Lucas Ventura y el descubrimiento de América

La morada de los dioses

Uno de los hechos más controvertidos y explotados de la historia extremeña, tiene que ver con el papel de los llamados conquistadores o descubridores de América. De entrada el término conquistar no es uno de mis favoritos, y menos si se emplea como sinónimo de sometimiento. Cuando me refiero a la llegada de los europeos a América, prefiero incidir en el encuentro entre dos culturas que ya existían, entre dos civilizaciones paralelas que se cruzan y se conocen, a menudo de manera traumática. Y por eso tampoco me gusta hablar de descubridores, porque para que algo se pueda descubrir tiene que haber estado oculto y América era desconocida para los europeos, pero no estaba oculta.

Yo más bien me imaginé a aquellos hombres como una mezcla de aventureros desesperados y temerarios, que buscaban la manera de escapar de la pobreza. Tenía en mi mente el poema de Borges:

Cabrera y Carvajal fueron mis nombres.
He apurado la copa hasta las heces.
He muerto y he vivido muchas veces.
Yo soy el Arquetipo. Ellos, los hombres.
De la Cruz y de España fui el errante
Soldado. Por las nunca holladas tierras
De un continente infiel encendí guerras.
En el duro Brasil fui el bandeirante.
Ni Cristo ni mi Rey ni el oro rojo
Fueron el acicate del arrojo
Que puso miedo en la pagana gente.
De mis trabajos fue razón la hermosa
Espada y la contienda procelosa.
No importa lo demás. Yo fui valiente.
Y aquel “Yo fue valiente” era el reverso de cada estatua, de cada imagen que veía de ellos.
No deja de ser sorprendente que de una región como la extremeña, porcentualmente no muy poblada, surgieran esa gran cantidad de personas que capitanearon aquellas empresas, algunos historiadores hablan de 30.000 el número de los extremeños que “emigraron” a América. Imaginemos lo que debía suponer para ellos, habituados al paisaje y al clima de Extremadura, que nunca había visto el mar y apenas se sostenían en el agua, embarcarse en semejante travesía (que duraba entre uno y dos meses) y abordar una tierra a menudo inhóspita y salvaje. Creo que, en ese sentido, tuvieron la fortuna histórica de protagonizar unos hechos que serían irrepetibles en el tiempo.
Otra reflexión que me hacía durante el proceso de documentación, tenía que ver con las riquezas que aquellos hombres, los que sobrevivieron, reportaron a la corona castellana. Un inmenso patrimonio que a menudo sirvió para financiar guerras y vasallajes y del que Extremadura obtuvo escaso rédito. No se conquistó en nombre de Extremadura, sino de Castilla, algo que era lógico, pero que daría para más de un argumento de reivindicación de lo que se ha llamado “deuda histórica” si alguna vez los extremeños quisiéramos reivindicar algo.
También sé que para muchos historiadores el concepto de Extremadura como entidad geográfica claramente delimitada, no surge hasta mediados del siglo XVII, cuando se crea jurídicamente el nombre de la provincia de Extremadura, hasta ese momento, formalmente se trata de una extensión de los reinos de Castilla y de León. Pero también es cierto que, con anterioridad, existen muchas referencias históricas al territorio de Extremadura como una zona limítrofe y fronteriza diferenciada, a camino entre los reinos de Castilla, León y la provincia de Andalucía. Es famosa la distribución que realiza en 1548 el historiador Pedro de Medina, en su “Libro de las grandezas y cosas memorables de España” en donde hace referencia a la Provincia de Extremadura como una realidad geográfica bien definida. Si deseas conocer algo más sobre las regiones históricas y su articulación política en la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media, puedes leer el siguiente estudio realizado por Miguel Ángel Ladero Quesada, pulsando aquí.
Cuando me planteé hablar de este periodo de tiempo, tenía claro que el lugar a donde Lucas debía acudir no podía ser otro que Trujillo. Trujillo, la milenaria ciudad encrucijada de caminos, la Turgalium romana, la Taryala árabe, la Truxiello medieval. Trujillo fue ciudad mucho antes que Cáceres, elevada sobre sus riscos graníticos su inconfundible perfil, en el que destacan las murallas y la alcazaba árabe, se alza al visitante que recorre las carreteras que lo circulan, como un imán que atrae la vista y la imaginación.
Ese es el perfil que Lucas divisa a duras penas, entretenido en su particular batalla con la lluvia y el viento. La morada de donde surgían buena parte de aquellos dioses que confundían la mente de los indios.
En mi relato quería mostrar tres visiones distintas de la “conquista de América”. En primer lugar la del aventurero que, seguro de si mismo, no duda en embarcarse hacia lo desconocido. Alonso Pacheco figura en una relación documental de personas que se alistaron en Trujillo con destino a Nueva España. Yo le puse rostro y figura a esa breve reseña y lo imaginé acudiendo a caballo desde Almendralejo, buscando cambiar su suerte, con la euforia del que presiente que la llegada de la fortuna se acerca, del que se deja embaucar por los relatos fantasiosos de maravillas, mujeres hermosas y riquezas sin fin. Aquellos hombres que abandonaban sus monturas y encaminaban sus pasos hacia la Casa de Alistamiento (probablemente en el actual Palacio de Juan Pizarro de Orellana, regentado ahora por la Congregación Hijas de la Virgen de los Dolores), debieron encontrarse con una ciudad efervescente, en plena expansión, en la que algunas de las familias favorecidas por la plata americana, elevaban sus palacios majestuosos en los alrededores de la Plaza Mayor. Todo ello empujaría aún más el espíritu de aquellos jóvenes, anhelantes de un futuro que se les negaba si se quedaban en Extremadura.
Pero Lucas también se topa con una segunda visión: la del aventurero que ha regresado de América y que va cargado de recuerdos, como una pesada maleta en la que tiene cabida a partes iguales: la gloria, el dolor, la heroicidad y la tristeza. Hay cientos de biografías que relatan la vida de aquellos hombres: Pizarro, Hernán Cortés, Orellana… Muchos regresarían ricos y célebres, triunfadores de aquella ruleta de la que se beneficiarían sus hijos y los hijos de sus hijos. Otros dejarían sus huesos para siempre en aquellas tierras y algunos regresarían con el alma vacía. En el propio capítulo se detallan las penalidades del viejo aventurero, embarcado junto a Orellana (que tenía 31 años) en un viaje a través de un río inundado de peligros. Sin querer se adentraron en aquellas aguas, sin querer avanzaron por el río más grande del mundo, casi se puede decir que descubrieron el Río Amazonas, mientras huían de la muerte. Esa visión desgarradora de quien perdió a sus amigos, de quien disfrutó de paisajes maravillosos mientras miraba cara a cara a la muerte, de quien vivió en aquellos, tan intensamente, que se diría que vivió varias vidas. Ese hombre, que viene ya de vuelta, es el que conversa con Lucas en aquella taberna trujillana.
La última visión, la más controvertida, es la que tiene que ver con la forma en que los habitantes indígenas de América veían a los españoles. Seres enigmáticos, barbudos, vestidos con latas, usando armas extrañas que arrojaban bolas de fuego que mataban y montados en seres desconocidos y veloces. No es de extrañar el efecto demoledor que provocaba semejante visión en aquellas gentes. Los españoles eran pocos, pero su presencia causó estragos en la población indígena. Aquellos hombres se adueñaron de tierras que no les pertenecían, de riquezas que no eran suyas, impusieron leyes, costumbres, idiomas y sobre todo creencias ajenas a los habitantes de América, convirtiendo en esclavos a buena parte de la población.
 Muchos dicen que no hay conquista sin sufrimiento, otros dicen que el dolor causado era inevitable. No lo se. Yo creo que Lucas, a esas alturas ya sabía que el ansia de poder es un arma devastadora y que aquellos tipos que conoció en la ciudad Trujillo huían para ser ricos, y en su huida el deseo fue transformando sus espíritus en una mezcla de valentía, barbarie y temeridad.

