Las hormigas y yo

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Desde hace un año y medio tengo jardín.

De repente algo que mi mujer y yo habíamos deseado tanto tiempo se convirtió en realidad y, como pasa tantas veces, en algo bastante diferente a lo soñado, de hecho si tuviera que poner en una balanza por un lado el trabajo realizado y por otro las satisfacciones proporcionadas, no estoy seguro de que el resultado final fuera positivo:  mantener el dichoso césped, apartar las malas hierbas, remover la tierra, abonarla, hacer frente a los caracoles… son asuntos en los que antes no reparaba y que ahora se han transformado en pequeños retos de los que casi siempre salgo trasquilado. Pero si tuviera que destacar una batalla singular en la que me he visto envuelto durante este año y que ha ocupado buena parte de mis pensamientos, sin duda sería mi batalla contra las hormigas.

Las hormigas en sí no son rival para ninguna mente humana, ni por fuerza, ni por astucia, ni por peligrosidad. Tomadas de una en una son insignificantes, pero el problema radica en  que son miles, centenares de miles, y que su inteligencia es una inteligencia colectiva, basada en una organización concreta, evolucionada a lo largo del tiempo y con una capacidad de adaptación que las hace un enemigo temible.

En esta particular batalla de ajedrez yo muevo mis peones, coloco mis trampas, tapono rendijas, huecos… distribuyo venenos. Pero, una y otra vez,  burlan vez mis artimañas con nuevos ejemplares que sustituyen a las bajas, variando las rutas que las llevan a su destino, buscando nuevos escondites, aguardando a que el agua debilite el veneno…

El día en que descubrí que las hormigas que atraviesan mi jardín también pueblan los jardines de las casas de mis vecinos, que se desplazan de una parcela a otra por las aceras y por las pilastras, formando sólidas columnas de individuos de patitas negras, supe que este duelo estaba completamente perdido, que aquel diminuto enemigo era en realidad superior a mí y que mi único objetivo debía pasar por intentar que la invasión no se desmadrara en exceso.

De tanto observar su comportamiento he encontrado muchas similitudes al funcionamiento de las sociedades humanas. En ocasiones me siento como una especie de sistema opresor que las hostiga. En mi afán por doblegarlas utilizo estrategias diferentes, a veces esparzo pequeñas bolitas de veneno de color rosa sobre alguno de los caminos más poblados y compruebo como, en unos minutos, el insecticida acaba haciendo su labor sobre las incautas que atravesaron por la zona de peligro. En estos casos los efectos son parecidos a los que podría provocar un bombardeo sobre una pequeña aldea. Es verdad que se producen bajas, pero en un número mínimo si lo comparamos con el total de la población. De esta forma no mitigo el problema. Es sólo un parche puntual que en la guerra tiene escasa trascendencia.

Otra actuación consiste en esparcir unas bolitas blancas, también son un veneno, en este caso las hormigas no mueren a su contacto pero, unos días más tarde, cuando lo han trasladado hasta las profundidades del hormiguero se produce el efecto dañino, impidiendo que nazcan nuevas hormigas o incluso que la hormiga reina muera. Todo esto, dicho así, resulta cruel, lo asumo.

Hoy, tras lanzarles este veneno de efecto retardado, observé una escena que podría resultar extrapolable a la sociedad humana. Suponiendo que en ese escenario yo actuara como un ente desalmado y manipulador, las hormigas formarían parte de una comunidad crédula y desinformada. Aprovechando que son seres laboriosos, su primera reacción consistió en comenzar a recoger el veneno y, con la mejor de sus voluntades, transportarlo hasta el interior de la tierra.  Muchas cogían pequeños trocitos y ufanas caminaban con él entre sus mandíbulas sin detectar mi trampa. Otras, las más implicadas, tomaban grandes trozos, casi de su mismo tamaño y con enorme esfuerzo lo arrastraban por la arena cumpliendo con su trabajo de la mejor manera posible. En su pensamiento colectivo estaban absolutamente convencidas de que hacían lo mejor para su comunidad, sin saber que en realidad estaban colaborando en trasmitir el engaño, que habían puesto todo su empeño en cumplir un trabajo que llevaba su muerte aparejada. Cuántas veces no ha sucedido lo mismo con el hombre a lo largo de la historia.

A pesar de todas mis atroces triquiñuelas, sé a ciencia cierta que nunca venceré en mi batalla contra las hormigas, que pasarán los años y ellas seguirán caminado por mi limonero sintiendo que aquel es su reino y no el mío, es más, no tengo la más mínima duda de que las hormigas caminaran por la tierra cuando yo ya no esté y que, a pesar de su tamaño o tal vez gracias a él, continuarán caminando cuando el último de los hombres se haya extinguido.

2 comentarios en “Las hormigas y yo”

  1. Me ha encantado esta entrada de tu blog. Genial como siempre. Extrapolar el mundo animal al comportamiento humano no es rebajarnos a nosotros, los supuestos sapiens, sino a ellos, los que en teoría no tienen alma ni razón pero que, a la larga, terminan demostrando una sabiduría ancestral con la que les ha ido bien desde el principio de los tiempos.
    Las hormigas son más fuertes que nosotros. Recuerda que se llevaron al último de los Buendía y que en el infierno de El Bosco son casi dioses. No te empeñes, no las venceremos nunca. Y lo peor es que tampoco aprenderemos de ellas. De su tenacidad y de su organización impoluta. Ni de de cómo ellas no se devoran entre sí, algo que los humanos llevamos toda la eternidad haciendo.

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    • Muchas gracias Ana por tu comentario. Tienes razón, al último Buendía lo arrastraron todas las hormigas del mundo hacia su madriguera. Menudo final para esa estirpe.

      Las hormigas son un animal increíble: cultivan hongos, crían pulgones como si fuera ganado, forman ejércitos para batallar, rescatan a los heridos, emplean sustancias químicas para alertar y confundir al enemigo, capturan esclavos… y además disponen de un cerebro muy desarrollado en proporción a su cuerpo. Sabiendo además de sus complejas organizaciones sociales, podemos decir que una colonia de hormigas es como un supercerebro. Dicho lo cual, cruzo los dedos para que no les dé por adentrarse en mi casa o me expulsen de mi jardín. Mejor dicho, de su jardín.

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