Los ingredientes de Lucas Ventura

Los ingredientes

Una mañana, en la que el germen de la novela ya rondaba por mi cuarto, se me apareció el nombre de Lucas Ventura y se instaló en mi mente como si hubiera estado ahí desde siempre. No conozco a nadie que se llame así, ni hay rastro alguno de apellidos Ventura dentro de mi familia. Pero desde el principio ese personaje tomó nombre, rostro y personalidad propia, convirtiéndose durante meses en el juguete preferido de mi imaginación.

Viajar al pasado, para tratar de comprender lo que pasó, es un recurso literario viejo pero efectivo. Quien no se ha dejado alguna vez llevar por esa idea. Para mí, desde luego, no era algo nuevo. Recuerdo, allá por el comienzo de los años noventa, un éxito editorial llamado “El mundo de Sofía” del escritor noruego Jostein Gaarder, en donde una chica de 14 años recibía unas cartas en su domicilio a través de las que se introducía en la vida y obra de los grandes filósofos de la historia. Si bien es cierto que en esta obra la protagonista no viajaba en el tiempo, el hecho que desencadenaba los acontecimientos era el mismo: una inofensiva carta en el buzón.

La figura del castaño que llevaba una hoguera dentro tampoco me era ajena. En la comarca de los Ibores, cerca de Guadalupe, existe un castaño milenario al que denominan “El Abuelo”, que con más de doce metros de perímetro y casi hueco por dentro, es uno de los árboles más antiguos y conocidos de la región. Este árbol ha sido refugio legendario durante siglos, de pastores y caminantes, y su tamaño, similar al de una pequeña cueva, permitió antaño la realización de pequeñas hogueras dentro para protegerse del frío.

Comencé ideando una excusa para ubicar a mi personaje en aquellos lugares que imaginé. A partir de ahí, la estructura de la novela comenzó a hilarse de una manera bastante clara. Todavía me asombra pensar que apenas me distancié del itinerario marcado desde el inicio. Es verdad que la trama, poco a poco, comenzó a tejer un entramado que a mi, como escritor, me terminó fascinando, pero el origen del viaje, las principales estaciones del recorrido y el destino final (que era aquella especie de poema que escribí de Extremadura), danzaban ya en mi fantasía apenas finalizado el primer capítulo.

Durante los últimos meses he tenido que releer en varias ocasiones Los viajes de Lucas Ventura, y cada vez me resultaba más evidente como, a medida que Lucas crecía, también lo iba haciendo el tono de la novela. Algunas de las personas que lo leían me comentaban exactamente lo mismo. Ya se que lo ideal en cualquier escritor, para cualquier libro, sería que se mantuviera siempre un mismo tono elevado, pero también se de la decepción que provocan aquellas novelas que prometen mucho en el arranque y se diluyen a lo largo de la trama. Por eso no me disgustan los comentarios de que la novela va a más, porque resulta evidente que, con el paso de las páginas, mi pluma se fue amoldando a la figura de Lucas, haciendo que cada vez el estilo resultase más fluido y mi confianza en la historia mucho mayor.

Los viajes de Lucas Ventura

Portada Lucas Ventura

Ya os hablé en la página dedicada a Rosa Terrosa de cómo surgió la primera idea que me llevó a escribir esta novela. La especial relación que surgió el colegio y yo a raíz de la publicación de ese libro.

Paralelamente, quizás un año antes, acudí con mis hijos a una curiosa exposición, de esas que organiza la Junta de Extremadura para promocionar a la región por diversos lugares, y que en este caso tenía la particularidad de que se celebraba en un tren, aparcado para la ocasión en la estación de Cáceres. La muestra no era nada del otro mundo, pero ante una pregunta de mi hija pequeña, por mi mente estuvo rondando una idea sobre Extremadura que al final plasmé en una especie de poema, de esos que uno escribe y que se quedan reposando el sueño de los justos en algún cajón. En ese poema Extremadura tomaba vida en forma de una niña pequeña, y hablaba…

A mí me vino a la mente ese poema cuando Maribel, la directora del Colegio Manuel Pacheco, me llamó por teléfono. Pronto supe que podía escribir una historia en la que esas dos ideas solitarias se enlazaran, pero no sería Rosa Terrosa la protagonista, ni habría recetas de cocina, ni leyendas, sino las aventuras de un chico algo más mayor, al que llamaría Lucas Ventura, y que, por extrañas circunstancias, era capaz de aparecer en alguno de los momentos más singulares de la historia de Extremadura.