Lucas Ventura y los judíos

Caminando hacia el olvido

La presencia de los judíos en España, y por tanto en Extremadura, es fundamental para comprender nuestro pasado. A la largo de nuestra historia común existen hechos magníficos y memorables, pero también otros de las que ningún pueblo debería sentirse orgulloso. Creo que en historia nunca se puede decir aquello de “Visto con los ojos de hoy”, porque cada momento, cada circunstancia esconde motivos que se nos escapan, que van más allá de nuestra percepción actual. No obstante, lo que sí es evidente es que resulta lamentable el trato que se dispensó a los judíos.
La existencia de los judíos en Extremadura está documentada desde época romana, ya en el siglo I se sabe de la presencia de judíos en Augusta Emérita, probablemente procedentes de las deportaciones ordenadas por el emperador Tito, tras asediar y arrasar Jerusalem.
Cuando Alfonso IX “reconquista” Cáceres y proclama su famoso Fuero de Cáceres, dedica ocho capítulos a hablar de los judíos, por lo que se sobreentiende la existencia de una colonia judía que viviría en la ciudad desde época musulmana.
No obstante el periodo de mayor crecimiento de la población judía en buena parte de Extremadura se produce a lo largo del siglo XV, cuando, fundamentalmente en el valle del Guadalquivir (Córdoba, Andújar, Jaén, Baeza y sobre todo Sevilla), se producen unas fuertes revueltas antijudías, que acaban en pavorosas matanzas y la expulsión forzosa de los judíos supervivientes.
Hasta entonces la judería cacereña no tenía la categoría de aljama, como si lo tenían las juderías de Trujillo o Plasencia. Una aljama es una comunidad con autogobierno propio, que cuenta además con sinagoga, cementerio, baños, academias, carnicerías, sanatorios, tribunales…
Sin embargo en tiempos de Enrique IV (el hermanastro de Isabel la Católica) se describe a la judería cacereña como una de las aljamas que, en materia tributaria, se situaban entre las cinco primeras de toda Castilla.
Cuando Lucas llega a Cáceres, durante la visita real, las crónicas dicen que en la villa habitaban en total unos 8000 vecinos, y de ellos unos 650 (alrededor 130 familias) eran judíos. La mayor parte de esos judíos residían en lo que actualmente conocemos como barrio de San Antonio. Era una zona que, aunque se encontraba dentro del perímetro de las murallas, se distinguía bien de los palacios y casas fuertes con los que delimitaba, pues las casas eran pequeñas, normalmente de planta baja o a lo sumo de dos plantas, ubicadas en una zona urbanísticamente complicada debido al escarpado y quebrado terreno.
La vieja judería se articulaba alrededor de una sinagoga que en 1470 es adquirida por Alonso Golfín, que la derriba y construye sobre ella una ermita en honor a San Antonio de Padua, motivo por el cual la vieja judería lleva actualmente ese nombre.
Lucas visita la ciudad, cuando se están empezando a agrupar a los judíos alrededor de la nueva judería, es decir, en los alrededores de la Plaza Mayor.

