La revolución y el orden

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Vuelvo a declarar una vez más mi antinacionalismo y mi alergia a las banderas de cualquier tipo. Pienso que este blog no debería ser un espacio para hablar de política, para eso hay millones de páginas que inundan la red, pero es tan difícil escapar de lo que sacude día tras día el devenir de mi país, que a veces resultar complicado hacerle un regate a la realidad.

Mi reflexión no ahondará en la herida del secesionismo, sino en cómo las redes sociales se han convertido en un elemento trasversal capaz de afianzar, espolear o alentar las diferencias, cuando no, en muchas ocasiones, la mentira, las medias verdades o directamente el odio entre ambas partes.

Internet es lo más parecido a algo que está fuera de control. Aunque algunos se empeñan en decir que existen ciertos límites, en mi opinión en la web tiene cabida todo. Es un inmenso jardín libertario donde cualquiera puede pintar en el muro, igual da que arrojes sobre él vientos de concordia y solidaridad, que huracanes de odio y opresión. En la parte alta, el color de ese jardín libertario puede parecer azul, pero en los fondos se rebozan los lodos de la miseria humana.

Y con eso tenemos que convivir, con eso tenemos que aprender a relacionarnos, con eso tenemos que evolucionar. El cambio no tiene vuelta atrás. Se ha llevado por delante dinosaurios enormes, pilares que pensábamos que eran intocables, como la prensa tradicional, que ha perdido buena parte de su papel de influencia y de debate para dejar paso a millones de informantes anónimos que intercambian mensajes a la velocidad del rayo, a veces de buena de fe, y en ocasiones movidos por las pasiones más tóxicas.

Deberíamos parar un momento y reflexionar: ¿Este acceso a la información inmediata nos ha mejorado? ¿Estamos mejor informados? ¿Somos más libres?

Si yo me limito a leer sólo lo que me interesa, me terminaré rodeando de una información sesgada, de un único bando y le estaré cerrando la puerta a escuchar opiniones disconformes o disonantes. Puedo pensar que soy un auténtico anarquista, actuar como tal y leer únicamente medios que propagan esa ideología, o puedo ser un extraordinario defensor de los valores tradiciones de la patria que participa activamente de ese círculo identitario. La realidad es que probablemente uno y otro, retroalimentados en sus respectivas colmenas ideológicas, acaben siendo seres manipulados y sectarios. Y lo peor de todo, de una manera inconsciente.

Pienso que la pluralidad, la mezcla, el fluir del viento, es necesario para ser libres. El diálogo, la confrontación de las ideas, la capacidad de escuchar a los otros, dejar los gritos a un lado y fomentar la empatía, debían ser los principios que guiaran la política y la comunicación entre personas.

¿Qué hubiera sucedido en la transición española si los franquistas, los comunistas o los socialistas no hubieran aparcado parte de sus ideas para lograr un buen fin, aún en contra de lo que pudieran opinar sus bases más radicales y activas? ¿Qué hubiera pasado si en esa época ya existieran las redes sociales? ¿Qué le hubieran gritado, por ejemplo, a Carrillo desde la trinchera oscura de un teclado por renunciar a sus ideales republicanos en pos de una solución común? ¿No nos damos cuenta del extraordinario altavoz que suponen estas redes? ¿Del poder que se otorga a la masa anónima y, fácilmente, adoctrinada?

No hay control, ni criterio, se le da voz al que más grita, no se margina al que hace daño, al que rompe puentes, al manipulador, al que pisa las flores. Al revés, se le espolea y se le sigue, se banaliza al cauto y se ensalza al extremista. En estas condiciones, tal vez, la revolución acabe siendo algo tan denostado y mal visto como el control y el orden.

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