Lo salvaje

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Los que me conocen me habrán escuchado alguna vez relatar un cuento de Paulo Coelho titulado “El Buscador”. En él se relata el paseo de un hombre por unas colinas cercanas al mar y cómo se topa con un curioso cementerio en donde las personas aparecen enterradas figurando junto a su nombre no el tiempo en que estuvieron vivos, sino únicamente el tiempo en el que fueron felices, porque ese es verdaderamente el tiempo que vale la pena ser vivido.

Digo esto porque a veces pienso que los humanos actuales vivimos durante muchos años, probablemente somos los que, en término medio, más tiempo hemos conseguido vivir de nuestra especie, lo que no sé es si ese incremento en nuestra esperanza de vida supone un incremento en nuestro particular calendario de la felicidad.

Me encantan los perros, me fijo mucho en ellos, observo a sus dueños, sus costumbres, sus paseos, la forma en la que los miran o los tratan. En el mundo occidental al que pertenezco, una parte importante de estos perros se limitan a salir un rato por la mañana, otro rato por la tarde y, con algo de suerte, un paseo al anochecer. Es verdad que tienen sus necesidades alimenticias aseguradas, sus vacunas, sus desparasitaciones, su colchoneta mullida. Pero si pensamos en sus antecesores, en los perros que vivieron anteriores a la domesticación, salvajes, que vagaban libres y competían con otros depredadores para obtener su comida, agudizando sus instintos, sus astucias, y lo comparo con esos perros de ahora acomodados, de panza ancha y mirada bobalicona, pienso que la evolución domesticada de la que son el fruto no mejoró sus vidas.

Hablaba Bernardo Atxaga en uno de sus poemas que el sol sueña con la pura luz y que la noche añora los tiempos primordiales cuando todo era noche. A veces es necesario recurrir a la esencia de las cosas. Yo siento esa llamada, sutilmente, que me llega de los albores en los que el hombre sobrevivía cazando, recolectando, sintiendo la naturaleza y formando parte de ella. Lo comparo con buena parte de la humanidad actual que pasa 12 horas en una fábrica o en un despacho, alejados de la naturaleza, rodeados de ruidos, de humos y de aparatos electrónicos, que regresan a su pequeñas casas en donde alimentan a unos niños que apenas ven, día tras otro, y me imagino a esos mismos seres miles de años atrás, protegiendo el fuego, curtiendo pieles, acechando presas en el bosque, enarbolando sus instintos de supervivencia, respirando el azul, tratando de comprender el porqué de las cosas. Me pregunto si ese hombre antiguo pudiera observar nuestras vidas y comprendiera lo que hacemos, quizás elegiría permanecer en su mundo.

La evolución nos ha domesticado, nos ha convertido en seres idénticos, alejados de nuestra naturaleza inicial, como esas gallinas que han olvidado volar, o ese perro incapaz de perseguir a un conejo. Nos hemos creído el mantra de que ocupamos la cúspide de nuestra especie, pero yo observo al caminar y no veo sino gente aferrada a su teléfono móvil como zombis, postureando una vida inventada, veo a seres deseosos de aglutinar objetos innecesarios, alienados por la publicidad y la televisión, y me parece que en algún lugar perdimos el rumbo, que la evolución que hemos sufrido nos ha conducido a un callejón de difícil salida, que hemos transformado el mundo hasta convertirlo en un lugar donde no es ya siquiera posible soñar con volver a ser salvajes y LIBRES.

Recordando a Gloria Fuertes

El próximo mes de Julio se cumplen cien años desde que naciera mi amiga Gloria Fuertes. Ya murió, pero cada vez observo cómo se reivindica su figura de poeta de guardia por encima de aquella imagen, por otro lado entrañable para los de mi generación, de escritora infantil.

La recuerdo de pequeño, sentada con el pelo blanco, desgarbada, con corbata y chaqueta ancha, y su peculiar voz de cazallera fumadora, relatando las andanzas de la pata y el pato, del payaso y su nariz, o de la luna y su sombra. Para ella llegar a ese mundo era fácil porque siempre se sintió una niña envuelta en un cuerpo grande, en un cuerpo pesaroso, que la acompañó por los brumosas tierras de la soledad y la guerra.

