Lucas Ventura en Cáceres

La villa enfrentada

No muchos años después de los sucesos de Guadalupe, en Cáceres sucedió un acontecimiento especial: la visita de la Reina Isabel de Castilla. Trataré de hacer una breve introducción histórica, aunque de nuevo quiero dejar claro que ni soy historiador ni pretendo serlo y que sólo me mueve el deseo de hacer más comprensibles los sucesos que se narran en la novela.
La villa de Cáceres se incorpora al Reino de León el 23 de Abril de 1229, en tiempos del Rey Alfonso IX. Fecha que aún se celebra en la ciudad bajo la onomástica de San Jorge, patrón de Cáceres. Tras la reconquista, la villa se puebla con colonos a los que se les otorga tierra y beneficios a cambio de repoblar y permanecer en la zona, evitando que vuelva a caer en manos no deseadas. Para consolidar aún más la situación se aprueban unos fueros, es decir, una serie de normas jurídicas, de organización y gobierno que resultan muy ventajosas para quienes decidan quedarse, como por ejemplo la exención del pago de tributos e impuestos, con lo que se aseguraba que la promesa de permanencia se mantuviera en el tiempo. La mayoría de estos colonos eran caballeros leoneses que ocupan la parte más alta de lo que hoy conocemos como “centro histórico”, es decir, los alrededores de la plaza de San Mateo y de la antigua Alcazaba árabe. Posteriormente otros caballeros provenientes de Castilla se instalan en la parte baja de la villa, rodeando lo que ahora conocemos como Concatedral de Santa María.
Desde comienzos del siglo XIV, Cáceres tiene la autorización real para que, aquellos que lo deseen, puedan erigir sus casas fuera de la muralla que rodeaba la ciudad, hasta ese momento esos emplazamientos eran protegidos por motivos defensivos y de observación. De esta forma la ciudad empieza a poblarse de trabajadores, comerciantes y judíos que van construyendo su propia ciudad alrededor de la muralla.
La convivencia entre los nobles cacereños no siempre es ejemplar, hay momentos en los que las traiciones, intrigas y disputas se extienden por las calles, y los enfrentamientos llegan al extremo de producirse incluso entre ventana y ventana de las diferentes casas. De ahí el aspecto de fortaleza de muchas de las viviendas, algunas de ellas provistas de saeteras, matacanes y altivas torres.
Cada una de la facciones se rige por su propia bandera, con un León la del bando leonés, y con un castillo el bando castellano, que mantiene la legitimidad de ese escudo desde que las tropas de Fernando III de Castilla lucharan en favor de la villa.
En el momento en que Lucas acude a Cáceres, existe además una guerra por la sucesión al trono castellano entre la legítima heredera: Juana de Trastámara y su tía Isabel de Castilla. Juana de Trastámara era hija del rey Enrique IV y de su segunda esposa la Reina Juana de Portugal. Dado que el primer matrimonio del rey fue anulado porque nunca llegó a consumarse, el rey tenía fama de impotente y acusaban a la reina de que el verdadero padre era en realidad Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque. A pesar de que los reyes juraron y perjuraron que la hija era suya, Juana, apodada la Beltraneja, fue destronada como Reina de Castilla y, a la postre, obligada a renunciar a todos sus títulos y a ingresar en un convento de la ciudad portuguesa de Coimbra.
El problema se origina a partir de que Enrique IV, que a la vista de lo leído no era demasiado hábil, presionado por una parte de la nobleza, deshereda a su hija como futura reina y nombra heredero a su hermanastro Alfonso. Sólo unos años después, en una reunión de nobles celebrada en Ávila, se decide destronar a Enrique IV y nombrar rey a Alfonso, provocando una guerra que desembocaría años después (fallecidos tanto Alfonso como Enrique) en la guerra entre la sucesora de Alfonso, su hermana Isabel (en la imagen de la izquierda), y Juana (a la derecha), la hija de Enrique.
La nobleza se divide. Buena parte de ella se posiciona a favor de Isabel I de Castilla, pero otra parte no lo hace. En Cáceres la simpatía hacía la reina desde el bando castellano es lógico, como también lo es el posicionamiento hacía la causa de la Beltraneja desde el bando leonés.
En ese clima enrarecido llega Lucas a Cáceres.
Para la documentación de este capítulo utilicé abundante información, mucha proviene de los escritos de reputados historiadores cacereños: Publio Hurtado, Conde de Canilleros, Carlos Callejo, Valeriano Gutiérrez..,también de autores más cercanos en el tiempo, como Francisco Acedo o Antonio Bueno y complemento en lo posible lo leído conversando con Fernando Jiménez Berrocal, director del Archivo Histórico de la ciudad, con Amparo Fernández, de la sección turística del Ayuntamiento de Cáceres y con Antonio Rubio Rojas, cronista oficial de la villa, ya fallecido.
El hecho de que el prior de Guadalupe, Fray Fernando Yáñez, fuera cacereño y que además tuviera un apellido tan reconocible en la ciudad como el de Figueroa, planteaba un nexo evidente entre uno y otro capítulo.
Quería que el lector tuviera clara la visión de una población de extramuros que iba en crecimiento y la visión de una población de intramuros cada vez más pendenciera y crispada.
