Nubarrones

 

Cuando era más joven era un radical: anarquista (de los de salón, pero anarquista), republicano, apátrida, deseoso de que todo cambiara, absolutamente todo porque creía que si no cambiaba todo no cambiaba nada.

Mi madre me decía entonces que lo que me pasaba era normal, que el que no era así con veinte años es que no tenía corazón.

Retroalimentaba mis pensamientos leyendo a Nietzsche, a Kropotkin, buscando reseñas de Durruti y silbando por lo bajo a Victor jara o tarareando el «ay, Carmela» y «a las barricadas».

Pero la mayoría de aquellos pensamientos, buena parte de mis ideales de entonces, se han ido matizando con el tiempo, edificando sobre las ruinas de aquellas rebeldías nuevos edificios mucho más corrientes y normalizados. También me lo decía mi madre, si a los cuarenta y tantos seguía con esas ideas es que tenía un corazón más grande que mi cerebro.

Digo todo esto porque el día de hoy, en el que se celebran elecciones generales en mi país, me doy cuenta de que hace mucho que dejé de ser radical y me pasé al banco de los moderados, de los escépticos, de los que no creen en la palabra del primero que alza la voz puño en alto, de los desencantados, de los desilusionados. De haber tenido 25 años menos hoy para mí sería un apasionante día en donde la esperanza de una revolución en puertas, de un mundo en evidente cambio, me esperaba a la vuelta del recuento de votos.

Pero para mí no es más que una jornada de dudas, de indecisiones, de apatía, de temor incluso por un futuro que uno ve con pesimismo, en donde los cambios, aquellos que uno tanto anhelaba, no son ya sino nubarrones negros.