De la memoria anclada

Comencé a escribir de adolescente, en aquella época no era un gran lector de novelas, mis lecturas se circunscribían casi exclusivamente a las historietas de Mortadelo y Filemón, la familia cebolleta, 13 Rue del Percebe y demás. Aquellos TBO’s creo que me forjaron un tipo de humor particular que todavía perdura en mí. De esa época recuerdo que comencé a escribir un diario personal en donde anotaba mis pequeñas aventuras, no era un diario muy al uso en cuanto que en él relataba las vivencias de una persona que, aún siendo yo, vivía una vida diferente a la que yo vivía. Las vivencias de este personaje venían determinadas por mis propias vivencias, pero pasándolas por el tamiz de la imaginación; un suspenso, por ejemplo, podía suponer que el individuo perdía las botas, una buena nota podría transformarse en la cumbre de un volcán; no sabía qué le sucedería después, ni si su camino sería bueno o malo, lo que sí compruebo mirándolo ahora desde la lejanía es que aquellos textos fueron poco a poco ganando en metáforas y, sin que yo fuera consciente de ello, fueron preparándome para lo que más tarde me atrapó con fuerza: la poesía.

En otro momento comentaré cuál fue la circunstancia que me llevó a encontrarme con la poesía deseada, es decir, con aquella que no me obligaban a leer en el instituto como si fuera una especie de condena. Pero aquel encuentro fue determinante para mí. Tampoco hablaré de la obsesión por leer a todos aquellos poetas que me gustaban entonces, las horas que les dediqué, la forma en la que me latía el corazón al llegar al rincón que la biblioteca de mi ciudad reserva a los versos. Pero sí diré que no tardaron en aparecer los versos en mis cuadernos, ni tampoco los primeros concursos literarios y las primeras felicitaciones.

Mi problema entonces consistía en encontrar a personas que tuvieran una “sensibilidad por la poesía”, perdonad que utilice una expresión tan cursi, es decir que si hablaba de esos asuntos no me miraran como un bicho raro, medio afeminado o pedante. Las encontré en mi ciudad. Asistiendo al homenaje que cada 6 de Enero se hace en Cáceres a Gabriel y Galán, conocí a una serie de poetas locales que me invitaron a participar en una tertulia que, por aquel entonces, se desarrollaba en el Colegio Mayor “Francisco de Sande”. Estas tertulias se celebraban todos los viernes por la noche y a ella acudíamos unas 15 personas de diferentes edades. Estábamos los más jóvenes, que éramos un grupo de unos cinco autores, y por otro lado estaban los veteranos con con sus libros a cuestas y de los que no podíamos hacer otra cosa que aprender.

A raíz de esa tertulia, no mucho tiempo más tarde, surgió mi primera publicación, tenía entonces apenas 23 años, el libro se titulaba “De la memoria Anclada”, con él se iniciaba una nueva colección poética que la Diputación de Cáceres denominó: “Poesía Pereros”. Este poemario que presenté en el Complejo San Francisco junto al entonces Presidente de la Diputación, ya fallecido, Manuel Veiga, tuvo el recorrido propio de un libro de poesía, es decir, escaso. Pero la Diputación de Cáceres apostó con fuerza sobre el grupo de poetas jóvenes al que pertenecía y, gracias a ello, tuve la suerte de participar en numerosos recitales poéticos por toda la provincia de Cáceres. De la mano de la Diputación, aparecíamos (yo y tres o cuatro poetas más) en los sitios más insospechados para leer nuestros versos y alegrar, o terminar de estropear, cualquier velada cultural. Quiero decir que servíamos tanto para un roto como para un descosido, si se entregaba un premio literario ahí estábamos nosotros, si se homenajeaba a un poeta local nosotros le respaldábamos, si eran las fiestas del pueblo, nuestros recitales eran el contrapunto adecuado para compensar el exceso de toros y borracheras. Debo confesar que lo pasábamos en grande y que mi mochila y la del resto de los poetas ambulantes: Kiko Carmona Camarero, Teresa Guzmán, Victor Parra… estaban repletas de anécdotas y vivencias de aquellos días.