Devoradores de decorados

Turistas en la Sagrada Família.

 

El primer viaje al extranjero que hice en mi vida lo realicé cuando yo tenía 13 años. No era algo habitual, a principios de los 80 el turismo no se estilaba ni en mi familia ni en la mayoría de las familias de mi entorno. La realidad es que viajamos a Portugal, cuya capital está a 300 kilómetros de mi ciudad, la misma distancia que nos separa de Madrid. A pesar del escaso kilometraje, en mi memoria  el recuerdo de aquel viaje perdura como si se hubiera tratado de una verdadera epopeya.

 Fue durante una Semana Santa. Mi padre tenía un Renault 8, que fue el coche de mi infancia y de mi adolescencia. Llovía a mares. Con los ojos de hoy, la organización de aquel viaje dejaba muchas piezas en manos de la improvisación. Por ejemplo, no llevábamos ningún alojamiento reservado, cuando llegábamos al destino buscado mi padre aparcaba cerca de la plaza y preguntaba si se alquilaban cuartos. Dormíamos allí los cuatro y a otra cosa mariposa. Sé que estuvimos en Lisboa, pero no recuerdo que viéramos ningún monumento, ni la Torre de Belén, ni el Castillo de San Jorge, ni paseamos por la Alfama, ni por la Plaza del Comercio. Durante todo el viaje nadie hizo ninguna foto, por eso sólo recuerdo olores, canciones de Marifé de Triana y la extraña sensación de estar en un país con un idioma diferente por primera vez.

En Lisboa mi padre se paró en una gran rotonda, probablemente en la plaza del Marqués de Pombal, teníamos un mapa de carreteras poco práctico y algo desfasado, que resultaba inútil para comprender qué camino tomar en aquel redondel inmenso al que todavía no estábamos acostumbrados. Al final tuvo que salir a pedir ayuda, pero ni para él era sencillo preguntar ni para los lisboetas era sencillo responder. En un momento dado se bajó otro conductor que aparcó detrás de nosotros y en perfecto portugués le indicó a la persona con quién mi padre hablaba  que no se preocupara, que él era español y nos indicaría el camino. Pocas veces he sentido más alegría de escuchar esa expresión a un compatriota lejos de España. Faltó poco para que toda la familia saliéramos en tromba a abrazar a aquel tipo que nos indicó la mejor forma de salir de aquel atolladero rumbo a nuestro destino, cualquiera que fuera.

¡Qué distintos aquellos viajes! Sin hoteles, sin GPS, desconociendo el idioma, sin apenas referencias, ni relatos sobre los que guiarse, ni valoraciones de Tripadvisor, llegando a lugares donde todavía miraban con curiosidad al extranjero, donde aún mantenían sus costumbres, donde había pescadores de verdad o mujeres con cántaros en la cabeza, donde no había llegado aún la globalización turística que padecemos (y de la que formo parte) pintando con el mismo pincel las calles de medio mundo.

Este verano he estado en Alemania durante 12 días. Ha sido un viaje casi improvisado. En apenas unos días organizamos los vuelos, los hoteles, los apartamentos, el coche de alquiler, las visitas guiadas…

El segundo día que estábamos en Berlín hablé con mi madre por teléfono. La escuchaba como si la estuviera llamando desde el salón de mi casa. Ella me preguntó sobre qué me parecía Alemania, si eran tan ordenados y eficientes como dicen, si las calles estaban tan limpias, si no era fácil ver un papel en el suelo.

Nada de eso, le respondí, Berlín estaba lleno de turistas, de los mismos turistas que recorren las calles de París, Londres, Roma, Madrid, Viena, Budapest, Praga, Nueva York, Estocolmo, Barcelona, Lisboa… No está más limpia que las otras ciudades, son iguales, los mismos actores, los mismos visitantes, sólo cambia el decorado. No veo que sean más eficientes, ni más guapos, ni que vistan de forma distinta, ni siquiera me pareció apreciar que fueran más altos que nosotros.