Cuando yo tenía veintipocos años, me hice con una antología de su poesía de adultos, sus obras incompletas que publicó Cátedra, y ahí, en ese libro negro, se me reveló la otra Gloria, la que era capaz de entremezclar lo ingenuo y lo terrible, la que te levantaba una sonrisa para, a vuelta de verso, agarrarte por dentro como una soga.

Esa Gloria, la desconocida, la reivindico ahora como una muestra de escritora fiel a sus ideas, genuina, adelantada a su tiempo, casi siempre mal valorada por los popes de la cultura, que tardaron en tomarla en serio.

Porque Gloria no lo tuvo fácil. Debió ser complicado abrirse camino, sola en la sala, recién salida de una guerra, huérfana, flaca, con el verso en pecho, acostumbrada a ser un bicho raro, a montar en bicicleta con pantalones, a rondar el amor de la acera de enfrente, bebiendo hilo, sin el apoyo familiar, sin un núcleo claro de enseñanza que alentara sus inicios, sin una biblioteca detrás que le aportara sombra. Pero lo consiguió, con empuje, con el viento en contra, acabaron creyéndola los que ella quería que la creyeran y pronto la tuvieron en cuenta en los exclusivos círculos de la poesía de mediados del siglo XX, le dieron cobijo y la adoptaron como uno de los suyos personajes como Celaya, José Hierro o Antonio Gala.

Su poesía de adultos no es fácilmente encasillable, podríamos asociarle a la temática social, pero centrada en ella misma, lo que ve, lo que vive, lo interioriza y lo muestra con una mirada particular con sus versos irregulares, de fondo profundo, de forma simple. Su conocimiento de la guerra la convirtió en una beligerante pacifista, su vida bajo la dictadura franquista la convirtió en una mujer independiente y libertaria.

Siempre he pensado en ella cuando se pregunta si un poeta nace o se hace. Yo diría que los hay que nacen y los hay que se hacen. Personalmente no tengo dudas de que prefiero a los primeros, los que escriben así porque lo sienten, los que no buscan imitar al que está de moda, los que no tratan de enturbiar el agua de su mensaje, prefiero a los poetas claros, de corazón, los que están cerca del pueblo y escriben para él, porque la poesía es necesaria y no es propiedad de las élites culturales, prefiero a los que desahogan sus sentimientos libremente, sin camisas que los constriñan, libres. Poetas libres. Como Gloria.

Hay muchas páginas en internet con sus poemas. A modo de ejemplo os propongo estos tres.

El primero lo recuerdo a menudo, como un ejemplo magistralmente breve, de evocación poética:

Todo el color del mar subió a tus ojos

todo el agua del mar bajó a mi llanto

 

El segundo se titula Isla Ignorada. Podéis ver en él algunas de sus referencias biográficas clásicas.

 

Soy como esa isla que ignorada,

late acunada por árboles jugosos,

en el centro de un mar

que no me entiende,

rodeada de nada,

sola sólo.

Hay aves en mi isla relucientes,

y pintadas por ángeles pintores,

hay fieras que me miran dulcemente,

y venenosas flores.

Hay arroyos poetas

y voces interiores

de volcanes dormidos.

Quizá haya algún tesoro

muy dentro de mi entraña.

¡Quién sabe si yo tengo

diamante en mi montaña,

o tan sólo un pequeño

pedazo de carbón!

Los árboles del bosque de mi isla,

sois vosotros mis versos.

¡Qué bien sonáis a veces

si el gran músico viento

os toca cuando viene el mar que me rodea!

A esta isla que soy, si alguien llega,

que se encuentre con algo es mi deseo;

manantiales de versos encendidos

y cascadas de paz es lo que tengo.

Un nombre que me sube por el alma

y no quiere que llore mis secretos;

y soy tierra feliz que tengo el arte

de ser dichosa y pobre al mismo tiempo.

Para mí es un placer ser ignorada,

isla ignorada del océano eterno.

En el centro del mundo sin un libro

sé todo, porque vino un mensajero

y me dejó una cruz para la vida

para la muerte me dejó un misterio.

 

Y por último, una de sus autobiografías poética, que le dio pie al gran Juan Carlos Ortega a realizar un reportaje televisivo que os recomiendo y que podéis ver pulsando aquí.

