¿Y si lo gratis es en realidad caro?

Con esta cuarta entrada finalizo una serie de reflexiones sobre la creación, los derechos de autor y la piratería que, como modesto escritor, me siento en la obligación de hacer.

Hace unos años tuve la oportunidad de presenciar un debate sobre software libre en mi ciudad, en este debate participaba el escritor Lorenzo Silva. Curiosamente la mesa redonda la conformaban personas que, salvo el escritor, eran partidarios del todo gratis, como una especie de socialismo cultural e informático en la que todo debía ser compartido por todos y además sin recibir nada a cambio. De hecho, uno de los asistentes lo expresó con claridad: “usted recibió gratuitamente de la sociedad la formación que le posibilitó ser escritor, es normal que ahora usted devuelva a la sociedad el fruto de esa formación, que en su caso es en forma de libros y de novelas, y que no pida nada a cambio.”

Como suele suceder en este tipo de actos, los predicamentos más radicales son los que arrastraban los aplausos y los vítores, por el contrario los argumentos, en mi opinión, más apegados a la realidad que lanzaba Lorenzo Silva, eran recibidos con silbidos de reprobación, cuando no con insultos bajo cuerda. El escritor era el aguafiestas, el señorito aprovechado, el fascista que trataba de mantener su privilegiada situación a costa del sufrido pueblo. Al acabar el debate resultaba curioso verle conversar con los demás contertulios como tratando de pedirles perdón por mantener una opinión tan “antidemocrática”.

La realidad en mi opinión es muy distinta. Lo gratis no siempre es barato. Permítanme ahora que les hable desde mi faceta como informático. En mi trabajo, las pocas veces que hemos tenido que recurrir al software libre para aplicaciones(más allá de los programas ofimáticos) nos hemos encontrado con repositorios desfasados, no muy fiables y en los que te encuentras bastante vendido si pretendes hacer alguna simple variación. Al final, probablemente acabes obligado a contratar una empresa para que gestione ese programa, lo adapte a tus necesidades y finalice cobrándote más de lo que costaría un programa licenciado. Pero claro, es más moderno, menos retrógrado, plantear que, desde la existencia del software libre, ya no es necesario adquirir programas porque, si algo no se adapta a tus necesidades, varías el código que para eso se trata de fuentes abiertas, el código que alguien en algún lugar tecleó generosamente para que tú te aproveches y lo modifiques a tu antojo. Yo les aseguro que en la práctica el concepto de fuentes abiertas es tan difuso como pretender que alguien te entregue las piezas sueltas de un coche y creer que a partir de ellas tú vas a ser capaz de fabricarlo.

Un mundo utópico que esconde realidades oscuras, caras b de las que nadie habla, damnificados que permanecen ocultos bajo la alfombra del progreso.

Esta supuesta democratización de la cultura lleva aparejado el que cualquier pueda acceder a una gran cantidad de información sin pasar por caja, pero también conlleva el cierre de negocios, de industrias, de profesiones que quedan fuera de este circuito, de creadores desmotivados, de círculos que se cierran cada vez más. Sin embargo hay quien ha sabido aprovecharse de todo ello, paralelamente, casi sin que nos diéramos cuenta

Porque es cierto que la cantidad de dinero que yo, como consumidor, empleo en la compra de discos y libros ha menguado mucho en los últimos años, pero eso no quiere decir que acceder a esos contenidos me haya resultado gratis. Todos los meses tengo que hacer frente al pago de un recibo que sólo hace quince años resultaría poco menos que incomprensible: mi factura de fibra o de ADSL. Las compañías telefónicas son, tal vez, una de las grandes beneficiadas de este cambio de paradigma. Hemos dejado de consumir cultura para consumir bytes y pagar por las redes que transportan la información. Soy de la opinión de que el canon digital que apareció hace unos años como una tasa que todos los usuarios debían pagar al comprar cualquier soporte digital, debería ser exigido a las multinacionales de telecomunicación.

¿Supondría este canon la solución al problema? Por supuesto que no, probablemente acabaría siendo un fracaso porque las empresas telefónicas terminarían aplicando dicha tasa al usuario, y en el mejor de los casos el dinero recaudado nunca podría llegar a aquella librería que cerró, o a aquel grupo musical que abandonó cansados de que nadie escuchara su maqueta, o de aquel escritor que lo dejó porque no había editorial que apostara por él.

