Lucas Ventura en La Albuera

Un billete para dos

 
El suceso sobre el que gira este capítulo es, que duda cabe, la Batalla de la Albuera. Un acontecimiento no suficientemente conocido por muchos extremeños, pero que es un claro ejemplo de la compleja situación política que vivía España, y por tanto Extremadura, a principios del siglo XIX. En pocos más de 15 años, los que transcurren desde la revolución francesa hasta nuestra Guerra de la Independencia, España se convierte en aliado francés en su guerra contra los ingleses y no duda en invadir Portugal (1801) a requerimiento de Napoleón (el objetivo era menoscabar el uso de los puertos portugueses por los navíos británicos). Posteriormente sufre la derrota de su flota naval en la batalla de Trafalgar (1805) y a la postre es traicionado por los franceses que invaden nuestro país dando lugar a la lucha por nuestra Independencia (1808-1814).
El afrencesamiento de nuestros dirigentes (comandados por el pacense, Manuel Godoy), dio como resultado un conjunto de lamentables actuaciones que comienzan con la invasión de Portugal y el desencadenamiento de la conocida como “Guerra de las Naranjas” (recibe este nombre debido al ramo de naranjas que Godoy envió a la reina española María Luisa de Parma, cuando sitiaba la ciudad de Elvas). Napoleón, en guerra con Inglaterra, conmina a los portugueses, tradicionales aliados de los británicos, a que rompa sus alianzas y cierren sus puertos a los barcos ingleses. Lógicamente Portugal no acepta la amenaza y Napoleón incita a que España declare la guerra a Portugal si continuaba prestando apoyo a Inglaterra. La invasión se produce en el mes de mayo de 1801, las operaciones no duran más allá de 18 días, en los que se ocupan localidades como Elvas, Castelo de Vide, Portalegre, Olivenza… los portugueses no muestran resistencia y las escaramuzas finalizan con la firma del Tratado de Badajoz, por el que España devuelve los territorios conquistados a los portugueses, salvo Olivenza y la localidad de Vila Real, pasando el río Guadiana a ser la frontera real entre los dos países.
Este conflicto todavía esta presente en el espíritu de muchos portugueses, que siguen reclamando sus derechos sobre ese territorio. No se reconoce la soberanía española y prueba de ello es que faltan por colocar 100 balizas en la delimitación fronteriza entre los dos estados ibéricos. Para agravar más el resquemor en el Tratado de Viena de 1815 España se comprometió a devolver el territorio ocupado de Olivenza a Portugal. Claro, que eso entraría en contradicción con lo establecido en el mencionado Tratado de Badajoz, que indicaba lo contrario. En fin, un conflicto con el que los dos países han aprendido a convivir.
Es famosa la estrofa de la canción folclórica extremeña “El candil”, en el que se dice que las muchachas de Olivenza no son como las demás, porque son hijas de España y nietas de Portugal”.
Cuando Lucas llega a Olivenza se encuentra con una villa destrozada. En apenas seis meses Olivenza ha sido asediada indistintamente por ejércitos franceses, portugueses e ingleses. El 11 de Enero, el mariscal francés Soult (en la imagen inferior), que dirigiría posteriormente las tropas francesas en La Albuera, cerca las murallas de Olivenza con más de 8000 hombres. Curiosamente en la propia villa se encuentran, de manera provisional, un buen número de soldados españoles (alrededor de 3500) que plantan cara al asedio francés. Tras doce días de duros combates los españoles se rinden incondicionalmente y son hechos prisioneros, mientras que un grupo de 400 franceses se quedan guardando y reparando las defensas de Olivenza.
Pero sólo tres meses después la villa vuelve a ser asediada, esta vez por un ejército mixto formado por tropas portuguesas e inglesas (8600 hombres) y comandadas por el general Beresford (que dirigiría el ejército aliado en la batalla de la Albuera). Una semana más tarde los franceses capitularon y los ingleses izaron la bandera española en el castillo de Olivenza, no la portuguesa, con gran disgusto de éstos.
Estos continuos asedios eran habituales en aquellos años. Los pueblos que no los sufrían directamente, debían destinar buena parte de sus ingresos a sufragar los gastos de la guerra. Había ciudades, no obstante, que se llevaron la palma sufriendo terribles y continuados asedios de uno y otro bando, como es el caso de Badajoz.
Cualquier persona comprenderá entonces que la situación de la población nativa, sometida a los vaivenes de uno y otro bando, era desesperada. Los ajustes de cuentas, las traiciones y los recelos, estarían a la orden del día. También debía resultar paradójico el batiburrillo de lenguas que se pasearían en aquellos días por las calles de Olivenza: español, portugués, francés, inglés…
