La palabra inmortal

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A la literatura se puede llegar desde muchos caminos, yo elegí la poesía, la pasión que he sentido hacia los poetas no la he sentido igual hacia ningún novelista. Ya me referí  a ello en este blog, cuando hablé de mis amigos poetas.

Hoy quiero hacer una reflexión a cargo de uno de ellos, de Jorge Manrique, aquel poeta antiguo, hijo de un noble castellano que peleó contra los moros y a favor de la Reina Isabel de Castilla. Jorge Manrique, como otros muchos hombres, sentía una profunda admiración hacia su padre, y esa admiración, a la postre, le llevó a componer una obra inmortal por la que todavía se le recuerda: Las coplas por la muerte de su padre.

Él pudo haber reflejado su amor de otras muchas formas, pero lo hizo de una manera que le permitió pervivir en el tiempo: escribiendo.

El cuerpo de Jorge Manrique hace mucho que desapareció de la tierra, es posible que ya no queda de él ni su ceniza, pero el respeto por su padre, su admiración, su amor, su dolor por la pérdida, su desencanto con la vida, con los triunfos, con el poder, su pensamiento en fin perdura, le sobrevivió y nos alcanza aún hoy con toda la fuerza con la que fue escrito:

… Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor …

Escribir, publicar, dejar que tus palabras se adhieran al molde inmaculado del papel, permitir que tus pensamientos recorran como hormigas por el leve transcurrir de una página, y dejarlo abandonado, finalmente, hacia la oscura eternidad del tiempo. Tal vez alguien, en el futuro, repare en ese papel, en esa obra, y tus palabras entonces volverán a la vida y se sentirán de igual forma, como yo ahora vuelvo a sentir la melancolía, la tristeza y la admiración de Manrique al evocar a su padre.

También escribir es eso.

Charla en el Instituto Al-Qázeres

El pasado 18 de diciembre tuve la oportunidad de volver al instituto Al-Qázeres donde ya estuve hace unos seis años, recién publicada mi novela “Los viajes de Lucas Ventura”. Desde entonces han sucedido nuevas tramas, nuevas historias, nuevas publicaciones, nuevos lectores, nuevas novelas y nuevos personajes. Pero eso no quita que de vez en cuando vuelva echar la vista atrás y me tope de nuevo con la mirada de mi viejo amigo Lucas Ventura. Hay libros que uno arroja al lago inmenso de la literatura y caen y se hunden sin hacer apenas ruido, como barcos de papel que se deshacen, otros en cambio perviven y se resisten al olvido, aguantan los envites de los años con dignidad suficiente como para que se les recuerde y, en el caso de Lucas Ventura, raro es el año en el que no me llaman de algún instituto o de algún club de lectura para hablar de él. Y aunque a mí me cueste ya algo más reconocer su imagen, que durante tanto tiempo pervivió en mi imaginación, todavía lo percibo como un viejo amigo.

También tuve la oportunidad de hablar de “Los extraños sucesos del bloque sin ascensor”, para los que no lo sepan es un libro que nació en un momento de cambio y un poco desamparado. Por eso le tengo especial cariño. Esa comunidad disparatada y poética que habita en un edificio inmenso donde cualquier cosa es posible, estoy seguro de que habría tenido más tirón con un poco más de apoyo editorial. A pesar de todo siempre surgen lectores y eso forma también parte de la magia de la literatura.

Fue un día intenso, pero de esa intensidad que se agradece, que permanece en la memoria durante mucho tiempo como el sabor de un buen pastel. Agradezco al Instituto que de nuevo volviera a contar conmigo, especialmente a Coro y a Mari Luz por el esfuerzo y cariño que pusieron en esta actividad, y por supuesto a todos los alumnos que acudieron a las charlas por sus preguntas, su interés y su comportamiento. Fue un verdadero placer.