Los chicos del colegio de Badajoz me enviaron meses después la visión que ellos tenían de aquellos viajes de los que les hablaban sus profesoras. Los podéis ver aquí.

Yo creo que conocer nuestra historia es conocernos a nosotros mismos. Que escuchar hablar de nuestros logros y de nuestros fracasos, no diré que es necesario, pero sí conveniente. No soy historiador, incluso, es posible, que la palabra escritor me venga grande, pero creo que el enfoque que tiene la obra, en la que he invertido mucho tiempo en estos dos últimos años, puede resultar atractivo para un buen número de lectores.

Como es lógico, el proceso de documentación al que tuve que recurrir para escribir la obra fue demasiado amplio y complicado. Una de mis mayores preocupaciones consistía en no incurrir en errores históricos o, al menos, en mitigarlos. Para ello no escatimé en viajes y reuniones con quienes pensaba que me podían aportar algo esclarecedor para la trama: monjes, historiadores, aficionados, cronistas….

De este libro se editaron 2000 ejemplares y lo presenté en la Biblioteca de mi ciudad junto con la Consejera de Cultura del entonces Gobierno Socialista: Leonor Flores.

Puedes adquirir este libro a través de cualquier librería de la provincia, simplemente indicándole que es un libro de la Editora Regional de Extremadura. También lo puedes adquirir por Amazon a través del siguiente  enlace o en la de la Casa del Libro aquí. Ten en cuenta que, a pesar de que la tirada fue muy amplia, el libro está cerca de agotarse por lo que a veces me consta que ha habido dificultades para encontrarlo.

Pliegos poéticos

Durante dos años continué con mi poesía al hombro, limpiándola de los vicios que arrastraba en los inicios y tratando de acercarme a un concepto más puro, aunque no necesariamente más sincero. Un par de años después de publicar De la memoria anclada, de nuevo la Diputación de Cáceres realizó una serie de pliegos en la que se mezclaban la poesía y la pintura. En mi caso mi pliego poético iba en colaboración con el pintor Hilario Bravo.

Lo de la Rosa permanente me trae recuerdos de mi amigo Miguel Serrano, que murió poco tiempo después que vieran la luz estos poemas, aquellas Rosas él las cuidaba y trataba como nadie. Todavía me sorprendo al verme en esa foto con la pajarita. A veces mi hija dice que en ella me parezco mucho a una foto de García Lorca que guardamos en la librería. Precisamente de eso se trataba. Como curiosidad os mostraré además la versión que el cantautor Nando Juglar hacía de uno de los poemas que aparecían en este poemario, y que incluyó en su disco: Extremadura Música y Poesía. Puedes escuchar la canción si pulsas aquí.

 

De la memoria anclada

Comencé a escribir de adolescente, en aquella época no era un gran lector de novelas, mis lecturas se circunscribían casi exclusivamente a las historietas de Mortadelo y Filemón, la familia cebolleta, 13 Rue del Percebe y demás. Aquellos TBO’s creo que me forjaron un tipo de humor particular que todavía perdura en mí. De esa época recuerdo que comencé a escribir un diario personal en donde anotaba mis pequeñas aventuras, no era un diario muy al uso en cuanto que en él relataba las vivencias de una persona que, aún siendo yo, vivía una vida diferente a la que yo vivía. Las vivencias de este personaje venían determinadas por mis propias vivencias, pero pasándolas por el tamiz de la imaginación; un suspenso, por ejemplo, podía suponer que el individuo perdía las botas, una buena nota podría transformarse en la cumbre de un volcán; no sabía qué le sucedería después, ni si su camino sería bueno o malo, lo que sí compruebo mirándolo ahora desde la lejanía es que aquellos textos fueron poco a poco ganando en metáforas y, sin que yo fuera consciente de ello, fueron preparándome para lo que más tarde me atrapó con fuerza: la poesía.

