Alberto Cortez

A la literatura se puede llegar por muchas vías. La normal es leyendo, pero también hay atajos. La sensibilidad cultivada comparte caminos con todas las artes. A mí me empujó a escribir la música, ya lo he contado en otras ocasiones. Y el 5 de abril murió uno de los principales cicerones de ese sendero: Alberto Cortez.

Por entonces apenas estaba empezando a forjar mi personalidad. Me recuerdo bien. Nunca me acompañó un excesivo amor a la vida, pero sí estaba abierto a cualquier experiencia que arañara mi alma: pintaba, esculpía, hacía puzzles, soñaba, escribía… y oía la radio.

Una tarde de sábado apareció en el dial un tipo argentino con un programa que se alargaba desde las 4 hasta las 7 de la tarde. Era 1991 y el programa se llamaba Jazmines en el Ojal. Aquel tipo era Alberto Cortez  y me enseñó muchas cosas.

Por entonces yo andaba siempre buscando mensajes en cualquier sitio y las canciones eran un buen lugar para ello. Por esta razón, armado de mi viejo casete, grababa todo lo que intuía que me podía gustar. A lo largo de la semana lo cotejaba, lo evaluaba y al final desechaba o me quedaba lo que quería, lo almacenaba y lo escuchaba una y otra vez.

Y resultó que Alberto no era solo el cantante melódico de Las Palmeras o los Castillos en el Aire, resultó que Alberto era un tipo realmente profundo, con un amplio amor a la poesía, a los textos trabajados, al contenido. Y parecía que desde las ondas de la radio me daba la mano para compartir lo mucho que sabía.

Recuerdo el programa que dedicó a Antonio Machado, el que dedicó a Miguel Hernández, a Pablo Neruda, a Almagrande, porque acompañando a sus palabras venían Serrat, Manuel Picón, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Atahualpa Yupanqui, Jorge Cafrune, Chabuca Granda, María Dolores Pradera, Rafael Amor, Facundo Cabral… o Alfredo Zitarrosa.

Me enseñó a escuchar a Gardel, a amar los tangos tristes, a sentir el dolor por la muerte de Victor Jara. Me mostró la Pampa en la que nació, me habló de los perros que jamás le olvidaron, del viento que era un delincuente, de la distancia, del compromiso.

Cuando ya tuve años suficientes y escribí mi primer libro de poemas tuve claro que debía ponerlo en conocimiento de quien, indirectamente, tanto había contribuido a gestarlo. Me armé con la pluma y le escribí una carta que, aunque ya no la tengo, recuerdo que era larga y emocionante. Como no sabía a quién mandárselo lo hice a Antena 3 Radio de Madrid, a la atención del cantante Alberto Cortez. Nunca recibí respuesta.

Pero qué importancia tiene eso ahora, su alma de cantor todavía revolotea en la mía, sus palabras siguen ahí alimentando mi espíritu, su emoción sigue contagiándome y, cuando me cansa la vida, me siguen dando consuelo sus canciones. Ante eso sólo puedo dar las gracias por su generosidad. Desde aquí y a dónde quiera que estés

Hasta siempre querido amigo mío.

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