Encuentro en el IES Javier García Téllez

El pasado lunes tuve un encuentro muy especial con los alumnos y alumnas del Instituto Javier García Téllez de Cáceres.

Una vez más reconozco el esfuerzo e implicación de esos profesores que luchan para mejorar sus centros, que le roban horas a su tiempo libre para organizar actuaciones, encuentros o actividades culturales que estimulen la sensibilidad y creatividad de sus alumnos.  

Mi agradecimiento en especial para Nuria, que durante todo el tiempo en el que hemos mantenido contacto me ha dado pruebas sobradas de su compromiso con la educación y de su calidad humana.

Y también mi agradecimiento a todos los alumnos y alumnas del Instituto García Téllez (a los que se unieron también los del IES Alqaceres), que me recibieron con tanto cariño y respeto. Tanto los más pequeños, con los que conversé de “Los extraños sucesos del bloque sin ascensor”, como los más mayores que me acompañaron en el recorrido por la historia de Extremadura a través de “Los viajes de Lucas Ventura”.

Gracias a todos vosotros para mí fue un día verdaderamente emocionante.

Los viejos vinilos

Dicen que hay sonidos, olores, incluso sabores, que tienen la capacidad de transportarte al pasado. Hace unos días revisaba con mi hijo la película de Ratatouille. En ella, ya casi al final, un crítico gastronómico muy severo, exigente y estricto, hacía la revisión de un plato que, sin que él lo supiera, había sido elaborado por un chef particular, en concreto por una rata. Cuando el crítico probó la sopa recién servida, tan sólo con la primera cucharada, todos sus parapetos sentimentales se vinieron abajo, su gesto altivo y huraño se derrumbó, mientras su paladar le devolvía a la niñez, frente a una sopa similar puesta amorosamente por su madre. Así me sentí yo hace unos días.

Con quince años la mayoría de los jóvenes de mi generación anhelábamos disponer de una cadena de música. No era tan fácil como ahora, el consumismo no había hecho presa fácil en nosotros y cualquier compra de este tipo tenía primero que ser consensuada con mucha antelación, necesitaba además un largo ejercicio de convencimiento y, con algo de suerte, al fin encontrar alguna oferta que encajara con el escaso presupuesto. En mi caso fue un regalo de fin de curso compartido entre mi hermana y yo.

Durante los siguientes años, no más de ocho o diez, me hice con una buena colección de vinilos, más de cincuenta. Me sorprende, porque aquello significaba un esfuerzo económico que todavía no sé bien cómo pude permitírmelo. Todavía recuerdo la emoción cuando iba a Madrid, a casa de mi abuela o de mi tía, y me pasaba por Madrid Rock, o por La Metralleta, o en mi ciudad por la mítica tienda Harpo, que era toda una referencia de mi juventud.

Los tiempos fueron cambiando y llegó el CD. Aquel soporte que según la publicad de entonces era inalterable, con una calidad de sonido inalcanzable para cualquier vinilo y una capacidad para almacenar música mucho mayor. Y de la noche a la mañana lo nuevo se convirtió en moderno y en unos meses los vinilos desparecieron de las tiendas de discos y los CD’s lo invadieron todo.

En mi casa, mi colección fue poco a poco quedando relegada, primero en una esquina, después en un cajón y luego… quién sabe a dónde fueron a parar.

Casi 25 años después volví a recordarlos, sabía que debían andar en algún lugar perdido de la casa de mis padres o de mi hermana. Los buscaba, sin demasiado entusiasmo al principio, con algo más de dedicación después. Pero no había forma. Parecía como si se los hubiera tragado la tierra. El pasado domingo me propuse hacer una búsqueda concienzuda en los viejos armarios y para mi sorpresa los encontré. Al fondo de un altillo, entre bolsas viejas, libros de texto antiguos y maletas, a punto ya de ser engullidos por la desidia.

Los bajé con cuidado, con una sensación similar a la de estar descubriendo un tesoro, y comencé a revisarlos detenidamente, a reencontrarme con ellos como si fueran viejos amigos. Uno tras otro me provocaban sonrisas, carcajadas, exclamaciones, nostalgias. Releía las carátulas, extraía con cuidado los discos, repasaba las fundas gastadas por mis manos, las fotografías, las letras cuidadosamente impresas, las anotaciones, las dedicatorias…

Me sentía pletórico.

