Los viejos vinilos

Dicen que hay sonidos, olores, incluso sabores, que tienen la capacidad de transportarte al pasado. Hace unos días revisaba con mi hijo la película de Ratatouille. En ella, ya casi al final, un crítico gastronómico muy severo, exigente y estricto, hacía la revisión de un plato que, sin que él lo supiera, había sido elaborado por un chef particular, en concreto por una rata. Cuando el crítico probó la sopa recién servida, tan sólo con la primera cucharada, todos sus parapetos sentimentales se vinieron abajo, su gesto altivo y huraño se derrumbó, mientras su paladar le devolvía a la niñez, frente a una sopa similar puesta amorosamente por su madre. Así me sentí yo hace unos días.

Con quince años la mayoría de los jóvenes de mi generación anhelábamos disponer de una cadena de música. No era tan fácil como ahora, el consumismo no había hecho presa fácil en nosotros y cualquier compra de este tipo tenía primero que ser consensuada con mucha antelación, necesitaba además un largo ejercicio de convencimiento y, con algo de suerte, al fin encontrar alguna oferta que encajara con el escaso presupuesto. En mi caso fue un regalo de fin de curso compartido entre mi hermana y yo.

Durante los siguientes años, no más de ocho o diez, me hice con una buena colección de vinilos, más de cincuenta. Me sorprende, porque aquello significaba un esfuerzo económico que todavía no sé bien cómo pude permitírmelo. Todavía recuerdo la emoción cuando iba a Madrid, a casa de mi abuela o de mi tía, y me pasaba por Madrid Rock, o por La Metralleta, o en mi ciudad por la mítica tienda Harpo, que era toda una referencia de mi juventud.

Los tiempos fueron cambiando y llegó el CD. Aquel soporte que según la publicad de entonces era inalterable, con una calidad de sonido inalcanzable para cualquier vinilo y una capacidad para almacenar música mucho mayor. Y de la noche a la mañana lo nuevo se convirtió en moderno y en unos meses los vinilos desparecieron de las tiendas de discos y los CD’s lo invadieron todo.

En mi casa, mi colección fue poco a poco quedando relegada, primero en una esquina, después en un cajón y luego… quién sabe a dónde fueron a parar.

Casi 25 años después volví a recordarlos, sabía que debían andar en algún lugar perdido de la casa de mis padres o de mi hermana. Los buscaba, sin demasiado entusiasmo al principio, con algo más de dedicación después. Pero no había forma. Parecía como si se los hubiera tragado la tierra. El pasado domingo me propuse hacer una búsqueda concienzuda en los viejos armarios y para mi sorpresa los encontré. Al fondo de un altillo, entre bolsas viejas, libros de texto antiguos y maletas, a punto ya de ser engullidos por la desidia.

Los bajé con cuidado, con una sensación similar a la de estar descubriendo un tesoro, y comencé a revisarlos detenidamente, a reencontrarme con ellos como si fueran viejos amigos. Uno tras otro me provocaban sonrisas, carcajadas, exclamaciones, nostalgias. Releía las carátulas, extraía con cuidado los discos, repasaba las fundas gastadas por mis manos, las fotografías, las letras cuidadosamente impresas, las anotaciones, las dedicatorias…

Me sentía pletórico.

Ya en casa localicé en la cochera la vieja cadena de música de mi mujer. Le quité el polvo. Busqué unos altavoces, igualmente abandonados, y los conecté. Como quien retoma una vieja liturgia, saqué unos de los discos y ante la expectación familiar coloqué la aguja en el vinilo.

Si alguien me llevara a la Edad Media yo mismo sería incapaz de explicar la razón por la que aquel trozo de plástico negro, lleno de pequeños surcos, contenía en sí mismo la música. Mi música. Tras tantos años de silencio aquellos compases volvieron a llenar mi estancia. Quién decía que se escuchaban peor, quién decía que eran menos útiles, quién que estaban destinados a desaparecer. Fui pasando de disco en disco, dejándome llevar, sorprendiéndome de nuevo con aquellas canciones que volvían a sonar una vez más, agitando de nuevo mi alma, cuando ya parecía que nunca más lo harían.

Y, como al crítico de ratatouille, sentí que durante todo ese tiempo mi espíritu había rejuvenecido y se encontraba danzando felizmente en el pasado.

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