El deseo de aventuras

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Comienzo autocitándome y reafirmándome en la cita:

Algunos piensan que lo que más me gustaría sería poder vivir de lo que escribo, pero en realidad desconocen mis aspiraciones: yo querría ser el capitán de un barco abandonado y atravesar el Cabo de Hornos rodeado de rayos y centellas, aullando desde el mástil más alto y con mi capa negra desafiando al viento.”

Uno de los primeros libros que de verdad me atraparon fue “Miguel Strogoff” de Julio Verne. Recuerdo haberlo leído con 13 o 14 años y aún hoy no se me borra la impresión que me causó el pasaje en el que el Correo del Zar avanzaba por la nieve mientras era perseguido por los lobos. Aquellos libros, con sus ilustraciones, reflejaban mejor que cualquier película el drama y el terror, ésa es la fuerza de la palabra, cuando se describía el miedo, las palabras, una a una, iban azuzando la imaginación y generando el miedo. No siempre una imagen vale más que mil palabras. Algo similar me pasaba con una vieja edición de las Leyendas de Bécquer, las ilustraciones que acompañaban al Miserere o al Monte de la Ánimas permanecen inmutables en mi recuerdo y tienen aún la huella de mis manos sosteniendo el papel bajo las mantas de mi cama.

Pero no quiero irme por las ramas, porque hoy mi deseo es hablar de algo que me apasiona: la aventura.

Yo soy un aventurero. Por encima de otras cualidades me siento un aventurero. Si me dieran a elegir entre asistir a una reunión de escritores o a una reunión de aventureros, me decantaría por esta última sin ninguna duda. Frente a la capacidad de expresar en palabras una determinada vivencia, yo elijo vivirla.

A veces pienso en la suerte que tenemos de estar vivos, de tener a nuestra disposición un planeta entero que recorrer, y la contradicción que supone tener ese anhelo y, sin embargo, dedicar buena parte de la vida a estar encerrado entre cuatro paredes. Pero así es como se ha organizado el sistema, hasta este punto nos ha llevado la evolución, asumimos esta invisible condena como un mal menor, con la naturalidad de un esclavo agradecido.

Aquellos que se atrevieron, que sucumbieron a la llamada de lo salvaje, pudieron decir que apuraron la vida.

El sentido que actualmente se le da a la aventura, despojado de matices bélicos y expansionistas, es un sentimiento relativamente reciente, surge del romanticismo, en pleno siglo XVIII, entre aquellos tipos que pasaron a replantearse la forma de relacionarse con todo lo que les rodeaba. Esa revolución que podemos asociar a la nueva mirada del hombre romántico afectó al arte, a la arquitectura, a la literatura, pero también a su relación con la naturaleza. Habría que remontarse, una vez más, a la Grecia Clásica para encontrar un planteamiento similar.

Reflejar aquí aquí los nombres de los escritores que se abrazaron a esa nueva mirada, a vuela pluma, provocará injusticias que debo achacar a mi memoria. Me vienen a la cabeza: Lord Byron, Espronceda, Exupéry, Stevenson, Salgari, Defoe, Baroja o Julio Verne, a quienes rindo homenaje desde aquí.

Pero de entre las aventuras, siempre me llamaron la atención la de los exploradores, la de los que llegaban al lugar por primera vez, ya fuera un Orellana recorriendo el Amazonas, un Marco Polo avanzando hacia el oeste, o un Shackleton navegando hacia la Antártida. O como la de aquellos que lanzaron su mirada hacia las montañas más altas de la tierra. En este último capítulo, en el de la literatura de montaña, me considero, humildemente, un pequeño experto y de hecho una parte de la novela que estoy escribiendo a salto de mata, surge precisamente, bajo la ventisca de una gran montaña.

Entre mis ídolos montañeros, de quienes he leído todo aquello que he podido localizar, están el Duque de los Abruzos, que se adentró en el Karakorum y trató de escalar probablemente la montaña más difícil de todas: el K2. La mítica y terrible escalada de Mallory e Irvine al Everest, la ascensión primera de Hillary y Norgay, las cumbres en solitario de Reinhold Messner, la elegancia de Walter Bonatti, el pundonor del polaco Jerzy Kukutzca o, acercándonos más a nuestra tierra, la figura de Sebastián Álvaro como gran divulgador de estos temas a través del recordado y mítico Al Filo de lo Imposible.

Cuántas horas de mi vida he dedicado a imaginarme escalando aquellas cumbres, ojeando mapas, analizando rutas de escalada, perfiles de roca que serpenteaban hacia el azul oscuro del cielo, cuántas veces me he evadido de la realidad a lomos de una moto imaginaria recorriendo las rutas polvorientas que se adentran por el Himalaya, o atravesando los Andes emulando al Che.

Es lo bueno de la imaginación, que no pone límites.

En resumidas cuentas, que ando mucho pero no soy andariego, que subo montañas pero no soy alpinista, que tengo moto pero no soy motero, que escribo pero mi vida no gira alrededor de la literatura, en realidad todos estos elementos no son sino escusas de las que me valgo para dominar mi espíritu inquieto, por lo que si os cruzáis conmigo por la calle, aunque me veáis anodino, sabed que detrás de mi fachada de hombre corriente se esconde el anhelo imperecedero de la aventura.

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