De jurado rememorando a Helénides

Gracias a mi amiga Rosa Lencero que me propuso y a la Directora de la Universidad Popular del Casar de Cáceres, Isabel Cáceres Galán, durante los últimos meses he tenido la oportunidad de participar como jurado en la XXV edición del Certamen Literario “Helénides de Salamina”, que rinde homenaje al profesor Ángel Rodríguez Campos, personaje casareño mítico, profesor, pedagogo, apasionado por el mundo clásico hasta el punto de que en ocasiones vestía túnica, a la manera de una toga romana, y que se hacía llamar Helénides de Salamina.

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Ayer 29 de Abril se entregaron los premios de este certamen en cuyo jurado, como digo, no sólo tuve la oportunidad de participar sino que además me cupo el honor de presidir.


Aprovecho la ocasión para comentar, para quien no lo sepa, o tenga curiosidad, cual es la labor del jurado en este tipo de certámenes.

Se habían presentado 230 obras, procedentes de diferentes localidades, no solo españolas. Ante tal número de obras es necesario realizar una preselección de las mismas, para ello se dividió la totalidad de relatos entre el número de miembros del jurado, de manera que cada uno eligiera de su bloque las tres mejores obras para someterlas, posteriormente, al criterio de la totalidad del jurado. Eran alrededor de 50 relatos por persona.

En la reunión definitiva cada uno aportó su valoración sobre las obras preseleccionadas, se debatió la calidad y demás aspectos literarios, y se realizó una votación. Sólo cuando se supo ya el título de las obras ganadoras se abrieron las plicas y se llamó a los afortunados.

Este año el primer premio recayó sobre el escritor burgalés, Jorge Saiz Mingo, con su obra Las Yemas Sucias. El segundo premio fue para la madrileña Rosa Mª Fabuel, con A lo largo y ancho del patio de la vida.

Como nota anecdótica diré que las tres obras que ocuparon los primeros puestos salieron precisamente del bloque de cuentos que me tocó preseleccionar.

Ayer se realizó la ceremonia de entrega. El pueblo del Casar de Cáceres es un pueblo pujante y que se sabe movilizar. Hace algunos años participé en la presentación del libro Soñar no cuesta nada, cuyo autor era el casareño Julián Andrada y que fue prologado por mí, en aquella ocasión recuerdo que la Casa de Cultura estaba a rebosar. Ayer, en el mismo lugar, también había mucha gente y eso para un acto eminentemente cultural, en los tiempos que corren, es todo un logro.

A ello estoy seguro que también contribuyó el hecho de que los textos premiados se teatralizaran por la actriz extremeña Coco. Un verdadero hallazgo, todo un reto para ella, y una excelente idea para los organizadores, a quienes felicito desde aquí públicamente.

En suma, todo un placer.

 

Patria de Fernando Aramburu

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Uno de los placeres que más disfruto actualmente consiste en caminar en solitario mientras escucho algún programa de radio por Internet. Entre mis favoritos siempre están los documentos de RNE, por su calidad, por su capacidad de transportarte a cualquier personaje o hecho histórico con la subjetividad que aporta las recreaciones y las voces que aterrizan directamente en tus oídos, casi sin intermediarios. Otro de mis clásicos son los programas de Iker Jiménez, del que hablaré más detenidamente en otro momento, y que me ha proporcionado en muchas ocasiones marchas inolvidables amarrado como una araña a la tela del misterio. Por hoy voy a hablar de un libro del que escuché multitud de elogios precisamente mientras caminaba por la noche, solitario, ascendiendo al Santuario de la Virgen de la Montaña de mi ciudad. La novela en cuestión tenía el título de Patria, estaba escrita por alguien que para mí no era sino un desconocido, Fernando Aramburu. Todos los que hablaban de él comentaban que se trataba de la novela del año.

Sin que yo lo pidiera, lo recibí en mi cumpleaños como regalo, un tomo grueso, con el número 888 en el lomo, de la editorial Tusquets. Tardé en empezar a leerlo.

