Las Carmencitas

 

Yo fuí a EGB .Los años 60's y 70's.La educación en los 60,previa a la E.G.B,libros de texto escolares.|yofuiaegb Yo fuí a EGB. Recuerdos de los años 60 y 70.

Pasé los primeros años de mi vida en un pueblo del que apenas tengo recuerdos: una cuesta enorme de la que me tiraba a toda velocidad con mi triciclo, el cuerno roto de una vaca con el que asusté a mi madre mientras hacía la cama y una casa con una palma de Semana Santa en el balcón que me daba mucho miedo porque pensaba que era la casa de una bruja, y que aquella palma no era otra cosa sino la escoba con la que salía a volar.

Al volver a Cáceres mi madre pasó bastante tiempo buscando un colegio para mi hermana. Yo no prestaba especial atención, pero percibía la preocupación de mis padres por encontrar el centro adecuado.

Todos los días les escuchaba en la mesa de la cocina debatir los avances y desencuentros. Mi madre hacía referencia a lo difícil que era entrar en las Carmelitas (que yo traducía por Carmencitas) o en las Josefinas, y lo lejos que quedaba el colegio de La Montaña.

En mi mente infantil yo no acababa de entender aquel dilema, con lo que oía me había hecho mi composición de lugar y creía que a los colegios se iba en función del nombre de pila de cada uno. Los Antonios debían ir al San Antonio, los Franciscos al San Francisco, las Josefas a las Josefinas y las Cármenes a las Carmencitas. Todo tenía una lógica aplastante. Por lo tanto, mi hermana debería ir a un colegio que se llamara las Susanitas, porque ella era pequeña. Ya cuando fuera mayor iría directamente a Las Susanas.

Pero ni lo uno ni lo otro. Es más, ni siquiera la pudieron admitir en un colegio que estaba al lado de mi piso y que se llamaba Las Normales, que debía ser algo así como el lugar a donde iban las estudiantes que no eran ni muy guapas, ni muy feas, ni muy listas, ni muy torpes… lo dicho normales y corrientes. Pues tampoco la admitieron ahí, para gran disgusto de todos.

Después de mucho ir y venir la opción definitiva fue el colegio de la Montaña y al fin se tranquilizaron las aguas. Cuando al año siguiente yo me incorporé en el mismo centro, en parvulitos, mi sorpresa fue doble, primero por no ir al San Antonio, que era el que me debería corresponder por mi nombre, y luego porque allí no había ninguna montaña, más bien estaba en mitad de dos calles, si acaso en una ligera cuesta.

A duras penas me he dejado convencer desde entonces de este y otros engaños que iban en contra de cualquier lógica. De haber tenido otro carácter, al primer desatino de este tipo hubiera hecho como el actor Sazatornil en la película “Amanece que no es poco” y hubiera disparado al lucero del alba al grito de: “esto es un sindiós”.

 

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: