Parábola del panadero y los derechos de autor

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Por Antonio González Prado

Había una vez un panadero que no conocía otro oficio sino el de hacer el pan con sus manos. Se levantaba temprano y elaboraba la masa según tradición heredada de los que ya lo hicieron antes.

Una vez elaborado el pan diario, nuestro hombre se dirigía hasta una caseta en donde él mismo se encargaba de venderlo a sus vecinos. Las ventas no eran demasiado abundantes pero sí suficientes como para poder vivir de su oficio. Un buen día, de esto no hace demasiado tiempo, el panadero empezó a notar que sus ventas iban poco a poco mermando, que cada vez le costaba más obtener un jornal digno, que, por más que se esforzaba en hacer lo mejor posible su pan, al final del día su caja se encontraba más exigua. Y cuando llegaba la noche el panadero pasaba largas horas tratando de desentrañar la causa de su desgracia.

-El pan se consume – se decía a sí mismo. De hecho, al atardecer, apenas quedan ejemplares en la baldas. Pero… ¿y el dinero?

Angustiado pidió consejo a los que quisieron escucharle. Cada uno le decía una cosa: hay otras panaderías mejores; la gente ya no consume pan como antes; tal vez el precio que pones es demasiado caro. Pero la realidad era otra. Alguien había descubierto una forma oculta de introducirse en la caseta de los panes y el panadero era incapaz de detectarlo. Se accedía por un callejón trasero, apenas transitado, desde ahí se introducía la mano por un agujero cálido y se accedía a los panes sin dificultad y sin pagar ninguna moneda a cambio.

Este proceder se fue poco a poco extendiendo entre los vecinos. Algunos, al enterarse, ponían mala cara pero otros muchos al despuntar la mañana se acercaban hasta la caseta del panadero y se abastecían, sin ser vistos, de los panes recién hechos.

Curiosamente, algunos de ellos, cuando se cruzaban con el panadero y observaban su pesadumbre, le aconsejaban bajar un poco más el precio para que sus ventas volvieran a ser como antes. Desconcertado, el panadero así lo hizo una y otra vez, hasta dejarlo en la mitad de su precio original. Durante unos días parecía que las ventas se recuperaban, pero era una sensación pasajera. Pronto los vecinos volvieron a adentrarse por el callejón oscuro y a adueñarse de los panes recién hechos.

La mayoría ya no tenían inconvenientes en alardear de sus robos en la plaza del pueblo y, con el desprendimiento de lo obtenido sin esfuerzo, arrojaban grandes trozos a las palomas o a los peces del río que bajaban bajo el puente, corriente abajo.

El panadero los observaba con curiosidad desde su tienda. Extrañado y molesto al ver con qué poco respeto se trataban aquellos panes, aquellos tiernos panes que, sin embargo, él no había despachado.

Los mismos hombres que maltrataban el fruto de su trabajo le comentaban que su problema seguía siendo el precio de los panes. Son demasiado caros, le decían. Y el panadero bajaba de nuevo los precios aunque el efecto siempre era mismo, durante un par de días parecía que las ventas se recuperaban pero era un espejismo. Un día, desesperado, decidió regalar el pan. Puso un cartel grande en su caseta. Hoy, pan gratis. Muchos fueron los que, sorprendidos por el anuncio, se acercaron al panadero con curiosidad para obtener su pan. Pero, curiosamente, otros muchos volvieron al callejón oscuro e introdujeron su mano por la tibia oquedad adueñándose del pan clandestino. Sin reparar ya en la medida, se llevaban mucho más cantidad de la que necesitaban, y se lo arrojaban unos a otros, y jugaban con él, y si se caía no tenían interés alguno en recogerlo. Y el panadero escuchaba sus risas al otro lado, desconcertado y agotado, sin llegar a comprender en su medida la causa final de su desgracia.

De mi diario a la poesía

Yo tenía un diario en el que escribía cada noche. Todavía lo conservo, es una libreta cuadriculada, de pasta azul y letra atolondrada. Me viene ahora a la memoria ese cuaderno, mientras escribo en mi bitácora, evolución desproporcionada de aquellas hojas adolescentes.

Mi diario no era un diario normal, no se limitaba a relatar mis experiencias, sino que las reescribía y reinventaba. Era un diario anovelado, mi personaje vivía en una isla solitaria y cada suceso que me acontecía diariamente, tenía su traducción en mi isla: aprobar tal asignatura era superar una montaña, un despecho amoroso era morir de hambre, una discusión una tormenta… con nadie hablaba, sus soliloquios eran mi filosofía.

Lo que más me sorprende de aquello, fue que cada vez mis anotaciones en el diario iban siendo más poéticas, sin yo pretenderlo. En mi adolescencia nunca leí poesía, más allá de las obligadas por mis profesores de literatura, casi siempre a destiempo, casi siempre de mala gana, tratando de encontrar en ellas las asonancias, la sílaba exacta, la rima perfecta, pero olvidando el mensaje. ¡Cuántas frustraciones literarias se han fomentados desde las aulas, obligando a leer libros inadecuados para la edad del lector!