La realidad del País Vasco la conozco bien. Nací en 1970 con lo que durante buena parte de mi vida los asesinatos de la banda terrorista fueron el día a día de mis telediarios. Ni aún en mis momentos de mayor rebeldía simpaticé con esos movimientos, siempre he sido contrario a todas las banderas, siempre tuve claro que nacer en uno u otro lugar no te hacer mejor que nadie, que en todas partes hay buena y mala gente, que el color de la piel, el Rh sanguíneo, la pureza de mis apellidos o cualquier otro argumento racista no puede significar discriminar a nadie y mucho menos asesinarlo. Matar a alguien por pensar distinto a ti tiene un nombre, igual de despreciable si el que ataca es un nazi o alguien de extrema izquierda, en el fondo es lo mismo, puro fascismo.

Es injusto generalizar, pero creo que nadie puede negar que una parte de la sociedad vasca amparó las muertes con su silencio, ignorando y despreciando a las víctimas, viviendo en una equidistancia cruel, cuando no tomando partido directamente por los asesinos, en muchas ocasiones amparados por las propias instituciones y, más vergonzoso aún, por la propia Iglesia Vasca. De eso habla este libro.

El Txato es un empresario vasco, al que le toca la china de tener que hacer frente al “impuesto revolucionario”, eufemismo con el que disfrazar la palabra chantaje. Cumple hasta donde puede, cuando no puede más la diana se coloca sobre él, hasta que lo matan.

Para el autor el asesinato del Txato es la excusa con la retratar a dos familias (ambas igual de vascas y euskaldunes), la del asesinado, de la que forman parte el Txato, su mujer Bittori y sus hijos Nerea y Xavier, y por otro la de los otros (antiguos y viejos amigos), Joxian y Miren, con sus hijos Joxe Mari, Arantxa y Gorka, realmente de ellos el colaborador estrictamente sería  Joxe Mari, que ingresa en ETA, y tal vez Miren, la madre, que atesora en su seno la rosa negra del odio.

El autor plantea la novela desde diferentes puntos de vistas (De hecho el asesinato del Txato es narrado desde el punto de vista de cada uno de los personajes, es decir, es narrado en nueve ocasiones), con un acertado estilo basado en capítulos cortos, diálogos rápidos y continuos viajes en el tiempo. No ahorra descripciones, desde la soledad del Txato cuando se ve señalado y despreciado por sus compañeros, a la visión de Joxe Mari, que entra en la banda para hacer frente al deber de liberarla y acaba en cierto modo arrepentido en la cárcel tras sentir que todo su sacrificio, que su media vida perdida en prisión había sido un completo y estúpido error.

En todos esos puntos de vista no se escatiman detalles, la radicalización de Miren, la madre del etarra, la precauciones y el miedo del Txato,  el desamparo de la hija del asesinado, los movimientos de Joxe Mari en la organización, las torturas a las que le someten, las charlas en el cementerio con la tumba del asesinado, los viajes de la familia a ver al preso disperso en una cárcel lejana, el sufrimiento de ambas familias desde dos puntos de vista (aunque unos velan a un muerto y los otros a un preso, que es algo bastante diferente), y un final en el que Bittori, la esposa del txato, y Miren, la madre de Joxe Mari, luchadoras, sufridoras y antiguas amigas, se cruzan en un final magnífico y simple. Creo que el final es todo un acierto, es verdad que probablemente el lector espera con ansia el desenlace de la historia, el ajuste de cuentas entre las dos mujeres, hasta que se da cuenta que el final no puede ser otro que el que figura en el libro.

Yo pienso que es un libro valiente y necesario para no olvidar lo que pasó, para reflexionar sobre las consecuencias que conlleva alimentar la radicalidad, alimentar el odio, para entender que sólo el diálogo y la democracia deberían ser suficientes para defender cualquier idea, para asimilar que matar a quien no piensa como tú elimina cualquier atisbo de razón que pudieras tener.

Decir que es la mejor novela de los últimos tiempos es decir demasiado, pero sí que es una rara excepción en la que se aborda un tema tan complejo y delicado como el del terrorismo vasco, desde el conocimiento exhaustivo de lo que pasó. Eso sí, la forma de abordarlo, de plantearlo y de resolverlo, a mí me ha parecido espléndida.