Han pasado 35 años desde aquel primer viaje al extranjero y el mundo ya no es el mismo. En pocos años hemos vivido una transformación que ha cambiado nuestra forma de relacionarnos con el entorno, se ha producido una impresionante mezcla, un intercambio cultural que ha acabado con muchas de las costumbres y la forma de ser de buena parte de los pueblos occidentales. El tipismo se ha convertido en algo forzado, para consumo de los turistas y nosotros nos hemos convertido en devoradores de decorados sin alma, de influenciables personajes capaces de llegar al lugar más indómito para someterlo a base de selfies, como si nuestro entorno no fuera más que un enorme parque de atracciones.

La sensación de aventura que guardo de aquel primer viaje al extranjero supera a la de los muchos viajes que he realizado en los últimos años. Aquella familia apenas provinciana, en aquel coche precario, recorriendo lugares sin saber qué les rodeaba, representa a la perfección el enorme cambio que hemos sufrido en unas décadas. Pero también la constancia de que, sin ser conscientes de ellos, estábamos adentrándonos en las postrimerías de un mundo que ya no existe.

¡Qué puta vida!

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Mi padre tiene gallinas. En el campo, en una caseta de hormigón, rodeada de terreno suficiente para que se alimenten y campen a sus anchas.

Su relación con ellas es la habitual de una persona de su edad y educación, no personifica a los animales, los trata bien mientras le son útiles, pero cuando ya no son de provecho los sustituye por otros, sin más. No hay cabida a ningún sentimentalismo.

Hace unos días apareció con un nuevo gallo en la mano. El que tenemos actualmente, me dijo, ya está viejo.

Era un gallo de tamaño pequeño, de la raza americana, con largas plumas en la cola. Ya los hemos tenido en otras ocasiones, son como la mitad de grande que los autóctonos, pero a mí siempre me parece que son más huraños y que suelen tener muy malas pulgas, tanto el macho como la hembra.

Estaba atardeciendo, las gallinas ya se habían resguardado y descasaban de su trajín diario subidas en los palos del gallinero. Unos metros antes de llegar, mi padre me pidió que sujetara al gallo. Lo agarré con cautela por las patas mientras miraba cómo se meneaba de un lado a otro su amenazante pico.

Con mi mano izquierda giré la llave que abría la puerta del gallinero, mientras mi padre tapaba una de las salidas para asegurarse de que el gallo, recién soltado, no pudiera salir huyendo. En la penumbra, las gallinas comenzaron a agitarse intranquilas.

No me resultaba fácil depositar al gallo en el suelo de una forma cuidadosa, aquellas garras y aquel pico de alguna forma me lo impedían, por lo que decidí arrojarlo hacia lo alto y esperar a que él corrigiera el vuelo y tomara tierra de la mejor manera posible. Así pasó.

Una vez que pisó la arena, estiró su cuello, agitó su plumaje, y se fue caminando con curiosa parsimonia hacia una esquina.

En el gallinero habría tal vez unas 10 o 12 gallinas más. Una de ellas, quién sabe si la más curiosa, descendió al suelo, yo pensaba que lo hacía en señal de amistad o de galantería, o por hacer un simple recibimiento. Caminó ufana unos pocos pasos e inmediatamente el gallo recién llegado, con toda la desfachatez del mundo y sin atenerse a ningún manual de buen comportamiento, se lanzó sobre ella y la montó. La gallina, asustada por el ímpetu del forastero, echó a correr por la salida natural del gallinero, que previamente había cerrado mi padre, con lo que se produjo un golpe terrible que la dejó aturdida. El gallo americano, que era un completo sinvergüenza, volvió a aprovechar la circunstancia para montarla de nuevo.

Fueron momentos de desconcierto para todos. El viejo gallo, que había observado todo desde lo alto del gallinero con una mezcla de indignación y asombro, descendió también al ruedo para poner las cosas en su sitio. Tristemente, cuando apenas había dado unos pasos en la dirección del inquilino, éste se le tiró encima con las garras por delante despeluchando y poniendo en retirada al viejo rey que, quién lo iba a decir, sólo unos minutos antes estaba a punto de abrazarse al sueño.

Poco podemos hacer, dijo mi padre, mientras cerraba la puerta del gallinero con llave.

Aún cuando la noche se cerró, podían escucharse los cacareos y carreras que se adivinaban en la oscuridad, al otro lado del huerto.

Una semana más tarde comimos arroz con pollo. Decía mi padre que el gallo viejo ya había vivido bastante y que si se hacen muy mayores la carne no sabe igual.

Mientras, con cierto desagrado, rebañaba uno de los muslos, no podía dejar de pensar en lo que presencié y ante la imagen triste de aquellos huesecillos murmuré: ¡Qué puta vida!

Coup de Soupe

 

Nos es que me guste planchar, ¿a quién le puede gustar planchar? Pero no es de las labores domésticas que más me desagrada. Mientras lo hago, entre planchado y planchado, a veces se me descoca la imaginación y me lo paso en grande. Otras veces aprovecho para reencontrarme con aquellos discos antiguos que ya apenas oigo, devorados por la furia insaciable de las novedades, cada vez más efímeras.

Hoy he escuchado a Coupe de Soupe, un grupo memorable para muchos cacereños de mi generación.

No es fácil saber cuándo uno pasa de la infancia a la adolescencia, pero yo creo determinar de manera tajante cuándo dejé de ser adolescente. Rompí con las amistades de mi infancia y me abracé a las amistades de mi instituto a partir de una excursión que se organizó en la semana santa de 1987. La banda sonora de aquel viaje loco, casi salvaje, fue un viejo casete que el conductor reponía una y otra vez. El disco tenía el extraño nombre de «Sonetos Amorosos Portugueses».

Por entonces la llamada movida madrileña estaba en pleno apogeo y sus sacudidas se hacían notar incluso por estas tierras. Coupe de Soupe era un grupo moderno, la voz de su cantante tenía ese toque bandarra que lo hacía singular y diferente, sus estribillos eran originales y pegadizos, incluso a día de hoy me siguen pareciendo una banda moderna, eran como los Golpes Bajos extremeños, merecían haber tenido mucha más repercusión de la que tuvieron. Todavía me sorprendo cantando cada canción, como si las conociera de toda la vida, como si aquellos botellones quinceañeros en la plaza de Santiago, junto al bar La Chicha, aún se estuvieran produciendo.

La movida cacereña, los sansones del Extremeño, las copas en San Blas, la Gata Flora, El Campesino, La Furriona, El Capitol, el Duque, el Botellón en la plaza, La Madrila… qué se yo… la juventud en fin. Supongo que ahora los jóvenes cacereños tendrán sus lugares de diversión, no quiero pecar de creer que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero a veces, paseando por la otrora bulliciosa Plaza Mayor, no puedo evitar pensar que ya nada es lo que era.

Hace unos cuantos años, tal vez 15 o 16, Coupe de Soupe se reunió en el Gran Teatro para dar un último concierto, por aquel entonces yo hacía la crónica cultural de la Revista Alcántara y tenía un pase de prensa que me permitía acudir a todas las actuaciones. Cuando quise entrar, como otras veces, el maldito revisor de las entradas no me permitió el paso, no tenía ninguna razón para hacerlo y a esas horas era ya imposible conseguir una entrada, por lo que me quedé en la calle. Nunca se lo perdonaré a aquel tipo huraño y malencarado. Me robó no sólo la posibilidad de escribir sobre ellos en la prensa, también impidió que me reencontrara con aquel aprendiz de jovenzuelo que un día fui, cantando por la Plaza de Santiago: ¡Mira la Iglesia se mueve!

