A modo de autobiografía

Como toda historia debe tener un principio diré que nací en Cáceres  (Noviembre de 1970), que durante mi primera adolescencia me atiborré de leer cómic de la editorial Bruguera: Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe, La familia cebolleta… Sin hacerle demasiado caso a otras literaturas que mis profesores de BUP trataban, cansinamente, de mostrarme. No digo esto con orgullo, entiendo que el estilo de un escritor se gesta precisamente en esas lecturas clásicas, fundamentales, pero que yo conocí tardíamente. Y ese es un pero que, soy consciente, arrastro.

Mi encuentro con la literatura se puede decir que fue fortuito. Yo llevaba algún tiempo escribiendo un diario personal bastante peculiar, por que no hablaba de mí, sino de un personaje inventado y perdido en no se qué isla al que le sucedían las más extrañas aventuras, usando como excusa los avatares diarios que a mi me pasaban y que yo transformaba y metaforizaba en la vida de mi personaje.

Sin apenas darme cuenta aquel diario comenzó a sonar cada vez más poético, menos prosaico. Yo, que apenas conocía los poemas de Jorge Manrique y Espronceda, me atrevía a construir frases concisas y hermosas, con ritmo, con cierto estilo, hasta que un día un amigo mío me leyó un poema de Miguel Hernández (podía haber sido de cualquier otro, pero fue de él), y aquello supuso una revolución en mi forma de escribir, de pensar e incluso de vivir. Tendría yo 19 años.

Comencé a escribir poemas y todo empezó a girar muy deprisa. Gané algún concurso literario, conocí a otros poetas, me asocié a una inolvidable tertulia, realicé muchísimos recitales por mi provincia, publiqué un libro (“De la Memoria Anclada”, Diputación de Cáceres 1993), luego unos pliegos (“Dos poemas azules y una Rosa permante”, Diputación de Cáceres 1995), pronuncié, charlas, conferencias… Realmente echando la vista atrás me sorprendo al recordar los lugares y situaciones tan extraños a los que me llevó la poesía, solamente diré que gracias a ella hice el servicio militar en mi ciudad; enamoré a mi mujer; formé parte de jurados de poesía, de cuentos, e incluso de artesanía; recité al pie de una montaña… qué sé yo.

Y justo cuando ya era capaz de distinguir un poema bueno de uno malo, me desencanté de la poesía, me empecé a sentir falso haciendo versos, entré en crisis. Desde entonces, hace ya varios lustros, doy por bueno el año en el que consigo escribir un buen poema, y aún así no todos los años lo consigo

Durante aquella crisis tuve la suerte de asegurarme el porvenir, aprobando, tras “brillante oposición” como diría una crónica de antaño, una plaza de técnico en el Ayuntamiento de mi ciudad. Y mi relación con la literatura cambió. Valiéndome de mis rentas literarias anteriores, comencé a escribir en la prensa regional: artículos semanales de opinión y crónicas culturales; participé durante 5 años en la edición de mi querida Revista de estudios extremeños “Alcántara”, y mi inspiración se repartía entre los cuentos que escribía y los programas en Visual Basic que mi oficio de informático me obligaba a realizar.

El nacimiento de mi sobrina Laura, la primera sobrina de la familia, supuso que volviera la vista hacia el mundo de la infancia, algo lejano ya en mi vida pero no en mi mente, ni en mi manera de pensar o de comportarme (soy consciente de tener muy presente al niño que fui, algo heredado de mi madre a la que también le sucede lo mismo). Mi trato con Laura me llevó a escribir unos cuentos infantiles de los que acabé sintiéndome orgulloso. Cuando lo di por terminado traté de sacarlos al proceloso mundo editorial, pero por unas circunstancias u otras no encontraba al editor adecuado (es una forma de decir que no le interesaba a ninguno de ellos). Aquellos cuentos giraban alrededor de una niña llamada “Rosa Terrosa”. Finalmente, la diputación de Badajoz los premió en 2005, e hicieron una preciosa edición, ilustrada por María Polán. Con ella vendí en la región muchísimos más ejemplares que con todas mi publicaciones o colaboraciones anteriores, hasta que se agotó. Puedo decir que una de mis mayores satisfacciones como escritor vino de la mano de este libro y de ver la mirada chispeante y la boca entreabierta de muchos niños que, en las charlas que dí por algunos colegios, escuchaban sin inmutarse las aventuras que protagonizaba Rosa Terrosa y se acercaban para tocarme, para preguntarme, y yo sentía que mi imaginación y las suyas habían congeniado. Todo eso supuso una recompensa mayor que cualquier premio.

