Lo salvaje

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Los que me conocen me habrán escuchado alguna vez relatar un cuento de Paulo Coelho titulado “El Buscador”. En él se relata el paseo de un hombre por unas colinas cercanas al mar y cómo se topa con un curioso cementerio en donde las personas aparecen enterradas figurando junto a su nombre no el tiempo en que estuvieron vivos, sino únicamente el tiempo en el que fueron felices, porque ese es verdaderamente el tiempo que vale la pena ser vivido.

Digo esto porque a veces pienso que los humanos actuales vivimos durante muchos años, probablemente somos los que, en término medio, más tiempo hemos conseguido vivir de nuestra especie, lo que no sé es si ese incremento en nuestra esperanza de vida supone un incremento en nuestro particular calendario de la felicidad.

Me encantan los perros, me fijo mucho en ellos, observo a sus dueños, sus costumbres, sus paseos, la forma en la que los miran o los tratan. En el mundo occidental al que pertenezco, una parte importante de estos perros se limitan a salir un rato por la mañana, otro rato por la tarde y, con algo de suerte, un paseo al anochecer. Es verdad que tienen sus necesidades alimenticias aseguradas, sus vacunas, sus desparasitaciones, su colchoneta mullida. Pero si pensamos en sus antecesores, en los perros que vivieron anteriores a la domesticación, salvajes, que vagaban libres y competían con otros depredadores para obtener su comida, agudizando sus instintos, sus astucias, y lo comparo con esos perros de ahora acomodados, de panza ancha y mirada bobalicona, pienso que la evolución domesticada de la que son el fruto no mejoró sus vidas.

Hablaba Bernardo Atxaga en uno de sus poemas que el sol sueña con la pura luz y que la noche añora los tiempos primordiales cuando todo era noche. A veces es necesario recurrir a la esencia de las cosas. Yo siento esa llamada, sutilmente, que me llega de los albores en los que el hombre sobrevivía cazando, recolectando, sintiendo la naturaleza y formando parte de ella. Lo comparo con buena parte de la humanidad actual que pasa 12 horas en una fábrica o en un despacho, alejados de la naturaleza, rodeados de ruidos, de humos y de aparatos electrónicos, que regresan a su pequeñas casas en donde alimentan a unos niños que apenas ven, día tras otro, y me imagino a esos mismos seres miles de años atrás, protegiendo el fuego, curtiendo pieles, acechando presas en el bosque, enarbolando sus instintos de supervivencia, respirando el azul, tratando de comprender el porqué de las cosas. Me pregunto si ese hombre antiguo pudiera observar nuestras vidas y comprendiera lo que hacemos, quizás elegiría permanecer en su mundo.

La evolución nos ha domesticado, nos ha convertido en seres idénticos, alejados de nuestra naturaleza inicial, como esas gallinas que han olvidado volar, o ese perro incapaz de perseguir a un conejo. Nos hemos creído el mantra de que ocupamos la cúspide de nuestra especie, pero yo observo al caminar y no veo sino gente aferrada a su teléfono móvil como zombis, postureando una vida inventada, veo a seres deseosos de aglutinar objetos innecesarios, alienados por la publicidad y la televisión, y me parece que en algún lugar perdimos el rumbo, que la evolución que hemos sufrido nos ha conducido a un callejón de difícil salida, que hemos transformado el mundo hasta convertirlo en un lugar donde no es ya siquiera posible soñar con volver a ser salvajes y LIBRES.

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