Lucas Ventura en Guadalupe

El monasterio del lobo

Mi primer libro fue un poemario de poesía, allá por 1993. En aquella época tenía un especial vínculo con la Institución Cultural El Brocense, gracias a mi amistad con Emilio Jaraíz. Mi primera visita a Guadalupe data de esa época, al menos la primera visita de la que fui plenamente consciente como adulto. Tuve la suerte de visitar el monasterio de la mano de un fraile, del que sólo creo recordar su nombre: Fray Juan, desconozco si era el guardián, el archivero o el cocinero. Aquella visita me permitió conocer alguno de los secretos del monasterio, salas a las que no acceden los turistas, relicarios, bellezas ocultas, secretos… nunca más volví a pensar en aquel monasterio como en un monasterio cualquiera.
Por eso cuando me planteé los viajes de Lucas, tenía claro que una de las paradas debía ser, necesariamente, Guadalupe.
Como quería abordar en cada capítulo diferentes espacios temporales, decidí situar la trama a comienzo del siglo XV, es decir, pocos años después de la llegada al Santuario de Guadalupe de la orden de los Jerónimos.
Existe mucha información bibliográfica sobre el monasterio, pero además yo quería, rememorando mi primera visita, volver a recorrer aquellas salas de la mano de un monje que habitara actualmente el monasterio. A través de amigos y conocidos al final dí con la persona indicada y, tras varios retrasos y cancelaciones, un lunes, pasada ya la Semana Santa de 2006, concerté una cita con él.
Hacía poco tiempo que tenía carnet para conducir motos grandes y aquel fue mi primer viaje relativamente largo, cabalgando sobre mi moto. Lo recordaré porque en cuanto se asomaron en el horizonte los primeros esbozos de la sierra de las Villuercas me sorprendió una tremenda tormenta de granizo que me hizo retrasar sobre la hora prevista.
Al final Guadalupe se apareció radiante y limpia de nubes. Y Fray David Ortiz, el fraile encargado de la Coral y la escolanía del Monasterio, me esperaba ya en el lugar convenido.
Yo iba cargado de preguntas y con los ojos bien abiertos. A veces notaba que Fray David me miraba con escepticismo, como si tratara de escudriñar hasta qué punto yo iba en serio con aquello de la novela. Tampoco era fácil para él responder a cuestiones concretas sobre personajes y hechos acaecidos hace tanto tiempo. Recuerdo que, de entre mis preguntas, en una de ellas fue tajante, yo le insistía sobre el lugar en el que se encontraba la huerta del monasterio, y sobre la posibilidad de que el prior estuviera recogiendo acelgas en él, pero él negaba con la cabeza: “el prior de un monasterio nunca se encargaría de cosechar un huerto, el prior del monasterio era como el señor de un castillo, demasiado arriba para ocuparse de esos menesteres”. También le insistía sobre las costumbres de aquellos frailes, sobre sus ropas, su labor, su biblioteca, su enfermería y, algo que me interesaba especialmente, la antigüedad y la ubicación de los órganos del monasterio.
 Caminando por aquellos pasillos, por aquellas salas, pude sentir por primera vez algo que a partir de aquí sentiría en otras ocasiones, que tras mis pasos iban los de Lucas Ventura.
Al acabar el día, Fray David Ortiz, el músico franciscano, tocó frente a mí en el coro el majestuoso órgano de la iglesia de la Virgen negra. Fue un verdadero privilegio presenciar aquel pequeño concierto, casi en soledad. Jamás lo olvidaré.
Abandoné el Monasterio para hacer una breve visita al humilladero de la Santa Cruz. Desde lo alto, miré pausadamente el horizonte y regresé. Ya atardecía, en mi cabeza se sucedían las imágenes, desanduve el camino con mi cabeza bullendo y no sólo por el zumbido del viento en mi casco.
Como ya decía en el libro la etimología de Guadalupe ha dado lugar a diferentes versiones, algunos hablan de que la palabra proviene del árabe, Wad-al Luben, cuyo significado sería Río Escondido, aunque también está muy extendida la versión de que el nombre proviene de una mezcla del árabe y el latín, uniendo el Wad-al, es decir el río en árabe, con Lupus que en latín significa lobos, dando como resultado el nombre de Río de Lobos, algo nada desdeñable habida cuenta de la orografía y la fauna de aquella zona.
