El sucedáneo de la guerra

Cuando leí la biografía de Stefan Zweig: “El mundo de ayer”, me llamaba la atención que aquel hombre y todos los de su generación, nacidos entre 1880-1890, vivirían en carne propia dos de los conflictos más terribles que ha sufrido el ser humano: la Primera y la Segunda Guerra Mundial. En el ámbito doméstico mi abuela, que este año cumple 100 años, siempre tuvo presente el recuerdo terrible de nuestra guerra civil. Mis padres, por edad, no la vivieron directamente, pero si conocieron las consecuencias y el aroma trágico de pobreza y miedo que legaron aquellos años.

Echando la vista atrás, mirando las murallas de las viejas ciudades, los viejos cuadros, releyendo la historia de cualquier pueblo, pareciera que sólo hayamos evolucionado a base de conflictos y de luchas. Nosotros somos los nietos de esas guerras que han durado milenios y que se han adherido a nuestro pelaje, a nuestro ADN como un elemento más de nuestros temores.

Sin embargo, en buena parte del mundo llevamos ya, felizmente, varias generaciones sin conocer directamente una guerra, de manera que las nuevas generaciones sólo hemos tenido conocimiento de la guerra a través de los ojos del cine y la televisión. Y esto es algo inusual.

La guerra es un asunto serio para banalizarlo, lo sé, pero no puedo evitar que ahora, en plena celebración del Mundial de Fútbol, piense que tal vez en ese tipo de eventos, que tanta atención global y mediática suscita, se están dirimiendo algunas de las cruzadas de hoy en día. Puede que en el fondo el público que mayoritariamente lo contempla identifique esos choques como un sucedáneo de batalla, como una manera de demostrar la fortaleza de un país, su valor, su capacidad de lucha, o sus cualidades organizativas. Cuando escucho al público entonar los himnos con la mano en el pecho, las banderas al viento, emocionados, bramando como un ejército acampado frente a la muralla, esperando el momento de comenzar la lucha, pienso que ese ejército pintoresco ha cambiado sus armas por deportistas y ha transformado sus deseos de conquista de territorios por la ilusión más trivial de clasificarse para otra fase, o la simple derrota de un rival a base de goles.

Y bendigo al fútbol entonces, y entiendo el porqué de su éxito, de su capacidad para paralizar un estado, de la pasión que desencadena, porque intuyo que en el fondo estos espectáculos deportivos se han transformado en una especie de golosina, de sucedáneo, que apacigua y enmascara nuestros deseos íntimos, terribles y recurrentes, de tomar las armas y matar al enemigo.

Los pasos olvidados

No sólo de letras vive esta bitácora. Siempre he defendido al hombre que es aprendiz de muchas cosas. La especialización para mí tiene un cierto color grisáceo. Yo prefiero al hombre renacentista porque seguramente atesora una concepción más amplia de lo que es el mundo, de lo que es la vida. Esto no quiere decir que yo lo sea, simplemente que me identifico con él.

Ayer me entregaron el segundo premio de fotografía de Europe Direct por una foto que realicé el pasado verano titulada “Los pasos olvidados”, en donde aparecen una serie de viejos zapatos desamparados, para siempre sin dueños, a los pies del Danubio.

Comparto con vosotros la fotografía y mi alegría al recibir el premio

 

 

Kol Nidrei

No acostumbro a hacerlo, pero estos días voy a utilizar mi bitácora para hablar de una de las personas a las que más admiro: Mi hijo.

En unos días acabará sus estudios en el colegio y se embarcará en la aventura de la universidad y hoy ha finalizado sus estudios en el conservatorio. Además de un gran orgullo siento que tengo mucha suerte de ser su padre.

Echo la vista atrás, no me cuesta mucho, por aquel entonces él tendría siete años, le gustaba mucho cantar y todo lo que tenía que ver con la música, pensábamos que tenía un buen oído musical y nos preguntamos ¿Qué tal si le apuntamos al conservatorio?