 

Gloria Fuertes nació en Madrid
a los dos días de edad,
pues fue muy laborioso el parto de mi madre
que si se descuida muere por vivirme.
A los tres años ya sabía leer
y a los seis ya sabía mis labores.
Yo era buena y delgada,
alta y algo enferma.
A los nueve años me pilló un carro
y a los catorce me pilló la guerra;
A los quince se murió mi madre, se fue cuando más falta me hacía.
Aprendí a regatear en las tiendas
y a ir a los pueblos por zanahorias.
Por entonces empecé con los amores,
-no digo nombres-,
gracias a eso, pude sobrellevar
mi juventud de barrio.
Quise ir a la guerra, para pararla,
pero me detuvieron a mitad del camino.
Luego me salió una oficina,
donde trabajo como si fuera tonta,
-pero Dios y el botones saben que no lo soy-.
Escribo por las noches
y voy al campo mucho.
Todos los míos han muerto hace años
y estoy más sola que yo misma.
He publicado versos en todos los calendarios,
escribo en un periódico de niños,
y quiero comprarme a plazos una flor natural
como las que le dan a Pemán algunas veces.

De jurado rememorando a Helénides

Gracias a mi amiga Rosa Lencero que me propuso y a la Directora de la Universidad Popular del Casar de Cáceres, Isabel Cáceres Galán, durante los últimos meses he tenido la oportunidad de participar como jurado en la XXV edición del Certamen Literario “Helénides de Salamina”, que rinde homenaje al profesor Ángel Rodríguez Campos, personaje casareño mítico, profesor, pedagogo, apasionado por el mundo clásico hasta el punto de que en ocasiones vestía túnica, a la manera de una toga romana, y que se hacía llamar Helénides de Salamina.

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Ayer 29 de Abril se entregaron los premios de este certamen en cuyo jurado, como digo, no sólo tuve la oportunidad de participar sino que además me cupo el honor de presidir.


Aprovecho la ocasión para comentar, para quien no lo sepa, o tenga curiosidad, cual es la labor del jurado en este tipo de certámenes.

Se habían presentado 230 obras, procedentes de diferentes localidades, no solo españolas. Ante tal número de obras es necesario realizar una preselección de las mismas, para ello se dividió la totalidad de relatos entre el número de miembros del jurado, de manera que cada uno eligiera de su bloque las tres mejores obras para someterlas, posteriormente, al criterio de la totalidad del jurado. Eran alrededor de 50 relatos por persona.

En la reunión definitiva cada uno aportó su valoración sobre las obras preseleccionadas, se debatió la calidad y demás aspectos literarios, y se realizó una votación. Sólo cuando se supo ya el título de las obras ganadoras se abrieron las plicas y se llamó a los afortunados.

Este año el primer premio recayó sobre el escritor burgalés, Jorge Saiz Mingo, con su obra Las Yemas Sucias. El segundo premio fue para la madrileña Rosa Mª Fabuel, con A lo largo y ancho del patio de la vida.

Como nota anecdótica diré que las tres obras que ocuparon los primeros puestos salieron precisamente del bloque de cuentos que me tocó preseleccionar.

Ayer se realizó la ceremonia de entrega. El pueblo del Casar de Cáceres es un pueblo pujante y que se sabe movilizar. Hace algunos años participé en la presentación del libro Soñar no cuesta nada, cuyo autor era el casareño Julián Andrada y que fue prologado por mí, en aquella ocasión recuerdo que la Casa de Cultura estaba a rebosar. Ayer, en el mismo lugar, también había mucha gente y eso para un acto eminentemente cultural, en los tiempos que corren, es todo un logro.

A ello estoy seguro que también contribuyó el hecho de que los textos premiados se teatralizaran por la actriz extremeña Coco. Un verdadero hallazgo, todo un reto para ella, y una excelente idea para los organizadores, a quienes felicito desde aquí públicamente.

En suma, todo un placer.

 

Patria de Fernando Aramburu

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Uno de los placeres que más disfruto actualmente consiste en caminar en solitario mientras escucho algún programa de radio por Internet. Entre mis favoritos siempre están los documentos de RNE, por su calidad, por su capacidad de transportarte a cualquier personaje o hecho histórico con la subjetividad que aporta las recreaciones y las voces que aterrizan directamente en tus oídos, casi sin intermediarios. Otro de mis clásicos son los programas de Iker Jiménez, del que hablaré más detenidamente en otro momento, y que me ha proporcionado en muchas ocasiones marchas inolvidables amarrado como una araña a la tela del misterio. Por hoy voy a hablar de un libro del que escuché multitud de elogios precisamente mientras caminaba por la noche, solitario, ascendiendo al Santuario de la Virgen de la Montaña de mi ciudad. La novela en cuestión tenía el título de Patria, estaba escrita por alguien que para mí no era sino un desconocido, Fernando Aramburu. Todos los que hablaban de él comentaban que se trataba de la novela del año.