Ya en casa localicé en la cochera la vieja cadena de música de mi mujer. Le quité el polvo. Busqué unos altavoces, igualmente abandonados, y los conecté. Como quien retoma una vieja liturgia, saqué unos de los discos y ante la expectación familiar coloqué la aguja en el vinilo.

Si alguien me llevara a la Edad Media yo mismo sería incapaz de explicar la razón por la que aquel trozo de plástico negro, lleno de pequeños surcos, contenía en sí mismo la música. Mi música. Tras tantos años de silencio aquellos compases volvieron a llenar mi estancia. Quién decía que se escuchaban peor, quién decía que eran menos útiles, quién que estaban destinados a desaparecer. Fui pasando de disco en disco, dejándome llevar, sorprendiéndome de nuevo con aquellas canciones que volvían a sonar una vez más, agitando de nuevo mi alma, cuando ya parecía que nunca más lo harían.

Y, como al crítico de ratatouille, sentí que durante todo ese tiempo mi espíritu había rejuvenecido y se encontraba danzando felizmente en el pasado.

¿Quién toca el Tambor?

En mi novela “Los viajes de Lucas Ventura” había un capítulo dedicado a la batalla de la Albuera, aquel terrible encuentro que enfrentó a los ejércitos franceses y polacos, con los ejércitos españoles, portugueses e ingleses. Entre los retratos que evocan aquellas batallas me llaman la atención la figura de los tamborileros, personajes que se encargaban de alentar a las tropas, de azuzar el sentimiento guerrero, de mantener la esperanza a golpe de redoble. Aún heridos, tan solo con el arma de su tambor,recorrían temerariamente el campo de batalla.

Aquella imagen dejó su eco en los tiempos actuales. Todavía la expresión “suenan los tambores”, se utiliza para indicar que se está alentando algo.

A lo largo del siglo XX los encargados de hacer sonar esos tambores eran, fundamentalmente, los políticos y la prensa. Pero ahora esos papeles, paulatinamente, se están empezando a desdibujar.

La prensa ha dejado de ser el principal motor de información para la gente, sobre todo entre los más jóvenes. La irrupción de las redes sociales, la facilidad y la inmediatez con la que internet pone a nuestra disposición noticias de todo tipo han provocado un cambio, irrevocable, en nuestra forma de entender el mundo.

Ya nadie duda que hay injerencias malintencionadas cuyo principal objetivo es desinformar, inculcar noticias falsas y desestabilizar compañías, regímenes y democracias.

Es algo muy grave, porque es grave todo lo que carece de control,y además la red ha terminado siendo un espejo despiadado de nuestro mundo con sus espléndidas virtudes y sus terribles bajezas, a distancia de un solo clic.

Antes, detrás de la firma de un editorial había una persona o un grupo de personas a quien podías identificar. Por eso, ya hablé en otra entrada de la importancia que tenía el papel del periodista, que se informa,que analiza, que discrimina lo falso de lo que no lo es. Detrás de una arenga estaba el arengador que daba la cara. Detrás del megáfono estaba el mitinero. Pero detrás de una noticia falsa, quién hay, qué busca, qué obtiene a cambio.

Un claro ejemplo de cómo fluye ahora la información ha pasado hace poco en las elecciones de Andalucía, con un partido nacionalista español como Vox, del que apenas se ha había dado pábulo en los medios de comunicación oficiales y que, sin embargo, ha logrado casi 400.000 votos. ¿Cómo llegó su mensaje a la gente? ¿De dónde salieron tantas personas que no sólo sabían de su existencia sino que llegaron a votarles?

No es algo nuevo, el mismo proceso sucedió hace unos años, con la eclosión de Podemos en el panorama político español.

Alguien tocó esos tambores y no fue la prensa tradicional.

Cada vez el poder de ese maremágnum que nos llega a través de las pantallas, como una pesadilla de Orwell, va a ir adquiriendo más importancia. Desde los asuntos más triviales o superficiales (recordad que se eligió a un representante para eurovisión como Rodolfo Chiquilicuatre, promovido por foros de comunicación muy activos como forocoches y similares) hasta lograr tambalearse democracias tan grandes como la de Brasil, o a candidatos tan potentes como Hillary Clinton.