Concerté una cita por teléfono con la oficina de turismo de Olivenza, les expuse el motivo de la visita que haría unos días después y, amablemente, pusieron a mi disposición información y material bibliográfico del periodo sobre el que quería documentarme, aprovecho estas líneas para agradecer la colaboración prestada en este punto por Servando Rodríguez. Visitamos Olivenza un sábado frío de Enero, ascendimos al Castillo que sirvió de cárcel durante los asedios, contemplamos la visión de los alrededores, imaginando la terrible imagen de los ejércitos de uno y otro bando aproximándose en el horizonte. Vimos los edificios que en otro tiempo alojaron los regimientos de los soldados y recorrimos las magníficas murallas que hubieron de soportar semejantes bombardeos. Olivenza es hoy una perla llena de vida e historia, que bien merece ser visitada.
Tras la comida, recorrimos los treinta kilómetros que separan Olivenza y La Albuera. Esa sería la primera de las tres visitas que realicé a esta localidad, la más importante. Para entonces ya había conforntado mucha información sobre la batalla, y tenía una idea clara de lo que quería que pasara. Ya sabía que Lucas acudiría acompañado de un amigo y sabía además que debían buscar a un personaje clave, el Alferez James Hay.
Aquel Alférez, del 66 regimiento, fue atravesado por una lanza y no obstante siguió combatiendo, más tarde fue atravesado por una segunda lanza y aún así se mantuvo con vida, al anochecer fue encontrado sentado en el campo de batalla, con el suficiente ánimo como para restarle importancia a sus heridas. Sorprendentemente, sobrevivió a la batalla.
Tras recorrer las calles solitarias del pueblo, nos adentramos en los escenarios de la tragedia. Para mí fueron unas horas cargadas de emoción: sentir que caminaba por aquellos campos, contemplar aquel paisaje, oler aquella tierra y estremecerme. La magia de la literatura me concedía la inmensa suerte de poder revivir la historia. Sentía que Lucas Ventura se paseaba como una nube más por aquellos campos y que yo era como un escultor privilegiado, con la capacidad de introducir a mi personaje en pleno epicentro de la batalla.
– Por aquí ha de subir. Hacía aquella colina se dirigirá. Junto a ese arroyo pasará la noche…
Traté de ser fiel al relato del combate. Sabía que introducir a Lucas y a Pablito en la división de Zayas, que sufrió de lleno las acometidas francesas, era un riesgo, porque cualquier descripción podía resultar demasiado tétrica, cruel o sanguinaria, teniendo en cuenta el excesivo número de bajas que precisamente en ese batallón se producirían.
Como en otros capítulos, todas las referencias explícitas a personas y lugares que aparecen en la novela, están documentados y de alguna u otra forma participaron en aquella trágica jornada.
Me fue muy útil el libro de Juan José Sañudo Bayón titulado: “La Albuera 1811, glorioso campo de sufrimiento”, en donde se hace un recorrido pormenorizado de la batalla, contado con agilidad y casi en tiempo real.
El rastro que la batalla dejó en la historia y sobre todo en las calles de La Albuera, es todavía bien visible por el turista. A la entrada del pueblo se puede contemplar el poema que Lord Byron dedicó a la batalla, el busto en recuerdo del General Castaños, el centro de interpretación, los monolitos que homenajean a algunos batallones que participaron en la lucha, las placas situadas en los miradores de la batalla…
Todos los años, durante el mes de mayo, en la Albuera se celebra la conmemoración de la batalla. Es un espectáculo formidable, en el que el turista se ve literalmente envuelto en las escaramuzas, siente el olor de la pólvora, escucha el sonido de los tambores, se mezcla con el desfile de los diferentes ejércitos y vive, al fin y al cabo, los entresijos de la batalla. Personalmente lo recomiendo a todos los lectores de mi novela.
Quisiera terminar haciendo referencia a una cita que aparece en el centro de interpretación de la Batalla, ubicado en el propio pueblo de La Albuera. Es del escritor Jesús Rincón Giménez y aparece en su libro “Días aciagos y días gloriosos de Extremadura”, dice así:
“Sabe Dios si debajo de aquellos sembrados y de las rojas manchas de las amapolas, las amarillentas calaveras de unos hombres que se mataron sin conocerse, y que en aquella inolvidable fecha sintieron los mismos crueles dolores y la misma bárbara agonía, se buscan para perdonarse el mal que se hicieron”

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