El deseo de aventuras

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Comienzo autocitándome y reafirmándome en la cita:

Algunos piensan que lo que más me gustaría sería poder vivir de lo que escribo, pero en realidad desconocen mis aspiraciones: yo querría ser el capitán de un barco abandonado y atravesar el Cabo de Hornos rodeado de rayos y centellas, aullando desde el mástil más alto y con mi capa negra desafiando al viento.”

Uno de los primeros libros que de verdad me atraparon fue “Miguel Strogoff” de Julio Verne. Recuerdo haberlo leído con 13 o 14 años y aún hoy no se me borra la impresión que me causó el pasaje en el que el Correo del Zar avanzaba por la nieve mientras era perseguido por los lobos. Aquellos libros, con sus ilustraciones, reflejaban mejor que cualquier película el drama y el terror, ésa es la fuerza de la palabra, cuando se describía el miedo, las palabras, una a una, iban azuzando la imaginación y generando el miedo. No siempre una imagen vale más que mil palabras. Algo similar me pasaba con una vieja edición de las Leyendas de Bécquer, las ilustraciones que acompañaban al Miserere o al Monte de la Ánimas permanecen inmutables en mi recuerdo y tienen aún la huella de mis manos sosteniendo el papel bajo las mantas de mi cama.

Pero no quiero irme por las ramas, porque hoy mi deseo es hablar de algo que me apasiona: la aventura.

Yo soy un aventurero. Por encima de otras cualidades me siento un aventurero. Si me dieran a elegir entre asistir a una reunión de escritores o a una reunión de aventureros, me decantaría por esta última sin ninguna duda. Frente a la capacidad de expresar en palabras una determinada vivencia, yo elijo vivirla.

A veces pienso en la suerte que tenemos de estar vivos, de tener a nuestra disposición un planeta entero que recorrer, y la contradicción que supone tener ese anhelo y, sin embargo, dedicar buena parte de la vida a estar encerrado entre cuatro paredes. Pero así es como se ha organizado el sistema, hasta este punto nos ha llevado la evolución, asumimos esta invisible condena como un mal menor, con la naturalidad de un esclavo agradecido.

Aquellos que se atrevieron, que sucumbieron a la llamada de lo salvaje, pudieron decir que apuraron la vida.

El sentido que actualmente se le da a la aventura, despojado de matices bélicos y expansionistas, es un sentimiento relativamente reciente, surge del romanticismo, en pleno siglo XVIII, entre aquellos tipos que pasaron a replantearse la forma de relacionarse con todo lo que les rodeaba. Esa revolución que podemos asociar a la nueva mirada del hombre romántico afectó al arte, a la arquitectura, a la literatura, pero también a su relación con la naturaleza. Habría que remontarse, una vez más, a la Grecia Clásica para encontrar un planteamiento similar.

Reflejar aquí aquí los nombres de los escritores que se abrazaron a esa nueva mirada, a vuela pluma, provocará injusticias que debo achacar a mi memoria. Me vienen a la cabeza: Lord Byron, Espronceda, Exupéry, Stevenson, Salgari, Defoe, Baroja o Julio Verne, a quienes rindo homenaje desde aquí.

Pero de entre las aventuras, siempre me llamaron la atención la de los exploradores, la de los que llegaban al lugar por primera vez, ya fuera un Orellana recorriendo el Amazonas, un Marco Polo avanzando hacia el oeste, o un Shackleton navegando hacia la Antártida. O como la de aquellos que lanzaron su mirada hacia las montañas más altas de la tierra. En este último capítulo, en el de la literatura de montaña, me considero, humildemente, un pequeño experto y de hecho una parte de la novela que estoy escribiendo a salto de mata, surge precisamente, bajo la ventisca de una gran montaña.