Sin que yo lo pidiera, lo recibí en mi cumpleaños como regalo, un tomo grueso, con el número 888 en el lomo, de la editorial Tusquets. Tardé en empezar a leerlo.

La realidad del País Vasco la conozco bien. Nací en 1970 con lo que durante buena parte de mi vida los asesinatos de la banda terrorista fueron el día a día de mis telediarios. Ni aún en mis momentos de mayor rebeldía simpaticé con esos movimientos, siempre he sido contrario a todas las banderas, siempre tuve claro que nacer en uno u otro lugar no te hacer mejor que nadie, que en todas partes hay buena y mala gente, que el color de la piel, el Rh sanguíneo, la pureza de mis apellidos o cualquier otro argumento racista no puede significar discriminar a nadie y mucho menos asesinarlo. Matar a alguien por pensar distinto a ti tiene un nombre, igual de despreciable si el que ataca es un nazi o alguien de extrema izquierda, en el fondo es lo mismo, puro fascismo.

Es injusto generalizar, pero creo que nadie puede negar que una parte de la sociedad vasca amparó las muertes con su silencio, ignorando y despreciando a las víctimas, viviendo en una equidistancia cruel, cuando no tomando partido directamente por los asesinos, en muchas ocasiones amparados por las propias instituciones y, más vergonzoso aún, por la propia Iglesia Vasca. De eso habla este libro.

El Txato es un empresario vasco, al que le toca la china de tener que hacer frente al “impuesto revolucionario”, eufemismo con el que disfrazar la palabra chantaje. Cumple hasta donde puede, cuando no puede más la diana se coloca sobre él, hasta que lo matan.

Para el autor el asesinato del Txato es la excusa con la retratar a dos familias (ambas igual de vascas y euskaldunes), la del asesinado, de la que forman parte el Txato, su mujer Bittori y sus hijos Nerea y Xavier, y por otro la de los otros (antiguos y viejos amigos), Joxian y Miren, con sus hijos Joxe Mari, Arantxa y Gorka, realmente de ellos el colaborador estrictamente sería  Joxe Mari, que ingresa en ETA, y tal vez Miren, la madre, que atesora en su seno la rosa negra del odio.

El autor plantea la novela desde diferentes puntos de vistas (De hecho el asesinato del Txato es narrado desde el punto de vista de cada uno de los personajes, es decir, es narrado en nueve ocasiones), con un acertado estilo basado en capítulos cortos, diálogos rápidos y continuos viajes en el tiempo. No ahorra descripciones, desde la soledad del Txato cuando se ve señalado y despreciado por sus compañeros, a la visión de Joxe Mari, que entra en la banda para hacer frente al deber de liberarla y acaba en cierto modo arrepentido en la cárcel tras sentir que todo su sacrificio, que su media vida perdida en prisión había sido un completo y estúpido error.

En todos esos puntos de vista no se escatiman detalles, la radicalización de Miren, la madre del etarra, la precauciones y el miedo del Txato,  el desamparo de la hija del asesinado, los movimientos de Joxe Mari en la organización, las torturas a las que le someten, las charlas en el cementerio con la tumba del asesinado, los viajes de la familia a ver al preso disperso en una cárcel lejana, el sufrimiento de ambas familias desde dos puntos de vista (aunque unos velan a un muerto y los otros a un preso, que es algo bastante diferente), y un final en el que Bittori, la esposa del txato, y Miren, la madre de Joxe Mari, luchadoras, sufridoras y antiguas amigas, se cruzan en un final magnífico y simple. Creo que el final es todo un acierto, es verdad que probablemente el lector espera con ansia el desenlace de la historia, el ajuste de cuentas entre las dos mujeres, hasta que se da cuenta que el final no puede ser otro que el que figura en el libro.

Yo pienso que es un libro valiente y necesario para no olvidar lo que pasó, para reflexionar sobre las consecuencias que conlleva alimentar la radicalidad, alimentar el odio, para entender que sólo el diálogo y la democracia deberían ser suficientes para defender cualquier idea, para asimilar que matar a quien no piensa como tú elimina cualquier atisbo de razón que pudieras tener.

