El mono amaestrado

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¿Alguien se atreve a decir desde cuando el hombre es hombre? Hay muchos científicos que pueden responder a esa pregunta, con una exactitud bastante precisa. Por ejemplo, cuando estudio con mis hijos se fija el origen de la prehistoria nada menos que en 6 millones de años, coincidiendo con la aparición de los primeros homínidos, aquella nueva especie que se separó del chimpancé y dio origen a los antecesores del homo sapiens.

Mucho tiempo después, el hombre de Neandertal ocupó buena parte de lo que ahora conocemos como Europa, su presencia se data aproximadamente hace 240.000 años hasta que se extinguió, hace 28.000. Este hombre convivió con el de Cromañón y finalmente con el Hombre Moderno (sapiens, sapiens) del que venimos nosotros en línea directa.

Durante más de cien mil años los hombres fueron nómadas, cazadores, guerreros, se aventuraron por parajes agrestes, sucumbieron bajo el fuego del volcán o tras la inundación que trajo la lluvia, les partieron los rayos, formaron parte del alimento de los lobos o las hienas, apalearon a sus semejantes, guerrearon una y otra vez y fueron mutilados, desvencijados y arrojados finalmente a cualquier fosa común sin gloria. Durante todo ese tiempo los hombres fueron audaces, fieros, aventureros y salvajes.

Y toda esa morralla de sentimientos que ha perdurado en nuestra especie durante tantos siglos, desemboca hoy aquí, en esta mañana de domingo intrascendente, que he dedicado por completo a cocinar, a fregar el suelo de la cocina de mi casa y a aspirar el polvo de los muebles.

Me comprenderéis si os digo que en un momento determinado he tenido que calmar mis deseos de encamarme a la barandilla más alta de mi edificio y dedicarme simplemente a aullar.

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