La Nostalgia

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Hace pocos días mi mujer y yo organizamos una escapada romántica a la ciudad de Sevilla. Resultó magnífica. A punto de regresar comimos unas tapas en un bar cercano a la Torre del oro. Mientras mi mujer acudía al baño y yo pedía la cuenta, no pude dejar de mirar a una familia con dos niños pequeños, el mayor de ellos apenas tendrías 5 o seis años, la pequeña seguramente tres. Aquel niño, rubio, dicharachero, de mirada viva y sonrisa fácil, me recordaba enormemente a mi hijo cuando tenía su edad, ahora con 16 años está más cerca de la juventud que de la adolescencia. En un momento mi mente se llenó de recuerdos, aquellos padres que compartían las risas de sus hijos, que aguantaban los juegos interminables de palabras, las traviesas miradas de la pequeña, los enfados momentáneos reconvertidos en sonrisas segundos después… Aquellos padres, pensaba, eran nuestra viva imagen tan solo diez años antes. Sólo diez años. Un suspiro, sin embargo un socabón de tiempo, sobra decirlo, imposible de traspasar.

Sentía deseos de explicarles a aquellos padres que esos momentos que ellos estaban viviendo acabarían pasando como un destello de felicidad en su vida. Pero no dije nada, sabía que, una vez más, me estaba dejando llevar por la nostalgia.

Digo una vez más porque yo conozco bien a la nostalgia, es una vieja amiga que me acompaña como un perro fiel.

No soy de las personas que olvidan con facilidad. A mí me gustar atesorar recuerdos y recrearme en ellos. En cierto modo soy consciente de que probablemente mi presente actual acabará formando parte de mis nostalgias futuras, soy consciente de que el camino ha de concluir inevitablemente en el olvido que seremos. Y a pesar de conocer el desenlace, qué difícil resulta variar la senda. Casi podríamos decir que la nostalgia, vista de esta forma, no es más que un sentimiento inútil, algo que no nos lleva a nada, sino a la tristeza. Comentaba Víctor Hugo que la nostalgia es la felicidad de estar triste.

Visto desde otra perspectiva, podemos matizar el sentimiento de tristeza en otra cosa. Yo soy consciente de que le doy una utilidad a la nostalgia a través de la escritura. Buena parte de lo que he escrito ha sido bajo el aroma de los viejos recuerdos, de las viejas sensaciones, de los viejos olores, de los viejos lugares. Me siento un habitante más de la saudade. Por eso no huyo de la nostalgia, no la eludo, ni me alejo cuando viene a verme, ni me disgusta su presencia. A veces incluso tengo la oscura tentación de ir a su encuentro.

De ahí que buena parte de mis horas de lectura se hayan alimentados de tipos nostálgicos, de historias que hablaban de otro tiempo, incluso de un tiempo que en realidad nunca existió salvo en la mente tamizada o sugestionada por la nostalgia: Delibes, Baroja, Landero, Bécquer, Byron, Irving, García Márquez, Manuel Rivas, Cela…

 

Aprendí, me enseñaron los que pasan
que siempre pasan, pasarán los días,
aunque a veces parezca que no pasan.

Supe además que a bordo de mis días
pasaré yo también con los que pasan,
ceniza en la ceniza de los días.

Nicolás Guillén