Lucas Ventura en Augusta Emérita

Agusta Emerita

Al plantearme el comienzo de mi andadura por la historia extremeña, había un hito inicial que, a priori, resultaba muy evidente: la Mérida romana. En algún momento anduve con la duda de si sería o no conveniente que el recorrido de mi personaje se iniciara aún más atrás. La figura de Viriato era suficientemente atractiva como para replanteárselo y además enlazaría bien con la visión posterior de Emerita Augusta, podía enfocar en primer lugar la rebeldía de los lusitanos contra el invasor romano, para posteriormente mostrar la visión de Mérida, es decir, del triunfo de una forma de entender el mundo mucho más “moderna” y civilizada, que terminaría imponiendo las bases de nuestra sociedad actual.

No se si todos los que han oído hablar de Mérida entienden la importancia que esta ciudad tuvo durante más de ocho siglos. Mérida representaba a la perfección el paradigma de una ciudad romana: su arquitectura, su organización política y social, su forma de vida convertían a Mérida en la Roma de Hispania. Creo que tiene el derecho de pertenecer a ese escaso grupo de ciudades en las que, como Córdoba, Granada o Toledo, la historia se detuvo a engalanarse.
Al contrario que en otros capítulos, la bibliografía que sobre Emérita Augusta hay publicada es muy abundante y de alta calidad. No me fue nada difícil documentarme. Por si fuera poco, la visita a la ciudad es ya de por sí lo suficientemente evocadora, como para inspirar a cualquiera.
Pronto supe lo que quería que pasara. Pero debía encontrar algún objeto que todavía perdurase de aquella época y que sirviera de nexo de unión, o si se quiere de gesto de complicidad, con el lector de mi novela. Para ello visité el Museo de Arte Romano, traté de leer la leyenda de cada una de las esculturas, cada lápida, cada mosaico, cada prenda exhibida, podía darme una pista con la que argumentar la presencia de Lucas en Mérida.
Encontré un epígrafe en una vasija romana en la que aparecía el nombre de un tal Tanginus Barario. En la onomástica romana existe tanto el genero masculino: Tangino, como el femenino: Tangina. En la traducción al español figuraba el nombre de Tangino, lo que no era seguro es que aquella referencia funeraria se correspondiera con la figura de un muchacho. Aún así, me detuve pensativo en la Casa de Mitreo, tratando de imaginar la figura adolescente que me evocaba aquel nombre tan extraño, intuyendo que, sólo unas semanas después, iba a retornar a la vida, siquiera en las páginas de un libro.
Caminar despacio por las gradas del Teatro Romano, escuchar su acústica, distinguir las luces de las sombras, comprender que tras cada roca se esconden los fantasmas de todos los actores que en la historia han sido. Asomarse al Anfiteatro, imaginar el entramado de maderas que reposaba sobre el foso, escuchar el sonido de las fieras, el golpeteo de las espadas, los gritos del dolor y la victoria unidos entre sí, ya para siempre, bajo el viejo sol emeritense. Recorrer a pie la longitud del Circo Romano e imaginar a Paulus, el auriga que aparece en el mosaico del museo, atravesando veloz aquellas calles ahora semienterradas por los siglos. Tres visiones únicas e imprescindibles para quien quiera comprender la verdadera magnitud de Emérita Augusta.
No es difícil encontrar maquetas con la fisonomía de la antigua Mérida. Desde el puente romano, que todavía sigue en pie, pasando por las columnas de entrada que aparecen en las monedas acuñadas en Mérida, las calles principales que la atravesaban: Cardo y Decumanus, los foros, los acueductos, las murallas…
No creo equivocarme si digo que cualquiera podría hoy calzarse unas sandalias y, emulando el recorrido de Lucas, atravesar Mérida en busca de los pasos de Tangino.
La famosa imagen del gladiador luchando con el León, que aparece en la novela, ocupó originalmente un lugar en los muros del anfiteatro romano. Actualmente reposa en una de las salas del Museo de Arte Romano de Mérida. Quizás, si se fijan bien, cerca de ella puede que repose un denario de plata muy especial. Si lo encuentra, no dude en frotar sus dedos sobre él.

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