Lucas Ventura y Extremadura

La estación de llegada

Este capítulo, que cierra el libro y comienza de un modo, ciertamente angustioso, era en un principio, uno de los que me llevarían menos tiempo. Cuando comencé a imaginar el armazón de la novela tenía claro que el final debería ser el poema que escribí sobre Extremadura, incluso pensaba que no sería ni siquiera un capítulo, sino simplemente una especie de breve epílogo. Conforme fui avanzando la novela, el final, poco a poco, fue distanciándose de la idea original, hasta tener contenido e identidad propia. Ya no me valía el poema, o mejor dicho, no sólo me valía el poema. Mi protagonista llegaba a este capítulo a lomos de la enfermedad, rondándole la muerte, dolorido y humillado, pero no obstante no se queja, incluso diría que Lucas, una vez que es ingresado en el hospital, no siente el dolor ni se ha dejado vencer por la tristeza, está serenamente feliz de ver lo que ha visto y vivir lo que ha vivido.
Como ya he dicho en otras ocasiones, al escritor le ronda continuamente la novela por la mente: al caminar, antes de dormir, mientras ve la televisión, al despertar… es como una especie de apasionante obsesión que te acompaña. Evidentemente debes ir por delante de lo que vas escribiendo, debes estar atento a los pasos que vas dando pero también imaginar por dónde deberá seguir la historia. Cuando comencé a escribir “En brazos de la miseria” ya sabía que Lucas enfermaría de paludismo y, mientras estaba enfrascado en la trama de Armindo, se me ocurrió el “desenlace argentino” que descubre el inspector de policía. Les pareceré ridículo, pero salté de alegría varias veces en mi habitación cuando encontré esa idea, esa pieza de puzzle que encajaba a la perfección en el desenlace y me permitía conectar dos vías que parecían condenadas a viajar en paralelo: el momento actual y los viajes en el tiempo. Algo, una huella, una fotografía, un recuerdo que unía el pasado y el presente, la mentira y la verdad, la realidad y la ensoñación.
Sé que muchos de los lectores de la novela han realizado la misma búsqueda en Google que el inspector de policía, sin haber encontrado la clave que resuelve el caso. Permítanme, una vez más, el guiño y el privilegio como escritor de tener acceso a esa información en exclusiva.
La fiebre es un estado a medio camino entre la consciencia y la inconsciencia, entre la locura y la cordura. Ése es el túnel por el que Lucas atraviesa al final del libro, como una galería de la que cuelgan algunos de los personajes que conoció en sus aventuras, al término de ese emocionante recorrido le espera la figura de una niña de ojos verdes, piel morena y arrugada frente, que habla de manera poética, porque no podría hablar de otra manera, porque un personaje como ése sólo se concibe desde la belleza.
En ese momento Lucas ya ha aprendido que mirar es algo más que fijar la vista en algo, ha entendido mejor quién es él, de dónde viene. Soy de la opinión de que los extremeños debemos aprender a querernos más, no es suficiente con mantener nuestras costumbres y nuestro patrimonio, debemos además aprender a valorarlo, saber que Extremadura, como otras regiones, ha tenido momentos en su historia de grandeza y esplendor, pero también de dolor y de pobreza, no debemos ocultar ni una cosa ni la otra, porque somos el resultado de esa mezcla. Ni más ni menos que nadie, que en esa carrera no vale competición alguna.
Si en algún momento he conseguido con mi libro despertar la curiosidad o incluso el asombro por nuestra historia, o he estimulado el deseo de profundizar más en algunos de los acontecimientos aquí narrados, daré por bien empleado el esfuerzo y la ilusión con la que lo fui escribiendo.
Gracias por acompañarme en este viaje.