La verdad es que nosotros no sabíamos gran cosa del conservatorio. Nos dijeron que tenía que pasar una primera criba para seleccionar a los niños que pretendían entrar. No sé muy bien en qué consistieron aquellas pruebas, pero sí que al finalizar mi hijo podía elegir cualquier instrumento. Menudo dilema: piano, oboe, violín, saxofón,guitarra, clarinete… acabó eligiendo el violonchelo, aunque si soy sincero en realidad diría que lo elegimos nosotros por él. Recuerdo que aquel fin de semana anduvimos dándole vueltas a las ventajas e inconvenientes de tal o cual, y también recuerdo que uno de los motivos que más nos empujó a la decisión fue escuchar a una violonchelista búlgara tocando el Kol Nidrei junto a la orquesta filarmónica de Viena. Aquella triste balada judía me conmovió para siempre.

A los pocos días, sigo recordando, mi hijo estaba en el salón con el Violonchelo de préstamo en sus manos (casi era más grande que él) tratando de arrancarle sonidos que por entonces eran similares al de una vaca pastando o al de un gato maullando.

Han pasado once años desde entonces, once largos años plagados de clases: lenguaje musical, coro, escolanía, piano complementario, armonía, cámara, orquesta, historia de la música, relajación… horas y horas de ensayos, audiciones, nervios, momentos de duda, esfuerzo, conciertos, emociones, viajes, decepciones y alegrías. La inmensa mayoría de los que empezaron con él no pudieron terminar. Compaginar los estudios, o el ocio, con la exigente vida académica del conservatorio no ha resultado sencillo. La amenaza del abandono rondaba siempre, sobre todo durante los últimos años. Afortunadamente cuando más arreciaba la tormenta apareció el impulso de su última profesora que le lanzó un salvavidas para llegar a puerto y mi hijo lo agarró con fuerza y con coraje.

Os podéis imaginar las veces que he fantaseado con que el final de esta historia fuera un recital de graduación en el que mi hijo tocara precisamente el Kol Nidrei, de Bruch. Sería como conseguir cerrar el círculo, algo que casi nunca pasa, una historia redonda, la culminación de un sueño, un final feliz, que hoy se ha cumplido.

Charla en el Instituto Cerro Pedro Gómez, de Madroñera

Se cumplen ya nueve años desde que publiqué Los Viajes de Lucas Ventura. A pesar del tiempo que ha pasado recuerdo perfectamente los entresijos de su publicación, mi primera entrevista con Álvaro Valverde para presentarle el proyecto, la euforia con la que recibí la llamada de Luis Saez confirmándome la publicación de la novela, las entrevistas, los nervios y aquella presentación oficial junto a la entonces Consejera de Cultura Leonor Flores. Nueve años en los que ha habido nuevas novelas, nuevas publicaciones, nuevos personajes, pero en donde la figura de Lucas Ventura ha seguido ahí, como un viejo amigo del que sigo hablando y, en cierto modo, alargando su vida. Si en la entrada anterior hablaba de la inmortalidad de las palabras, también es cierto que desde el punto de vista del autor cuando los libros se agotan, se olvidan o se abandonan, los personajes envejecen en el recuerdo, se acartonan y amarillean. No es el caso de Lucas Ventura, al fin y al cabo, él es un luchador y el paso del tiempo, a la vista está, todavía no ha sido capaz de vencerle.

El pasado 3 de mayo tuve la oportunidad de hablar de él frente a un respetuoso grupo de alumnos con motivo de la Semana Cultural que celebraban en el Instituto Cerro Pedro Gómez, en Madroñera. Rememorando aquella vez en la que acudí al Monasterio de Guadalupe para encontrarme con Fray David Ortiz, en pleno proceso de documentación de la novela, me acerqué en moto a Madroñera. Afortunadamente esta vez no tuve tormentas, ni anduve esquivando granizos, al revés, el campo extremeño se extendía plagado de verdores y vida tras una primavera caudalosa. Acudí a la amable invitación de Eloy Remedios, mayordomo de la Cofradía cacereña de Jesús Nazareno, y profesor de lengua y literatura. Nunca me cansaré de valorar la importancia de esos profesores que toman partido y espolean la inquietud cultural de sus alumnos con actividades que complementan su formación. La nómina de autores extremeños que habían pasado por el mismo escenario los años anteriores era brillante, realmente considero una magnífica oportunidad la que se les brinda a los alumnos de conocer la obra de escritores actuales y de tener contacto directo con ellos.