Tuve acceso a una serie de listados de población en donde aparecían reseñados los nombres de muchos de los judíos que vivían en Cáceres durante la visita real. Entre ellos figuraba el nombre del sastre Moshé Cohen, hijo de Salomón Cohen y de Samuel Ben Sentó (Don Sento) que habitaba alrededor del actual Arco de la Estrella. También supe de una vivienda de cierta importancia que pertenecía a un sastre judío y que estaba ubicada en los alrededores de lo que actualmente conocemos como la calle General Ezponda, no muy lejos de la nueva sinagoga que, según la tradición, se ubicaba en el Palacio del Marqués de la Isla. El nombre de Jaco, el enigmático anciano que aparece en la novela, padre de Salomón, es un nombre reconocible en la onomástica judía, pero no consta en ninguna documentación de la época. Quizás porque estaba más allá de aquel tiempo.Precisamente el encuentro entre Lucas y el anciano judío se resuelve en la novela de una manera que no estaba preconcebida. Una vez más el ejercicio de la escritura me encaminó por su propia senda y yo, como escritor, me dejé llevar a esos misteriosos terrenos en donde sólo tiene cabida la imaginación. La figura de Sara, la joven judía que percibe en la figura de Lucas la forma de escapar de su incierto futuro, no es más que una imagen de lo que allí vi.

Es correcto el dato de que los judíos acudieron a la Reina Isabel para pedirle una mayor equidad en el reparto de cargas municipales y también que la propia reina fue receptiva a dicha petición.La convivencia pacífica entre las religiones: árabe, judía y cristiana, fue posible durante muchos siglos, pero en la época de Isabel de Castilla, los árabes estaban siendo erradicados de España y los judíos, sometidos a una presión cada vez mayor. Las causas hay que buscarlas en el ámbito religioso, pero sobre todo económico.

Desde que Lucas se encuentra con la familia Cohen, hasta que se reencuentra con Sara, apenas 15 años después, las acusaciones, engaños y matanzas se multiplican. Los judíos son obligados a marcharse o a convertirse al cristianismo.
El valle del río Ambroz, debió ser testigo mudo de esta triste huída. La presencia hebrea en ciudades como Hervás es, aún hoy, absolutamente evocadora. (Si deseas saber algo más sobre la invención de leyendas contra los judíos de Hervás, puedes consultar esté trabajo realizado por el investigador Marciano de Hervás pulsando aquí.)
Los que tuvieron que marcharse, que fueron mayoría, se adentraron en Portugal desde Valencia de Alcántara. Posteriormente sufrirían un nuevo exilio que les llevó hacía lugares distantes como Marruecos, Turquía o los Países Bajos. Los que se quedaron tuvieron que lidiar con la terrible inquisición, manifestando continuamente su cristiandad, aunque algunos practicaran sus creencias a escondidas
Quería dejar claro en mi novela la presencia del pueblo hebreo en Extremadura, del mismo modo que Extremadura quedó en la memoria de los judíos errantes, que adoptaron apellidos como Casseres, Coriat, Kuriat, Alburkerk… que vieron nuestro mismo cielo y caminaron por nuestras mismas piedras, las piedras de su querida Sefarad, de la que se separaron para siempre.