Os hago una copia del contenido que hicieron sobre mi visita en la página web de la biblioteca del centro: http://verbal-qazeres.blogspot.com.es/2017/12/encuentro-literario-con-el-escritor.html

Antes de irnos de vacaciones, hemos querido despedir el año con un acto muy especial para nosotros, organizado por los miembros del Departamento de Lengua y por nuestra Biblioteca. Me refiero al encuentro literario con con el escritor cacereño Antonio González Prado, autor de libros como Rosa TerrosaLos viajes de Lucas Ventura y Los extraños sucesos del bloque sin ascensor. Precisamente son estos dos últimos libros los que hemos leído, trabajado y disfrutado en clase de Lengua con los alumnos de 3º y 1º de ESO respectivamente.

En las fotos podéis ver algunos de los trabajos que los alumnos de 3º han realizado con su profesora Mariluz Domínguez tras la lectura de Los viajes de Lucas Ventura.  

Y, como los alumnos de 1º se empeñaron en ahorrarme la tarea de presentar a nuestro novelista, os dejo aquí la presentación que ellos hicieron:

“Como él mismo dice en su texto “A modo de autobiografía”, Antonio nació en Cáceres en 1970 y sus primeras lecturas fueron sobre todo cómics y tebeos, aunque podemos decir que su encuentro con la literatura más “culta” le llegó de la mano del poeta Miguel Hernández, de quien dice literalmente que “aquello supuso una revolución en mi forma de escribir, de pensar e incluso de vivir. Tendría yo 19 años”. Quizás luego él nos pueda explicar más detenidamente en qué consistió esa revolución, aunque suponemos que está relacionada de alguna manera con su amor por la poesía.

Además de poemas, Antonio González Prado ha escrito también textos en periódicos y revistas de nuestra región, actividad que ha compaginado siempre con su trabajo de informático, al que llegó haciendo una carrera que no le satisfacía del todo. Este es otro tema del que podías hablarnos luego, Antonio: ¿entonces la técnica y las letras no están tan reñidas como a primera vista puede parecer?

Pero por lo que realmente conocemos a este escritor es por sus textos narrativos, cuentos y novelas como Rosa TerrosaLos viajes de Lucas Ventura y el libro que hemos leído nosotros: Los extraños sucesos del bloque sin ascensor.

En otro texto de su blog titulado “Algo de mí”, Antonio González Prado afirma que le gusta contar historias y mucho más imaginarlas. Pero eso no significa que lo que más desee en la vida sea dedicarse de manera profesional a la escritura porque, aunque no lo creáis, tenéis delante de vosotros a un auténtico aventurero. Suyas son estas palabras: “yo querría ser el capitán de un barco abandonado y atravesar el Cabo de Hornos rodeado de rayos y centellas, aullando desde el mástil más alto y con mi capa negra desafiando al viento”.

Bueno, Antonio, esperamos que nos puedas explicar de dónde proceden estas ansias de aventuras y si ves posible que estos sueños tuyos se cumplan algún día. De nuevo te damos las gracias por haber venido a nuestro centro y a todos vosotros os deseamos que aprendáis mucho de este escritor, Antonio González Prado”.

Así es que, desde la Biblioteca del IES Al-Qázeres, os animamos a que os asoméis a la obra de este novelista. Estamos convencidos de que sus libros son geniales para enganchar a nuestros alumnos al vicio de la lectura como disfrute y aprendizaje. 

 

La revolución y el orden

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Vuelvo a declarar una vez más mi antinacionalismo y mi alergia a las banderas de cualquier tipo. Pienso que este blog no debería ser un espacio para hablar de política, para eso hay millones de páginas que inundan la red, pero es tan difícil escapar de lo que sacude día tras día el devenir de mi país, que a veces resultar complicado hacerle un regate a la realidad.

Mi reflexión no ahondará en la herida del secesionismo, sino en cómo las redes sociales se han convertido en un elemento trasversal capaz de afianzar, espolear o alentar las diferencias, cuando no, en muchas ocasiones, la mentira, las medias verdades o directamente el odio entre ambas partes.