Lucas Ventura y el latifundio

En brazos de la miseria

La decadencia de Extremadura fue un proceso lento e inexorable. El Honrado Concejo de la Mesta de Pastores, popularmente conocido como “La Mesta”, era una organización muy poderosa de ganaderos, creada en tiempos de Alfonso X, El Sabio, y cuyo objetivo era proteger extensos territorios de la explotación agrícola o forestal para destinarlos al pastoreo y la alimentación del ganado. Para ello a la Mesta se les dota de tales privilegios, que convierten a territorios como el extremeño, en un inmenso corral destinado a albergar los ganados provenientes de la trashumancia y sólo durante algunos meses del año. Era como un gran corral en donde pasar el invierno. En la imagen podéis ver como buena parte de las principales cañadas reales, terminaban desembocando en los campos extremeños.
La mesta defendía sus territorios, y era muy estricta en cuanto a lo que se podía y no se podía hacer en él. Tanto la agricultura como la reforestación salían muy perjudicadas en ese trato. Los campos apenas se labraban o eran sometidos a barbechos de más de 5 años, se provocaban numerosos incendios con el único objetivo de generar nuevos pastos. A la Mesta le convenían lo terrenos amplios, con pasto abundante y por donde el ganado pudiera deambular sin excesivos problemas orográficos. El resultado fue que las tierras resultaban poco aprovechables por la población autóctona que era escasa, pobre y mal instruida.
Algunos viajeros ingleses que recorrieron Extremadura a mediados del siglo XIX hablaban de nuestra tierra como un territorio despoblado, en donde podías recorrer a caballo varios días sin ver a una sola persona, o a lo sumo algún peligroso bandolero.
El poder de la Mesta se fue debilitando en toda España, hasta desaparecer en 1836.
Las Órdenes Militares tuvieron también mucha importancia en el desarrollo de nuestra historia. En Extremadura surgieron dos poderosas órdenes militares: La de Alcántara, que fue creada en 1156 con el fin de defender el puente sobre el río Tajo, y la de Santiago, fundada en 1171 para proteger la ciudad reconquistada de Cáceres. Estas órdenes, que tuvieron un papel preponderante en la reconquista, acapararon amplios territorios, que unidos a aquellos que eran propiedad de la Iglesia, o heredados por nobles de más o menos abolengo, daban como resultado que buena parte del territorio que no estaba sujeto al dominio de la Mesta, estuviera en mano de los Maestres de las órdenes militares, que lo dedicaban, ni siquiera al pastoreo, sino simplemente a la caza.
Los motivos de nuestra decadencia, en mi opinión, no se deben a la escasez de recursos económicos, sino a la forma en la que éstos han sido explotados, y a un reparto de tierras que sólo benefició a un minoritario sector de la población. Por eso la revolución industrial no pasó por Extremadura, no había industria, ni mano de obra preparada para llevarla a cabo. Los labradores trabajaban poco tiempo y con tan escaso salario, que casi era preferible la mendicidad. Este problema ha perdurado hasta hace bien poco, modelando nuestro carácter, volviéndonos un pueblo poco reivindicativo y con escaso empuje empresarial, obligado muchas veces a emigrar para poder escapar de una realidad asfixiante.
Yo quería que Lucas tuviera conocimiento de esa realidad. Que viviera de cerca la existencia del latifundio. Saber que nuestra región pasó por momentos de esplendor, pero también de miseria. Nadie que hable de nuestra Historia, puede pasar por alto estas circunstancias.
La literatura y el cine, se han ocupado a menudo en reflejar este tema, libros como Jarrapellejos del extremeño Felipe Trigo, o Los Santos Inocentes, de Miguel Delibes, fueron llevados al cine, con gran éxito. La figura del cacique o el señorito, sobrevuela de manera terrible por cada una de ellas.
En otras ocasiones la orografía, el aislamiento, la pobreza extrema han llamado también la atención del cine, con documentales sobrecogedores como el que realizó Luis Buñuel, en la zona de las Hurdes, en 1933 y que llamó “Tierra sin pan”. Está demostrado que algunas de las imágenes que aparecen en él fueron forzadas para aumentar el dramatismo, aún así refleja un paisaje humano desolador. No es un documental que me guste, ¿a quién le puede gustar ver semejante sufrimiento? Por eso he decidido no enlazarlo directamente desde aquí, pero si tienes interés en verlo, puedes encontrarlo fácilmente en Internet.

Cuando uno termina de ver o de leer estos documentos, no deja de hacerse una pregunta: ¿hasta qué punto la realidad fue tan terrible?

El encuentro de Lucas Ventura con la miseria se inicia de la manera más simple. Lucas no prevé que aquel cortijo en el que aparece pueda resultarle peligroso. Al fin y al cabo viene de presenciar una de las más sangrientas batallas que se han producido. No imagina que la mezcla de la miseria, el latifundio y el paludismo, le dejarán a merced de la propia muerte.
Yo creo que muchos de nosotros hemos conocido en alguna ocasión a personajes como Don Paco, que no es ni siquiera el cacique, sino el esbirro del cacique, aquel que controla cada encina, para que no se mueva una sola hoja sin saberlo. Tampoco nos resultará difícil imaginar la figura del padre de Armindo, ese hombre amansado y gris, medio esclavizado, que acude a la taberna para no pensar en su propia condición. Pero la figura de Armindo, ésa, es fundamental. Son ese tipo de personas las que consiguen que nuestra sociedad avance, aquellas que se plantan y piensan que otro mundo es posible. Armindo anhela romper sus cadenas, el gesto de rebeldía de Lucas es la excusa para planear su fuga. No es posible luchar desde dentro, el enemigo es demasiado poderoso, pero emigrará, buscará su propio futuro y cuando pueda, cuando prospere, cuando consiga mirar a la cara a los que le obligaron a marchar, entonces volverá a su tierra y luchará por ella.

