La poesía

Sintetizar la belleza, algo así como mirar alrededor o al interior de uno mismo y escribir hasta que lo que digas sea capaz de arañar o acariciar tu espíritu.

Escribir con un nudo en la garganta, con un nudo en la pluma que se destensa en cada verso.

Ya he contado en alguna ocasión la manera en la que me acerqué a la poesía. No lo repetiré. Pero sí dejaré marcado el sendero que seguí, porque, aunque ya no lo recorro, está allí, atrás en mi vida, como una fiesta que pasó y me dejó marcado, como una  reunión inolvidable con escritores que me aguardan aún, como amigos fieles.

No hablo de los primeros libros que tuve que leer por obligación, hablo de los primeros libros que leí por decisión propia. Hablo de aquellos versos que había que leer despacio, paladeando las palabras como frutas de ceniza y fuego.

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Mi primer amigo se llamaba Miguel Hernández, lo había conocido a través de la voz de Serrat y de Alberto Cortez, sus versos me eran cercanos porque yo ya los cantaba antes siquiera de haberlos leídos. Compañero del alma, aún en la distancia de los años. No tardé en encargar su antología, ni en leer referencias suyas, biografías, epistolarios, todo. Hasta el punto de que el destino me reservó una sorpresa. Cuando, en 1995, yo ya había publicado mis primeros versos, me ofrecieron la oportunidad de hablar de Miguel Hernández con motivo de la inauguración de una sala que lleva su nombre en el Complejo San Francisco, de Cáceres. En aquella charla, que yo nunca he querido denominar conferencia, imaginaba cómo sería aquel Miguel que en la guerra civil animaba a los soldados extremeños a unirse a la república. Quería describir cómo se encontraría aquel poeta del pueblo, que desayunaba pena con pena y pena, aquel joven que era perito en lunas, desengañado de la fama, alto de mirar a las palmeras. De aquel soldado hablaba yo, del mismo que llegaba del frente, oliendo a pólvora y polvo y se topaba con las fiestas literarias que se organizaban en el Madrid de retaguardia, aquel soldado cuya presencia producía alergia a Lorca, aquel soldado con cara de patata tan amigo de Aleixandre y de Neruda, que murió en la soledad de una fría celda, retratado por Buero Vallejo, mientras su mujer amamantaba con sangre de cebolla a su hijo.

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Mi amigo Alberti, era más pícaro. Todavía me pregunto cómo es posible que me enseñara a amar el mar, siendo yo de tierra adentro. ¿Por qué me trajiste padre a la ciudad?, ¿por qué me desenterraste del mar? La voz de Alberti, esa voz tan peculiar que se dejaba ir, inconfundible, a veces acompañando a Paco Ibañez, a veces rasgando su silencio de exilio, su acento gaditano salpimentado de italiano y argentino. Su amistad conmigo no duró tanto, pero fue intensa. Aquella arboleda perdida, aquella niña Aitana y aquella María Teresa León que falleció, lejos de él, perdida en los laberintos de su mente. El día en que Alberti murió yo estaba en Madrid y me paseé por la calle donde se encuentra la Real Academia de la Lengua. Aparcado en la puerta se hallaba un flamante coche marrón propiedad de Camilo José Cela y en el asiento trasero descansaba un retrato de Alberti dibujado al Óleo y dedicado al escritor gallego. En un descuido acaricié el cuadro y tal vez fue lo más cerca que estuve de su presencia. A veces mi padre se deja el pelo largo y a mi me gusta, su melena blanca me recuerda a la del viejo Alberti, recitando A galopar, desde el balcón de la bahía como un Marinero en tierra.

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Después me enredé en el mal de amores y me dejé llevar por mi amigo Gustavo Adolfo Bécquer. El romántico sevillano, tan prontamente muerto, tan agudo, tan melancólico y triste. Me sentía tan cercano a él que me imaginaba paseando a su lado por Sevilla, confiándonos las penas de amor, aventurándome a su vera por los montes de Soria buscando El Miserere, atisbando a lo lejos el Monte de las ánimas, o navegando por el Tajo tras un Rayo de luna. No hay poeta que se acerque más a mi espíritu, en el fondo melancólico y triste, como él.