 

(rescatado de mi Mirador de Jaralunas)

El frágil equilibrio político

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Existen diferentes caminos para alcanzar un mismo fin. El hombre, en su evolución política, ha planteado diferentes ideologías con la que ha propuesto transformar la sociedad. Doy por hecho que cada una de ellas parte de una buena voluntad en sus orígenes. Hace apenas un siglo muchas de estas ideologías estaban en plena confrontación. En muchos casos se trataba de poner el foco del cambio en las personas, en otros casos en la fortaleza de los estados. Se argumentaba la fortaleza del proletariado unido, o se contraponía la libertad del individuo y la prosperidad del mismo en función de su capacidad y riesgo. Con mayor o menor éxito, de todo ello hemos tenido en los últimos cien años. En mi opinión ha habido ideologías derrotadas, en general las que ocupaban los extremos de esa balanza. Por ejemplo los regímenes comunistas acabaron degenerando en dictaduras, con férreo control de la disidencia, precariedad generalizada y corrupción. En el otro extremo los excesos del liberalismo que se dieron en la época de Reagan o de Margaret Thatcher degeneraron en terribles desigualdades, confrontación, desamparo e injusticia social. En mi opinión a nivel global los mayores avances sociales y económicos han venido de la mano de la Socialdemocracia, un concepto de socialismo surgido en el norte de Europa, con algunos ecos en Sudamérica y que aporta un equilibrio entre el progreso de lo que se ha dado en llamar “Estado de Bienestar” (que agrupa conceptos básicos como la sanidad y la educación pública, el apoyo al desempleo, el cuidado de las pensiones…) y ciertos toques liberales en lo económico que permiten a las empresas ser competitivas. Esa fórmula, con sus defectos, ha funcionado relativamente bien en muchos países, y con sus pequeños matices ha sido llevada a cabo en España tanto por el PSOE como por el PP.

Pero la rueda sigue girando, las ideas se devalúan y muchas veces somos demasiado negativos al criticar lo que somos o lo que hemos llegado a ser. En esa mala percepción de nuestra realidad tiene un papel fundamental la corrupción, como una pesada carga tan extendida que, cualquiera diría, es inherente a la propia naturaleza humana.

En contraposición, o tal vez por el agotamiento del sistema, vuelven a surgir viejos fantasmas de la mano de los populismos y los nacionalismos. Ya he comentado en otras entradas que soy un convencido antinacionalista, me da igual que ese nacionalismo sea español, catalán o vasco. De entrada no puedo evitar mi desagrado ante quien se envuelve tras cualquier bandera.

No me canso de repetir que los nacionalismos y las luchas religiosas están detrás de la mayoría de las guerras que han asolado Europa en los últimos siglos. Y no me resigno a que tengamos que recaer una y otra vez en los mismos errores. En nuestra escarmentada Europa se habían puesto las bases para limitar ese riesgo, fomentando la idea revolucionaria de una Unión Europea donde no sólo se desdibujaban las fronteras, sino que se creaban las bases de un proyecto común. Pocas veces hemos estado tan cerca de conseguir una utopía que hace tan sólo un siglo sería impensable. Se ha puesto mucha voluntad política en el intento, pero los vientos del egoísmo vuelven a golpear con el ansia renovada de levantar los muros y acrecentar las diferencias.

En un breve espacio de tiempo la democracia nos vuelve a poner a prueba y el resultado de estas votaciones determinará nuestro futuro más próximo. El paso de los años me ha demostrado que las cosas por lo general variarán poco, pero también sé que existen riesgos y que en este último siglo, tras algunas elecciones democráticas, surgieron líderes radicales que se encargaron de envenenar el ambiente y de azuzar los bajos instintos de los pueblos. Vivimos en un equilibrio más frágil de lo que a menudo nos creemos y tengo claro que, por más que nos pensemos ciudadanos evolucionados y formados, los pueblos en los que se prende la chispa adecuada del odio y la intolerancia terminan provocando incendios de dolor y muerte.

Alberto Cortez

A la literatura se puede llegar por muchas vías. La normal es leyendo, pero también hay atajos. La sensibilidad cultivada comparte caminos con todas las artes. A mí me empujó a escribir la música, ya lo he contado en otras ocasiones. Y el 5 de abril murió uno de los principales cicerones de ese sendero: Alberto Cortez.