A veces detrás de estas iniciativas existen personas cuyo interés no pasa más allá de hacer una gamberrada o tantear los límites de lo correcto, pero en otros casos los objetivos son mucho más oscuros y preocupantes, porque detrás de ellos existen países financiando grupos especializados en sembrar discordias, alentar falsedades o perseguir la desestabilización, el debilitamiento de los estados, sin importar las consecuencias.

Y cada vez nos resultará más difícil distinguir la verdad de la mentira, sospechar que alguien nos está dirigiendo malintencionadamente, a nosotros, que nos creemos tan libres y tan formados, detectar si no somos más que un leve eslabón manipulado, un borrego con ínfulas de sabiduría bailando al son que nos tocan.

No sé a vosotros, pero el día que vi a miles de personas corriendo por Central Park, en Nueva York, detrás de aquellos pokémons virtuales que aparecían en la pantalla de sus móviles, como si estuvieran persiguiendo gamusinos virtuales, sentí que era una metáfora perfecta de lo que nos espera.

Je suis neardental

Voy a lanzar una teoría a sabiendas de que no tiene ninguna base científica, ni pies ni cabeza, salvo la que ocupa el lugar de la leyenda o el mero pensamiento romántico.

Hace unos pocos miles de años, existían una serie de homínidos repartidos por lo que ahora conocemos como Europa. Desde un antepasado común aquellos hombres habían colonizado su territorio poco a poco, con dificultad, en precario, con el temor de que en un momento determinado llegara un animal, o una enfermedad o una plaga que acabara con ellos. Eran expertos supervivientes.

Uno de estos grupos tenía el cerebro especialmente desarrollado,  no es que sólo fueran sólo inteligentes, eran prácticos, eran hábiles y habían conseguido una mejor adaptación al terreno hasta hacerlo suyo: mejores herramientas, mejores estrategias de caza, mejor alimentación.

Existía otro grupo menos numeroso, menos hábil, con más dificultades para prosperar, con un lenguaje menos desarrollado pero que, a cambio, tenían un mayor componente místico: enterraban a sus muertos desde hacía mucho tiempo y tenían una conexión más espiritual con su entorno.

Resulta que esos dos bloques de homínidos se encontraron en un momento determinado. Se miraron, en un principio con recelo, después con curiosidad, se esquivaron pero a escondidas fueron adentrándose unos en el terreno de los otros, no siempre buscando la guerra, también buscando satisfacer su  inquietud o sus deseos más íntimos. Y de esos encuentros salvajes surgieron nuevos seres que heredaron características de unos y de otros.

Luego llegaría la guerra, porque la guerra es como ese parásito que nos ha acompañado siempre, el ataque al invasor, al diferente, el anhelo de aplastar al más débil. También vinieron las enfermedades, como aves de mal agüero, que pusieron a prueba sus supervivencias hasta que finalmente una de ellas, la más hábil, la mejor alimentada, logró triunfar y los diferentes fueron expulsados, arrinconados a merced del tiempo, del cansancio y la tristeza.  No fue de un día para otro, no fue inmediato, pero me imagino al último de ellos, su soledad, su angustia, honrando en una cueva fría a sus antepasados, dibujando pobremente la silueta de la última mujer de su estirpe que conoció con vida.

Dicen que todos los seres humanos actuales tenemos un tanto por ciento de Neardental en nuestros genes, no sólo los europeos. Tal vez esa sea la razón que explique el hecho de que unos se desenvuelvan tan bien en el terreno práctico, del poder o del dinero, que no escatiman medios para conseguir su fin, mientras otros parecen recorrer el mundo con una tristeza vieja que les anida en el cuerpo, y han de pintar para expresarse, y han de filosofar para buscar el sentido a su existencia, y han de crear música para disimular el sonido del mundo, y han de escribir un verso para burlar su angustia.

Ángela Luengo

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Yo  tenía 19 años cuando la conocí.