Es todo demasiado complejo, tal vez la solución venga con los años, quizás todavía sea pronto, puede ser que en el futuro se encuentre la manera de hacer compatible la creación y el pirateo, es más, entiendo que deberá ser así porque de otra forma estoy seguro que acabaremos lamentando las consecuencias de abusar de lo que supuestamente sale gratis.

¿Desde cuándo no compro un disco?

Continuando con la reflexión sobre los derechos de autor que escribí en mi anterior entrada, hoy estoy tratando de hacer memoria sobre la última vez que me compré un disco. Y no consigo recordarlo.

¿Cómo es posible? me pregunto, la música siempre ha estado en mi cabeza, forma parte consustancial de mi manera de ser, las canciones han sido imprescindibles en mi vida, me han consolado, emocionado, alentado o empujado en infinidad de ocasiones, diría que mi cabeza está llena de canciones y sin embargo sigo sin recordar mi última adquisición.

Sí que recuerdo la primera, tendría unos 9 años. Y lo recuerdo bien porque fue en uno de los primeros viajes que hice con mis padres (las vacaciones en familia no eran algo habitual en aquellos años), hicimos un recorrido por Cádiz hasta llegar a Gibraltar, cruzamos en barco hasta Ceuta y regresamos. Guardo limpio en mi memoria como una postal amarillenta el lugar en donde compré aquel casete, era del grupo ABBA, y se trataba de una compilación de sus canciones cantadas en español que todavía escucho con placer. No sé lo que me costaría, pero estoy seguro de que mucho atendiendo a la capacidad de compra que yo podía tener en aquella época, y recuerdo también que mi padre cuando Agnetha comenzaba a entonar las primeras estrofas de Gracias por la música, me miró como diciéndome qué es lo que has comprado y me riñó por, según él, haber desperdiciado mi dinero.

En aquel entonces, en mi barrio, en mi entorno, sólo se compraban casetes, en mi casa no hubo tocadiscos hasta que no tuve 16 o 17 años, a lo más que habíamos llegado era a poseer un radiocasete de doble pletina, toda una novedad. Con ese aparato yo era capaz de recopilar la música que había en mi casa, o la que me dejaban mis amigos, y me hacía mis propias grabaciones, mis propios discos que escuchaba una y otra vez hasta agotarlos, hasta extraer de ellos todo lo que alcanzaba mi entendimiento. De aquellas cintas siempre estuve muy orgulloso. Cuando conocí a mi mujer la atiborré de ellas hasta el punto de que sus amigas se referían a mí en los comienzos como “El chico de las cintas”.

Mis gustos musicales fueron cambiando, también el formato, pero mi entrega hacia la música permaneció inalterable, adherida como una segunda piel a mi espíritu.

En Cáceres ya había descubierto el placer de ojear discos en la tienda Harpo que estaba en la calle Rosso de Luna, verdadero icono de la música de mi ciudad en esos años y que acabó cerrando y transformándose en otras tiendas, profanando el aroma de modernidad que siempre para mi tuvo ese local.

Claro que Harpo era pequeña y no podía abarcar las apetencias musicales de toda una ciudad y la única forma que teníamos entonces de hacernos con determinados discos pasaba por otros circuitos como por ejemplo la revista Discoplay, a la que estaba suscrito, y cuyas hojas estaban repletas de referencias a grupos que yo posteriormente utilizaba para decorar mi carpeta del instituto.

Es lo que tenía vivir en provincias, todavía no sabíamos nada de lo que hoy conocemos por globalización. Mi abuela y mi tía vivían por entonces en Madrid y todos los años acudía al menos en un par de ocasiones hasta sus casas. Cuando ya tuve edad suficiente, los viajes los hacía solo, en trenes que tardaban varias horas en recorrer los 300 kilómetros escasos que separan Cáceres del barrio de Villaverde. Ya en Madrid, me las apañaba para perderme por sus calles y desentrañar por mi cuenta algunos de sus secretos. Parada obligatoria eran las tiendas de discos que se dispersaban por Antón Martín, o por Malasaña. Pero había dos que sin duda acaparaban la mayoría de mis deseos: Madrid Rock, en la Gran Vía y Discos La Metralleta, en las traseras del Corte Inglés de Preciados. Me podía pasar las horas muertas manoseando aquellos vinilos, cuidando muy mucho en cuál de ellos iba a emplear mis escasos ahorros, aspirando su aroma, leyendo las contraportadas, desplegando los libretos como si fueran tesoros. Por aquellos años sustituyeron Galerías Preciados por el enorme FNAC que todavía funciona, y también he pasado en esa tienda muchas de mis horas. De hecho todavía no hay ocasión que pasé por allí y no acabe entrando, como un imán del que no puedo alejarme.