Entre mis ídolos montañeros, de quienes he leído todo aquello que he podido localizar, están el Duque de los Abruzos, que se adentró en el Karakorum y trató de escalar probablemente la montaña más difícil de todas: el K2. La mítica y terrible escalada de Mallory e Irvine al Everest, la ascensión primera de Hillary y Norgay, las cumbres en solitario de Reinhold Messner, la elegancia de Walter Bonatti, el pundonor del polaco Jerzy Kukutzca o, acercándonos más a nuestra tierra, la figura de Sebastián Álvaro como gran divulgador de estos temas a través del recordado y mítico Al Filo de lo Imposible.

Cuántas horas de mi vida he dedicado a imaginarme escalando aquellas cumbres, ojeando mapas, analizando rutas de escalada, perfiles de roca que serpenteaban hacia el azul oscuro del cielo, cuántas veces me he evadido de la realidad a lomos de una moto imaginaria recorriendo las rutas polvorientas que se adentran por el Himalaya, o atravesando los Andes emulando al Che.

Es lo bueno de la imaginación, que no pone límites.

En resumidas cuentas, que ando mucho pero no soy andariego, que subo montañas pero no soy alpinista, que tengo moto pero no soy motero, que escribo pero mi vida no gira alrededor de la literatura, en realidad todos estos elementos no son sino escusas de las que me valgo para dominar mi espíritu inquieto, por lo que si os cruzáis conmigo por la calle, aunque me veáis anodino, sabed que detrás de mi fachada de hombre corriente se esconde el anhelo imperecedero de la aventura.

Mirlo Blanco, Cisne Negro – Juan Manuel de Prada

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Aprovechando mi cajón de sastre retomo hoy una vieja costumbre, la de hacer un comentario sobre los libros que voy leyendo (y que merecen la pena comentar). Y retomo esta costumbre haciendo uso de esos deseos de cambio que uno siempre se propone al iniciar un año.

El primer libro del que voy a hablar fue un regalo por mi cumpleaños: Mirlo Blanco, Cisne Negro, de Juan Manuel de Prada.

Parto del hecho de que para mí Juan Manuel de Prada tiene la mejor prosa de mi generación. Sólo es un año mayor que yo. Cuando era aficionado a las revistas y suplementos literarios, su nombre aparecía como el gran descubrimiento, como aquel que venía a tomar el relevo de los grandes tótems de la lengua castellana. Era el nuevo Umbral, el nuevo Cela. Un escritor de provincias que llegó a Madrid a conquistarlo, y lo conquistó. La primera referencia que recuerdo de él vino de un libro medio erótico que se publicó de forma poco ortodoxa y que el boca a boca fue relanzándolo como una honda de papel clandestino. El título no dejaba dudas: Coños. Aquel autor que se atrevía en un libro a describir metafóricamente el coño de variopintas mujeres (la trapecista, la viuda, la momia, la desconocida, la siberiana…) mostraba al mundo no sólo su insolencia, sino un manejo del idioma, innato, que estaba al alcance sólo de los elegidos. Detrás de aquel libro se encontraba la figura, ya entonces algo rechoncha, de un muchacho criado entre las ubres del castellano antiguo que se masca en Zamora y Salamanca.

No le perdí la pista. Sus entrevistas eran atrevidas y sus opiniones fundadas, parecía como si Gómez de la Serna de repente hubiera renacido en la figura de aquel escritor provinciano.

Más adelante leí Las Máscaras del Héroe y caí rendido de admiración (y una cierta envidia) ante él. Ese libro me marcó desde las primeras letras (aquella carta inenarrable), desde entonces figura en mi hornacina literaria como un jarrón excelso, y cada día más gordo todo hay que decirlo. Por supuesto que no fui sólo yo el que se rindió ante el fondo y la forma que atesoraba el volumen, recuerdo loas superlativas de Ansón, de Umbral, de Pérez Reverte, de Pere Gimferrer. Pocas veces la crítica literaria se mostró más unánime.

Siempre he creído que el Premio Planeta que le concedieron poco tiempo después (y que nunca he leído) se lo concedieron en realidad por Las Máscaras del Héroe y no por La Tempestad.

