Kol Nidrei

No acostumbro a hacerlo, pero estos días voy a utilizar mi bitácora para hablar de una de las personas a las que más admiro: Mi hijo.

En unos días acabará sus estudios en el colegio y se embarcará en la aventura de la universidad y hoy ha finalizado sus estudios en el conservatorio. Además de un gran orgullo siento que tengo mucha suerte de ser su padre.

Echo la vista atrás, no me cuesta mucho, por aquel entonces él tendría siete años, le gustaba mucho cantar y todo lo que tenía que ver con la música, pensábamos que tenía un buen oído musical y nos preguntamos ¿Qué tal si le apuntamos al conservatorio?

La verdad es que nosotros no sabíamos gran cosa del conservatorio. Nos dijeron que tenía que pasar una primera criba para seleccionar a los niños que pretendían entrar. No sé muy bien en qué consistieron aquellas pruebas, pero sí que al finalizar mi hijo podía elegir cualquier instrumento. Menudo dilema: piano, oboe, violín, saxofón,guitarra, clarinete… acabó eligiendo el violonchelo, aunque si soy sincero en realidad diría que lo elegimos nosotros por él. Recuerdo que aquel fin de semana anduvimos dándole vueltas a las ventajas e inconvenientes de tal o cual, y también recuerdo que uno de los motivos que más nos empujó a la decisión fue escuchar a una violonchelista búlgara tocando el Kol Nidrei junto a la orquesta filarmónica de Viena. Aquella triste balada judía me conmovió para siempre.

A los pocos días, sigo recordando, mi hijo estaba en el salón con el Violonchelo de préstamo en sus manos (casi era más grande que él) tratando de arrancarle sonidos que por entonces eran similares al de una vaca pastando o al de un gato maullando.

Han pasado once años desde entonces, once largos años plagados de clases: lenguaje musical, coro, escolanía, piano complementario, armonía, cámara, orquesta, historia de la música, relajación… horas y horas de ensayos, audiciones, nervios, momentos de duda, esfuerzo, conciertos, emociones, viajes, decepciones y alegrías. La inmensa mayoría de los que empezaron con él no pudieron terminar. Compaginar los estudios, o el ocio, con la exigente vida académica del conservatorio no ha resultado sencillo. La amenaza del abandono rondaba siempre, sobre todo durante los últimos años. Afortunadamente cuando más arreciaba la tormenta apareció el impulso de su última profesora que le lanzó un salvavidas para llegar a puerto y mi hijo lo agarró con fuerza y con coraje.

Os podéis imaginar las veces que he fantaseado con que el final de esta historia fuera un recital de graduación en el que mi hijo tocara precisamente el Kol Nidrei, de Bruch. Sería como conseguir cerrar el círculo, algo que casi nunca pasa, una historia redonda, la culminación de un sueño, un final feliz, que hoy se ha cumplido.

4 comentarios en “Kol Nidrei

  1. Enhorabuena a toda la familia y en especial a tu hijo. Os merecéis un final así para un camino tan duro como el conservatorio.
    Para los que estamos cerca de vosotros, habéis sido un ejemplo de lucha e ilusión. A pesar de las dificultades, siempre habéis visto la luz.
    Ahora toca disfrutar de este gran momento y a seguir soñando.
    Abrazos.

  2. Hola Antonio. Pues sí, ha sido emocionante ,con la emoción que solo la gran música sabe arrancar , tierno, como el orgullo que cada logro que vemos en nuestros hijos sabe producirnos , y a la vez triste, como lo es cada final de etapa. Estos días los vemos más sabios, más mayores y más independientes y, como bien dices, creo que tenemos todo el derecho a dedicarles, como mínimo, unas cuantas lineas salidas, como ellos, de nuestros corazón.

  3. Emocionante, tierno y algo triste, es verdad, con el sabor que el paso de los años deposita en buena parte de lo que nos empieza a pasar. Gracias Ana por compartir tu pensamiento en mi blog.

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