Echando la vista atrás me parece casi imposible que Harpo desaperiera de Cáceres, y que hace ya diez años sucediera lo mismo con el mítico Madrid Rock, o que la FNAC dedique actualmente apenas media planta a vender discos, o que en mi ciudad, más allá del hipermercado de turno, no exista un solo local donde vendan música…

Y también me parece mentira que a día de hoy, sentado delante de mi ordenador, ni siquiera sea capaz de recordar la última vez que compré un disco.

Parábola del panadero y los derechos de autor

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Por Antonio González Prado

Había una vez un panadero que no conocía otro oficio sino el de hacer el pan con sus manos. Se levantaba temprano y elaboraba la masa según tradición heredada de los que ya lo hicieron antes.

Una vez elaborado el pan diario, nuestro hombre se dirigía hasta una caseta en donde él mismo se encargaba de venderlo a sus vecinos. Las ventas no eran demasiado abundantes pero sí suficientes como para poder vivir de su oficio. Un buen día, de esto no hace demasiado tiempo, el panadero empezó a notar que sus ventas iban poco a poco mermando, que cada vez le costaba más obtener un jornal digno, que, por más que se esforzaba en hacer lo mejor posible su pan, al final del día su caja se encontraba más exigua. Y cuando llegaba la noche el panadero pasaba largas horas tratando de desentrañar la causa de su desgracia.

-El pan se consume – se decía a sí mismo. De hecho, al atardecer, apenas quedan ejemplares en la baldas. Pero… ¿y el dinero?

Angustiado pidió consejo a los que quisieron escucharle. Cada uno le decía una cosa: hay otras panaderías mejores; la gente ya no consume pan como antes; tal vez el precio que pones es demasiado caro. Pero la realidad era otra. Alguien había descubierto una forma oculta de introducirse en la caseta de los panes y el panadero era incapaz de detectarlo. Se accedía por un callejón trasero, apenas transitado, desde ahí se introducía la mano por un agujero cálido y se accedía a los panes sin dificultad y sin pagar ninguna moneda a cambio.

Este proceder se fue poco a poco extendiendo entre los vecinos. Algunos, al enterarse, ponían mala cara pero otros muchos al despuntar la mañana se acercaban hasta la caseta del panadero y se abastecían, sin ser vistos, de los panes recién hechos.

Curiosamente, algunos de ellos, cuando se cruzaban con el panadero y observaban su pesadumbre, le aconsejaban bajar un poco más el precio para que sus ventas volvieran a ser como antes. Desconcertado, el panadero así lo hizo una y otra vez, hasta dejarlo en la mitad de su precio original. Durante unos días parecía que las ventas se recuperaban, pero era una sensación pasajera. Pronto los vecinos volvieron a adentrarse por el callejón oscuro y a adueñarse de los panes recién hechos.

La mayoría ya no tenían inconvenientes en alardear de sus robos en la plaza del pueblo y, con el desprendimiento de lo obtenido sin esfuerzo, arrojaban grandes trozos a las palomas o a los peces del río que bajaban bajo el puente, corriente abajo.

El panadero los observaba con curiosidad desde su tienda. Extrañado y molesto al ver con qué poco respeto se trataban aquellos panes, aquellos tiernos panes que, sin embargo, él no había despachado.

Los mismos hombres que maltrataban el fruto de su trabajo le comentaban que su problema seguía siendo el precio de los panes. Son demasiado caros, le decían. Y el panadero bajaba de nuevo los precios aunque el efecto siempre era mismo, durante un par de días parecía que las ventas se recuperaban pero era un espejismo. Un día, desesperado, decidió regalar el pan. Puso un cartel grande en su caseta. Hoy, pan gratis. Muchos fueron los que, sorprendidos por el anuncio, se acercaron al panadero con curiosidad para obtener su pan. Pero, curiosamente, otros muchos volvieron al callejón oscuro e introdujeron su mano por la tibia oquedad adueñándose del pan clandestino. Sin reparar ya en la medida, se llevaban mucho más cantidad de la que necesitaban, y se lo arrojaban unos a otros, y jugaban con él, y si se caía no tenían interés alguno en recogerlo. Y el panadero escuchaba sus risas al otro lado, desconcertado y agotado, sin llegar a comprender en su medida la causa final de su desgracia.