Decir que es la mejor novela de los últimos tiempos es decir demasiado, pero sí que es una rara excepción en la que se aborda un tema tan complejo y delicado como el del terrorismo vasco, desde el conocimiento exhaustivo de lo que pasó. Eso sí, la forma de abordarlo, de plantearlo y de resolverlo, a mí me ha parecido espléndida.

El deseo de aventuras

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Comienzo autocitándome y reafirmándome en la cita:

Algunos piensan que lo que más me gustaría sería poder vivir de lo que escribo, pero en realidad desconocen mis aspiraciones: yo querría ser el capitán de un barco abandonado y atravesar el Cabo de Hornos rodeado de rayos y centellas, aullando desde el mástil más alto y con mi capa negra desafiando al viento.”

Uno de los primeros libros que de verdad me atraparon fue “Miguel Strogoff” de Julio Verne. Recuerdo haberlo leído con 13 o 14 años y aún hoy no se me borra la impresión que me causó el pasaje en el que el Correo del Zar avanzaba por la nieve mientras era perseguido por los lobos. Aquellos libros, con sus ilustraciones, reflejaban mejor que cualquier película el drama y el terror, ésa es la fuerza de la palabra, cuando se describía el miedo, las palabras, una a una, iban azuzando la imaginación y generando el miedo. No siempre una imagen vale más que mil palabras. Algo similar me pasaba con una vieja edición de las Leyendas de Bécquer, las ilustraciones que acompañaban al Miserere o al Monte de la Ánimas permanecen inmutables en mi recuerdo y tienen aún la huella de mis manos sosteniendo el papel bajo las mantas de mi cama.

Pero no quiero irme por las ramas, porque hoy mi deseo es hablar de algo que me apasiona: la aventura.

Yo soy un aventurero. Por encima de otras cualidades me siento un aventurero. Si me dieran a elegir entre asistir a una reunión de escritores o a una reunión de aventureros, me decantaría por esta última sin ninguna duda. Frente a la capacidad de expresar en palabras una determinada vivencia, yo elijo vivirla.

A veces pienso en la suerte que tenemos de estar vivos, de tener a nuestra disposición un planeta entero que recorrer, y la contradicción que supone tener ese anhelo y, sin embargo, dedicar buena parte de la vida a estar encerrado entre cuatro paredes. Pero así es como se ha organizado el sistema, hasta este punto nos ha llevado la evolución, asumimos esta invisible condena como un mal menor, con la naturalidad de un esclavo agradecido.

Aquellos que se atrevieron, que sucumbieron a la llamada de lo salvaje, pudieron decir que apuraron la vida.

El sentido que actualmente se le da a la aventura, despojado de matices bélicos y expansionistas, es un sentimiento relativamente reciente, surge del romanticismo, en pleno siglo XVIII, entre aquellos tipos que pasaron a replantearse la forma de relacionarse con todo lo que les rodeaba. Esa revolución que podemos asociar a la nueva mirada del hombre romántico afectó al arte, a la arquitectura, a la literatura, pero también a su relación con la naturaleza. Habría que remontarse, una vez más, a la Grecia Clásica para encontrar un planteamiento similar.

Reflejar aquí aquí los nombres de los escritores que se abrazaron a esa nueva mirada, a vuela pluma, provocará injusticias que debo achacar a mi memoria. Me vienen a la cabeza: Lord Byron, Espronceda, Exupéry, Stevenson, Salgari, Defoe, Baroja o Julio Verne, a quienes rindo homenaje desde aquí.

Pero de entre las aventuras, siempre me llamaron la atención la de los exploradores, la de los que llegaban al lugar por primera vez, ya fuera un Orellana recorriendo el Amazonas, un Marco Polo avanzando hacia el oeste, o un Shackleton navegando hacia la Antártida. O como la de aquellos que lanzaron su mirada hacia las montañas más altas de la tierra. En este último capítulo, en el de la literatura de montaña, me considero, humildemente, un pequeño experto y de hecho una parte de la novela que estoy escribiendo a salto de mata, surge precisamente, bajo la ventisca de una gran montaña.