Lucas Ventura en La Albuera

Un billete para dos

 
El suceso sobre el que gira este capítulo es, que duda cabe, la Batalla de la Albuera. Un acontecimiento no suficientemente conocido por muchos extremeños, pero que es un claro ejemplo de la compleja situación política que vivía España, y por tanto Extremadura, a principios del siglo XIX. En pocos más de 15 años, los que transcurren desde la revolución francesa hasta nuestra Guerra de la Independencia, España se convierte en aliado francés en su guerra contra los ingleses y no duda en invadir Portugal (1801) a requerimiento de Napoleón (el objetivo era menoscabar el uso de los puertos portugueses por los navíos británicos). Posteriormente sufre la derrota de su flota naval en la batalla de Trafalgar (1805) y a la postre es traicionado por los franceses que invaden nuestro país dando lugar a la lucha por nuestra Independencia (1808-1814).
El afrencesamiento de nuestros dirigentes (comandados por el pacense, Manuel Godoy), dio como resultado un conjunto de lamentables actuaciones que comienzan con la invasión de Portugal y el desencadenamiento de la conocida como “Guerra de las Naranjas” (recibe este nombre debido al ramo de naranjas que Godoy envió a la reina española María Luisa de Parma, cuando sitiaba la ciudad de Elvas). Napoleón, en guerra con Inglaterra, conmina a los portugueses, tradicionales aliados de los británicos, a que rompa sus alianzas y cierren sus puertos a los barcos ingleses. Lógicamente Portugal no acepta la amenaza y Napoleón incita a que España declare la guerra a Portugal si continuaba prestando apoyo a Inglaterra. La invasión se produce en el mes de mayo de 1801, las operaciones no duran más allá de 18 días, en los que se ocupan localidades como Elvas, Castelo de Vide, Portalegre, Olivenza… los portugueses no muestran resistencia y las escaramuzas finalizan con la firma del Tratado de Badajoz, por el que España devuelve los territorios conquistados a los portugueses, salvo Olivenza y la localidad de Vila Real, pasando el río Guadiana a ser la frontera real entre los dos países.
Este conflicto todavía esta presente en el espíritu de muchos portugueses, que siguen reclamando sus derechos sobre ese territorio. No se reconoce la soberanía española y prueba de ello es que faltan por colocar 100 balizas en la delimitación fronteriza entre los dos estados ibéricos. Para agravar más el resquemor en el Tratado de Viena de 1815 España se comprometió a devolver el territorio ocupado de Olivenza a Portugal. Claro, que eso entraría en contradicción con lo establecido en el mencionado Tratado de Badajoz, que indicaba lo contrario. En fin, un conflicto con el que los dos países han aprendido a convivir.
Es famosa la estrofa de la canción folclórica extremeña “El candil”, en el que se dice que las muchachas de Olivenza no son como las demás, porque son hijas de España y nietas de Portugal”.
Cuando Lucas llega a Olivenza se encuentra con una villa destrozada. En apenas seis meses Olivenza ha sido asediada indistintamente por ejércitos franceses, portugueses e ingleses. El 11 de Enero, el mariscal francés Soult (en la imagen inferior), que dirigiría posteriormente las tropas francesas en La Albuera, cerca las murallas de Olivenza con más de 8000 hombres. Curiosamente en la propia villa se encuentran, de manera provisional, un buen número de soldados españoles (alrededor de 3500) que plantan cara al asedio francés. Tras doce días de duros combates los españoles se rinden incondicionalmente y son hechos prisioneros, mientras que un grupo de 400 franceses se quedan guardando y reparando las defensas de Olivenza.
Pero sólo tres meses después la villa vuelve a ser asediada, esta vez por un ejército mixto formado por tropas portuguesas e inglesas (8600 hombres) y comandadas por el general Beresford (que dirigiría el ejército aliado en la batalla de la Albuera). Una semana más tarde los franceses capitularon y los ingleses izaron la bandera española en el castillo de Olivenza, no la portuguesa, con gran disgusto de éstos.
Estos continuos asedios eran habituales en aquellos años. Los pueblos que no los sufrían directamente, debían destinar buena parte de sus ingresos a sufragar los gastos de la guerra. Había ciudades, no obstante, que se llevaron la palma sufriendo terribles y continuados asedios de uno y otro bando, como es el caso de Badajoz.
Cualquier persona comprenderá entonces que la situación de la población nativa, sometida a los vaivenes de uno y otro bando, era desesperada. Los ajustes de cuentas, las traiciones y los recelos, estarían a la orden del día. También debía resultar paradójico el batiburrillo de lenguas que se pasearían en aquellos días por las calles de Olivenza: español, portugués, francés, inglés…
