Rosa Terrosa

Tras una larga travesía en el desierto, en donde colaboré en el Periódico Extremadura, haciendo un artículo de opinión semanal, en el Diario Hoy, publicando esporádicas reseñas de actos culturas, y en revistas como la Revista Alcántara en donde tenía una sección particular, la literatura volvió a pasar a mi lado en forma de cuentos infantiles. Rosa Terrosa es un libro al que le tengo especial cariño, no seré yo el que hable de sus bondades, pero es verdad que tenía algo que enganchaba fácilmente a los más pequeños.

Ya sé que también ayudaron las ilustraciones de María Polán, pero el suceso fue que el libro fue pasando de boca en boca, y llegó a oídos de colegios distantes y de lectores distintos. Algunos de esos colegios, impulsados por ese boca a boca, me invitaron a acudir a sus aulas para hablar con los alumnos del proceso de creación y todo lo que conlleva. Cuando recitábamos poesía desde el atril, a menudo éramos conscientes de que el auditorio no se estaba enterando de nada, la poesía no siempre está diseñada para ser recitada en alto, ni está hecha para todos los oídos, sin embargo un auditorio de niños es otra cosa, ahí la imaginación fluye libre, si no les gustas se aburren y te lo dicen, y si eres capaz de conectar con ellos, tienes el triunfo asegurado. Eso fue lo que me pasó en uno de los colegios a los que fui invitado tras publicar Rosa Terrosa, se trata del Colegio Manuel Pacheco de Badajoz . Antes de acudir, su directora, Maribel Rodríguez, me puso en guardia respecto a las peculiares condiciones que rodean a ese colegio: está situado en un barrio marginal, con un alto porcentaje de delincuencia, mucho abandono escolar y escasa concienciación cultural en las familias. La primera vez que fui pensé que la profesora se había excedido en sus precauciones, a la luz del día el barrio de “Suerte de Saavedra” no deja de ser un barrio más o menos normal, sin embargo nada más entrar en el colegio, otra profesora me relató un tiroteo que se había producido en las puertas del colegio la tarde anterior, con lo que entré en las aulas…, como lo diría… un poco acongojado.

Un niño es un niño, aquí y en Tombuctú, da igual que sea gitano, o payo, si le cuentas un cuento y le gusta, sus ojos se abren y su curiosidad se espolea. Algunos, los más duros, tardaron más en caer en mis garras, los otros, los más predispuestos, no se soltaban de mi pantalón. Llegué a casa exhausto, porque lo que yo imaginaba como una charla de una hora a un grupo de escolares, se había transformado en un diálogo personal con cada uno de los cursos del colegio. Cuando regresé, traía un buen cargamento de dibujos y de marcapáginas que realizaron aquellos chicos, y que yo guardé adecuadamente en mi cofre del tesoro.A las pocas semanas recibí una nueva llamada de la directora del colegio. En este caso el asunto era distinto. Maribel me proponía una idea: ¿Por qué no utilizaba a Rosa Terrosa, con quien los chicos estaban familiarizados, para que, a través de ella, les mostrase diversos aspectos geográficos y culturales de nuestra región? Ellos podrían localizar leyendas o recetas de cocina y mandármelas por correo, mientras yo las hilaba y construía con ellas una historia. Se estaba gestando mi próxima novela: “Los viajes de Lucas Ventura”