Internet es lo más parecido a algo que está fuera de control. Aunque algunos se empeñan en decir que existen ciertos límites, en mi opinión en la web tiene cabida todo. Es un inmenso jardín libertario donde cualquiera puede pintar en el muro, igual da que arrojes sobre él vientos de concordia y solidaridad, que huracanes de odio y opresión. En la parte alta, el color de ese jardín libertario puede parecer azul, pero en los fondos se rebozan los lodos de la miseria humana.

Y con eso tenemos que convivir, con eso tenemos que aprender a relacionarnos, con eso tenemos que evolucionar. El cambio no tiene vuelta atrás. Se ha llevado por delante dinosaurios enormes, pilares que pensábamos que eran intocables, como la prensa tradicional, que ha perdido buena parte de su papel de influencia y de debate para dejar paso a millones de informantes anónimos que intercambian mensajes a la velocidad del rayo, a veces de buena de fe, y en ocasiones movidos por las pasiones más tóxicas.

Deberíamos parar un momento y reflexionar: ¿Este acceso a la información inmediata nos ha mejorado? ¿Estamos mejor informados? ¿Somos más libres?

Si yo me limito a leer sólo lo que me interesa, me terminaré rodeando de una información sesgada, de un único bando y le estaré cerrando la puerta a escuchar opiniones disconformes o disonantes. Puedo pensar que soy un auténtico anarquista, actuar como tal y leer únicamente medios que propagan esa ideología, o puedo ser un extraordinario defensor de los valores tradiciones de la patria que participa activamente de ese círculo identitario. La realidad es que probablemente uno y otro, retroalimentados en sus respectivas colmenas ideológicas, acaben siendo seres manipulados y sectarios. Y lo peor de todo, de una manera inconsciente.

Pienso que la pluralidad, la mezcla, el fluir del viento, es necesario para ser libres. El diálogo, la confrontación de las ideas, la capacidad de escuchar a los otros, dejar los gritos a un lado y fomentar la empatía, debían ser los principios que guiaran la política y la comunicación entre personas.

¿Qué hubiera sucedido en la transición española si los franquistas, los comunistas o los socialistas no hubieran aparcado parte de sus ideas para lograr un buen fin, aún en contra de lo que pudieran opinar sus bases más radicales y activas? ¿Qué hubiera pasado si en esa época ya existieran las redes sociales? ¿Qué le hubieran gritado, por ejemplo, a Carrillo desde la trinchera oscura de un teclado por renunciar a sus ideales republicanos en pos de una solución común? ¿No nos damos cuenta del extraordinario altavoz que suponen estas redes? ¿Del poder que se otorga a la masa anónima y, fácilmente, adoctrinada?

No hay control, ni criterio, se le da voz al que más grita, no se margina al que hace daño, al que rompe puentes, al manipulador, al que pisa las flores. Al revés, se le espolea y se le sigue, se banaliza al cauto y se ensalza al extremista. En estas condiciones, tal vez, la revolución acabe siendo algo tan denostado y mal visto como el control y el orden.

La mentira

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Vivimos en la era del conocimiento. Desde mi sofá puedo consultar casi todos los periódicos del mundo, estoy inundado de opiniones, de comentarios, de ensayos, de imágenes, de vídeos. No hay duda que somos los habitantes mejor informados de la historia de la humanidad, pero a veces tiras del hilo, de ese leve hilo que apenas se vislumbra y descubres que hay algo por encima de esa información destinado a manipularte, destinado a dirigirte hacia donde quieren que vayas, imperceptiblemente, sin que te des cuenta te rodean de mentiras, de medias verdades o de inventos que quieren hacernos pasar por realidades. Y esa sensación terrible, cuando surge y se acrecienta, te hace cuestionar hasta tus propios cimientos.

