Las banderas venenosas

Yo no viví el franquismo, quiero decir que aunque nací cuando Franco aún vivía no tuve conciencia política de su existencia. Podría decir, sin miedo a resultar melifluo, que crecí en libertad, en una libertad que forjaron los que me precedieron y que le dieron sentido. Sólo el que no la tiene o el que ha luchado por ella sabe valorar lo que significa esa palabra, para otros muchos, parafraseando a Benedetti, libertad es tan solo una palabra aguda.

He viajado lo suficiente para saber que la sociedad en la que vivo, la que resultó de tanto años de dictadura, la sociedad española, aunque mejorable, es una sociedad en buena parte tolerante, solidaria, probablemente más justa que cualquier otra que nos ha precedido, y convergente en los valores de la nueva Europa. Podríamos decir que es un buen país para vivir. Sin embargo, y a pesar de todo, soy consciente de vivir en un país enfermo.

A lo largo de la historia contemporánea la mayor parte de las guerras han venido de la mano de dos conceptos que, en el fondo, están muy relacionados: los nacionalismos y la religión. Los nacionalismos prenden con enorme facilidad en el corazón de cualquier pueblo, los políticos lo saben y cuando quieren, con una periodicidad fatídica, azuzan la chispa adecuada y obtienen siempre el mismo resultado. Da igual que se falsifique la historia, que se minimicen unos sucesos y se magnifiquen otros, dan igual las mentiras, las medias verdades, las incongruencias, las contradicciones… el nacionalismo una vez azuzado no se apaga nunca.

Y yo durante la mayor parte de mi vida he visto cómo en nombre del nacionalismo se asesinaba a gente en mi país, por el mero hecho de no comulgar con la idea y ante el silencio cómplice de miles de personas que miraban hacia otro lado, he visto cómo se vivía con naturalidad el hecho de que los que sólo empleaban la palabra tuvieran que llevar escolta para evitar ser asesinados, he visto acusar de fascistas a los que, codo con codo, en silencio, se manifestaban en el lugar en que había muerto el último. He escuchado, decenas de veces, movidos por ese mismo aliento, acusar a mi región, Extremadura y otras tantas, de ser una tierra de vagos que sólo se levantan para ir al bar y esperar que les lluevan las subvenciones. He visto en infinidad de ocasiones cómo se alienta el odio, la discriminación, el separatismo o la fractura, cómo se incide en la diferencia por intenciones meramente económicas o políticas.   

Sí, mi país, España, padece la grave enfermedad del nacionalismo. Y los que como yo somos de izquierdas (ese término tan prostituido y venido a menos), los que creemos en una sociedad más igualitaria, con igualdad de derechos y deberes, de privilegios y prebendas, donde cada voto valga lo mismo y donde el protagonismo recaiga fundamentalmente en lo social, los que creemos que nuestra patria está en nuestros zapatos, en nuestra familia, pero que eso no nos impide ser conscientes de que empujando en la misma dirección nuestra sociedad avanzará, los que desconfiamos de la gente con banderas, de los que cantan o pitan himnos, los que formamos este extenso grupo de personas que son hijos de los que lucharon por la libertad, tenemos la responsabilidad de, cuando menos, no permanecer en silencio.

Hoy he terminado de leer un libro muy recomendable de escritor Stefan Zweig titulado “El mundo de ayer”, él era austríaco y nació en 1881, vivió en primera persona el alzamiento nacionalista que dio origen a la primera guerra mundial y más adelante sufrió el resurgir del nacionalsocialismo en Alemania. Cuando creyó que la II Guerra Mundial estaba perdida y que Hitler acabaría apoderándose de toda Europa se suicidó. En un párrafo del libro dejó escrito algo que, viniendo de quien venía y contando con la experiencia de lo que vivió, resulta esclarecedor:

 «Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea». Stefan Zweig