Concerté una cita por teléfono con la oficina de turismo de Olivenza, les expuse el motivo de la visita que haría unos días después y, amablemente, pusieron a mi disposición información y material bibliográfico del periodo sobre el que quería documentarme, aprovecho estas líneas para agradecer la colaboración prestada en este punto por Servando Rodríguez. Visitamos Olivenza un sábado frío de Enero, ascendimos al Castillo que sirvió de cárcel durante los asedios, contemplamos la visión de los alrededores, imaginando la terrible imagen de los ejércitos de uno y otro bando aproximándose en el horizonte. Vimos los edificios que en otro tiempo alojaron los regimientos de los soldados y recorrimos las magníficas murallas que hubieron de soportar semejantes bombardeos. Olivenza es hoy una perla llena de vida e historia, que bien merece ser visitada.
Tras la comida, recorrimos los treinta kilómetros que separan Olivenza y La Albuera. Esa sería la primera de las tres visitas que realicé a esta localidad, la más importante. Para entonces ya había conforntado mucha información sobre la batalla, y tenía una idea clara de lo que quería que pasara. Ya sabía que Lucas acudiría acompañado de un amigo y sabía además que debían buscar a un personaje clave, el Alferez James Hay.
Aquel Alférez, del 66 regimiento, fue atravesado por una lanza y no obstante siguió combatiendo, más tarde fue atravesado por una segunda lanza y aún así se mantuvo con vida, al anochecer fue encontrado sentado en el campo de batalla, con el suficiente ánimo como para restarle importancia a sus heridas. Sorprendentemente, sobrevivió a la batalla.
Tras recorrer las calles solitarias del pueblo, nos adentramos en los escenarios de la tragedia. Para mí fueron unas horas cargadas de emoción: sentir que caminaba por aquellos campos, contemplar aquel paisaje, oler aquella tierra y estremecerme. La magia de la literatura me concedía la inmensa suerte de poder revivir la historia. Sentía que Lucas Ventura se paseaba como una nube más por aquellos campos y que yo era como un escultor privilegiado, con la capacidad de introducir a mi personaje en pleno epicentro de la batalla.
– Por aquí ha de subir. Hacía aquella colina se dirigirá. Junto a ese arroyo pasará la noche…
Traté de ser fiel al relato del combate. Sabía que introducir a Lucas y a Pablito en la división de Zayas, que sufrió de lleno las acometidas francesas, era un riesgo, porque cualquier descripción podía resultar demasiado tétrica, cruel o sanguinaria, teniendo en cuenta el excesivo número de bajas que precisamente en ese batallón se producirían.
Como en otros capítulos, todas las referencias explícitas a personas y lugares que aparecen en la novela, están documentados y de alguna u otra forma participaron en aquella trágica jornada.
Me fue muy útil el libro de Juan José Sañudo Bayón titulado: “La Albuera 1811, glorioso campo de sufrimiento”, en donde se hace un recorrido pormenorizado de la batalla, contado con agilidad y casi en tiempo real.
El rastro que la batalla dejó en la historia y sobre todo en las calles de La Albuera, es todavía bien visible por el turista. A la entrada del pueblo se puede contemplar el poema que Lord Byron dedicó a la batalla, el busto en recuerdo del General Castaños, el centro de interpretación, los monolitos que homenajean a algunos batallones que participaron en la lucha, las placas situadas en los miradores de la batalla…
Todos los años, durante el mes de mayo, en la Albuera se celebra la conmemoración de la batalla. Es un espectáculo formidable, en el que el turista se ve literalmente envuelto en las escaramuzas, siente el olor de la pólvora, escucha el sonido de los tambores, se mezcla con el desfile de los diferentes ejércitos y vive, al fin y al cabo, los entresijos de la batalla. Personalmente lo recomiendo a todos los lectores de mi novela.
Quisiera terminar haciendo referencia a una cita que aparece en el centro de interpretación de la Batalla, ubicado en el propio pueblo de La Albuera. Es del escritor Jesús Rincón Giménez y aparece en su libro “Días aciagos y días gloriosos de Extremadura”, dice así:
“Sabe Dios si debajo de aquellos sembrados y de las rojas manchas de las amapolas, las amarillentas calaveras de unos hombres que se mataron sin conocerse, y que en aquella inolvidable fecha sintieron los mismos crueles dolores y la misma bárbara agonía, se buscan para perdonarse el mal que se hicieron”