La idea de que un chucho quejica y pasota acompañara a Lucas y se “transformara” en aquel Lobo espeluznante me hizo gracia. Se que el nombre de Chango se utiliza en algunos países de Sudamérica para referirse a los niños pequeños, pero yo siempre quise tener un perro y llamarle Chango desde que conocí una canción de Yupanqui titulada “Me gustaba andar”, que decía «Mi chango travieso me sale a esperar, y entre mate y mate comienzo a desensillar».
Como sucede a lo largo de la novela, he de decir, que la mayoría de los personajes que se mencionan existieron en realidad, y además en el momento en el que se desarrolla la historia. Y en este caso además con la particularidad de que cualquiera que visite la Sacristía puede observar en los lienzos que pintó Zurbarán en el siglo XVII, el rostros de Fray Fernando Yañez (y de paso del propio Zurbarán, autorretratado en la parte posterior). Fray Fernando Yañez de Figueroa, provenía de una importante familia cacereña, y estuvo durante algunos años ejerciendo la política. Desengañado tomó los hábitos y tras recorrer diferentes monasterios fue ordenado primer prior regular del Monasterio de Guadalupe, habitándolo junto con 31 monjes más.
También es fácil encontrar la figura del Padre Cabañuelas representado en el famoso lienzo, titulado “La misa del Padre Cabañuelas” en donde se describe el milagro que presenció mientras celebraba la eucaristía. En un momento, el monje dudó sobre la presencia de Cristo en el pan y el vino que se utiliza en conmemoración de la Última Cena, el cielo entonces se oscureció y entre las nubes que se formaron apareció la hostia entre luces doradas, mientras una voz le conminaba a creer y callar sobre lo que había visto. Según me comentó Fray David, todavía es posible observar un testimonio de aquel suceso: los corporales y la hijuela utilizados en aquella misa milagrosa, junto a unas gotas de sangre. Reconocidos ante el notario apostólico en el siglo XVII, fueron declarados auténticos y son hoy una de las más preciadas reliquias del monasterio.
 A partir de este suceso el Padre Cabañuelas, también conocido como fray Pedro de Valladolid, se convirtió en una figura muy apreciada por todos. Nombrado posteriormente Prior del Monasterio, fue además consejero real y murió venerado y querido, allá por 1441 cuando contaba poco más de 50 años.
Hay más cuadros, objetos y reliquias que cualquier lector puede identificar en la novela paseando por el magnífico claustro del monasterio, o por algunas de sus salas. Les dejo el privilegio de descubrirlas.
Creo que la importancia que Guadalupe tuvo no sólo como centro religioso (sólo comparable con los mayores centros de peregrinación cristiana), sino también cultural, es algo innegable. Un lugar donde se cuidaba el conocimiento y la formación, espiritual y humanística de frailes y seglares; que contaba, ya entonces, con una valiosísima biblioteca, alimentada además por la confección propia de libros miniados; en donde se produjeron importantes avances en áreas como la medicina (se dice que la primera autopsia que se documentó en España se realizó precisamente en Guadalupe); que fue refugio y consuelo de Reyes, que fue visitado en numerosas ocasiones por Isabel la Católica, o por personajes ilustres como Colón, que lo visitó antes y después del descubrimiento; todo ello lo convierten en un auténtico tesoro histórico que, como extremeños, tenemos que conocer y conservar.
Cuesta creer que tras tantos años de esplendor, el monasterio cayera en una decadencia tal que la soledad, la ruina y el expolio se adueñaran de él. Sucedió tras la desamortización de Mendizábal, a mediados del siglo XIX. No fue hasta 1908, cuando una nueva orden religiosa se encargó de su conservación y mantenimiento, desde entonces la Orden Franciscana habita en el monasterio.
Para terminar hay un dicho que desde que lo escuché me dio una idea de que la vida y el poder de los monjes de este monasterio estuvo, en algún momento, alejada de la imagen trabajadora y humilde que tenemos de ellos. Es aquel que dice: “Mejor que Conde o Duque, fraile de Guadalupe”.

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