Pero esa es otra discusión. Lo que quiero decir es que me encontré con la poesía, antes de que ella se encontrara conmigo. Recuerdo, como si fuera hoy, a uno de mis mejores amigos, tendríamos poco más de dieciocho años y estábamos sentados en una de las escaleras de la Plaza Mayor de Cáceres, todavía no se había instaurado el botellón como lugar de encuentro y borrachera, pero aquellas escaleras siempre han invitado a la conversación. En un momento de la charla él me miró y me dijo: “Tanto dolor se agolpa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”. Aquellos versos se adentraron en mí de tal forma que puedo decir, sin sonar a petulante, que ya nunca más volví a ser el mismo.

Al día siguiente me acerqué a la biblioteca y de la mano de Miguel Hernández aprendí a leer y a entender la poesía. Fue como la llave que me abrió un sendero al que yo tendía inconscientemente. Luego vinieron otros, Bécquer, Machado, Alberti, Lorca, Rosales, Cernuda, Neruda, Darío, Hierro, Ángel González… pasé a ser un lector casi compulsivo de versos. Juro que me palpitaba el corazón con fuerza cuando me acercaba a las secciones de poesía de la librería o la biblioteca, que aquellos libros fueron el soporte sentimental de mis tristezas, que sus autores forman desde entonces parte de mí y que siento que me acompañan cada vez que escribo un verso o redacto una nota.

El destino quiso que años después, al inaugurase la Sala Miguel Hernández del Complejo Cultural San Francisco, fuera invitado a dar una conferencia sobre la vida y obra de aquel poeta alicantino.

Tantas horas les dediqué, que cuando pienso en ellos lo hago como el que recuerda a un amigo, a un compañero del alma que todavía revolotea alrededor de las aladas almas de las rosas.

El mono amaestrado

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¿Alguien se atreve a decir desde cuando el hombre es hombre? Hay muchos científicos que pueden responder a esa pregunta, con una exactitud bastante precisa. Por ejemplo, cuando estudio con mis hijos se fija el origen de la prehistoria nada menos que en 6 millones de años, coincidiendo con la aparición de los primeros homínidos, aquella nueva especie que se separó del chimpancé y dio origen a los antecesores del homo sapiens.

Mucho tiempo después, el hombre de Neandertal ocupó buena parte de lo que ahora conocemos como Europa, su presencia se data aproximadamente hace 240.000 años hasta que se extinguió, hace 28.000. Este hombre convivió con el de Cromañón y finalmente con el Hombre Moderno (sapiens, sapiens) del que venimos nosotros en línea directa.

Durante más de cien mil años los hombres fueron nómadas, cazadores, guerreros, se aventuraron por parajes agrestes, sucumbieron bajo el fuego del volcán o tras la inundación que trajo la lluvia, les partieron los rayos, formaron parte del alimento de los lobos o las hienas, apalearon a sus semejantes, guerrearon una y otra vez y fueron mutilados, desvencijados y arrojados finalmente a cualquier fosa común sin gloria. Durante todo ese tiempo los hombres fueron audaces, fieros, aventureros y salvajes.

Y toda esa morralla de sentimientos que ha perdurado en nuestra especie durante tantos siglos, desemboca hoy aquí, en esta mañana de domingo intrascendente, que he dedicado por completo a cocinar, a fregar el suelo de la cocina de mi casa y a aspirar el polvo de los muebles.

Me comprenderéis si os digo que en un momento determinado he tenido que calmar mis deseos de encamarme a la barandilla más alta de mi edificio y dedicarme simplemente a aullar.

Con la bitácora a cuestas.

Dibujo

En una entrada de mi anterior bitácora os hablaba de los motivos por los que había que tener un blog. Cinco años después de esa entrada me encuentro de nuevo aquí, frente al ordenador, tratando de poner en claro mis ideas delante de este nuevo proyecto que nace sin demasiadas pretensiones, que es consecuencia de la próxima publicación de un nuevo libro, y que, al fin y al cabo, no es más que una manera de volver a tomar vida en la red, de tener presencia para que cuando en alguna cena me pregunten aquello de: «ya me pasaré por tu blog», dando por sentado que lo tengo, no encuentre yo motivos para mirar al suelo.

Ya voy teniendo una edad como para creer distinguir lo que es necesario de lo que no, pero cuántas veces la vida no consiste sino en dejarse llevar. Claudico y me embarco de nuevo en este mundo, ahora con la certeza de saber que muchas de las empresas que se encargan de alojar este tipo de web viven de nuestra propia vanidad, se financian del espejismo que supone creer que nuestros pensamientos merecen la importancia suficiente como para tener un nombre y alojamiento propio, cuando la cruda realidad es que nuestras palabras en la red no son sino gotas de agua que se desvanecen en el océano.

Bienvenido de nuevo a mi blog quien quiera que seas.