Entre mis ídolos montañeros, de quienes he leído todo aquello que he podido localizar, están el Duque de los Abruzos, que se adentró en el Karakorum y trató de escalar probablemente la montaña más difícil de todas: el K2. La mítica y terrible escalada de Mallory e Irvine al Everest, la ascensión primera de Hillary y Norgay, las cumbres en solitario de Reinhold Messner, la elegancia de Walter Bonatti, el pundonor del polaco Jerzy Kukutzca o, acercándonos más a nuestra tierra, la figura de Sebastián Álvaro como gran divulgador de estos temas a través del recordado y mítico Al Filo de lo Imposible.

Cuántas horas de mi vida he dedicado a imaginarme escalando aquellas cumbres, ojeando mapas, analizando rutas de escalada, perfiles de roca que serpenteaban hacia el azul oscuro del cielo, cuántas veces me he evadido de la realidad a lomos de una moto imaginaria recorriendo las rutas polvorientas que se adentran por el Himalaya, o atravesando los Andes emulando al Che.

Es lo bueno de la imaginación, que no pone límites.

En resumidas cuentas, que ando mucho pero no soy andariego, que subo montañas pero no soy alpinista, que tengo moto pero no soy motero, que escribo pero mi vida no gira alrededor de la literatura, en realidad todos estos elementos no son sino escusas de las que me valgo para dominar mi espíritu inquieto, por lo que si os cruzáis conmigo por la calle, aunque me veáis anodino, sabed que detrás de mi fachada de hombre corriente se esconde el anhelo imperecedero de la aventura.

Mirlo Blanco, Cisne Negro – Juan Manuel de Prada

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Aprovechando mi cajón de sastre retomo hoy una vieja costumbre, la de hacer un comentario sobre los libros que voy leyendo (y que merecen la pena comentar). Y retomo esta costumbre haciendo uso de esos deseos de cambio que uno siempre se propone al iniciar un año.

El primer libro del que voy a hablar fue un regalo por mi cumpleaños: Mirlo Blanco, Cisne Negro, de Juan Manuel de Prada.

Parto del hecho de que para mí Juan Manuel de Prada tiene la mejor prosa de mi generación. Sólo es un año mayor que yo. Cuando era aficionado a las revistas y suplementos literarios, su nombre aparecía como el gran descubrimiento, como aquel que venía a tomar el relevo de los grandes tótems de la lengua castellana. Era el nuevo Umbral, el nuevo Cela. Un escritor de provincias que llegó a Madrid a conquistarlo, y lo conquistó. La primera referencia que recuerdo de él vino de un libro medio erótico que se publicó de forma poco ortodoxa y que el boca a boca fue relanzándolo como una honda de papel clandestino. El título no dejaba dudas: Coños. Aquel autor que se atrevía en un libro a describir metafóricamente el coño de variopintas mujeres (la trapecista, la viuda, la momia, la desconocida, la siberiana…) mostraba al mundo no sólo su insolencia, sino un manejo del idioma, innato, que estaba al alcance sólo de los elegidos. Detrás de aquel libro se encontraba la figura, ya entonces algo rechoncha, de un muchacho criado entre las ubres del castellano antiguo que se masca en Zamora y Salamanca.

No le perdí la pista. Sus entrevistas eran atrevidas y sus opiniones fundadas, parecía como si Gómez de la Serna de repente hubiera renacido en la figura de aquel escritor provinciano.

Más adelante leí Las Máscaras del Héroe y caí rendido de admiración (y una cierta envidia) ante él. Ese libro me marcó desde las primeras letras (aquella carta inenarrable), desde entonces figura en mi hornacina literaria como un jarrón excelso, y cada día más gordo todo hay que decirlo. Por supuesto que no fui sólo yo el que se rindió ante el fondo y la forma que atesoraba el volumen, recuerdo loas superlativas de Ansón, de Umbral, de Pérez Reverte, de Pere Gimferrer. Pocas veces la crítica literaria se mostró más unánime.

Siempre he creído que el Premio Planeta que le concedieron poco tiempo después (y que nunca he leído) se lo concedieron en realidad por Las Máscaras del Héroe y no por La Tempestad.

Como era lógico no tardó en tener columna propia en el ABC, ni en aparecer en tertulias televisadas donde sus adjetivos, su memoria enciclopédica y su pachorra formaban una mezcolanza que resultaba poco atractiva al público general, más acostumbrada al verduleo y la cachimba. Pronto su figura se hizo polémica, las opiniones hacia él giraban entre quienes le consideraban un facha insufrible y los que afeaban su figura oronda y algo patética que no daba bien en cámara.