Lucas Ventura en Cáceres

La villa enfrentada

No muchos años después de los sucesos de Guadalupe, en Cáceres sucedió un acontecimiento especial: la visita de la Reina Isabel de Castilla. Trataré de hacer una breve introducción histórica, aunque de nuevo quiero dejar claro que ni soy historiador ni pretendo serlo y que sólo me mueve el deseo de hacer más comprensibles los sucesos que se narran en la novela.
La villa de Cáceres se incorpora al Reino de León el 23 de Abril de 1229, en tiempos del Rey Alfonso IX. Fecha que aún se celebra en la ciudad bajo la onomástica de San Jorge, patrón de Cáceres. Tras la reconquista, la villa se puebla con colonos a los que se les otorga tierra y beneficios a cambio de repoblar y permanecer en la zona, evitando que vuelva a caer en manos no deseadas. Para consolidar aún más la situación se aprueban unos fueros, es decir, una serie de normas jurídicas, de organización y gobierno que resultan muy ventajosas para quienes decidan quedarse, como por ejemplo la exención del pago de tributos e impuestos, con lo que se aseguraba que la promesa de permanencia se mantuviera en el tiempo. La mayoría de estos colonos eran caballeros leoneses que ocupan la parte más alta de lo que hoy conocemos como “centro histórico”, es decir, los alrededores de la plaza de San Mateo y de la antigua Alcazaba árabe. Posteriormente otros caballeros provenientes de Castilla se instalan en la parte baja de la villa, rodeando lo que ahora conocemos como Concatedral de Santa María.
Desde comienzos del siglo XIV, Cáceres tiene la autorización real para que, aquellos que lo deseen, puedan erigir sus casas fuera de la muralla que rodeaba la ciudad, hasta ese momento esos emplazamientos eran protegidos por motivos defensivos y de observación. De esta forma la ciudad empieza a poblarse de trabajadores, comerciantes y judíos que van construyendo su propia ciudad alrededor de la muralla.
La convivencia entre los nobles cacereños no siempre es ejemplar, hay momentos en los que las traiciones, intrigas y disputas se extienden por las calles, y los enfrentamientos llegan al extremo de producirse incluso entre ventana y ventana de las diferentes casas. De ahí el aspecto de fortaleza de muchas de las viviendas, algunas de ellas provistas de saeteras, matacanes y altivas torres.
Cada una de la facciones se rige por su propia bandera, con un León la del bando leonés, y con un castillo el bando castellano, que mantiene la legitimidad de ese escudo desde que las tropas de Fernando III de Castilla lucharan en favor de la villa.
En el momento en que Lucas acude a Cáceres, existe además una guerra por la sucesión al trono castellano entre la legítima heredera: Juana de Trastámara y su tía Isabel de Castilla. Juana de Trastámara era hija del rey Enrique IV y de su segunda esposa la Reina Juana de Portugal. Dado que el primer matrimonio del rey fue anulado porque nunca llegó a consumarse, el rey tenía fama de impotente y acusaban a la reina de que el verdadero padre era en realidad Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque. A pesar de que los reyes juraron y perjuraron que la hija era suya, Juana, apodada la Beltraneja, fue destronada como Reina de Castilla y, a la postre, obligada a renunciar a todos sus títulos y a ingresar en un convento de la ciudad portuguesa de Coimbra.
El problema se origina a partir de que Enrique IV, que a la vista de lo leído no era demasiado hábil, presionado por una parte de la nobleza, deshereda a su hija como futura reina y nombra heredero a su hermanastro Alfonso. Sólo unos años después, en una reunión de nobles celebrada en Ávila, se decide destronar a Enrique IV y nombrar rey a Alfonso, provocando una guerra que desembocaría años después (fallecidos tanto Alfonso como Enrique) en la guerra entre la sucesora de Alfonso, su hermana Isabel (en la imagen de la izquierda), y Juana (a la derecha), la hija de Enrique.
La nobleza se divide. Buena parte de ella se posiciona a favor de Isabel I de Castilla, pero otra parte no lo hace. En Cáceres la simpatía hacía la reina desde el bando castellano es lógico, como también lo es el posicionamiento hacía la causa de la Beltraneja desde el bando leonés.
En ese clima enrarecido llega Lucas a Cáceres.
Para la documentación de este capítulo utilicé abundante información, mucha proviene de los escritos de reputados historiadores cacereños: Publio Hurtado, Conde de Canilleros, Carlos Callejo, Valeriano Gutiérrez..,también de autores más cercanos en el tiempo, como Francisco Acedo o Antonio Bueno y complemento en lo posible lo leído conversando con Fernando Jiménez Berrocal, director del Archivo Histórico de la ciudad, con Amparo Fernández, de la sección turística del Ayuntamiento de Cáceres y con Antonio Rubio Rojas, cronista oficial de la villa, ya fallecido.
