Escribir sobre la superficie de un lago

En el manual básico de todo escritor llamado a tocar la gloria está la obligación de huir de aquello que huela a pueblo, a popularidad, a generalidad. El sabio escritor debe ser capaz de reparar en lo oscuro, en lo raro, en lo minoritario, y a la vez contarlo a los cuatro vientos para que los demás detecten su pelaje diferenciador y así lo asuman. El escritor erudito jamás lee superventas, los rechaza de plano, los subestima, piensa, y en eso es irreductible, que son de una calidad inversamente proporcional al número de ejemplares vendidos.

Todo escritor de mirada bohemia y penetrante ha de declararse, invariablemente, de izquierdas, aunque su concepción cultural y literaria sea rabiosamente clasista, elitista y diferenciadora.

El aspirante eterno a escritor consagrado olvida que el pueblo, ése al que dice retratar desde el otro lado de la barrera, necesita de la poesía para nombrar las cosas, necesita de la literatura para comprender lo que le rodea, para comprenderse a si mismo. Y busca un compromiso, y busca una palabra que, o no la entiende, porque alguien se empeña en que no debe entenderla, o se le niega.

El resultado final es una literatura de apariencia, de pose, efímera, poesía escrita para ser leída sólo y únicamente por poetas, novelas enmarañadas que pretenden embadurnar el agua para simular profundidad.

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