La poesía por entonces había conquistado mi espíritu y cualquier excusa era buena para estar en su órbita. Como mi abuela y mis tíos vivían en Madrid aquellas navidades las pasamos allí. Creo que ya había tenido algún pequeño reconocimiento literario que no habían hecho sino acrecentar en mi cabeza la vana ilusión  de que en alguna ocasión alcanzaría la gloria literaria y obtendría un Adonais, un Hiperión o un Ateneo de Sevilla. Con ese anhelo en mis bolsillos aproveché una mañana madrileña para acercarme con mi hermana a la tienda que dispone la librería Hiperión cerca de la puerta de Alcalá. Llevaba la idea de comprarme dos libros que había anotado cuidadosamente en mi libreta, lo recuerdo bien, el Diario Cómplice de Luis García Montero y las obras completas de Neruda. La tienda, al fin, era más pequeña de lo que imaginaba, orientada fundamentalmente a la poesía y las bases del premio literario que organizan aparecían en una de las repisas, ya es conocida que la cuantía económica del premio era de tan sólo una peseta, pero la tirada del libro y el prestigio del ganador eran de por sí suficiente recompensa. Hablando con el librero le comenté mis inicios y mi deseo de conocer a otros poetas, todavía me asombro del conocimiento que tenía del panorama poético español cuando me respondió que en Cáceres se hacía un homenaje a Gabriel y Galán todos los días de Reyes y que era una buena ocasión para contactar con poetas locales. Tomé buena nota de su consejo y me llevé los libros recién comprados como quien lleva un tesoro.

Aquel día de Reyes amaneció muy frío, yo tenía un abrigo largo y negro que me había hecho mi madre y que había estrenado poco tiempo antes. Con algunos de mis poemas bajo el brazo me acerqué sin saber muy bien en qué consistía aquel acto. Lo organizaba por entonces Joaquín García Plata. Llegué con tanta antelación que apenas estaban empezando a realizar las pruebas de sonido. Me presenté muy ufano, soy poeta, le dije. Él sin más preámbulos, sin saber nada de mí, me invitó a participar. Tomó nota de mi nombre y de un par de pinceladas de mi breve biografía para hacer la introducción y me convocó para dentro de dos horas.

Pocas veces he sentido la ilusión que sentí aquella mañana. Me puse a deambular de aquí para allá sin saber muy bien qué hacer, recitando en mi cabeza lo que minutos después tenía previsto recitar. Yo por entonces tenía una capacidad singular para imitar a los poetas que leía, Gabriel y Galán había pasado ya por mis ávidas manos, también los poemas musicados por Pepe Extremadura, que cantaba con mi madre en el salón. Por eso, entre mis poemas tenía algunos en castúo de los que decidí elegir uno y recitarlo de memoria.

Llegó el momento, mi padre había acudido conmigo al recital, pronunciaron mi nombre y allí salí, con mi abrigo negro recitando en castúo bajo la estatua del poeta salmantino. Mi actuación cayó en gracia, me aplaudieron mucho, me felicitó el alcalde y me hicieron una foto que al día siguiente fue la portada del Periódico Extremadura. Rememorando aquel día se me agolpan las imágenes. Una de ellas fue la de mi padre llorando entre el público porque creo que fue la primera vez que le vi llorar y otra fue la figura de Ángela Luengo cuyo recuerdo quiero recalcar, tras esta larga introducción.

Ángela me tomó del brazo. Me gusta mucho lo que has recitado, anímate a venir a una tertulia que hacemos todos los viernes. Somos un grupo de poetas de diversas edades. Te gustará.

Y qué razón tenía, aquella tertulia en ese momento de mi vida, fue trascendental. Lo que aprendí, las cosas que viví, los recitales, los premios, las charlas hasta la madrugada, la bohemia, los viejos poetas…

Ángela era una mujer adelantada a su época. Su figura, su peinado, su forma de vestir. Solía acudir con una prima suya que siempre ocupaba un lugar muy discreto. Ella era feminista, educada, culta y muy sensible. Comentaba las veces que había sido recriminada por vestir con pantalones en esta ciudad de Cáceres que también sentía tan suya y que a veces es demasiado conservadora.