Como era lógico no tardó en tener columna propia en el ABC, ni en aparecer en tertulias televisadas donde sus adjetivos, su memoria enciclopédica y su pachorra formaban una mezcolanza que resultaba poco atractiva al público general, más acostumbrada al verduleo y la cachimba. Pronto su figura se hizo polémica, las opiniones hacia él giraban entre quienes le consideraban un facha insufrible y los que afeaban su figura oronda y algo patética que no daba bien en cámara.

Cuántas veces he leído en internet críticas salvajes contra él. Y cuántas veces he estado tentado de salir en su defensa esgrimiendo aquello de: vosotros no sabéis de quién estáis hablado.

Hace unos años tuve la oportunidad de conocerlo con motivo de la presentación en Cáceres de Desgarrados y Excéntricos, y de estrecharle la mano, e incluso de que me firmara un texto que debe andar perdido entre los volúmenes de mi librería. A estas alturas no os sorprenderá si os digo que soy una especie de fanboy de Juan Manuel de Prada aunque sé que con esto me gano una buena ración de desprecios para muchos, y un rinconcito en el altar de los patéticos para otros.

Dicho lo cual os voy a hablar del último libro que he leído de él: Mirlo Blanco, Cisne Negro. Y lo hago para deciros, a pesar de tanto pasteleo previo, que no me ha gustado.

Mira que la historia prometía: “Su obra más sincera y personal… una sátira despiadada del mundo editorial que acaba convirtiéndose en un drama desgarrador sobre la vocación literaria… una confesión a tumba abierta del autor… sus personajes más complejos y poderosos, sus diálogos más deslumbrantes y literatura a raudales en cada una de sus páginas...” Menos lobos, caperucita, le diría yo al encargado de escribir la contraportada.

Me encanta la literatura que habla de literatura, los escritores que hablan de escritores, las obras literarias que hablan de cómo se escriben. Pero esta novela, aunque tiene ese trasfondo, me resultó simplona como una sopa de letras (empezando por la propia portada).

Habla de un joven escritor, Alejandro Ballesteros, que llega a Madrid con una obra que ha sido un pequeño éxito (y que se titula precisamente “Un debut prodigioso”), esta obra le permite acceder a buena parte de las fiestas literarias que se organizan en la corte. Saraos en donde se juntan desde los escritores nocilleros, hasta las viejas glorias deseosas de que los primeros les rindan pleitesía. Entre estas viejas glorias destaca la presencia de Octavio Saldaña (y de su mujer Nieves, todo hay que decirlo), un escritor talentoso y polémico que no tarda en captar la atención del protagonista y con el que se produce un deslumbramiento compartido, bidireccional, si se me permite el término. El escritor maduro es un experto en vampirizar a aquellos que se acercan a él atraídos por su desbordante luminosidad y, como una planta venenosa, una vez que el insecto está perfectamente embobado contemplando al ídolo, se alimenta de sus obras. El personaje de Octavio Saldaña está muy bien dibujado, es un personaje excéntrico, excesivo, extraordinario (con ramalazos que te recuerdan a determinados autores fallecidos, o incluso al mismo Juan Manuel de Prada con dos vueltas de tuerca más), mientras que Alejandro Ballesteros (y su novieta Paloma), se deja embaucar por los cantos de sirena y por su poca fe en si mismo, resultando a la postre un personaje demasiado candoroso, con demasiada poca mala baba, con una presencia algo meliflua.

Al poco de comenzar la trama ya me di cuenta que el nivel de la historia que se pretendía contar era bajo. El lenguaje utilizado por algunos personajes no estaba a la altura de lo que podíamos esperar. Porque del autor yo siempre espero ese verso fino, agudo, culto, esa manera de manejar el castellano como una bola de plastilina, amoldando el sustantivo exacto, el adjetivo necesario, la oración precisa. Es verdad que a ratos esa escritura aparecía de forma perezosa en el texto, pero de manera escasa, sobre todo en la primera parte del libro. Yo le quería oír hablar de literatura, y lo hacía, hablaba de literatura, pero a pinceladas, como en píldoras exiguas, que sabían a poco. La envoltura de esas píldoras resultaba reiterativa y como de andar por casa. Creo que a esta novela le ha faltado el tono adecuado, le han sobrado zapatillas y le han faltado tacones. Y eso que los últimos capítulos, el desenlace de la historia, los leí con cierta curiosidad, incluso con la premura que da querer saber el destino de cada personaje, resultando un final medio feliz medio esperado que se produce como colofón de un quiero y no puedo algo desalentador.

