Ángela Luengo

Resultado de imagen de recuerdos

Yo  tenía 19 años cuando la conocí.

La poesía por entonces había conquistado mi espíritu y cualquier excusa era buena para estar en su órbita. Como mi abuela y mis tíos vivían en Madrid aquellas navidades las pasamos allí. Creo que ya había tenido algún pequeño reconocimiento literario que no habían hecho sino acrecentar en mi cabeza la vana ilusión  de que en alguna ocasión alcanzaría la gloria literaria y obtendría un Adonais, un Hiperión o un Ateneo de Sevilla. Con ese anhelo en mis bolsillos aproveché una mañana madrileña para acercarme con mi hermana a la tienda que dispone la librería Hiperión cerca de la puerta de Alcalá. Llevaba la idea de comprarme dos libros que había anotado cuidadosamente en mi libreta, lo recuerdo bien, el Diario Cómplice de Luis García Montero y las obras completas de Neruda. La tienda, al fin, era más pequeña de lo que imaginaba, orientada fundamentalmente a la poesía y las bases del premio literario que organizan aparecían en una de las repisas, ya es conocida que la cuantía económica del premio era de tan sólo una peseta, pero la tirada del libro y el prestigio del ganador eran de por sí suficiente recompensa. Hablando con el librero le comenté mis inicios y mi deseo de conocer a otros poetas, todavía me asombro del conocimiento que tenía del panorama poético español cuando me respondió que en Cáceres se hacía un homenaje a Gabriel y Galán todos los días de Reyes y que era una buena ocasión para contactar con poetas locales. Tomé buena nota de su consejo y me llevé los libros recién comprados como quien lleva un tesoro.

Aquel día de Reyes amaneció muy frío, yo tenía un abrigo largo y negro que me había hecho mi madre y que había estrenado poco tiempo antes. Con algunos de mis poemas bajo el brazo me acerqué sin saber muy bien en qué consistía aquel acto. Lo organizaba por entonces Joaquín García Plata. Llegué con tanta antelación que apenas estaban empezando a realizar las pruebas de sonido. Me presenté muy ufano, soy poeta, le dije. Él sin más preámbulos, sin saber nada de mí, me invitó a participar. Tomó nota de mi nombre y de un par de pinceladas de mi breve biografía para hacer la introducción y me convocó para dentro de dos horas.

Pocas veces he sentido la ilusión que sentí aquella mañana. Me puse a deambular de aquí para allá sin saber muy bien qué hacer, recitando en mi cabeza lo que minutos después tenía previsto recitar. Yo por entonces tenía una capacidad singular para imitar a los poetas que leía, Gabriel y Galán había pasado ya por mis ávidas manos, también los poemas musicados por Pepe Extremadura, que cantaba con mi madre en el salón. Por eso, entre mis poemas tenía algunos en castúo de los que decidí elegir uno y recitarlo de memoria.

Llegó el momento, mi padre había acudido conmigo al recital, pronunciaron mi nombre y allí salí, con mi abrigo negro recitando en castúo bajo la estatua del poeta salmantino. Mi actuación cayó en gracia, me aplaudieron mucho, me felicitó el alcalde y me hicieron una foto que al día siguiente fue la portada del Periódico Extremadura. Rememorando aquel día se me agolpan las imágenes. Una de ellas fue la de mi padre llorando entre el público porque creo que fue la primera vez que le vi llorar y otra fue la figura de Ángela Luengo cuyo recuerdo quiero recalcar, tras esta larga introducción.

Ángela me tomó del brazo. Me gusta mucho lo que has recitado, anímate a venir a una tertulia que hacemos todos los viernes. Somos un grupo de poetas de diversas edades. Te gustará.

Y qué razón tenía, aquella tertulia en ese momento de mi vida, fue trascendental. Lo que aprendí, las cosas que viví, los recitales, los premios, las charlas hasta la madrugada, la bohemia, los viejos poetas…

Ángela era una mujer adelantada a su época. Su figura, su peinado, su forma de vestir. Solía acudir con una prima suya que siempre ocupaba un lugar muy discreto. Ella era feminista, educada, culta y muy sensible. Comentaba las veces que había sido recriminada por vestir con pantalones en esta ciudad de Cáceres que también sentía tan suya y que a veces es demasiado conservadora.

Ella tenía un espíritu poético, libertario. Más allá de que sus poemas eran en realidad recuerdos del pasado en donde aparecía omnipresente la figura de su padre, mi papá decía, mi papá me comentó, con mi papá fui una mañana, mi papá pensaba que. A mí me encantaba escuchar aquellas vivencias de su infancia y sentía admiración por aquel hombre que había logrado que su hija le recordara de aquella forma después de llevar tantos años fallecido.

Ángela no estaba casada, con los años pensé que tal vez la figura masculina de su padre lo había invadido todo hasta lograr que en ese jardín no hubiera sitio ni lugar para ningún otro varón.

Los años fueron pasando y me seguí encontrando con ella en otros momentos de mi vida. No sé cómo se llegaba a enterar pero cuando presenté mi primer libro allí estuvo, cuando realicé mi conferencia sobre Miguel Hernández ella estaba allí entre el público con su mano tibia y su  voz trémula de niña que se negaba a envejecer.

No recuerdo que llegara a publicar nada y eso es algo injusto que me apena enormemente porque merecía que su voz fuera escuchada. En ocasiones se incentiva todo lo que tiene que ver  con la juventud y se desprecia a los mayores como si el presente ya no les perteneciera. Y pienso por dónde andarán aquellos escritos, aquellas historias, aquella prosa suya tan personal. El otro día me enteré casualmente que murió hace ya unos años y se me hizo un nudo en el pecho.

Creo que guardo una foto en la que estoy contigo, Ángela, tendré que buscarla con tiempo, pero te garantizo que tu recuerdo permanecerá en mi memoria, que es una manera de no morir del todo, como hiciste tú con la figura de tu papá a quien tuve el gusto de conocer a través de tu palabra.

Dónde quiera que estés, que la tierra te sea leve, amiga.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.