Lucas Ventura y el descubrimiento de América

La morada de los dioses

Uno de los hechos más controvertidos y explotados de la historia extremeña, tiene que ver con el papel de los llamados conquistadores o descubridores de América. De entrada el término conquistar no es uno de mis favoritos, y menos si se emplea como sinónimo de sometimiento. Cuando me refiero a la llegada de los europeos a América, prefiero incidir en el encuentro entre dos culturas que ya existían, entre dos civilizaciones paralelas que se cruzan y se conocen, a menudo de manera traumática. Y por eso tampoco me gusta hablar de descubridores, porque para que algo se pueda descubrir tiene que haber estado oculto y América era desconocida para los europeos, pero no estaba oculta.

Yo más bien me imaginé a aquellos hombres como una mezcla de aventureros desesperados y temerarios, que buscaban la manera de escapar de la pobreza. Tenía en mi mente el poema de Borges:

Cabrera y Carvajal fueron mis nombres.
He apurado la copa hasta las heces.
He muerto y he vivido muchas veces.
Yo soy el Arquetipo. Ellos, los hombres.
De la Cruz y de España fui el errante
Soldado. Por las nunca holladas tierras
De un continente infiel encendí guerras.
En el duro Brasil fui el bandeirante.
Ni Cristo ni mi Rey ni el oro rojo
Fueron el acicate del arrojo
Que puso miedo en la pagana gente.
De mis trabajos fue razón la hermosa
Espada y la contienda procelosa.
No importa lo demás. Yo fui valiente.
Y aquel “Yo fue valiente” era el reverso de cada estatua, de cada imagen que veía de ellos.
No deja de ser sorprendente que de una región como la extremeña, porcentualmente no muy poblada, surgieran esa gran cantidad de personas que capitanearon aquellas empresas, algunos historiadores hablan de 30.000 el número de los extremeños que “emigraron” a América. Imaginemos lo que debía suponer para ellos, habituados al paisaje y al clima de Extremadura, que nunca había visto el mar y apenas se sostenían en el agua, embarcarse en semejante travesía (que duraba entre uno y dos meses) y abordar una tierra a menudo inhóspita y salvaje. Creo que, en ese sentido, tuvieron la fortuna histórica de protagonizar unos hechos que serían irrepetibles en el tiempo.
Otra reflexión que me hacía durante el proceso de documentación, tenía que ver con las riquezas que aquellos hombres, los que sobrevivieron, reportaron a la corona castellana. Un inmenso patrimonio que a menudo sirvió para financiar guerras y vasallajes y del que Extremadura obtuvo escaso rédito. No se conquistó en nombre de Extremadura, sino de Castilla, algo que era lógico, pero que daría para más de un argumento de reivindicación de lo que se ha llamado “deuda histórica” si alguna vez los extremeños quisiéramos reivindicar algo.
También sé que para muchos historiadores el concepto de Extremadura como entidad geográfica claramente delimitada, no surge hasta mediados del siglo XVII, cuando se crea jurídicamente el nombre de la provincia de Extremadura, hasta ese momento, formalmente se trata de una extensión de los reinos de Castilla y de León. Pero también es cierto que, con anterioridad, existen muchas referencias históricas al territorio de Extremadura como una zona limítrofe y fronteriza diferenciada, a camino entre los reinos de Castilla, León y la provincia de Andalucía. Es famosa la distribución que realiza en 1548 el historiador Pedro de Medina, en su “Libro de las grandezas y cosas memorables de España” en donde hace referencia a la Provincia de Extremadura como una realidad geográfica bien definida. Si deseas conocer algo más sobre las regiones históricas y su articulación política en la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media, puedes leer el siguiente estudio realizado por Miguel Ángel Ladero Quesada, pulsando aquí.
Cuando me planteé hablar de este periodo de tiempo, tenía claro que el lugar a donde Lucas debía acudir no podía ser otro que Trujillo. Trujillo, la milenaria ciudad encrucijada de caminos, la Turgalium romana, la Taryala árabe, la Truxiello medieval. Trujillo fue ciudad mucho antes que Cáceres, elevada sobre sus riscos graníticos su inconfundible perfil, en el que destacan las murallas y la alcazaba árabe, se alza al visitante que recorre las carreteras que lo circulan, como un imán que atrae la vista y la imaginación.
Ese es el perfil que Lucas divisa a duras penas, entretenido en su particular batalla con la lluvia y el viento. La morada de donde surgían buena parte de aquellos dioses que confundían la mente de los indios.
En mi relato quería mostrar tres visiones distintas de la “conquista de América”. En primer lugar la del aventurero que, seguro de si mismo, no duda en embarcarse hacia lo desconocido. Alonso Pacheco figura en una relación documental de personas que se alistaron en Trujillo con destino a Nueva España. Yo le puse rostro y figura a esa breve reseña y lo imaginé acudiendo a caballo desde Almendralejo, buscando cambiar su suerte, con la euforia del que presiente que la llegada de la fortuna se acerca, del que se deja embaucar por los relatos fantasiosos de maravillas, mujeres hermosas y riquezas sin fin. Aquellos hombres que abandonaban sus monturas y encaminaban sus pasos hacia la Casa de Alistamiento (probablemente en el actual Palacio de Juan Pizarro de Orellana, regentado ahora por la Congregación Hijas de la Virgen de los Dolores), debieron encontrarse con una ciudad efervescente, en plena expansión, en la que algunas de las familias favorecidas por la plata americana, elevaban sus palacios majestuosos en los alrededores de la Plaza Mayor. Todo ello empujaría aún más el espíritu de aquellos jóvenes, anhelantes de un futuro que se les negaba si se quedaban en Extremadura.
Pero Lucas también se topa con una segunda visión: la del aventurero que ha regresado de América y que va cargado de recuerdos, como una pesada maleta en la que tiene cabida a partes iguales: la gloria, el dolor, la heroicidad y la tristeza. Hay cientos de biografías que relatan la vida de aquellos hombres: Pizarro, Hernán Cortés, Orellana… Muchos regresarían ricos y célebres, triunfadores de aquella ruleta de la que se beneficiarían sus hijos y los hijos de sus hijos. Otros dejarían sus huesos para siempre en aquellas tierras y algunos regresarían con el alma vacía. En el propio capítulo se detallan las penalidades del viejo aventurero, embarcado junto a Orellana (que tenía 31 años) en un viaje a través de un río inundado de peligros. Sin querer se adentraron en aquellas aguas, sin querer avanzaron por el río más grande del mundo, casi se puede decir que descubrieron el Río Amazonas, mientras huían de la muerte. Esa visión desgarradora de quien perdió a sus amigos, de quien disfrutó de paisajes maravillosos mientras miraba cara a cara a la muerte, de quien vivió en aquellos, tan intensamente, que se diría que vivió varias vidas. Ese hombre, que viene ya de vuelta, es el que conversa con Lucas en aquella taberna trujillana.
La última visión, la más controvertida, es la que tiene que ver con la forma en que los habitantes indígenas de América veían a los españoles. Seres enigmáticos, barbudos, vestidos con latas, usando armas extrañas que arrojaban bolas de fuego que mataban y montados en seres desconocidos y veloces. No es de extrañar el efecto demoledor que provocaba semejante visión en aquellas gentes. Los españoles eran pocos, pero su presencia causó estragos en la población indígena. Aquellos hombres se adueñaron de tierras que no les pertenecían, de riquezas que no eran suyas, impusieron leyes, costumbres, idiomas y sobre todo creencias ajenas a los habitantes de América, convirtiendo en esclavos a buena parte de la población.
 Muchos dicen que no hay conquista sin sufrimiento, otros dicen que el dolor causado era inevitable. No lo se. Yo creo que Lucas, a esas alturas ya sabía que el ansia de poder es un arma devastadora y que aquellos tipos que conoció en la ciudad Trujillo huían para ser ricos, y en su huida el deseo fue transformando sus espíritus en una mezcla de valentía, barbarie y temeridad.