En otro momento comentaré cuál fue la circunstancia que me llevó a encontrarme con la poesía deseada, es decir, con aquella que no me obligaban a leer en el instituto como si fuera una especie de condena. Pero aquel encuentro fue determinante para mí. Tampoco hablaré de la obsesión por leer a todos aquellos poetas que me gustaban entonces, las horas que les dediqué, la forma en la que me latía el corazón al llegar al rincón que la biblioteca de mi ciudad reserva a los versos. Pero sí diré que no tardaron en aparecer los versos en mis cuadernos, ni tampoco los primeros concursos literarios y las primeras felicitaciones.

Mi problema entonces consistía en encontrar a personas que tuvieran una “sensibilidad por la poesía”, perdonad que utilice una expresión tan cursi, es decir que si hablaba de esos asuntos no me miraran como un bicho raro, medio afeminado o pedante. Las encontré en mi ciudad. Asistiendo al homenaje que cada 6 de Enero se hace en Cáceres a Gabriel y Galán, conocí a una serie de poetas locales que me invitaron a participar en una tertulia que, por aquel entonces, se desarrollaba en el Colegio Mayor “Francisco de Sande”. Estas tertulias se celebraban todos los viernes por la noche y a ella acudíamos unas 15 personas de diferentes edades. Estábamos los más jóvenes, que éramos un grupo de unos cinco autores, y por otro lado estaban los veteranos con con sus libros a cuestas y de los que no podíamos hacer otra cosa que aprender.

A raíz de esa tertulia, no mucho tiempo más tarde, surgió mi primera publicación, tenía entonces apenas 23 años, el libro se titulaba “De la memoria Anclada”, con él se iniciaba una nueva colección poética que la Diputación de Cáceres denominó: “Poesía Pereros”. Este poemario que presenté en el Complejo San Francisco junto al entonces Presidente de la Diputación, ya fallecido, Manuel Veiga, tuvo el recorrido propio de un libro de poesía, es decir, escaso. Pero la Diputación de Cáceres apostó con fuerza sobre el grupo de poetas jóvenes al que pertenecía y, gracias a ello, tuve la suerte de participar en numerosos recitales poéticos por toda la provincia de Cáceres. De la mano de la Diputación, aparecíamos (yo y tres o cuatro poetas más) en los sitios más insospechados para leer nuestros versos y alegrar, o terminar de estropear, cualquier velada cultural. Quiero decir que servíamos tanto para un roto como para un descosido, si se entregaba un premio literario ahí estábamos nosotros, si se homenajeaba a un poeta local nosotros le respaldábamos, si eran las fiestas del pueblo, nuestros recitales eran el contrapunto adecuado para compensar el exceso de toros y borracheras. Debo confesar que lo pasábamos en grande y que mi mochila y la del resto de los poetas ambulantes: Kiko Carmona Camarero, Teresa Guzmán, Victor Parra… estaban repletas de anécdotas y vivencias de aquellos días.

Algo de mí

AntonioGonzálezPradoBW

Nací en Cáceres, me crié, jugué, estudié, me enamoré, me casé y nacieron mis hijos en esta ciudad. Por azares de la vida estudié una carrera universitaria que nunca me convenció, aunque determinó un trabajo del que no me debo quejar. Me gusta contar historias y mucho más imaginarlas. Por otros azaras de la vida he escrito algunos libros: poesía, cuentos, relatos infantiles, novela. Algunos piensan que lo que más me gustaría sería poder vivir de lo que escribo, pero en realidad desconocen mis aspiraciones: yo querría ser el capitán de un barco abandonado y atravesar el Cabo de Hornos rodeado de rayos y centellas, aullando desde el mástil más alto y con mi capa negra desafiando al viento.