escribir de adolescente, en aquella época no era un gran lector de novelas, mis lecturas se circunscribían casi exclusivamente a las historietas de Mortadelo y Filemón, la familia cebolleta, 13 Rue del Percebe y demás. Aquellos TBO’s creo que me forjaron un tipo de humor particular que todavía perdura en mí. De esa época recuerdo que comencé a escribir un diario personal en donde anotaba mis pequeñas aventuras, no era un diario muy al uso en cuanto que en él relataba las vivencias de una persona que, aún siendo yo, vivía una vida diferente a la que yo vivía. Las vivencias de este personaje venían determinadas por mis propias vivencias, pero pasándolas por el tamiz de la imaginación; un suspenso, por ejemplo, podía suponer que el individuo perdía las botas, una buena nota podría transformarse en la cumbre de un volcán; no sabía qué le sucedería después, ni si su camino sería bueno o malo, lo que sí compruebo mirándolo ahora desde la lejanía es que aquellos textos fueron poco a poco ganando en metáforas y, sin que yo fuera consciente de ello, fueron preparándome para lo que más tarde me atrapó con fuerza: la poesía.

En otro momento comentaré cuál fue la circunstancia que me llevó a encontrarme con la poesía deseada, es decir, con aquella que no me obligaban a leer en el instituto como si fuera una especie de condena. Pero aquel encuentro fue determinante para mí. Tampoco hablaré de la obsesión por leer a todos aquellos poetas que me gustaban entonces, las horas que les dediqué, la forma en la que me latía el corazón al llegar al rincón que la biblioteca de mi ciudad reserva a los versos. Pero sí diré que no tardaron en aparecer los versos en mis cuadernos, ni tampoco los primeros concursos literarios y las primeras felicitaciones.

Mi problema entonces consistía en encontrar a personas que tuvieran una “sensibilidad por la poesía”, perdonad que utilice una expresión tan cursi, es decir que si hablaba de esos asuntos no me miraran como un bicho raro, medio afeminado o pedante. Las encontré en mi ciudad. Asistiendo al homenaje que cada 6 de Enero se hace en Cáceres a Gabriel y Galán, conocí a una serie de poetas locales que me invitaron a participar en una tertulia que, por aquel entonces, se desarrollaba en el Colegio Mayor “Francisco de Sande”. Estas tertulias se celebraban todos los viernes por la noche y a ella acudíamos unas 15 personas de diferentes edades. Estábamos los más jóvenes, que éramos un grupo de unos cinco autores, y por otro lado estaban los veteranos con con sus libros a cuestas y de los que no podíamos hacer otra cosa que aprender.

A raíz de esa tertulia, no mucho tiempo más tarde, surgió mi primera publicación, tenía entonces apenas 23 años, el libro se titulaba “De la memoria Anclada”, con él se iniciaba una nueva colección poética que la Diputación de Cáceres denominó: “Poesía Pereros”. Este poemario que presenté en el Complejo San Francisco junto al entonces Presidente de la Diputación, ya fallecido, Manuel Veiga, tuvo el recorrido propio de un libro de poesía, es decir, escaso. Pero la Diputación de Cáceres apostó con fuerza sobre el grupo de poetas jóvenes al que pertenecía y, gracias a ello, tuve la suerte de participar en numerosos recitales poéticos por toda la provincia de Cáceres. De la mano de la Diputación, aparecíamos (yo y tres o cuatro poetas más) en los sitios más insospechados para leer nuestros versos y alegrar, o terminar de estropear, cualquier velada cultural. Quiero decir que servíamos tanto para un roto como para un descosido, si se entregaba un premio literario ahí estábamos nosotros, si se homenajeaba a un poeta local nosotros le respaldábamos, si eran las fiestas del pueblo, nuestros recitales eran el contrapunto adecuado para compensar el exceso de toros y borracheras. Debo confesar que lo pasábamos en grande y que mi mochila y la del resto de los poetas ambulantes: Kiko Carmona Camarero, Teresa Guzmán, Victor Parra… estaban repletas de anécdotas y vivencias de aquellos días.