Lucas Ventura y los judíos

Caminando hacia el olvido

La presencia de los judíos en España, y por tanto en Extremadura, es fundamental para comprender nuestro pasado. A la largo de nuestra historia común existen hechos magníficos y memorables, pero también otros de las que ningún pueblo debería sentirse orgulloso. Creo que en historia nunca se puede decir aquello de “Visto con los ojos de hoy”, porque cada momento, cada circunstancia esconde motivos que se nos escapan, que van más allá de nuestra percepción actual. No obstante, lo que sí es evidente es que resulta lamentable el trato que se dispensó a los judíos.
La existencia de los judíos en Extremadura está documentada desde época romana, ya en el siglo I se sabe de la presencia de judíos en Augusta Emérita, probablemente procedentes de las deportaciones ordenadas por el emperador Tito, tras asediar y arrasar Jerusalem.
Cuando Alfonso IX “reconquista” Cáceres y proclama su famoso Fuero de Cáceres, dedica ocho capítulos a hablar de los judíos, por lo que se sobreentiende la existencia de una colonia judía que viviría en la ciudad desde época musulmana.
No obstante el periodo de mayor crecimiento de la población judía en buena parte de Extremadura se produce a lo largo del siglo XV, cuando, fundamentalmente en el valle del Guadalquivir (Córdoba, Andújar, Jaén, Baeza y sobre todo Sevilla), se producen unas fuertes revueltas antijudías, que acaban en pavorosas matanzas y la expulsión forzosa de los judíos supervivientes.
Hasta entonces la judería cacereña no tenía la categoría de aljama, como si lo tenían las juderías de Trujillo o Plasencia. Una aljama es una comunidad con autogobierno propio, que cuenta además con sinagoga, cementerio, baños, academias, carnicerías, sanatorios, tribunales…
Sin embargo en tiempos de Enrique IV (el hermanastro de Isabel la Católica) se describe a la judería cacereña como una de las aljamas que, en materia tributaria, se situaban entre las cinco primeras de toda Castilla.
Cuando Lucas llega a Cáceres, durante la visita real, las crónicas dicen que en la villa habitaban en total unos 8000 vecinos, y de ellos unos 650 (alrededor 130 familias) eran judíos. La mayor parte de esos judíos residían en lo que actualmente conocemos como barrio de San Antonio. Era una zona que, aunque se encontraba dentro del perímetro de las murallas, se distinguía bien de los palacios y casas fuertes con los que delimitaba, pues las casas eran pequeñas, normalmente de planta baja o a lo sumo de dos plantas, ubicadas en una zona urbanísticamente complicada debido al escarpado y quebrado terreno.
La vieja judería se articulaba alrededor de una sinagoga que en 1470 es adquirida por Alonso Golfín, que la derriba y construye sobre ella una ermita en honor a San Antonio de Padua, motivo por el cual la vieja judería lleva actualmente ese nombre.
Lucas visita la ciudad, cuando se están empezando a agrupar a los judíos alrededor de la nueva judería, es decir, en los alrededores de la Plaza Mayor.

Tuve acceso a una serie de listados de población en donde aparecían reseñados los nombres de muchos de los judíos que vivían en Cáceres durante la visita real. Entre ellos figuraba el nombre del sastre Moshé Cohen, hijo de Salomón Cohen y de Samuel Ben Sentó (Don Sento) que habitaba alrededor del actual Arco de la Estrella. También supe de una vivienda de cierta importancia que pertenecía a un sastre judío y que estaba ubicada en los alrededores de lo que actualmente conocemos como la calle General Ezponda, no muy lejos de la nueva sinagoga que, según la tradición, se ubicaba en el Palacio del Marqués de la Isla. El nombre de Jaco, el enigmático anciano que aparece en la novela, padre de Salomón, es un nombre reconocible en la onomástica judía, pero no consta en ninguna documentación de la época. Quizás porque estaba más allá de aquel tiempo.Precisamente el encuentro entre Lucas y el anciano judío se resuelve en la novela de una manera que no estaba preconcebida. Una vez más el ejercicio de la escritura me encaminó por su propia senda y yo, como escritor, me dejé llevar a esos misteriosos terrenos en donde sólo tiene cabida la imaginación. La figura de Sara, la joven judía que percibe en la figura de Lucas la forma de escapar de su incierto futuro, no es más que una imagen de lo que allí vi.

Es correcto el dato de que los judíos acudieron a la Reina Isabel para pedirle una mayor equidad en el reparto de cargas municipales y también que la propia reina fue receptiva a dicha petición.La convivencia pacífica entre las religiones: árabe, judía y cristiana, fue posible durante muchos siglos, pero en la época de Isabel de Castilla, los árabes estaban siendo erradicados de España y los judíos, sometidos a una presión cada vez mayor. Las causas hay que buscarlas en el ámbito religioso, pero sobre todo económico.

Desde que Lucas se encuentra con la familia Cohen, hasta que se reencuentra con Sara, apenas 15 años después, las acusaciones, engaños y matanzas se multiplican. Los judíos son obligados a marcharse o a convertirse al cristianismo.
El valle del río Ambroz, debió ser testigo mudo de esta triste huída. La presencia hebrea en ciudades como Hervás es, aún hoy, absolutamente evocadora. (Si deseas saber algo más sobre la invención de leyendas contra los judíos de Hervás, puedes consultar esté trabajo realizado por el investigador Marciano de Hervás pulsando aquí.)
Los que tuvieron que marcharse, que fueron mayoría, se adentraron en Portugal desde Valencia de Alcántara. Posteriormente sufrirían un nuevo exilio que les llevó hacía lugares distantes como Marruecos, Turquía o los Países Bajos. Los que se quedaron tuvieron que lidiar con la terrible inquisición, manifestando continuamente su cristiandad, aunque algunos practicaran sus creencias a escondidas
Quería dejar claro en mi novela la presencia del pueblo hebreo en Extremadura, del mismo modo que Extremadura quedó en la memoria de los judíos errantes, que adoptaron apellidos como Casseres, Coriat, Kuriat, Alburkerk… que vieron nuestro mismo cielo y caminaron por nuestras mismas piedras, las piedras de su querida Sefarad, de la que se separaron para siempre.