Hoy es un día de esos en los que pienso que estamos rodeados de mentiras. Es mentira la red, es mentira la moda, la gastronomía, es mentira el gobierno, la justicia, los jefes de estado, la oposición, miente el economista y el politólogo. Miente el oprimido y el opresor. Son mentira los premios, mienten los periodistas, los médicos, los hombres enchaquetados que me visitan, mienten los fabricantes, los compradores, miente la estadística, miente la máquina de la verdad, el editorialista, el locutor, el oyente, mienten los curas y los ateos, los genios y los desgraciados, mienten los blogs…

La democratización del turismo

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Me encanta viajar, conocer nuevos países, nuevas culturas, observar otras costumbres, otros paisajes. Para ello cuento con una familia viajera, a la que no le da pereza coger la maleta e irse. Pienso en los lugares que he visitado junto a mis hijos y a mi mujer y me siento afortunado de haberlo vivido porque estoy convencido de que  viajar no sólo provoca felicidad sino que es además una excelente forma de culturizarse, de mezclarse con otros planteamientos, con otras formas de vivir, de valorar más lo tuyo o simplemente de intentar cambiarlo.

Tenemos una caravana con la hemos viajado por casi toda España y por muchos de los países limítrofes. Para aquellos destinos en los que la distancia es mayor, viajar en caravana resulta demasiado cansado y costoso, en esos casos es mejor moverse en avión y, ya en el país de destino, alquilar un coche o utilizar el transporte público. De esta forma hemos recorrido buena parte de Europa, pateando, que es una de las mejores maneras de conocer las ciudades.

Llevamos muchos años viajando, al principio con rudimentarios mapas y preguntando a los vecinos sobres las rutas a seguir, ahora con la ayuda inestimable de los navegadores y los teléfonos móviles que hacen difícil perderse y ofrecen a los usuarios decenas de opciones para  llegar a los sitios más escondidos.

Poco a poco, la tecnología se ha ido implantando en nuestras rutinas turísticas. Ahora es perfectamente posible organizar viajes complejos sin necesidad de utilizar una agencia de viajes. Desde casa podemos optar por elegir los alojamientos entre una gran variedad de opciones, podemos reservar billetes de tren o de avión que partan desde cualquier estación o aeropuerto europeo, sabemos cuáles son los restaurantes mejor valorados, las atracciones que vale la pena ver, el precio de los museos, el horario de apertura de los monumentos o la temperatura que habrá en determinada playa. Ese auténtico torrente de información, si se sabe utilizar, permite al viajero ser autosuficiente, facilitando el intercambio de información entre los visitantes, los consejos y advertencias, podríamos decir que la tecnología ha provocado una democratización del turismo.

Pero  también esto reporta una serie de inconvenientes que afectan directamente en la manera en que los viajeros hacemos turismo, con perversos efectos tanto en la población que debe convivir con los turistas, como en los propios viajeros que buscan encontrarse con algo que ya no existe, o que el exceso de visitas ha desvirtuado. La masificación es una de las consecuencias de esa democratización turística de la que formamos parte. Hay ciudades como Venecia o Praga (me refiero a sus zonas turísticas) que se han convertido en un auténtico parque temático de piedra, el turismo las ha invadido, pervirtiendo la esencia de sus calles, de sus restaurantes, de sus costumbres y de sus gentes. Se han convertido en ciudades sin alma, donde todo se reduce a millares de turistas caminando de un lugar a otro, como borregos,  sin entender nada, sonriendo a la cámara del teléfono móvil. No hay secretos en la ciudad que no hayan sido desvelados, ni palacio o catedral que no disponga de su oficina de entradas y en donde el objetivo no sea otro que el de pagar, visitar rápido por donde yo le digo y marcharse. Da igual que vayas a un viejo palacio abandonado, o a un campo de concentración visitable, la marabunta del turismo se extiende por todas partes como una mancha continua de aceite.

Hace poco he tenido la oportunidad de visitar lugares a los que hacía tiempo que no iba, donde antes podías respirarse el silencio, el respeto o la soledad ahora se ven colas de personas en sandalias, con pantalón corto, gorra deportiva y cámara al hombro, disparo a disparo, sin mirar más allá del visor de la cámara. De esa manera el lugar parece otro.