Medir el tiempo en base a la literatura es algo complicado, puede parecer que los casi cuatro años que pasaron entre Rosa Terrosa y la publicación de mi siguiente novela era mucho, pero en realidad los plazos se acortan si pensamos en todo el proceso que va desde la idea, la documentación (en este libro especialmente intensa), la escritura, encontrar quién lo publique y ver finalmente el libro en tus manos. Ese proceso es largo, difícil, incierto, desesperante a veces, deslumbrante otras. En estas mismas páginas podéis ver cuál fue el proceso que encadenó a Rosa Terrosa con Los viajes de Lucas Ventura. Sólo decir que la publicación en La Editora Regional de Extremadura ya era de por sí un buen logro teniendo en cuenta la cantidad de propuestas que una de editorial de ese tipo recibe. Lucas Ventura me permitió además dar la posibilidad de aportar mi granito de arena, mi particular compromiso con la sociedad en la que vivo, en la que nací, con Extremadura en una palabra. Se editaron 2000 ejemplares, que es una cifra bastante alta, y sé que se ha vendido y se sigue vendiendo bastante. Este libro me ha acompañado también por algunos institutos de la Región, en los que he percibido cómo muchos jóvenes (y no tan jóvenes) volvían su mirada hacia nuestro pasado, con cierto orgullo o al menos con la curiosidad y el respeto de saber que antes que nosotros hubo otros que pisaron por el mismo suelo y dejaron su propia huella, a veces mísera y a veces gloriosa, una huella que nosotros hemos heredado, y que debemos conocer aunque solo sea para aprender a querernos como pueblo, que falta nos hace.

La escritura, en mí, permanece, me sigue rondando como una sombra, con sus dudas, sus alegrías e incertidumbres. Algunos cuentos que escribí después de Lucas Ventura han sido premiados en certámenes literarios, y eso siempre es un estímulo, porque escribir necesita de lectores, o en su defecto de algo que te estimule, que te diga que lo haces bien, que te empuje a continuar, que te aparte o te disminuya las dudas, los momentos en los que te preguntas una y otra vez si esto vale la pena.

Durante un par de años me vi envuelto en los avatares de una nueva novela que termine hace ya dos años y que todavía no he conseguido publicar. Tiene un título extraño, todavía no sé si definitivo, se llama “El grillo que cantaba bajo la luz del cine”. Los que la han leído me dan buenas vibraciones, pero el mercado editorial es el que es y actualmente está como está. No es sencillo ni siquiera acceder a los Agentes Literarios, cuanto menos acceder a las editoriales. Pero yo persisto, aguanto como puedo a flote con la idea de que, tal vez, resistir sea también una forma de ganar.

Y llegamos a 2015 el año en que me dieron la noticia de que saldría a la luz un nuevo libro, esta vez un libro infantil que escribí en medio de mis dos novelas, titulado “Los extraños sucesos de bloque sin ascensor”. La edición se realizará en la exitosa colección “Tigres de Papel” de la Editora Regional de Extremadura. De nuevo la inmensa alegría, de nuevo las mariposas vuelven a rondar por mi tripa, de nuevo la emoción de imaginar lo que me espera, de nuevo la satisfacción de pensar que todo el esfuerzo silencioso que supone escribir tiene al final su recompensa.

Este blog, esta página web, no es sino una de las consecuencias de ese nuevo libro.

 

Algo de mí

AntonioGonzálezPradoBW

Nací en Cáceres, me crié, jugué, estudié, me enamoré, me casé y nacieron mis hijos en esta ciudad. Por azares de la vida estudié una carrera universitaria que nunca me convenció, aunque determinó un trabajo del que no me debo quejar. Me gusta contar historias y mucho más imaginarlas. Por otros azaras de la vida he escrito algunos libros: poesía, cuentos, relatos infantiles, novela. Algunos piensan que lo que más me gustaría sería poder vivir de lo que escribo, pero en realidad desconocen mis aspiraciones: yo querría ser el capitán de un barco abandonado y atravesar el Cabo de Hornos rodeado de rayos y centellas, aullando desde el mástil más alto y con mi capa negra desafiando al viento.