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A Antonio Machado siempre le traté de usted. Al viejo maestro le conocía ya sobradamente por las canciones de Cortez y de Serrat. Siempre acudía a él en busca de consejo, era como uno de esos hombres que han vivido mucho, que atesoran, lo que mi madre llamaba: mundología. Machado me huele a chopos, a otoño, a Campos de Castilla, a cartas de amor escritas a pluma sobre una mesa camilla, con el retrato de Guiomar sobre la mesa. Las veces que me topé con los Alvargonzález en la Laguna Negra de Soria, o lo que disfrutaba de la charla, siempre ingeniosa, del bueno de Juan de Mairena.

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Lorca era otra cosa, Lorca era una revolución. Era el alma de las fiestas. Lorca cantaba, tocaba el piano, actuaba, recitaba versos, se disfrazaba, no cabía el aburrimiento a su lado. Pero a veces se paraba y observaba lo que le rodaba con su alma de pájaro. No siempre lo que veía era hermoso, pero aún lo triste se tamizaba en sus versos, extraía lo oscuro de su Andalucía y lo plasmaba como una mariposa blanca en los teatros del mundo. Detrás de su imagen diamantina se escondían claroscuros como barrancos. Qué triste muerte la suya, ni los Rosales pudieron rescatarle del salvajismo, de la incultura y de la barbarie. Me imagino que de las balas que partieron su corazón en dos mitades, surgieron rosas rojas. Tuve la suerte de visitar su casa en Fuentevaqueros y su museo granadino en la Huerta de San Vicente, en ambos casos, perdón por la reiteración, me parecía estar visitando la casa de un familiar. Sus Sonetos del amor oscuro, para mí siempre tendrán la voz de Amancio Prada, y también pienso que de alguna forma parte de su espíritu se reencarnó en la figura inmensa de su paisano Carlos Cano.

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Confieso que también frecuenté a Neruda. Primero a través de las canciones de Alberto Cortez, siempre mi deuda hacia él,  de las canciones de Manuel Picón, de las canciones de Alfredo Zitarrosa. Algunos de sus poemas forman parte de mis libros de cabecera. Su casa de las flores en Madrid, desde donde en la Guerra Civil veía correr la sangre por las calles, me sigue llamando cada vez que paso por la capital. Aquel poeta y cónsul fue capaz de salvar la vida a muchos españoles durante la guerra y, sin embargo, como prueba de la contradicción del ser humano, también fue capaz de relegar al olvido el cuidado de una hija minusválida. Me lo imagino con cierta dosis de remordimiento, allá en su Chile natal, acariciando una caracola en su Isla Negra, mientras la tempestad golpea los acantilados.

 

También me recuerdo en Sevilla, en el Parque de María Luisa, releyendo con el alma encogida junto al Gurugú, La noche oscura del alma de San Juan de la Cruz; o al gran Garcilaso, ¡Qué gran caballero era!; o a Antonio Gala con quién me carteé en su momento, recitando apasionadamente las coplas de Jorge Manrique; o a José Bergamín, justo antes de convertirse en fantasma; a Luis Rosales, que jamás se equivocó en nada, sino en lo que él más quería; al argentino Almafuerte, que alzó a su amada en sus estrofas hasta rozar los astros y acabó, como venganza de poeta, dejándola abandonada en el espacio; a Gabriel y Galán, apoyado en el alféizar de su casa de Guijo de Granadilla; a Oliverio Girondo y su vaca; a Claudio Rodríguez y su Don de la Ebriedad; a José Hierro, con su voz dura y valiente; a Gabriel Celaya, escribiendo sobre su mesa de pobre, pero inmensamente digno, tomando partido hasta mancharse; a Álvarez Lencero, de quien diserté una tarde en el Parador de Guadalupe; a Ángel González, para mí el más grande de los más recientes; a Luis García Montero, casi como último eslabón de esa amalgama de grandes poetas, al que un día pude darle la mano en persona sólo para comprobar si su mano estaba caliente, palpitante de metáforas…

Todos estos poetas que aquí resumo a vuelapluma y otros muchos a los que sólo picoteé, habitan desde entonces en mi mente y así los siento. Cuando aprobé mi oposición de funcionario, uno de los exámenes consistía en un examen oral que a la postre determinó para mi bien el resultado final. Mientras caminaba hacia la prueba no quería mirar atrás, pero sentía que a mis espaldas iban todos ellos, empujándome, provocando remolinos a mi paso, deseándome suerte como lo hacen los amigos.

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