Lucas Ventura en Cáceres

La villa enfrentada

No muchos años después de los sucesos de Guadalupe, en Cáceres sucedió un acontecimiento especial: la visita de la Reina Isabel de Castilla. Trataré de hacer una breve introducción histórica, aunque de nuevo quiero dejar claro que ni soy historiador ni pretendo serlo y que sólo me mueve el deseo de hacer más comprensibles los sucesos que se narran en la novela.
La villa de Cáceres se incorpora al Reino de León el 23 de Abril de 1229, en tiempos del Rey Alfonso IX. Fecha que aún se celebra en la ciudad bajo la onomástica de San Jorge, patrón de Cáceres. Tras la reconquista, la villa se puebla con colonos a los que se les otorga tierra y beneficios a cambio de repoblar y permanecer en la zona, evitando que vuelva a caer en manos no deseadas. Para consolidar aún más la situación se aprueban unos fueros, es decir, una serie de normas jurídicas, de organización y gobierno que resultan muy ventajosas para quienes decidan quedarse, como por ejemplo la exención del pago de tributos e impuestos, con lo que se aseguraba que la promesa de permanencia se mantuviera en el tiempo. La mayoría de estos colonos eran caballeros leoneses que ocupan la parte más alta de lo que hoy conocemos como “centro histórico”, es decir, los alrededores de la plaza de San Mateo y de la antigua Alcazaba árabe. Posteriormente otros caballeros provenientes de Castilla se instalan en la parte baja de la villa, rodeando lo que ahora conocemos como Concatedral de Santa María.
Desde comienzos del siglo XIV, Cáceres tiene la autorización real para que, aquellos que lo deseen, puedan erigir sus casas fuera de la muralla que rodeaba la ciudad, hasta ese momento esos emplazamientos eran protegidos por motivos defensivos y de observación. De esta forma la ciudad empieza a poblarse de trabajadores, comerciantes y judíos que van construyendo su propia ciudad alrededor de la muralla.
La convivencia entre los nobles cacereños no siempre es ejemplar, hay momentos en los que las traiciones, intrigas y disputas se extienden por las calles, y los enfrentamientos llegan al extremo de producirse incluso entre ventana y ventana de las diferentes casas. De ahí el aspecto de fortaleza de muchas de las viviendas, algunas de ellas provistas de saeteras, matacanes y altivas torres.
Cada una de la facciones se rige por su propia bandera, con un León la del bando leonés, y con un castillo el bando castellano, que mantiene la legitimidad de ese escudo desde que las tropas de Fernando III de Castilla lucharan en favor de la villa.
En el momento en que Lucas acude a Cáceres, existe además una guerra por la sucesión al trono castellano entre la legítima heredera: Juana de Trastámara y su tía Isabel de Castilla. Juana de Trastámara era hija del rey Enrique IV y de su segunda esposa la Reina Juana de Portugal. Dado que el primer matrimonio del rey fue anulado porque nunca llegó a consumarse, el rey tenía fama de impotente y acusaban a la reina de que el verdadero padre era en realidad Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque. A pesar de que los reyes juraron y perjuraron que la hija era suya, Juana, apodada la Beltraneja, fue destronada como Reina de Castilla y, a la postre, obligada a renunciar a todos sus títulos y a ingresar en un convento de la ciudad portuguesa de Coimbra.
El problema se origina a partir de que Enrique IV, que a la vista de lo leído no era demasiado hábil, presionado por una parte de la nobleza, deshereda a su hija como futura reina y nombra heredero a su hermanastro Alfonso. Sólo unos años después, en una reunión de nobles celebrada en Ávila, se decide destronar a Enrique IV y nombrar rey a Alfonso, provocando una guerra que desembocaría años después (fallecidos tanto Alfonso como Enrique) en la guerra entre la sucesora de Alfonso, su hermana Isabel (en la imagen de la izquierda), y Juana (a la derecha), la hija de Enrique.
La nobleza se divide. Buena parte de ella se posiciona a favor de Isabel I de Castilla, pero otra parte no lo hace. En Cáceres la simpatía hacía la reina desde el bando castellano es lógico, como también lo es el posicionamiento hacía la causa de la Beltraneja desde el bando leonés.
En ese clima enrarecido llega Lucas a Cáceres.
Para la documentación de este capítulo utilicé abundante información, mucha proviene de los escritos de reputados historiadores cacereños: Publio Hurtado, Conde de Canilleros, Carlos Callejo, Valeriano Gutiérrez..,también de autores más cercanos en el tiempo, como Francisco Acedo o Antonio Bueno y complemento en lo posible lo leído conversando con Fernando Jiménez Berrocal, director del Archivo Histórico de la ciudad, con Amparo Fernández, de la sección turística del Ayuntamiento de Cáceres y con Antonio Rubio Rojas, cronista oficial de la villa, ya fallecido.
El hecho de que el prior de Guadalupe, Fray Fernando Yáñez, fuera cacereño y que además tuviera un apellido tan reconocible en la ciudad como el de Figueroa, planteaba un nexo evidente entre uno y otro capítulo.
Quería que el lector tuviera clara la visión de una población de extramuros que iba en crecimiento y la visión de una población de intramuros cada vez más pendenciera y crispada.