Por entonces apenas estaba empezando a forjar mi personalidad. Me recuerdo bien. Nunca me acompañó un excesivo amor a la vida, pero sí estaba abierto a cualquier experiencia que arañara mi alma: pintaba, esculpía, hacía puzzles, soñaba, escribía… y oía la radio.

Una tarde de sábado apareció en el dial un tipo argentino con un programa que se alargaba desde las 4 hasta las 7 de la tarde. Era 1991 y el programa se llamaba Jazmines en el Ojal. Aquel tipo era Alberto Cortez  y me enseñó muchas cosas.

Por entonces yo andaba siempre buscando mensajes en cualquier sitio y las canciones eran un buen lugar para ello. Por esta razón, armado de mi viejo casete, grababa todo lo que intuía que me podía gustar. A lo largo de la semana lo cotejaba, lo evaluaba y al final desechaba o me quedaba lo que quería, lo almacenaba y lo escuchaba una y otra vez.

Y resultó que Alberto no era solo el cantante melódico de Las Palmeras o los Castillos en el Aire, resultó que Alberto era un tipo realmente profundo, con un amplio amor a la poesía, a los textos trabajados, al contenido. Y parecía que desde las ondas de la radio me daba la mano para compartir lo mucho que sabía.

Recuerdo el programa que dedicó a Antonio Machado, el que dedicó a Miguel Hernández, a Pablo Neruda, a Almagrande, porque acompañando a sus palabras venían Serrat, Manuel Picón, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Atahualpa Yupanqui, Jorge Cafrune, Chabuca Granda, María Dolores Pradera, Rafael Amor, Facundo Cabral… o Alfredo Zitarrosa.

Me enseñó a escuchar a Gardel, a amar los tangos tristes, a sentir el dolor por la muerte de Victor Jara. Me mostró la Pampa en la que nació, me habló de los perros que jamás le olvidaron, del viento que era un delincuente, de la distancia, del compromiso.

Cuando ya tuve años suficientes y escribí mi primer libro de poemas tuve claro que debía ponerlo en conocimiento de quien, indirectamente, tanto había contribuido a gestarlo. Me armé con la pluma y le escribí una carta que, aunque ya no la tengo, recuerdo que era larga y emocionante. Como no sabía a quién mandárselo lo hice a Antena 3 Radio de Madrid, a la atención del cantante Alberto Cortez. Nunca recibí respuesta.

Pero qué importancia tiene eso ahora, su alma de cantor todavía revolotea en la mía, sus palabras siguen ahí alimentando mi espíritu, su emoción sigue contagiándome y, cuando me cansa la vida, me siguen dando consuelo sus canciones. Ante eso sólo puedo dar las gracias por su generosidad. Desde aquí y a dónde quiera que estés

Hasta siempre querido amigo mío.

Encuentro en el IES Javier García Téllez

El pasado lunes tuve un encuentro muy especial con los alumnos y alumnas del Instituto Javier García Téllez de Cáceres.

Una vez más reconozco el esfuerzo e implicación de esos profesores que luchan para mejorar sus centros, que le roban horas a su tiempo libre para organizar actuaciones, encuentros o actividades culturales que estimulen la sensibilidad y creatividad de sus alumnos.  

Mi agradecimiento en especial para Nuria, que durante todo el tiempo en el que hemos mantenido contacto me ha dado pruebas sobradas de su compromiso con la educación y de su calidad humana.

Y también mi agradecimiento a todos los alumnos y alumnas del Instituto García Téllez (a los que se unieron también los del IES Alqaceres), que me recibieron con tanto cariño y respeto. Tanto los más pequeños, con los que conversé de “Los extraños sucesos del bloque sin ascensor”, como los más mayores que me acompañaron en el recorrido por la historia de Extremadura a través de “Los viajes de Lucas Ventura”.

Gracias a todos vosotros para mí fue un día verdaderamente emocionante.