En definitiva, casi diría que he disfrutado más escuchando las entrevistas que ha realizado Juan Manuel de Prada en la promoción de Mirlo Blanco, Cisne Negro, que leyendo en realidad el libro.

La poesía

Sintetizar la belleza, algo así como mirar alrededor o al interior de uno mismo y escribir hasta que lo que digas sea capaz de arañar o acariciar tu espíritu.

Escribir con un nudo en la garganta, con un nudo en la pluma que se destensa en cada verso.

Ya he contado en alguna ocasión la manera en la que me acerqué a la poesía. No lo repetiré. Pero sí dejaré marcado el sendero que seguí, porque, aunque ya no lo recorro, está allí, atrás en mi vida, como una fiesta que pasó y me dejó marcado, como una  reunión inolvidable con escritores que me aguardan aún, como amigos fieles.

No hablo de los primeros libros que tuve que leer por obligación, hablo de los primeros libros que leí por decisión propia. Hablo de aquellos versos que había que leer despacio, paladeando las palabras como frutas de ceniza y fuego.

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Mi primer amigo se llamaba Miguel Hernández, lo había conocido a través de la voz de Serrat y de Alberto Cortez, sus versos me eran cercanos porque yo ya los cantaba antes siquiera de haberlos leídos. Compañero del alma, aún en la distancia de los años. No tardé en encargar su antología, ni en leer referencias suyas, biografías, epistolarios, todo. Hasta el punto de que el destino me reservó una sorpresa. Cuando, en 1995, yo ya había publicado mis primeros versos, me ofrecieron la oportunidad de hablar de Miguel Hernández con motivo de la inauguración de una sala que lleva su nombre en el Complejo San Francisco, de Cáceres. En aquella charla, que yo nunca he querido denominar conferencia, imaginaba cómo sería aquel Miguel que en la guerra civil animaba a los soldados extremeños a unirse a la república. Quería describir cómo se encontraría aquel poeta del pueblo, que desayunaba pena con pena y pena, aquel joven que era perito en lunas, desengañado de la fama, alto de mirar a las palmeras. De aquel soldado hablaba yo, del mismo que llegaba del frente, oliendo a pólvora y polvo y se topaba con las fiestas literarias que se organizaban en el Madrid de retaguardia, aquel soldado cuya presencia producía alergia a Lorca, aquel soldado con cara de patata tan amigo de Aleixandre y de Neruda, que murió en la soledad de una fría celda, retratado por Buero Vallejo, mientras su mujer amamantaba con sangre de cebolla a su hijo.

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Mi amigo Alberti, era más pícaro. Todavía me pregunto cómo es posible que me enseñara a amar el mar, siendo yo de tierra adentro. ¿Por qué me trajiste padre a la ciudad?, ¿por qué me desenterraste del mar? La voz de Alberti, esa voz tan peculiar que se dejaba ir, inconfundible, a veces acompañando a Paco Ibañez, a veces rasgando su silencio de exilio, su acento gaditano salpimentado de italiano y argentino. Su amistad conmigo no duró tanto, pero fue intensa. Aquella arboleda perdida, aquella niña Aitana y aquella María Teresa León que falleció, lejos de él, perdida en los laberintos de su mente. El día en que Alberti murió yo estaba en Madrid y me paseé por la calle donde se encuentra la Real Academia de la Lengua. Aparcado en la puerta se hallaba un flamante coche marrón propiedad de Camilo José Cela y en el asiento trasero descansaba un retrato de Alberti dibujado al Óleo y dedicado al escritor gallego. En un descuido acaricié el cuadro y tal vez fue lo más cerca que estuve de su presencia. A veces mi padre se deja el pelo largo y a mi me gusta, su melena blanca me recuerda a la del viejo Alberti, recitando A galopar, desde el balcón de la bahía como un Marinero en tierra.

