¿Desde cuándo no compro un disco?

Continuando con la reflexión sobre los derechos de autor que escribí en mi anterior entrada, hoy estoy tratando de hacer memoria sobre la última vez que me compré un disco. Y no consigo recordarlo.

¿Cómo es posible? me pregunto, la música siempre ha estado en mi cabeza, forma parte consustancial de mi manera de ser, las canciones han sido imprescindibles en mi vida, me han consolado, emocionado, alentado o empujado en infinidad de ocasiones, diría que mi cabeza está llena de canciones y sin embargo sigo sin recordar mi última adquisición.

Sí que recuerdo la primera, tendría unos 9 años. Y lo recuerdo bien porque fue en uno de los primeros viajes que hice con mis padres (las vacaciones en familia no eran algo habitual en aquellos años), hicimos un recorrido por Cádiz hasta llegar a Gibraltar, cruzamos en barco hasta Ceuta y regresamos. Guardo limpio en mi memoria como una postal amarillenta el lugar en donde compré aquel casete, era del grupo ABBA, y se trataba de una compilación de sus canciones cantadas en español que todavía escucho con placer. No sé lo que me costaría, pero estoy seguro de que mucho atendiendo a la capacidad de compra que yo podía tener en aquella época, y recuerdo también que mi padre cuando Agnetha comenzaba a entonar las primeras estrofas de Gracias por la música, me miró como diciéndome qué es lo que has comprado y me riñó por, según él, haber desperdiciado mi dinero.

En aquel entonces, en mi barrio, en mi entorno, sólo se compraban casetes, en mi casa no hubo tocadiscos hasta que no tuve 16 o 17 años, a lo más que habíamos llegado era a poseer un radiocasete de doble pletina, toda una novedad. Con ese aparato yo era capaz de recopilar la música que había en mi casa, o la que me dejaban mis amigos, y me hacía mis propias grabaciones, mis propios discos que escuchaba una y otra vez hasta agotarlos, hasta extraer de ellos todo lo que alcanzaba mi entendimiento. De aquellas cintas siempre estuve muy orgulloso. Cuando conocí a mi mujer la atiborré de ellas hasta el punto de que sus amigas se referían a mí en los comienzos como “El chico de las cintas”.

Mis gustos musicales fueron cambiando, también el formato, pero mi entrega hacia la música permaneció inalterable, adherida como una segunda piel a mi espíritu.

En Cáceres ya había descubierto el placer de ojear discos en la tienda Harpo que estaba en la calle Rosso de Luna, verdadero icono de la música de mi ciudad en esos años y que acabó cerrando y transformándose en otras tiendas, profanando el aroma de modernidad que siempre para mi tuvo ese local.

Claro que Harpo era pequeña y no podía abarcar las apetencias musicales de toda una ciudad y la única forma que teníamos entonces de hacernos con determinados discos pasaba por otros circuitos como por ejemplo la revista Discoplay, a la que estaba suscrito, y cuyas hojas estaban repletas de referencias a grupos que yo posteriormente utilizaba para decorar mi carpeta del instituto.

Es lo que tenía vivir en provincias, todavía no sabíamos nada de lo que hoy conocemos por globalización. Mi abuela y mi tía vivían por entonces en Madrid y todos los años acudía al menos en un par de ocasiones hasta sus casas. Cuando ya tuve edad suficiente, los viajes los hacía solo, en trenes que tardaban varias horas en recorrer los 300 kilómetros escasos que separan Cáceres del barrio de Villaverde. Ya en Madrid, me las apañaba para perderme por sus calles y desentrañar por mi cuenta algunos de sus secretos. Parada obligatoria eran las tiendas de discos que se dispersaban por Antón Martín, o por Malasaña. Pero había dos que sin duda acaparaban la mayoría de mis deseos: Madrid Rock, en la Gran Vía y Discos La Metralleta, en las traseras del Corte Inglés de Preciados. Me podía pasar las horas muertas manoseando aquellos vinilos, cuidando muy mucho en cuál de ellos iba a emplear mis escasos ahorros, aspirando su aroma, leyendo las contraportadas, desplegando los libretos como si fueran tesoros. Por aquellos años sustituyeron Galerías Preciados por el enorme FNAC que todavía funciona, y también he pasado en esa tienda muchas de mis horas. De hecho todavía no hay ocasión que pasé por allí y no acabe entrando, como un imán del que no puedo alejarme.

Echando la vista atrás me parece casi imposible que Harpo desaperiera de Cáceres, y que hace ya diez años sucediera lo mismo con el mítico Madrid Rock, o que la FNAC dedique actualmente apenas media planta a vender discos, o que en mi ciudad, más allá del hipermercado de turno, no exista un solo local donde vendan música…

Y también me parece mentira que a día de hoy, sentado delante de mi ordenador, ni siquiera sea capaz de recordar la última vez que compré un disco.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: