El otoño editorial

Hace años, cuando se otorgaba el premio Nobel de literatura, las editoriales se esforzaban por extraer de sus catálogos cualquier volumen que tuviera alguna relación con el premiado y los escaparates de las librerías no tardaban en mostrar referencias a los libros del ganador. Esa costumbre, poco a poco, va desapareciendo.

En 2013 me sucedió algo que me abrió los ojos sobre el futuro al que iba avocado el mercado editorial. Ese año, en octubre, recibió el Nobel la escritora Alice Munro, tan solo un par de días después recibí por correo electrónico, lógicamente sin que yo lo hubiera solicitado, y por dos fuentes diferentes, las obras completas en castellano de la escritora canadiense condensada en un archivo que apenas ocupaba tres megabytes. El formato era la clave, cada uno de los libros con extensión epub contaban con su cabecera, su prólogo y su contraportada. Aquello era una revolución porque resultaba evidente que, por ejemplo, la totalidad de las obras escritas por García Márquez podían almacenarse en un puñado de bytes, apenas en el tamaño de una sola foto tomada con una cámara actual. Por otro lado, la venta de dispositivos electrónicos para leer esos libros se disparó en unos meses, sus precios eran asequibles, resultaban cómodos de usar y tenían una buena autonomía. En definitiva, se estaba gestando un tremendo cóctel dispuesto a explotar en las puertas de la industria editorial.

Muchos trataban de poner paños calientes al enfermo malherido manifestando aquí y allá que leer en un libro electrónico era una experiencia poco satisfactoria, que preferían el papel, o que en esos especímenes de lectura no se podía escribir ni una triste nota en el margen… pero la realidad es tozuda y al final se manifiesta en su crudeza. Ingentes cantidades de libros comenzaron a circular entre los usuarios, muchos más de los que un lector habitual podía atesorar en una sola vida. A golpe de clic los libros pasaban de lector a lector, o más bien de usuario a usuario, por el mero de hecho de acaparar volúmenes, con la alegría que da lo que ocupa poco y no cuesta nada.

El primer libro que yo leí en esos dispositivos fue el Drácula de Bram Stoker y me enganché igual que me hubiera enganchado en el libro de papel (que también lo tengo) y pasé miedo en los pasajes que había que pasarlos, y lo disfruté de forma muy parecida a como hubiera disfrutado haciéndolo en un libro tradicional. Sumen a eso que las generaciones más jóvenes son nativos digitales, habituados a leer en pantallas electrónicas, y que cada día se multiplican los dispositivos de lectura electrónica, para determinar que ese formato ha venido para quedarse, que no sólo no dejara de usarse sino que mejorará con los años, que se hará más liviano, más ergonómico, mejor diseñado, que de una u otra forma el papel tenderá a desaparecer o a quedar, en el mejor de los casos, circunscrito a usos muy concretos.

Durante estos últimos años me he quedado atónito al comprobar la ingenuidad de algunos gurús del mundo editorial que no percibían, u ocultaban ingenuamente, la gravedad del fenómeno que se les venía encima. Toda una industria, otrora casi indestructible, necesaria como el pan de cada día, ahora languidece sin saber qué hacer ni cómo hacer frente a una brecha que la está desangrando.

Las consecuencias son muchas y muy variadas, la mayoría de una gravedad tal que ni siquiera somos capaces de estimar con los ojos del presente; las más evidentes se traducen en el cierre de librerías de toda la vida (según algunos estudios en 2015 se cerraban dos librerías diarias de media); en el cierre de editoriales de larga tradición, o en la pésima situación financiera de grupos que hasta hace poco parecían intocables; se ha producido el despido de cientos de trabajadores relacionados de forma directa o indirecta con el mundo editorial; y hay un volumen importante de escritores noveles con sus obras en el cajón, porque, díganme, con semejante panorama quién es el valiente de apostar por autores nuevos o por tomar riesgos innecesarios.

Un panorama desolador.

Recuerdo hace unos años, durante una Feria del Libro de Madrid, la tremenda expectación que levantaba la escritora y periodista Ángeles Caso. Había ganado el Planeta y parecía vivir en la platea del firmamento de las letras, sólo hace unos meses aparecían noticias en la prensa en donde comentaba su ruinosa situación económica y la pírrica cantidad que había recibido en el ejercicio 2014 por los derechos de autor de sus novelas. Y es Ángeles Caso, existen otros ejemplos de escritores de relumbrón que pasan por apuros similares, piensen ahora en los resultados de un escritor de provincias y saquen sus consecuencias. Vivir de la literatura podemos considerarlo a día de hoy, salvo contadas excepciones, una quimera, un rayo de luna, una fantasía.

Si no hay dinero detrás que le permita a uno, no digo ser rico, sino poder vivir con algo de dignidad de lo que hace, el ejercicio de escribir, de embarcarse en la difícil aventura de juntar palabras, de emplear buena parte de su tiempo en documentarse, en informarse, en dar forma a las ideas con la calidad necesaria para hacer un libro, no deja de ser una tarea rayana en el romanticismo. Y de romanticismo, qué les voy a contar, de romanticismo no se come.

¿Desde cuándo no compro un disco?

Continuando con la reflexión sobre los derechos de autor que escribí en mi anterior entrada, hoy estoy tratando de hacer memoria sobre la última vez que me compré un disco. Y no consigo recordarlo.

¿Cómo es posible? me pregunto, la música siempre ha estado en mi cabeza, forma parte consustancial de mi manera de ser, las canciones han sido imprescindibles en mi vida, me han consolado, emocionado, alentado o empujado en infinidad de ocasiones, diría que mi cabeza está llena de canciones y sin embargo sigo sin recordar mi última adquisición.

Sí que recuerdo la primera, tendría unos 9 años. Y lo recuerdo bien porque fue en uno de los primeros viajes que hice con mis padres (las vacaciones en familia no eran algo habitual en aquellos años), hicimos un recorrido por Cádiz hasta llegar a Gibraltar, cruzamos en barco hasta Ceuta y regresamos. Guardo limpio en mi memoria como una postal amarillenta el lugar en donde compré aquel casete, era del grupo ABBA, y se trataba de una compilación de sus canciones cantadas en español que todavía escucho con placer. No sé lo que me costaría, pero estoy seguro de que mucho atendiendo a la capacidad de compra que yo podía tener en aquella época, y recuerdo también que mi padre cuando Agnetha comenzaba a entonar las primeras estrofas de Gracias por la música, me miró como diciéndome qué es lo que has comprado y me riñó por, según él, haber desperdiciado mi dinero.

En aquel entonces, en mi barrio, en mi entorno, sólo se compraban casetes, en mi casa no hubo tocadiscos hasta que no tuve 16 o 17 años, a lo más que habíamos llegado era a poseer un radiocasete de doble pletina, toda una novedad. Con ese aparato yo era capaz de recopilar la música que había en mi casa, o la que me dejaban mis amigos, y me hacía mis propias grabaciones, mis propios discos que escuchaba una y otra vez hasta agotarlos, hasta extraer de ellos todo lo que alcanzaba mi entendimiento. De aquellas cintas siempre estuve muy orgulloso. Cuando conocí a mi mujer la atiborré de ellas hasta el punto de que sus amigas se referían a mí en los comienzos como “El chico de las cintas”.

Mis gustos musicales fueron cambiando, también el formato, pero mi entrega hacia la música permaneció inalterable, adherida como una segunda piel a mi espíritu.

En Cáceres ya había descubierto el placer de ojear discos en la tienda Harpo que estaba en la calle Rosso de Luna, verdadero icono de la música de mi ciudad en esos años y que acabó cerrando y transformándose en otras tiendas, profanando el aroma de modernidad que siempre para mi tuvo ese local.

Claro que Harpo era pequeña y no podía abarcar las apetencias musicales de toda una ciudad y la única forma que teníamos entonces de hacernos con determinados discos pasaba por otros circuitos como por ejemplo la revista Discoplay, a la que estaba suscrito, y cuyas hojas estaban repletas de referencias a grupos que yo posteriormente utilizaba para decorar mi carpeta del instituto.

Es lo que tenía vivir en provincias, todavía no sabíamos nada de lo que hoy conocemos por globalización. Mi abuela y mi tía vivían por entonces en Madrid y todos los años acudía al menos en un par de ocasiones hasta sus casas. Cuando ya tuve edad suficiente, los viajes los hacía solo, en trenes que tardaban varias horas en recorrer los 300 kilómetros escasos que separan Cáceres del barrio de Villaverde. Ya en Madrid, me las apañaba para perderme por sus calles y desentrañar por mi cuenta algunos de sus secretos. Parada obligatoria eran las tiendas de discos que se dispersaban por Antón Martín, o por Malasaña. Pero había dos que sin duda acaparaban la mayoría de mis deseos: Madrid Rock, en la Gran Vía y Discos La Metralleta, en las traseras del Corte Inglés de Preciados. Me podía pasar las horas muertas manoseando aquellos vinilos, cuidando muy mucho en cuál de ellos iba a emplear mis escasos ahorros, aspirando su aroma, leyendo las contraportadas, desplegando los libretos como si fueran tesoros. Por aquellos años sustituyeron Galerías Preciados por el enorme FNAC que todavía funciona, y también he pasado en esa tienda muchas de mis horas. De hecho todavía no hay ocasión que pasé por allí y no acabe entrando, como un imán del que no puedo alejarme.

Echando la vista atrás me parece casi imposible que Harpo desaperiera de Cáceres, y que hace ya diez años sucediera lo mismo con el mítico Madrid Rock, o que la FNAC dedique actualmente apenas media planta a vender discos, o que en mi ciudad, más allá del hipermercado de turno, no exista un solo local donde vendan música…

Y también me parece mentira que a día de hoy, sentado delante de mi ordenador, ni siquiera sea capaz de recordar la última vez que compré un disco.

Parábola del panadero y los derechos de autor

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Por Antonio González Prado

Había una vez un panadero que no conocía otro oficio sino el de hacer el pan con sus manos. Se levantaba temprano y elaboraba la masa según tradición heredada de los que ya lo hicieron antes.

Una vez elaborado el pan diario, nuestro hombre se dirigía hasta una caseta en donde él mismo se encargaba de venderlo a sus vecinos. Las ventas no eran demasiado abundantes pero sí suficientes como para poder vivir de su oficio. Un buen día, de esto no hace demasiado tiempo, el panadero empezó a notar que sus ventas iban poco a poco mermando, que cada vez le costaba más obtener un jornal digno, que, por más que se esforzaba en hacer lo mejor posible su pan, al final del día su caja se encontraba más exigua. Y cuando llegaba la noche el panadero pasaba largas horas tratando de desentrañar la causa de su desgracia.

-El pan se consume – se decía a sí mismo. De hecho, al atardecer, apenas quedan ejemplares en la baldas. Pero… ¿y el dinero?

Angustiado pidió consejo a los que quisieron escucharle. Cada uno le decía una cosa: hay otras panaderías mejores; la gente ya no consume pan como antes; tal vez el precio que pones es demasiado caro. Pero la realidad era otra. Alguien había descubierto una forma oculta de introducirse en la caseta de los panes y el panadero era incapaz de detectarlo. Se accedía por un callejón trasero, apenas transitado, desde ahí se introducía la mano por un agujero cálido y se accedía a los panes sin dificultad y sin pagar ninguna moneda a cambio.

Este proceder se fue poco a poco extendiendo entre los vecinos. Algunos, al enterarse, ponían mala cara pero otros muchos al despuntar la mañana se acercaban hasta la caseta del panadero y se abastecían, sin ser vistos, de los panes recién hechos.

Curiosamente, algunos de ellos, cuando se cruzaban con el panadero y observaban su pesadumbre, le aconsejaban bajar un poco más el precio para que sus ventas volvieran a ser como antes. Desconcertado, el panadero así lo hizo una y otra vez, hasta dejarlo en la mitad de su precio original. Durante unos días parecía que las ventas se recuperaban, pero era una sensación pasajera. Pronto los vecinos volvieron a adentrarse por el callejón oscuro y a adueñarse de los panes recién hechos.

La mayoría ya no tenían inconvenientes en alardear de sus robos en la plaza del pueblo y, con el desprendimiento de lo obtenido sin esfuerzo, arrojaban grandes trozos a las palomas o a los peces del río que bajaban bajo el puente, corriente abajo.

El panadero los observaba con curiosidad desde su tienda. Extrañado y molesto al ver con qué poco respeto se trataban aquellos panes, aquellos tiernos panes que, sin embargo, él no había despachado.

Los mismos hombres que maltrataban el fruto de su trabajo le comentaban que su problema seguía siendo el precio de los panes. Son demasiado caros, le decían. Y el panadero bajaba de nuevo los precios aunque el efecto siempre era mismo, durante un par de días parecía que las ventas se recuperaban pero era un espejismo. Un día, desesperado, decidió regalar el pan. Puso un cartel grande en su caseta. Hoy, pan gratis. Muchos fueron los que, sorprendidos por el anuncio, se acercaron al panadero con curiosidad para obtener su pan. Pero, curiosamente, otros muchos volvieron al callejón oscuro e introdujeron su mano por la tibia oquedad adueñándose del pan clandestino. Sin reparar ya en la medida, se llevaban mucho más cantidad de la que necesitaban, y se lo arrojaban unos a otros, y jugaban con él, y si se caía no tenían interés alguno en recogerlo. Y el panadero escuchaba sus risas al otro lado, desconcertado y agotado, sin llegar a comprender en su medida la causa final de su desgracia.

De mi diario a la poesía

Yo tenía un diario en el que escribía cada noche. Todavía lo conservo, es una libreta cuadriculada, de pasta azul y letra atolondrada. Me viene ahora a la memoria ese cuaderno, mientras escribo en mi bitácora, evolución desproporcionada de aquellas hojas adolescentes.

Mi diario no era un diario normal, no se limitaba a relatar mis experiencias, sino que las reescribía y reinventaba. Era un diario anovelado, mi personaje vivía en una isla solitaria y cada suceso que me acontecía diariamente, tenía su traducción en mi isla: aprobar tal asignatura era superar una montaña, un despecho amoroso era morir de hambre, una discusión una tormenta… con nadie hablaba, sus soliloquios eran mi filosofía.

Lo que más me sorprende de aquello, fue que cada vez mis anotaciones en el diario iban siendo más poéticas, sin yo pretenderlo. En mi adolescencia nunca leí poesía, más allá de las obligadas por mis profesores de literatura, casi siempre a destiempo, casi siempre de mala gana, tratando de encontrar en ellas las asonancias, la sílaba exacta, la rima perfecta, pero olvidando el mensaje. ¡Cuántas frustraciones literarias se han fomentados desde las aulas, obligando a leer libros inadecuados para la edad del lector!

Pero esa es otra discusión. Lo que quiero decir es que me encontré con la poesía, antes de que ella se encontrara conmigo. Recuerdo, como si fuera hoy, a uno de mis mejores amigos, tendríamos poco más de dieciocho años y estábamos sentados en una de las escaleras de la Plaza Mayor de Cáceres, todavía no se había instaurado el botellón como lugar de encuentro y borrachera, pero aquellas escaleras siempre han invitado a la conversación. En un momento de la charla él me miró y me dijo: “Tanto dolor se agolpa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”. Aquellos versos se adentraron en mí de tal forma que puedo decir, sin sonar a petulante, que ya nunca más volví a ser el mismo.

Al día siguiente me acerqué a la biblioteca y de la mano de Miguel Hernández aprendí a leer y a entender la poesía. Fue como la llave que me abrió un sendero al que yo tendía inconscientemente. Luego vinieron otros, Bécquer, Machado, Alberti, Lorca, Rosales, Cernuda, Neruda, Darío, Hierro, Ángel González… pasé a ser un lector casi compulsivo de versos. Juro que me palpitaba el corazón con fuerza cuando me acercaba a las secciones de poesía de la librería o la biblioteca, que aquellos libros fueron el soporte sentimental de mis tristezas, que sus autores forman desde entonces parte de mí y que siento que me acompañan cada vez que escribo un verso o redacto una nota.

El destino quiso que años después, al inaugurase la Sala Miguel Hernández del Complejo Cultural San Francisco, fuera invitado a dar una conferencia sobre la vida y obra de aquel poeta alicantino.

Tantas horas les dediqué, que cuando pienso en ellos lo hago como el que recuerda a un amigo, a un compañero del alma que todavía revolotea alrededor de las aladas almas de las rosas.

El mono amaestrado

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¿Alguien se atreve a decir desde cuando el hombre es hombre? Hay muchos científicos que pueden responder a esa pregunta, con una exactitud bastante precisa. Por ejemplo, cuando estudio con mis hijos se fija el origen de la prehistoria nada menos que en 6 millones de años, coincidiendo con la aparición de los primeros homínidos, aquella nueva especie que se separó del chimpancé y dio origen a los antecesores del homo sapiens.

Mucho tiempo después, el hombre de Neandertal ocupó buena parte de lo que ahora conocemos como Europa, su presencia se data aproximadamente hace 240.000 años hasta que se extinguió, hace 28.000. Este hombre convivió con el de Cromañón y finalmente con el Hombre Moderno (sapiens, sapiens) del que venimos nosotros en línea directa.

Durante más de cien mil años los hombres fueron nómadas, cazadores, guerreros, se aventuraron por parajes agrestes, sucumbieron bajo el fuego del volcán o tras la inundación que trajo la lluvia, les partieron los rayos, formaron parte del alimento de los lobos o las hienas, apalearon a sus semejantes, guerrearon una y otra vez y fueron mutilados, desvencijados y arrojados finalmente a cualquier fosa común sin gloria. Durante todo ese tiempo los hombres fueron audaces, fieros, aventureros y salvajes.

Y toda esa morralla de sentimientos que ha perdurado en nuestra especie durante tantos siglos, desemboca hoy aquí, en esta mañana de domingo intrascendente, que he dedicado por completo a cocinar, a fregar el suelo de la cocina de mi casa y a aspirar el polvo de los muebles.

Me comprenderéis si os digo que en un momento determinado he tenido que calmar mis deseos de encamarme a la barandilla más alta de mi edificio y dedicarme simplemente a aullar.

Con la bitácora a cuestas.

Dibujo

En una entrada de mi anterior bitácora os hablaba de los motivos por los que había que tener un blog. Cinco años después de esa entrada me encuentro de nuevo aquí, frente al ordenador, tratando de poner en claro mis ideas delante de este nuevo proyecto que nace sin demasiadas pretensiones, que es consecuencia de la próxima publicación de un nuevo libro, y que, al fin y al cabo, no es más que una manera de volver a tomar vida en la red, de tener presencia para que cuando en alguna cena me pregunten aquello de: «ya me pasaré por tu blog», dando por sentado que lo tengo, no encuentre yo motivos para mirar al suelo.

Ya voy teniendo una edad como para creer distinguir lo que es necesario de lo que no, pero cuántas veces la vida no consiste sino en dejarse llevar. Claudico y me embarco de nuevo en este mundo, ahora con la certeza de saber que muchas de las empresas que se encargan de alojar este tipo de web viven de nuestra propia vanidad, se financian del espejismo que supone creer que nuestros pensamientos merecen la importancia suficiente como para tener un nombre y alojamiento propio, cuando la cruda realidad es que nuestras palabras en la red no son sino gotas de agua que se desvanecen en el océano.

Bienvenido de nuevo a mi blog quien quiera que seas.