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Después me enredé en el mal de amores y me dejé llevar por mi amigo Gustavo Adolfo Bécquer. El romántico sevillano, tan prontamente muerto, tan agudo, tan melancólico y triste. Me sentía tan cercano a él que me imaginaba paseando a su lado por Sevilla, confiándonos las penas de amor, aventurándome a su vera por los montes de Soria buscando El Miserere, atisbando a lo lejos el Monte de las ánimas, o navegando por el Tajo tras un Rayo de luna. No hay poeta que se acerque más a mi espíritu, en el fondo melancólico y triste, como él.

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A Antonio Machado siempre le traté de usted. Al viejo maestro le conocía ya sobradamente por las canciones de Cortez y de Serrat. Siempre acudía a él en busca de consejo, era como uno de esos hombres que han vivido mucho, que atesoran, lo que mi madre llamaba: mundología. Machado me huele a chopos, a otoño, a Campos de Castilla, a cartas de amor escritas a pluma sobre una mesa camilla, con el retrato de Guiomar sobre la mesa. Las veces que me topé con los Alvargonzález en la Laguna Negra de Soria, o lo que disfrutaba de la charla, siempre ingeniosa, del bueno de Juan de Mairena.

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Lorca era otra cosa, Lorca era una revolución. Era el alma de las fiestas. Lorca cantaba, tocaba el piano, actuaba, recitaba versos, se disfrazaba, no cabía el aburrimiento a su lado. Pero a veces se paraba y observaba lo que le rodaba con su alma de pájaro. No siempre lo que veía era hermoso, pero aún lo triste se tamizaba en sus versos, extraía lo oscuro de su Andalucía y lo plasmaba como una mariposa blanca en los teatros del mundo. Detrás de su imagen diamantina se escondían claroscuros como barrancos. Qué triste muerte la suya, ni los Rosales pudieron rescatarle del salvajismo, de la incultura y de la barbarie. Me imagino que de las balas que partieron su corazón en dos mitades, surgieron rosas rojas. Tuve la suerte de visitar su casa en Fuentevaqueros y su museo granadino en la Huerta de San Vicente, en ambos casos, perdón por la reiteración, me parecía estar visitando la casa de un familiar. Sus Sonetos del amor oscuro, para mí siempre tendrán la voz de Amancio Prada, y también pienso que de alguna forma parte de su espíritu se reencarnó en la figura inmensa de su paisano Carlos Cano.

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Confieso que también frecuenté a Neruda. Primero a través de las canciones de Alberto Cortez, siempre mi deuda hacia él,  de las canciones de Manuel Picón, de las canciones de Alfredo Zitarrosa. Algunos de sus poemas forman parte de mis libros de cabecera. Su casa de las flores en Madrid, desde donde en la Guerra Civil veía correr la sangre por las calles, me sigue llamando cada vez que paso por la capital. Aquel poeta y cónsul fue capaz de salvar la vida a muchos españoles durante la guerra y, sin embargo, como prueba de la contradicción del ser humano, también fue capaz de relegar al olvido el cuidado de una hija minusválida. Me lo imagino con cierta dosis de remordimiento, allá en su Chile natal, acariciando una caracola en su Isla Negra, mientras la tempestad golpea los acantilados.

También me recuerdo en Sevilla, en el Parque de María Luisa, releyendo con el alma encogida junto al Gurugú, La noche oscura del alma de San Juan de la Cruz; o al gran Garcilaso, ¡Qué gran caballero era!; o a Antonio Gala con quién me carteé en su momento, recitando apasionadamente las coplas de Jorge Manrique; o a José Bergamín, justo antes de convertirse en fantasma; a Luis Rosales, que jamás se equivocó en nada, sino en lo que él más quería; al argentino Almafuerte, que alzó a su amada en sus estrofas hasta rozar los astros y acabó, como venganza de poeta, dejándola abandonada en el espacio; a Gabriel y Galán, apoyado en el alféizar de su casa de Guijo de Granadilla; a Oliverio Girondo y su vaca; a Claudio Rodríguez y su Don de la Ebriedad; a José Hierro, con su voz dura y valiente; a Gabriel Celaya, escribiendo sobre su mesa de pobre, pero inmensamente digno, tomando partido hasta mancharse; a Álvarez Lencero, de quien diserté una tarde en el Parador de Guadalupe; a Ángel González, para mí el más grande de los más recientes; a Luis García Montero, casi como último eslabón de esa amalgama de grandes poetas, al que un día pude darle la mano en persona sólo para comprobar si su mano estaba caliente, palpitante de metáforas…