Creo que la llegada de Isabel la Católica a Cáceres supuso un antes y un después en nuestra historia local. La situación a la que tuvo que enfrentarse y la forma diplomática de solventar el conflicto, ponen de manifiesto la habilidad política que siempre demostró la reina castellana, que acudió sola, sin su marido que andaba ocupado sitiando la fortaleza de Castonuño.
En aquel tiempo había caballeros con tanto dinero, poder y armas, como para mirar desafiantes a los ojos de una reina que, como aquella, estaba en aquel momento en entredicho. Gasté buena parte del tiempo que dediqué a este capítulo en encontrar a una persona que perteneciera o simpatizara con el bando leonés y que pudiera jugar ese papel.
Creí encontrar a la persona indicada en el Maestre de la Orden de Alcántara, Hernán Gómez de Solís, personaje astuto y poderoso, embaucador y traicionero, que cayó en gracia del Rey Enrique IV al que no tuvo reparo de abandonar cuando comprobó que la guerra de sucesión se iba dirimiendo a favor de su hermano Alfonso. Este personaje acumuló tal poder que hubiera representado a la perfección la imagen del noble desafiante y altanero. De él se escribía: «Era tan poderoso en gentes y riquezas que se dice que tenía tan por suya la provincia de Extremadura que con soberbía decía que aunque el Rey viniese contra él, no le temería». Pero, como dije, no solo cambió de bando a última hora sino que falleció siete años antes, dejándome huérfano de interlocutor. (Si quieres saber algo más de este personaje te recomiendo el estudio realizado por Alfonso Domínguez Vinagre, que puedes ver pulsando aquí)
La figura de Diego de Ulloa surge entonces tras un proceso de descarte. Se trata de un noble poderoso y rico, perteneciente a una familia del bando leonés, que habita en una casa fuerte, probablemente fundador de la casa que hoy conocemos como Parador de Turismo y con suficiente raigambre en la población como para erigirse en líder de uno de los bandos. Si bien es cierto que debió ser uno de los damnificados por el desmoche de las torres ordenado por la reina, también es cierto que sus descendientes terminaron adaptándose a las circunstancias y emparentados con la familia de los Ovando, aquella familia que supuso la excepción en la orden de desmochamiento y que resulta el desencadenante del incidente contra la reina relatado en el libro, que en realidad jamás sucedió.
 Cuántas veces imaginé mientras iba a trabajar, la cara de aquellos nobles al ver a la Reina de Castilla tratando de imponer el orden en sus vidas y en sus casas. Cuántas veces imaginé los acalorados diálogos que se producirían, el poso de humillación y de orgullo que la Reina dejó tras sus pasos.
Como ya expuse al final de la novela, la asamblea en la que la Reina dictó las nuevas ordenanzas, entregó el nuevo pendón en el que aparecían unidos los emblemas castellan y leoné, nombró a los nuevos regidores de la villa, y ordenó desmochar las torres de todas las casas y palacios, salvo la del capitán Diego de Ovando, no se produjo en la forma relatada en la novela. No hubo intento de atentado. Tampoco las ordenanzas se cambiaron en el último momento, sino que estaban suficientemente razonadas de antemano. Pero es privilegio inherente al escritor el uso de la fantasía para colorear acontecimientos en donde el tiempo se ha encargado de tejer una tela de araña.
 Del carácter de aquellos individuos puede hacerse una idea el lector paseando por el casco antiguo de Cáceres. Las casas blasonadas, los matacanes, las almenas… En la casa denominada de los Golfines de Abajo, el lugar en dónde estuvo alojada la Reina, aparece una inscripción, junto a un emblema de los Reyes Católicos, que dice “Esta es la casa de los golfines”, por si alguien tenía alguna duda. Si se accede al patio interior, el viajero podrá observar además una lápida con una inscripción digna de ser recordada: “Aquí esperan los Golfines la llegada del día del Juicio Final”.
Hay más referencias que aparecen en la novela y que pueden observase hoy en día, como la placa situada junto al Arco de la Estrella y que recuerda, precisamente, al día en el que la Reina Isabel la Católica juró respetar los fueros de la ciudad.

O la placa situada junto al Palacio de Pereros en el que se referencia el momento en que los judíos mostraron ante la reina su disconformidad por los excesivos tributos que pagaban. También son reconocibles actualmente las ordenanzas que la Reina dictó en aquella jornada. En el apartado V se decía:

«Item mando, y ordeno, que luego la justicia, regidores desta dicha villa, desfagan los dos sellos que tienen del Concejo, y faga uno, y no más, que tenga un escudo de armas, y en la mitad del aya un Castillo, y en la otra mitad un León; las quales dichas Ermas yo doi por armas propias suyas a la dicha. Villa de Cáceres para siempre jamás, y que este sello esté siempre en poder de uno de los regidores y del procurador…»

Por último diré que todavía se conserva en el despacho oficial de la Alcaldía, los restos del pendón original con los emblemas de Castilla y León unidos, y que, según algunas leyendas, fue tejido por la propia Reina Isabel la Católica.