El hecho de que el prior de Guadalupe, Fray Fernando Yáñez, fuera cacereño y que además tuviera un apellido tan reconocible en la ciudad como el de Figueroa, planteaba un nexo evidente entre uno y otro capítulo.
Quería que el lector tuviera clara la visión de una población de extramuros que iba en crecimiento y la visión de una población de intramuros cada vez más pendenciera y crispada.
Creo que la llegada de Isabel la Católica a Cáceres supuso un antes y un después en nuestra historia local. La situación a la que tuvo que enfrentarse y la forma diplomática de solventar el conflicto, ponen de manifiesto la habilidad política que siempre demostró la reina castellana, que acudió sola, sin su marido que andaba ocupado sitiando la fortaleza de Castonuño.
En aquel tiempo había caballeros con tanto dinero, poder y armas, como para mirar desafiantes a los ojos de una reina que, como aquella, estaba en aquel momento en entredicho. Gasté buena parte del tiempo que dediqué a este capítulo en encontrar a una persona que perteneciera o simpatizara con el bando leonés y que pudiera jugar ese papel.
Creí encontrar a la persona indicada en el Maestre de la Orden de Alcántara, Hernán Gómez de Solís, personaje astuto y poderoso, embaucador y traicionero, que cayó en gracia del Rey Enrique IV al que no tuvo reparo de abandonar cuando comprobó que la guerra de sucesión se iba dirimiendo a favor de su hermano Alfonso. Este personaje acumuló tal poder que hubiera representado a la perfección la imagen del noble desafiante y altanero. De él se escribía: “Era tan poderoso en gentes y riquezas que se dice que tenía tan por suya la provincia de Extremadura que con soberbía decía que aunque el Rey viniese contra él, no le temería”. Pero, como dije, no solo cambió de bando a última hora sino que falleció siete años antes, dejándome huérfano de interlocutor. (Si quieres saber algo más de este personaje te recomiendo el estudio realizado por Alfonso Domínguez Vinagre, que puedes ver pulsando aquí)
La figura de Diego de Ulloa surge entonces tras un proceso de descarte. Se trata de un noble poderoso y rico, perteneciente a una familia del bando leonés, que habita en una casa fuerte, probablemente fundador de la casa que hoy conocemos como Parador de Turismo y con suficiente raigambre en la población como para erigirse en líder de uno de los bandos. Si bien es cierto que debió ser uno de los damnificados por el desmoche de las torres ordenado por la reina, también es cierto que sus descendientes terminaron adaptándose a las circunstancias y emparentados con la familia de los Ovando, aquella familia que supuso la excepción en la orden de desmochamiento y que resulta el desencadenante del incidente contra la reina relatado en el libro, que en realidad jamás sucedió.
 Cuántas veces imaginé mientras iba a trabajar, la cara de aquellos nobles al ver a la Reina de Castilla tratando de imponer el orden en sus vidas y en sus casas. Cuántas veces imaginé los acalorados diálogos que se producirían, el poso de humillación y de orgullo que la Reina dejó tras sus pasos.
Como ya expuse al final de la novela, la asamblea en la que la Reina dictó las nuevas ordenanzas, entregó el nuevo pendón en el que aparecían unidos los emblemas castellan y leoné, nombró a los nuevos regidores de la villa, y ordenó desmochar las torres de todas las casas y palacios, salvo la del capitán Diego de Ovando, no se produjo en la forma relatada en la novela. No hubo intento de atentado. Tampoco las ordenanzas se cambiaron en el último momento, sino que estaban suficientemente razonadas de antemano. Pero es privilegio inherente al escritor el uso de la fantasía para colorear acontecimientos en donde el tiempo se ha encargado de tejer una tela de araña.
 Del carácter de aquellos individuos puede hacerse una idea el lector paseando por el casco antiguo de Cáceres. Las casas blasonadas, los matacanes, las almenas… En la casa denominada de los Golfines de Abajo, el lugar en dónde estuvo alojada la Reina, aparece una inscripción, junto a un emblema de los Reyes Católicos, que dice “Esta es la casa de los golfines”, por si alguien tenía alguna duda. Si se accede al patio interior, el viajero podrá observar además una lápida con una inscripción digna de ser recordada: “Aquí esperan los Golfines la llegada del día del Juicio Final”.
Hay más referencias que aparecen en la novela y que pueden observase hoy en día, como la placa situada junto al Arco de la Estrella y que recuerda, precisamente, al día en el que la Reina Isabel la Católica juró respetar los fueros de la ciudad.

