Nubarrones

 

Cuando era más joven era un radical: anarquista (de los de salón, pero anarquista), republicano, apátrida, deseoso de que todo cambiara, absolutamente todo porque creía que si no cambiaba todo no cambiaba nada.

Mi madre me decía entonces que lo que me pasaba era normal, que el que no era así con veinte años es que no tenía corazón.

Retroalimentaba mis pensamientos leyendo a Nietzsche, a Kropotkin, buscando reseñas de Durruti y silbando por lo bajo a Victor jara o tarareando el «ay, Carmela» y «a las barricadas».

Pero la mayoría de aquellos pensamientos, buena parte de mis ideales de entonces, se han ido matizando con el tiempo, edificando sobre las ruinas de aquellas rebeldías nuevos edificios mucho más corrientes y normalizados. También me lo decía mi madre, si a los cuarenta y tantos seguía con esas ideas es que tenía un corazón más grande que mi cerebro.

Digo todo esto porque el día de hoy, en el que se celebran elecciones generales en mi país, me doy cuenta de que hace mucho que dejé de ser radical y me pasé al banco de los moderados, de los escépticos, de los que no creen en la palabra del primero que alza la voz puño en alto, de los desencantados, de los desilusionados. De haber tenido 25 años menos hoy para mí sería un apasionante día en donde la esperanza de una revolución en puertas, de un mundo en evidente cambio, me esperaba a la vuelta del recuento de votos.

Pero para mí no es más que una jornada de dudas, de indecisiones, de apatía, de temor incluso por un futuro que uno ve con pesimismo, en donde los cambios, aquellos que uno tanto anhelaba, no son ya sino nubarrones negros.

5 comentarios en “Nubarrones”

  1. Querido primo, me identifico con lo que escribes. Puede resultar ingenuo imaginar una revolución con los mimbres actuales. No tengo en mente una revolución cruenta. Estaba pensando en aquellos primeros gobiernos socialistas que siguieron a la dictadura franquista: nunca, en España, con aquella mayoría parlamentaria aplastante se estuvo tan cerca de Allende…Ahora mismo, no hay lugar para albergar ese tipo de esperanzas. Espero que, en un futuro, una revolución no cruenta, pueda conducir a los parlamentos ese tipo de ilusiones. En cuanto a hoy, también vivo esta jornada con pesimismo teniendo presente el complejo sistema de intereses que condiciona de manera radical la vida parlamentaria.
    Probablemente, yéndome por la tangente como en otras ocasiones, sí siendo la necesidad de continuar siendo radical a mis cuarenta años. En concreto -y en especial-, en lo referente a la crisis ecológica global. En los últimos cinco años, han pasado por Cáceres Carlos Taibo y Jorge Riechmann. Ambas personas coinciden en lo estrictamente necesario de que el navío haga un posible viraje, no ya para evitar el colapso del planeta tierra, más bien para sufrir unas mayores o menores consecuencias. Riechmann, señala el hecho de que el decrecimiento ya no es una opción voluntaria para millones y millones de personas -este punto desestabilizador también requeriría de medidas radicales-. El viraje del navío sería la fundamental -y obligada- medida radical para atender a esa emergencia que el planeta Tierra padece. Y el cambio sería radical porque respondería a la obstinación -radical- de mantener un rumbo que nos hará chocar contra el acantilado. Teniendo en mente los intereses del planeta Tierra -el verdadero hogar de todas las personas y seres vivos que habitamos la Tierra-, Taibo propone para hacer frente a la crisis ecológica global, una salida -también global-: la salida del Capitalismo. Taibo recomienda, por ejemplo: frente a Keynes, reducir la industria automovilística a cero al tiempo que ponemos en marcha un sistema de transporte colectivo -generando puestos de trabajo…-. Algunas personas no pueden evitar concluir en la ingenuidad de Carlos Taibo. Pero esto último sería otro problema (el cual se podría explicar, por ejemplo, desde la denegación: vemos las señales -y sufrimos las consecuencias de que algo no va bien- pero, aún así, no reconocemos la realidad y sí, nos afanamos en transformarla alucinatoriamente con el fin de satisfacer el deseo, nuestro deseo). A Taibo y Riechmann la razón y el estudio les ha conducido a estos planteamientos con los cuales me identifico plenamente. Desde la razón y desde el corazón: si la Tierra está en peligro, lo lógico y -lo esperado- sería hacer planteamientos acordes a la emergencia que padecemos. Y los planteamientos ya está hechos -teniendo como base el sentido común más genuino y además, basados en pruebas y datos científicos-.
    Es, en lo que acabo de contar, donde siento la obligación de continuar siendo libertario y radical.
    Un abrazo.

    • Querido Juantxu. Agradezco tu comentario. En mi caso la decepción revolucionaria tiene mucho que ver con la pérdida de fe en el ser humano, no en el ser humano individual sino colectivo. Creo que individualmente el hombre es mucho más capaz de asumir revoluciones, cambios, solidaridades, pero que en masa, en conjunto, se vuelve torpe, escaso de perspectiva y egoísta. Por otro lado, con los años he llegado a la triste conclusión de que muchos de esos cambios resultan muy difíciles de hacer de forma pacífica o sin imposiciones (imagina llevar a cabo la propuesta que tu señalas de reducir la industria automovilística a cero, a día de hoy resulta impensable). Con los años la tentación de mirarse al ombligo se acentúa. Por eso, aunque el efecto de la crisis ecológica en la que vivimos inmersos nos seguirá afectando y agravando, entiendo que los hombres no estamos preparados para afrontar ninguna actuación conjunta y radical en ese ni en otros muchos campos hacia donde el progreso y el egoísmo nos llevan. Ante la imposibilidad y la decepción que eso provoca, lo normal es acabar refugiándote en la individualidad y admitir que, tal vez, la única revolución que vale la pena vivir sea la que seas capaz de hacer tú como persona y en tu entorno más próximo.

      Por otro lado veo cada vez más evidente la necesidad de que tus pensamientos, y tus razonamientos, sean compartidos de una forma más oficial. Desconozco si eres responsable de alguna bitácora, de no ser así, te animo a que lo hagas de forma urgente.

      Un abrazo.

  2. Suscribo lo que sigue: «Ante la imposibilidad y la decepción que eso provoca, lo normal es acabar refugiándote en la individualidad y admitir que, tal vez, la única revolución que vale la pena vivir sea la que seas capaz de hacer tú como persona y en tu entorno más próximo».

  3. Suscribo lo que sigue: «Ante la imposibilidad y la decepción que eso provoca, lo normal es acabar refugiándote en la individualidad y admitir que, tal vez, la única revolución que vale la pena vivir sea la que seas capaz de hacer tú como persona y en tu entorno más próximo».

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