Enseñar, educar, es un concepto muy amplio que se escapa de las paredes de un aula y para el que se necesita la tribu entera. Como escritor de la tribu anoté mi compromiso con este libro y traté de llevarlo a buen puerto. Lucas Ventura nació por tanto con una clara vocación didáctica, centrada en el conocimiento de nuestro pasado, en alentar el respeto hacia la historia de Extremadura, en fomentar ese proceso tan necesario que consiste en aprender a querernos, para valorarnos. Ojalá la semilla de ese pensamiento haya prendido en el espíritu de alguno de los alumnos que me acompañaron el jueves pasado en Madroñera.

 

La palabra inmortal

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A la literatura se puede llegar desde muchos caminos, yo elegí la poesía, la pasión que he sentido hacia los poetas no la he sentido igual hacia ningún novelista. Ya me referí  a ello en este blog, cuando hablé de mis amigos poetas.

Hoy quiero hacer una reflexión a cargo de uno de ellos, de Jorge Manrique, aquel poeta antiguo, hijo de un noble castellano que peleó contra los moros y a favor de la Reina Isabel de Castilla. Jorge Manrique, como otros muchos hombres, sentía una profunda admiración hacia su padre, y esa admiración, a la postre, le llevó a componer una obra inmortal por la que todavía se le recuerda: Las coplas por la muerte de su padre.

Él pudo haber reflejado su amor de otras muchas formas, pero lo hizo de una manera que le permitió pervivir en el tiempo: escribiendo.

El cuerpo de Jorge Manrique hace mucho que desapareció de la tierra, es posible que ya no queda de él ni su ceniza, pero el respeto por su padre, su admiración, su amor, su dolor por la pérdida, su desencanto con la vida, con los triunfos, con el poder, su pensamiento en fin perdura, le sobrevivió y nos alcanza aún hoy con toda la fuerza con la que fue escrito:

… Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor …

Escribir, publicar, dejar que tus palabras se adhieran al molde inmaculado del papel, permitir que tus pensamientos recorran como hormigas por el leve transcurrir de una página, y dejarlo abandonado, finalmente, hacia la oscura eternidad del tiempo. Tal vez alguien, en el futuro, repare en ese papel, en esa obra, y tus palabras entonces volverán a la vida y se sentirán de igual forma, como yo ahora vuelvo a sentir la melancolía, la tristeza y la admiración de Manrique al evocar a su padre.

También escribir es eso.

Charla en el Instituto Al-Qázeres

El pasado 18 de diciembre tuve la oportunidad de volver al instituto Al-Qázeres donde ya estuve hace unos seis años, recién publicada mi novela “Los viajes de Lucas Ventura”. Desde entonces han sucedido nuevas tramas, nuevas historias, nuevas publicaciones, nuevos lectores, nuevas novelas y nuevos personajes. Pero eso no quita que de vez en cuando vuelva echar la vista atrás y me tope de nuevo con la mirada de mi viejo amigo Lucas Ventura. Hay libros que uno arroja al lago inmenso de la literatura y caen y se hunden sin hacer apenas ruido, como barcos de papel que se deshacen, otros en cambio perviven y se resisten al olvido, aguantan los envites de los años con dignidad suficiente como para que se les recuerde y, en el caso de Lucas Ventura, raro es el año en el que no me llaman de algún instituto o de algún club de lectura para hablar de él. Y aunque a mí me cueste ya algo más reconocer su imagen, que durante tanto tiempo pervivió en mi imaginación, todavía lo percibo como un viejo amigo.

También tuve la oportunidad de hablar de “Los extraños sucesos del bloque sin ascensor”, para los que no lo sepan es un libro que nació en un momento de cambio y un poco desamparado. Por eso le tengo especial cariño. Esa comunidad disparatada y poética que habita en un edificio inmenso donde cualquier cosa es posible, estoy seguro de que habría tenido más tirón con un poco más de apoyo editorial. A pesar de todo siempre surgen lectores y eso forma también parte de la magia de la literatura.