O la placa situada junto al Palacio de Pereros en el que se referencia el momento en que los judíos mostraron ante la reina su disconformidad por los excesivos tributos que pagaban. También son reconocibles actualmente las ordenanzas que la Reina dictó en aquella jornada. En el apartado V se decía:

«Item mando, y ordeno, que luego la justicia, regidores desta dicha villa, desfagan los dos sellos que tienen del Concejo, y faga uno, y no más, que tenga un escudo de armas, y en la mitad del aya un Castillo, y en la otra mitad un León; las quales dichas Ermas yo doi por armas propias suyas a la dicha. Villa de Cáceres para siempre jamás, y que este sello esté siempre en poder de uno de los regidores y del procurador…”

Por último diré que todavía se conserva en el despacho oficial de la Alcaldía, los restos del pendón original con los emblemas de Castilla y León unidos, y que, según algunas leyendas, fue tejido por la propia Reina Isabel la Católica.

Lucas Ventura en Guadalupe

El monasterio del lobo

Mi primer libro fue un poemario de poesía, allá por 1993. En aquella época tenía un especial vínculo con la Institución Cultural El Brocense, gracias a mi amistad con Emilio Jaraíz. Mi primera visita a Guadalupe data de esa época, al menos la primera visita de la que fui plenamente consciente como adulto. Tuve la suerte de visitar el monasterio de la mano de un fraile, del que sólo creo recordar su nombre: Fray Juan, desconozco si era el guardián, el archivero o el cocinero. Aquella visita me permitió conocer alguno de los secretos del monasterio, salas a las que no acceden los turistas, relicarios, bellezas ocultas, secretos… nunca más volví a pensar en aquel monasterio como en un monasterio cualquiera.
Por eso cuando me planteé los viajes de Lucas, tenía claro que una de las paradas debía ser, necesariamente, Guadalupe.
Como quería abordar en cada capítulo diferentes espacios temporales, decidí situar la trama a comienzo del siglo XV, es decir, pocos años después de la llegada al Santuario de Guadalupe de la orden de los Jerónimos.
Existe mucha información bibliográfica sobre el monasterio, pero además yo quería, rememorando mi primera visita, volver a recorrer aquellas salas de la mano de un monje que habitara actualmente el monasterio. A través de amigos y conocidos al final dí con la persona indicada y, tras varios retrasos y cancelaciones, un lunes, pasada ya la Semana Santa de 2006, concerté una cita con él.
Hacía poco tiempo que tenía carnet para conducir motos grandes y aquel fue mi primer viaje relativamente largo, cabalgando sobre mi moto. Lo recordaré porque en cuanto se asomaron en el horizonte los primeros esbozos de la sierra de las Villuercas me sorprendió una tremenda tormenta de granizo que me hizo retrasar sobre la hora prevista.
Al final Guadalupe se apareció radiante y limpia de nubes. Y Fray David Ortiz, el fraile encargado de la Coral y la escolanía del Monasterio, me esperaba ya en el lugar convenido.
Yo iba cargado de preguntas y con los ojos bien abiertos. A veces notaba que Fray David me miraba con escepticismo, como si tratara de escudriñar hasta qué punto yo iba en serio con aquello de la novela. Tampoco era fácil para él responder a cuestiones concretas sobre personajes y hechos acaecidos hace tanto tiempo. Recuerdo que, de entre mis preguntas, en una de ellas fue tajante, yo le insistía sobre el lugar en el que se encontraba la huerta del monasterio, y sobre la posibilidad de que el prior estuviera recogiendo acelgas en él, pero él negaba con la cabeza: “el prior de un monasterio nunca se encargaría de cosechar un huerto, el prior del monasterio era como el señor de un castillo, demasiado arriba para ocuparse de esos menesteres”. También le insistía sobre las costumbres de aquellos frailes, sobre sus ropas, su labor, su biblioteca, su enfermería y, algo que me interesaba especialmente, la antigüedad y la ubicación de los órganos del monasterio.
 Caminando por aquellos pasillos, por aquellas salas, pude sentir por primera vez algo que a partir de aquí sentiría en otras ocasiones, que tras mis pasos iban los de Lucas Ventura.
Al acabar el día, Fray David Ortiz, el músico franciscano, tocó frente a mí en el coro el majestuoso órgano de la iglesia de la Virgen negra. Fue un verdadero privilegio presenciar aquel pequeño concierto, casi en soledad. Jamás lo olvidaré.
Abandoné el Monasterio para hacer una breve visita al humilladero de la Santa Cruz. Desde lo alto, miré pausadamente el horizonte y regresé. Ya atardecía, en mi cabeza se sucedían las imágenes, desanduve el camino con mi cabeza bullendo y no sólo por el zumbido del viento en mi casco.
Como ya decía en el libro la etimología de Guadalupe ha dado lugar a diferentes versiones, algunos hablan de que la palabra proviene del árabe, Wad-al Luben, cuyo significado sería Río Escondido, aunque también está muy extendida la versión de que el nombre proviene de una mezcla del árabe y el latín, uniendo el Wad-al, es decir el río en árabe, con Lupus que en latín significa lobos, dando como resultado el nombre de Río de Lobos, algo nada desdeñable habida cuenta de la orografía y la fauna de aquella zona.
La idea de que un chucho quejica y pasota acompañara a Lucas y se “transformara” en aquel Lobo espeluznante me hizo gracia. Se que el nombre de Chango se utiliza en algunos países de Sudamérica para referirse a los niños pequeños, pero yo siempre quise tener un perro y llamarle Chango desde que conocí una canción de Yupanqui titulada “Me gustaba andar”, que decía “Mi chango travieso me sale a esperar, y entre mate y mate comienzo a desensillar”.
Como sucede a lo largo de la novela, he de decir, que la mayoría de los personajes que se mencionan existieron en realidad, y además en el momento en el que se desarrolla la historia. Y en este caso además con la particularidad de que cualquiera que visite la Sacristía puede observar en los lienzos que pintó Zurbarán en el siglo XVII, el rostros de Fray Fernando Yañez (y de paso del propio Zurbarán, autorretratado en la parte posterior). Fray Fernando Yañez de Figueroa, provenía de una importante familia cacereña, y estuvo durante algunos años ejerciendo la política. Desengañado tomó los hábitos y tras recorrer diferentes monasterios fue ordenado primer prior regular del Monasterio de Guadalupe, habitándolo junto con 31 monjes más.
También es fácil encontrar la figura del Padre Cabañuelas representado en el famoso lienzo, titulado “La misa del Padre Cabañuelas” en donde se describe el milagro que presenció mientras celebraba la eucaristía. En un momento, el monje dudó sobre la presencia de Cristo en el pan y el vino que se utiliza en conmemoración de la Última Cena, el cielo entonces se oscureció y entre las nubes que se formaron apareció la hostia entre luces doradas, mientras una voz le conminaba a creer y callar sobre lo que había visto. Según me comentó Fray David, todavía es posible observar un testimonio de aquel suceso: los corporales y la hijuela utilizados en aquella misa milagrosa, junto a unas gotas de sangre. Reconocidos ante el notario apostólico en el siglo XVII, fueron declarados auténticos y son hoy una de las más preciadas reliquias del monasterio.
 A partir de este suceso el Padre Cabañuelas, también conocido como fray Pedro de Valladolid, se convirtió en una figura muy apreciada por todos. Nombrado posteriormente Prior del Monasterio, fue además consejero real y murió venerado y querido, allá por 1441 cuando contaba poco más de 50 años.
Hay más cuadros, objetos y reliquias que cualquier lector puede identificar en la novela paseando por el magnífico claustro del monasterio, o por algunas de sus salas. Les dejo el privilegio de descubrirlas.
Creo que la importancia que Guadalupe tuvo no sólo como centro religioso (sólo comparable con los mayores centros de peregrinación cristiana), sino también cultural, es algo innegable. Un lugar donde se cuidaba el conocimiento y la formación, espiritual y humanística de frailes y seglares; que contaba, ya entonces, con una valiosísima biblioteca, alimentada además por la confección propia de libros miniados; en donde se produjeron importantes avances en áreas como la medicina (se dice que la primera autopsia que se documentó en España se realizó precisamente en Guadalupe); que fue refugio y consuelo de Reyes, que fue visitado en numerosas ocasiones por Isabel la Católica, o por personajes ilustres como Colón, que lo visitó antes y después del descubrimiento; todo ello lo convierten en un auténtico tesoro histórico que, como extremeños, tenemos que conocer y conservar.
Cuesta creer que tras tantos años de esplendor, el monasterio cayera en una decadencia tal que la soledad, la ruina y el expolio se adueñaran de él. Sucedió tras la desamortización de Mendizábal, a mediados del siglo XIX. No fue hasta 1908, cuando una nueva orden religiosa se encargó de su conservación y mantenimiento, desde entonces la Orden Franciscana habita en el monasterio.
Para terminar hay un dicho que desde que lo escuché me dio una idea de que la vida y el poder de los monjes de este monasterio estuvo, en algún momento, alejada de la imagen trabajadora y humilde que tenemos de ellos. Es aquel que dice: “Mejor que Conde o Duque, fraile de Guadalupe”.