Ella tenía un espíritu poético, libertario. Más allá de que sus poemas eran en realidad recuerdos del pasado en donde aparecía omnipresente la figura de su padre, mi papá decía, mi papá me comentó, con mi papá fui una mañana, mi papá pensaba que. A mí me encantaba escuchar aquellas vivencias de su infancia y sentía admiración por aquel hombre que había logrado que su hija le recordara de aquella forma después de llevar tantos años fallecido.

Ángela no estaba casada, con los años pensé que tal vez la figura masculina de su padre lo había invadido todo hasta lograr que en ese jardín no hubiera sitio ni lugar para ningún otro varón.

Los años fueron pasando y me seguí encontrando con ella en otros momentos de mi vida. No sé cómo se llegaba a enterar pero cuando presenté mi primer libro allí estuvo, cuando realicé mi conferencia sobre Miguel Hernández ella estaba allí entre el público con su mano tibia y su  voz trémula de niña que se negaba a envejecer.

No recuerdo que llegara a publicar nada y eso es algo injusto que me apena enormemente porque merecía que su voz fuera escuchada. En ocasiones se incentiva todo lo que tiene que ver  con la juventud y se desprecia a los mayores como si el presente ya no les perteneciera. Y pienso por dónde andarán aquellos escritos, aquellas historias, aquella prosa suya tan personal. El otro día me enteré casualmente que murió hace ya unos años y se me hizo un nudo en el pecho.

Creo que guardo una foto en la que estoy contigo, Ángela, tendré que buscarla con tiempo, pero te garantizo que tu recuerdo permanecerá en mi memoria, que es una manera de no morir del todo, como hiciste tú con la figura de tu papá a quien tuve el gusto de conocer a través de tu palabra.

Dónde quiera que estés, que la tierra te sea leve, amiga.

El sucedáneo de la guerra

Cuando leí la biografía de Stefan Zweig: “El mundo de ayer”, me llamaba la atención que aquel hombre y todos los de su generación, nacidos entre 1880-1890, vivirían en carne propia dos de los conflictos más terribles que ha sufrido el ser humano: la Primera y la Segunda Guerra Mundial. En el ámbito doméstico mi abuela, que este año cumple 100 años, siempre tuvo presente el recuerdo terrible de nuestra guerra civil. Mis padres, por edad, no la vivieron directamente, pero si conocieron las consecuencias y el aroma trágico de pobreza y miedo que legaron aquellos años.

Echando la vista atrás, mirando las murallas de las viejas ciudades, los viejos cuadros, releyendo la historia de cualquier pueblo, pareciera que sólo hayamos evolucionado a base de conflictos y de luchas. Nosotros somos los nietos de esas guerras que han durado milenios y que se han adherido a nuestro pelaje, a nuestro ADN como un elemento más de nuestros temores.

Sin embargo, en buena parte del mundo llevamos ya, felizmente, varias generaciones sin conocer directamente una guerra, de manera que las nuevas generaciones sólo hemos tenido conocimiento de la guerra a través de los ojos del cine y la televisión. Y esto es algo inusual.

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La guerra es un asunto serio para banalizarlo, lo sé, pero no puedo evitar que ahora, en plena celebración del Mundial de Fútbol, piense que tal vez en ese tipo de eventos, que tanta atención global y mediática suscita, se están dirimiendo algunas de las cruzadas de hoy en día. Puede que en el fondo el público que mayoritariamente lo contempla identifique esos choques como un sucedáneo de batalla, como una manera de demostrar la fortaleza de un país, su valor, su capacidad de lucha, o sus cualidades organizativas. Cuando escucho al público entonar los himnos con la mano en el pecho, las banderas al viento, emocionados, bramando como un ejército acampado frente a la muralla, esperando el momento de comenzar la lucha, pienso que ese ejército pintoresco ha cambiado sus armas por deportistas y ha transformado sus deseos de conquista de territorios por la ilusión más trivial de clasificarse para otra fase, o la simple derrota de un rival a base de goles.

Y bendigo al fútbol entonces, y entiendo el porqué de su éxito, de su capacidad para paralizar un estado, de la pasión que desencadena, porque intuyo que en el fondo estos espectáculos deportivos se han transformado en una especie de golosina, de sucedáneo, que apacigua y enmascara nuestros deseos íntimos, terribles y recurrentes, de tomar las armas y matar al enemigo.