Fue un día intenso, pero de esa intensidad que se agradece, que permanece en la memoria durante mucho tiempo como el sabor de un buen pastel. Agradezco al Instituto que de nuevo volviera a contar conmigo, especialmente a Coro y a Mari Luz por el esfuerzo y cariño que pusieron en esta actividad, y por supuesto a todos los alumnos que acudieron a las charlas por sus preguntas, su interés y su comportamiento. Fue un verdadero placer.

Os hago una copia del contenido que hicieron sobre mi visita en la página web de la biblioteca del centro: http://verbal-qazeres.blogspot.com.es/2017/12/encuentro-literario-con-el-escritor.html

Antes de irnos de vacaciones, hemos querido despedir el año con un acto muy especial para nosotros, organizado por los miembros del Departamento de Lengua y por nuestra Biblioteca. Me refiero al encuentro literario con con el escritor cacereño Antonio González Prado, autor de libros como Rosa TerrosaLos viajes de Lucas Ventura y Los extraños sucesos del bloque sin ascensor. Precisamente son estos dos últimos libros los que hemos leído, trabajado y disfrutado en clase de Lengua con los alumnos de 3º y 1º de ESO respectivamente.

En las fotos podéis ver algunos de los trabajos que los alumnos de 3º han realizado con su profesora Mariluz Domínguez tras la lectura de Los viajes de Lucas Ventura.  

Y, como los alumnos de 1º se empeñaron en ahorrarme la tarea de presentar a nuestro novelista, os dejo aquí la presentación que ellos hicieron:

“Como él mismo dice en su texto “A modo de autobiografía”, Antonio nació en Cáceres en 1970 y sus primeras lecturas fueron sobre todo cómics y tebeos, aunque podemos decir que su encuentro con la literatura más “culta” le llegó de la mano del poeta Miguel Hernández, de quien dice literalmente que “aquello supuso una revolución en mi forma de escribir, de pensar e incluso de vivir. Tendría yo 19 años”. Quizás luego él nos pueda explicar más detenidamente en qué consistió esa revolución, aunque suponemos que está relacionada de alguna manera con su amor por la poesía.

Además de poemas, Antonio González Prado ha escrito también textos en periódicos y revistas de nuestra región, actividad que ha compaginado siempre con su trabajo de informático, al que llegó haciendo una carrera que no le satisfacía del todo. Este es otro tema del que podías hablarnos luego, Antonio: ¿entonces la técnica y las letras no están tan reñidas como a primera vista puede parecer?

Pero por lo que realmente conocemos a este escritor es por sus textos narrativos, cuentos y novelas como Rosa TerrosaLos viajes de Lucas Ventura y el libro que hemos leído nosotros: Los extraños sucesos del bloque sin ascensor.

En otro texto de su blog titulado “Algo de mí”, Antonio González Prado afirma que le gusta contar historias y mucho más imaginarlas. Pero eso no significa que lo que más desee en la vida sea dedicarse de manera profesional a la escritura porque, aunque no lo creáis, tenéis delante de vosotros a un auténtico aventurero. Suyas son estas palabras: “yo querría ser el capitán de un barco abandonado y atravesar el Cabo de Hornos rodeado de rayos y centellas, aullando desde el mástil más alto y con mi capa negra desafiando al viento”.

Bueno, Antonio, esperamos que nos puedas explicar de dónde proceden estas ansias de aventuras y si ves posible que estos sueños tuyos se cumplan algún día. De nuevo te damos las gracias por haber venido a nuestro centro y a todos vosotros os deseamos que aprendáis mucho de este escritor, Antonio González Prado”.

Así es que, desde la Biblioteca del IES Al-Qázeres, os animamos a que os asoméis a la obra de este novelista. Estamos convencidos de que sus libros son geniales para enganchar a nuestros alumnos al vicio de la lectura como disfrute y aprendizaje.