Lucas Ventura en Badajoz

Batalyaws

A menudo, el retrato que los occidentales tenemos de los árabes, está demasiado condicionado por las imágenes que nos arroja la televisión. Demasiadas guerras, demasiada pobreza y extremismos. Yo te propongo una prueba, si no lo has hecho ya visita La Alhambra de Granada, pasea por los Palacios Nazaríes, o por el Real Alcázar de Sevilla, a la salida comprenderás que aquellas obras fueron realizadas por un pueblo con un desarrollado sentido de la belleza.
 Yo creo que los árabes que llegaron a España, allá por el siglo VIII, no eran unos salvajes, o al menos eran tan civilizados como las personas que aquí vivían.
Todavía Mérida en esa época era una de las principales ciudades de la península y poseía un conjunto de murallas capaces de asombrar al mismísimo Muza, que comandaba las tropas invasoras. Era, junto con Toledo, la ciudad más fortificada de la península, sus acueductos estaban en pie y sus murallas se elevaban por encima de los 12 metros. Mérida no fue conquistada, negoció su capitulación con los atacantes y fue respetada.
Me interesaba poner de manifiesto que, mientras el esplendor de Mérida se iba apagando, rebeldes emeritenses fundaban una nueva ciudad que, a la postre, se convertiría en la más poblada de Extremadura.
 Me atraía la figura de Ibn Marwan, el rebelde Muladí, hijo de un gobernador de Mérida, capaz de plantar cara al Emir Cordobés, y de poner las bases de una nueva ciudad que se edificaría sobre lo que hoy se conoce como el cerro de La Muela.
Siempre pensé en aquel hombre como un lusitano auténtico, jamás lo imaginé como un extranjero invasor. En el capítulo de Badajoz quería dejar eso claro, Sawwar era emeritense y el extranjero, entonces, era el cristiano.
Aquel periodo histórico no es tan conocido para el público general como otras épocas. Las escaramuzas y alianzas contra natura estaban a la orden del día. Todos podían ser enemigos o aliados en función de las circunstancias. Incluso si el enemigo era especialmente temible o poderoso, como sucedía con las invasiones vikingas, todos los ejércitos no dudaban en formar un único bloque.
Para la documentación de este capítulo, me resultó fundamental, y así lo recomiendo, la obra de Jesús Meneses Jiménez titulada “Ibn Marwan El Gallego, El señor de Batalyaws”, editado por el autor en Agosto de 2007.
Por aquella época, los muladíes, es decir los cristianos convertidos al Islam, formaban el grupo de población más numeroso de Al-Ándalus. La mayoría de estos hombres formaban parte de la población autóctona de la zona, no había más variación en ellos que los hábitos y las vestimentas que el paso del tiempo iba cambiando. Es decir, ellos no eran ellos, sino nosotros. Por nuestra sangre corre su misma sangre. Algunos imaginan esa época como un tiempo en el que los cristianos desaparecieron y en su lugar habitaron los árabes, pero eso no era cierto. Las escasas tropas que organizaron la invasión musulmana coparon la administración de Al-Ándalus, pero la población que ya vivía, siguió viviendo, adaptándose a los cambios, mimetizándose con el nuevo orden.
Badajoz nació como fruto de la rebeldía. En el ideario de Ibn Marwan quiero creer que estaba la construcción de una ciudad musulmana y hermosa, quiero creer que pensaba en ella como su tierra prometida, como el descanso de un guerrero harto de huir y de batallar. Es cierto que, como dije en el libro, nunca llegó a ver esa ciudad ideal, pero sus descendientes la gobernaron durante tres generaciones hasta que el califa cordobés Abderrahman III los expulsó. Pero como todo reino tiene su final, también lo tuvo el Califato de Córdoba y entonces sí surgió el poderoso reino taifas de Badajoz, y entonces sí la ciudad tomo el brillo anhelado, no sólo militar, sino también cultural, económico y social.
Quiero indicar además que la emboscada que se describe en la obra sucedió en la realidad; que una conjunción de tropas comandadas por los rebeldes de Ibn Marwan y del cabecilla proveniente de Oporto Al-Surumbaquí, unidos al rey cristiano Alfonso III, se enfrentaron con las tropas cordobesas a lo largo del río Asha (probablemente el río Zezere en la frontera portuguesa), que el general Hasim, el segundo hombre más importante de todo Al-Ándalus tras el Emir, fue apresado en aquella batalla y entregado al rey cristiano Alfonso III, que lo retuvo durante dos años, actuando durante ese tiempo de consejero real hasta que recibió un suculento rescate por él. Puedes encontrar más información de este suceso leyendo este magnífico trabajo de Luis Molina, de la Escuela de Estudios árabes de Granada. Para leerlo pulsa aquí.
Nada sabemos del destino que pudo tener Sawwar.