Creo que la llegada de Isabel la Católica a Cáceres supuso un antes y un después en nuestra historia local. La situación a la que tuvo que enfrentarse y la forma diplomática de solventar el conflicto, ponen de manifiesto la habilidad política que siempre demostró la reina castellana, que acudió sola, sin su marido que andaba ocupado sitiando la fortaleza de Castonuño.
En aquel tiempo había caballeros con tanto dinero, poder y armas, como para mirar desafiantes a los ojos de una reina que, como aquella, estaba en aquel momento en entredicho. Gasté buena parte del tiempo que dediqué a este capítulo en encontrar a una persona que perteneciera o simpatizara con el bando leonés y que pudiera jugar ese papel.
Creí encontrar a la persona indicada en el Maestre de la Orden de Alcántara, Hernán Gómez de Solís, personaje astuto y poderoso, embaucador y traicionero, que cayó en gracia del Rey Enrique IV al que no tuvo reparo de abandonar cuando comprobó que la guerra de sucesión se iba dirimiendo a favor de su hermano Alfonso. Este personaje acumuló tal poder que hubiera representado a la perfección la imagen del noble desafiante y altanero. De él se escribía: «Era tan poderoso en gentes y riquezas que se dice que tenía tan por suya la provincia de Extremadura que con soberbía decía que aunque el Rey viniese contra él, no le temería». Pero, como dije, no solo cambió de bando a última hora sino que falleció siete años antes, dejándome huérfano de interlocutor. (Si quieres saber algo más de este personaje te recomiendo el estudio realizado por Alfonso Domínguez Vinagre, que puedes ver pulsando aquí)
La figura de Diego de Ulloa surge entonces tras un proceso de descarte. Se trata de un noble poderoso y rico, perteneciente a una familia del bando leonés, que habita en una casa fuerte, probablemente fundador de la casa que hoy conocemos como Parador de Turismo y con suficiente raigambre en la población como para erigirse en líder de uno de los bandos. Si bien es cierto que debió ser uno de los damnificados por el desmoche de las torres ordenado por la reina, también es cierto que sus descendientes terminaron adaptándose a las circunstancias y emparentados con la familia de los Ovando, aquella familia que supuso la excepción en la orden de desmochamiento y que resulta el desencadenante del incidente contra la reina relatado en el libro, que en realidad jamás sucedió.
 Cuántas veces imaginé mientras iba a trabajar, la cara de aquellos nobles al ver a la Reina de Castilla tratando de imponer el orden en sus vidas y en sus casas. Cuántas veces imaginé los acalorados diálogos que se producirían, el poso de humillación y de orgullo que la Reina dejó tras sus pasos.
Como ya expuse al final de la novela, la asamblea en la que la Reina dictó las nuevas ordenanzas, entregó el nuevo pendón en el que aparecían unidos los emblemas castellan y leoné, nombró a los nuevos regidores de la villa, y ordenó desmochar las torres de todas las casas y palacios, salvo la del capitán Diego de Ovando, no se produjo en la forma relatada en la novela. No hubo intento de atentado. Tampoco las ordenanzas se cambiaron en el último momento, sino que estaban suficientemente razonadas de antemano. Pero es privilegio inherente al escritor el uso de la fantasía para colorear acontecimientos en donde el tiempo se ha encargado de tejer una tela de araña.
 Del carácter de aquellos individuos puede hacerse una idea el lector paseando por el casco antiguo de Cáceres. Las casas blasonadas, los matacanes, las almenas… En la casa denominada de los Golfines de Abajo, el lugar en dónde estuvo alojada la Reina, aparece una inscripción, junto a un emblema de los Reyes Católicos, que dice “Esta es la casa de los golfines”, por si alguien tenía alguna duda. Si se accede al patio interior, el viajero podrá observar además una lápida con una inscripción digna de ser recordada: “Aquí esperan los Golfines la llegada del día del Juicio Final”.
Hay más referencias que aparecen en la novela y que pueden observase hoy en día, como la placa situada junto al Arco de la Estrella y que recuerda, precisamente, al día en el que la Reina Isabel la Católica juró respetar los fueros de la ciudad.

O la placa situada junto al Palacio de Pereros en el que se referencia el momento en que los judíos mostraron ante la reina su disconformidad por los excesivos tributos que pagaban. También son reconocibles actualmente las ordenanzas que la Reina dictó en aquella jornada. En el apartado V se decía:

«Item mando, y ordeno, que luego la justicia, regidores desta dicha villa, desfagan los dos sellos que tienen del Concejo, y faga uno, y no más, que tenga un escudo de armas, y en la mitad del aya un Castillo, y en la otra mitad un León; las quales dichas Ermas yo doi por armas propias suyas a la dicha. Villa de Cáceres para siempre jamás, y que este sello esté siempre en poder de uno de los regidores y del procurador…»

Por último diré que todavía se conserva en el despacho oficial de la Alcaldía, los restos del pendón original con los emblemas de Castilla y León unidos, y que, según algunas leyendas, fue tejido por la propia Reina Isabel la Católica.

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