Patria de Fernando Aramburu

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Uno de los placeres que más disfruto actualmente consiste en caminar en solitario mientras escucho algún programa de radio por Internet. Entre mis favoritos siempre están los documentos de RNE, por su calidad, por su capacidad de transportarte a cualquier personaje o hecho histórico con la subjetividad que aporta las recreaciones y las voces que aterrizan directamente en tus oídos, casi sin intermediarios. Otro de mis clásicos son los programas de Iker Jiménez, del que hablaré más detenidamente en otro momento, y que me ha proporcionado en muchas ocasiones marchas inolvidables amarrado como una araña a la tela del misterio. Por hoy voy a hablar de un libro del que escuché multitud de elogios precisamente mientras caminaba por la noche, solitario, ascendiendo al Santuario de la Virgen de la Montaña de mi ciudad. La novela en cuestión tenía el título de Patria, estaba escrita por alguien que para mí no era sino un desconocido, Fernando Aramburu. Todos los que hablaban de él comentaban que se trataba de la novela del año.

Sin que yo lo pidiera, lo recibí en mi cumpleaños como regalo, un tomo grueso, con el número 888 en el lomo, de la editorial Tusquets. Tardé en empezar a leerlo.

La realidad del País Vasco la conozco bien. Nací en 1970 con lo que durante buena parte de mi vida los asesinatos de la banda terrorista fueron el día a día de mis telediarios. Ni aún en mis momentos de mayor rebeldía simpaticé con esos movimientos, siempre he sido contrario a todas las banderas, siempre tuve claro que nacer en uno u otro lugar no te hacer mejor que nadie, que en todas partes hay buena y mala gente, que el color de la piel, el Rh sanguíneo, la pureza de mis apellidos o cualquier otro argumento racista no puede significar discriminar a nadie y mucho menos asesinarlo. Matar a alguien por pensar distinto a ti tiene un nombre, igual de despreciable si el que ataca es un nazi o alguien de extrema izquierda, en el fondo es lo mismo, puro fascismo.

Es injusto generalizar, pero creo que nadie puede negar que una parte de la sociedad vasca amparó las muertes con su silencio, ignorando y despreciando a las víctimas, viviendo en una equidistancia cruel, cuando no tomando partido directamente por los asesinos, en muchas ocasiones amparados por las propias instituciones y, más vergonzoso aún, por la propia Iglesia Vasca. De eso habla este libro.

El Txato es un empresario vasco, al que le toca la china de tener que hacer frente al “impuesto revolucionario”, eufemismo con el que disfrazar la palabra chantaje. Cumple hasta donde puede, cuando no puede más la diana se coloca sobre él, hasta que lo matan.

Para el autor el asesinato del Txato es la excusa con la retratar a dos familias (ambas igual de vascas y euskaldunes), la del asesinado, de la que forman parte el Txato, su mujer Bittori y sus hijos Nerea y Xavier, y por otro la de los otros (antiguos y viejos amigos), Joxian y Miren, con sus hijos Joxe Mari, Arantxa y Gorka, realmente de ellos el colaborador estrictamente sería  Joxe Mari, que ingresa en ETA, y tal vez Miren, la madre, que atesora en su seno la rosa negra del odio.

El autor plantea la novela desde diferentes puntos de vistas (De hecho el asesinato del Txato es narrado desde el punto de vista de cada uno de los personajes, es decir, es narrado en nueve ocasiones), con un acertado estilo basado en capítulos cortos, diálogos rápidos y continuos viajes en el tiempo. No ahorra descripciones, desde la soledad del Txato cuando se ve señalado y despreciado por sus compañeros, a la visión de Joxe Mari, que entra en la banda para hacer frente al deber de liberarla y acaba en cierto modo arrepentido en la cárcel tras sentir que todo su sacrificio, que su media vida perdida en prisión había sido un completo y estúpido error.

En todos esos puntos de vista no se escatiman detalles, la radicalización de Miren, la madre del etarra, la precauciones y el miedo del Txato,  el desamparo de la hija del asesinado, los movimientos de Joxe Mari en la organización, las torturas a las que le someten, las charlas en el cementerio con la tumba del asesinado, los viajes de la familia a ver al preso disperso en una cárcel lejana, el sufrimiento de ambas familias desde dos puntos de vista (aunque unos velan a un muerto y los otros a un preso, que es algo bastante diferente), y un final en el que Bittori, la esposa del txato, y Miren, la madre de Joxe Mari, luchadoras, sufridoras y antiguas amigas, se cruzan en un final magnífico y simple. Creo que el final es todo un acierto, es verdad que probablemente el lector espera con ansia el desenlace de la historia, el ajuste de cuentas entre las dos mujeres, hasta que se da cuenta que el final no puede ser otro que el que figura en el libro.

Yo pienso que es un libro valiente y necesario para no olvidar lo que pasó, para reflexionar sobre las consecuencias que conlleva alimentar la radicalidad, alimentar el odio, para entender que sólo el diálogo y la democracia deberían ser suficientes para defender cualquier idea, para asimilar que matar a quien no piensa como tú elimina cualquier atisbo de razón que pudieras tener.

Decir que es la mejor novela de los últimos tiempos es decir demasiado, pero sí que es una rara excepción en la que se aborda un tema tan complejo y delicado como el del terrorismo vasco, desde el conocimiento exhaustivo de lo que pasó. Eso sí, la forma de abordarlo, de plantearlo y de resolverlo, a mí me ha parecido espléndida.

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