Lucas Ventura en Augusta Emérita

Agusta Emerita

Al plantearme el comienzo de mi andadura por la historia extremeña, había un hito inicial que, a priori, resultaba muy evidente: la Mérida romana. En algún momento anduve con la duda de si sería o no conveniente que el recorrido de mi personaje se iniciara aún más atrás. La figura de Viriato era suficientemente atractiva como para replanteárselo y además enlazaría bien con la visión posterior de Emerita Augusta, podía enfocar en primer lugar la rebeldía de los lusitanos contra el invasor romano, para posteriormente mostrar la visión de Mérida, es decir, del triunfo de una forma de entender el mundo mucho más “moderna” y civilizada, que terminaría imponiendo las bases de nuestra sociedad actual.

No se si todos los que han oído hablar de Mérida entienden la importancia que esta ciudad tuvo durante más de ocho siglos. Mérida representaba a la perfección el paradigma de una ciudad romana: su arquitectura, su organización política y social, su forma de vida convertían a Mérida en la Roma de Hispania. Creo que tiene el derecho de pertenecer a ese escaso grupo de ciudades en las que, como Córdoba, Granada o Toledo, la historia se detuvo a engalanarse.
Al contrario que en otros capítulos, la bibliografía que sobre Emérita Augusta hay publicada es muy abundante y de alta calidad. No me fue nada difícil documentarme. Por si fuera poco, la visita a la ciudad es ya de por sí lo suficientemente evocadora, como para inspirar a cualquiera.
Pronto supe lo que quería que pasara. Pero debía encontrar algún objeto que todavía perdurase de aquella época y que sirviera de nexo de unión, o si se quiere de gesto de complicidad, con el lector de mi novela. Para ello visité el Museo de Arte Romano, traté de leer la leyenda de cada una de las esculturas, cada lápida, cada mosaico, cada prenda exhibida, podía darme una pista con la que argumentar la presencia de Lucas en Mérida.
Encontré un epígrafe en una vasija romana en la que aparecía el nombre de un tal Tanginus Barario. En la onomástica romana existe tanto el genero masculino: Tangino, como el femenino: Tangina. En la traducción al español figuraba el nombre de Tangino, lo que no era seguro es que aquella referencia funeraria se correspondiera con la figura de un muchacho. Aún así, me detuve pensativo en la Casa de Mitreo, tratando de imaginar la figura adolescente que me evocaba aquel nombre tan extraño, intuyendo que, sólo unas semanas después, iba a retornar a la vida, siquiera en las páginas de un libro.
Caminar despacio por las gradas del Teatro Romano, escuchar su acústica, distinguir las luces de las sombras, comprender que tras cada roca se esconden los fantasmas de todos los actores que en la historia han sido. Asomarse al Anfiteatro, imaginar el entramado de maderas que reposaba sobre el foso, escuchar el sonido de las fieras, el golpeteo de las espadas, los gritos del dolor y la victoria unidos entre sí, ya para siempre, bajo el viejo sol emeritense. Recorrer a pie la longitud del Circo Romano e imaginar a Paulus, el auriga que aparece en el mosaico del museo, atravesando veloz aquellas calles ahora semienterradas por los siglos. Tres visiones únicas e imprescindibles para quien quiera comprender la verdadera magnitud de Emérita Augusta.
No es difícil encontrar maquetas con la fisonomía de la antigua Mérida. Desde el puente romano, que todavía sigue en pie, pasando por las columnas de entrada que aparecen en las monedas acuñadas en Mérida, las calles principales que la atravesaban: Cardo y Decumanus, los foros, los acueductos, las murallas…
No creo equivocarme si digo que cualquiera podría hoy calzarse unas sandalias y, emulando el recorrido de Lucas, atravesar Mérida en busca de los pasos de Tangino.
La famosa imagen del gladiador luchando con el León, que aparece en la novela, ocupó originalmente un lugar en los muros del anfiteatro romano. Actualmente reposa en una de las salas del Museo de Arte Romano de Mérida. Quizás, si se fijan bien, cerca de ella puede que repose un denario de plata muy especial. Si lo encuentra, no dude en frotar sus dedos sobre él.