Cuántas veces he leído en internet críticas salvajes contra él. Y cuántas veces he estado tentado de salir en su defensa esgrimiendo aquello de: vosotros no sabéis de quién estáis hablado.

Hace unos años tuve la oportunidad de conocerlo con motivo de la presentación en Cáceres de Desgarrados y Excéntricos, y de estrecharle la mano, e incluso de que me firmara un texto que debe andar perdido entre los volúmenes de mi librería. A estas alturas no os sorprenderá si os digo que soy una especie de fanboy de Juan Manuel de Prada aunque sé que con esto me gano una buena ración de desprecios para muchos, y un rinconcito en el altar de los patéticos para otros.

Dicho lo cual os voy a hablar del último libro que he leído de él: Mirlo Blanco, Cisne Negro. Y lo hago para deciros, a pesar de tanto pasteleo previo, que no me ha gustado.

Mira que la historia prometía: “Su obra más sincera y personal… una sátira despiadada del mundo editorial que acaba convirtiéndose en un drama desgarrador sobre la vocación literaria… una confesión a tumba abierta del autor… sus personajes más complejos y poderosos, sus diálogos más deslumbrantes y literatura a raudales en cada una de sus páginas...” Menos lobos, caperucita, le diría yo al encargado de escribir la contraportada.

Me encanta la literatura que habla de literatura, los escritores que hablan de escritores, las obras literarias que hablan de cómo se escriben. Pero esta novela, aunque tiene ese trasfondo, me resultó simplona como una sopa de letras (empezando por la propia portada).

Habla de un joven escritor, Alejandro Ballesteros, que llega a Madrid con una obra que ha sido un pequeño éxito (y que se titula precisamente “Un debut prodigioso”), esta obra le permite acceder a buena parte de las fiestas literarias que se organizan en la corte. Saraos en donde se juntan desde los escritores nocilleros, hasta las viejas glorias deseosas de que los primeros les rindan pleitesía. Entre estas viejas glorias destaca la presencia de Octavio Saldaña (y de su mujer Nieves, todo hay que decirlo), un escritor talentoso y polémico que no tarda en captar la atención del protagonista y con el que se produce un deslumbramiento compartido, bidireccional, si se me permite el término. El escritor maduro es un experto en vampirizar a aquellos que se acercan a él atraídos por su desbordante luminosidad y, como una planta venenosa, una vez que el insecto está perfectamente embobado contemplando al ídolo, se alimenta de sus obras. El personaje de Octavio Saldaña está muy bien dibujado, es un personaje excéntrico, excesivo, extraordinario (con ramalazos que te recuerdan a determinados autores fallecidos, o incluso al mismo Juan Manuel de Prada con dos vueltas de tuerca más), mientras que Alejandro Ballesteros (y su novieta Paloma), se deja embaucar por los cantos de sirena y por su poca fe en si mismo, resultando a la postre un personaje demasiado candoroso, con demasiada poca mala baba, con una presencia algo meliflua.

Al poco de comenzar la trama ya me di cuenta que el nivel de la historia que se pretendía contar era bajo. El lenguaje utilizado por algunos personajes no estaba a la altura de lo que podíamos esperar. Porque del autor yo siempre espero ese verso fino, agudo, culto, esa manera de manejar el castellano como una bola de plastilina, amoldando el sustantivo exacto, el adjetivo necesario, la oración precisa. Es verdad que a ratos esa escritura aparecía de forma perezosa en el texto, pero de manera escasa, sobre todo en la primera parte del libro. Yo le quería oír hablar de literatura, y lo hacía, hablaba de literatura, pero a pinceladas, como en píldoras exiguas, que sabían a poco. La envoltura de esas píldoras resultaba reiterativa y como de andar por casa. Creo que a esta novela le ha faltado el tono adecuado, le han sobrado zapatillas y le han faltado tacones. Y eso que los últimos capítulos, el desenlace de la historia, los leí con cierta curiosidad, incluso con la premura que da querer saber el destino de cada personaje, resultando un final medio feliz medio esperado que se produce como colofón de un quiero y no puedo algo desalentador.

En definitiva, casi diría que he disfrutado más escuchando las entrevistas que ha realizado Juan Manuel de Prada en la promoción de Mirlo Blanco, Cisne Negro, que leyendo en realidad el libro.