Todos estos poetas que aquí resumo a vuelapluma y otros muchos a los que sólo picoteé, habitan desde entonces en mi mente y así los siento. Cuando aprobé mi oposición de funcionario, uno de los exámenes consistía en un examen oral que a la postre determinó para mi bien el resultado final. Mientras caminaba hacia la prueba no quería mirar atrás, pero sentía que a mis espaldas iban todos ellos, empujándome, provocando remolinos a mi paso, deseándome suerte como lo hacen los amigos.

¿Qué te gusta leer?

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A menudo me he cruzado con una pregunta que no siempre he sido capaz de responder de una manera concreta: ¿Cuál es la literatura que me ha formado como escritor? o, dicho de otra manera, ¿qué es lo que me gusta leer?

Comprendo que este pregunta proviene de esa necesidad, tan humana, de etiquetar a las personas, de identificar sus orígenes. Recuerdo cuando era chico, que a veces acudía con mi mejor amigo a una piscina reservada exclusivamente para militares de un cierto rango, los niños con los que compartía el chapuzón lo primero que hacían al verme era preguntarme sobre el escalafón de mi padre, en función de mi respuesta se acercaban o no a jugar conmigo. Como mi padre no tenía escalafón militar los que se quedaban conmigo eran los que tenían menos prejuicios y eran más nobles, con lo que junto a decepción venía la recompensa.

De una manera similar, incluso a veces igual de cruel, muchos escritores miden el escalafón de sus colegas en función del número de libros publicados, del número de seguidores en las redes sociales, o de la calidad de las lecturas que atesoran. Siguiendo la máxima de Borges que estaba más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito.

Yo reconozco que no siempre he tenido el tino suficiente para responder a una pregunta tan simple.

Diría que mis lecturas, en este caso como las de cualquiera, han dependido de los momentos y de las situaciones, sin que apunte la obviedad de que todos los lectores tenemos un territorio en el que paseamos con mas agrado que en otros. La poesía, por poner un ejemplo, supuso para mí ese territorio inicial. En los albores de mi juventud, la mayoría de las lecturas estaban relacionadas con los versos, cuando leía prosa se trataba generalmente de biografías poéticas o de ensayos y estudios críticos que analizaban el mismo tema. No leía mucho más, y no por exceso de clasismo sino más bien por falta de interés. Ahora lo lamento.

Después pensé que había tantos clásicos por leer que no me resultaba útil acercarme a la última novedad si no estaba tamizada por la purga que supone el paso del tiempo. Sólo con los años relajé en parte esas expectativas hasta transformarme en un lector ocasional, acostumbrado a revolotear siempre por los mismos temas, como una mariposa en la farola.

Uno de esos temas es, precisamente, el paso del tiempo y la nostalgia asociada a lo que fue y no volverá, es una constante en mis lecturas, en mis escritos y en mi pensamiento.

La evocación de la niñez, no exactamente de la mía, sino de la niñez en general, ha dirigido una parte importante de mis lecturas y también, en gran medida, de mi propia escritura. La niñez como refugio, como terreno sobre el que experimentar el proceder de la vida adulta; tan enaltecida, tan omnipresente, tan decepcionante.

Y por último: la aventura, la necesidad de soñar una vida diferente a través de los libros, de admirar gestas de exploradores, de viajeros solitarios, de navegantes, de montañeros…

De la poesía, de la nostalgia, de la niñez y de la aventura, como motores de mis gustos literarios, hablaré en las siguientes entradas de este cajón de sastre.