Es verdad. Como turista, yo también he pasado a formar parte de ese circo. Yo también acudo a esos mismos lugares, a los mismos restaurantes que se recomiendan, a los mismos hoteles, a las mismas atracciones en sandalia, cámara al hombro, disparo a disparo. Y, aunque trato de evitarlo, me temo que también me he convertido en un borrego más. Pero a veces, en medio de la manada, miro a mi alrededor y anhelo aquellos tiempos, no tan lejanos, en los que había menos tecnología, menos explotación, más respeto y en donde viajar tenía mucho más acentuado ese componente de aventura, de sorpresa, que provoca lo desconocido, lo desnudo o lo inesperado.

Como en tantas cosas de la vida, son las dos caras de una misma moneda, los pros y los contras de nuestra evolución como especie curiosa y gregaria. En tales circunstancias sólo queda adaptarnos y aprender a viajar de nuevo.

Lo salvaje

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Los que me conocen me habrán escuchado alguna vez relatar un cuento de Paulo Coelho titulado “El Buscador”. En él se relata el paseo de un hombre por unas colinas cercanas al mar y cómo se topa con un curioso cementerio en donde las personas aparecen enterradas figurando junto a su nombre no el tiempo en que estuvieron vivos, sino únicamente el tiempo en el que fueron felices, porque ese es verdaderamente el tiempo que vale la pena ser vivido.

Digo esto porque a veces pienso que los humanos actuales vivimos durante muchos años, probablemente somos los que, en término medio, más tiempo hemos conseguido vivir de nuestra especie, lo que no sé es si ese incremento en nuestra esperanza de vida supone un incremento en nuestro particular calendario de la felicidad.

Me encantan los perros, me fijo mucho en ellos, observo a sus dueños, sus costumbres, sus paseos, la forma en la que los miran o los tratan. En el mundo occidental al que pertenezco, una parte importante de estos perros se limitan a salir un rato por la mañana, otro rato por la tarde y, con algo de suerte, un paseo al anochecer. Es verdad que tienen sus necesidades alimenticias aseguradas, sus vacunas, sus desparasitaciones, su colchoneta mullida. Pero si pensamos en sus antecesores, en los perros que vivieron anteriores a la domesticación, salvajes, que vagaban libres y competían con otros depredadores para obtener su comida, agudizando sus instintos, sus astucias, y lo comparo con esos perros de ahora acomodados, de panza ancha y mirada bobalicona, pienso que la evolución domesticada de la que son el fruto no mejoró sus vidas.

Hablaba Bernardo Atxaga en uno de sus poemas que el sol sueña con la pura luz y que la noche añora los tiempos primordiales cuando todo era noche. A veces es necesario recurrir a la esencia de las cosas. Yo siento esa llamada, sutilmente, que me llega de los albores en los que el hombre sobrevivía cazando, recolectando, sintiendo la naturaleza y formando parte de ella. Lo comparo con buena parte de la humanidad actual que pasa 12 horas en una fábrica o en un despacho, alejados de la naturaleza, rodeados de ruidos, de humos y de aparatos electrónicos, que regresan a su pequeñas casas en donde alimentan a unos niños que apenas ven, día tras otro, y me imagino a esos mismos seres miles de años atrás, protegiendo el fuego, curtiendo pieles, acechando presas en el bosque, enarbolando sus instintos de supervivencia, respirando el azul, tratando de comprender el porqué de las cosas. Me pregunto si ese hombre antiguo pudiera observar nuestras vidas y comprendiera lo que hacemos, quizás elegiría permanecer en su mundo.

La evolución nos ha domesticado, nos ha convertido en seres idénticos, alejados de nuestra naturaleza inicial, como esas gallinas que han olvidado volar, o ese perro incapaz de perseguir a un conejo. Nos hemos creído el mantra de que ocupamos la cúspide de nuestra especie, pero yo observo al caminar y no veo sino gente aferrada a su teléfono móvil como zombis, postureando una vida inventada, veo a seres deseosos de aglutinar objetos innecesarios, alienados por la publicidad y la televisión, y me parece que en algún lugar perdimos el rumbo, que la evolución que hemos sufrido nos ha conducido a un callejón de difícil salida, que hemos transformado el mundo hasta convertirlo en un lugar donde no es ya siquiera posible soñar con volver a ser salvajes y LIBRES.