El frágil equilibrio político

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Existen diferentes caminos para alcanzar un mismo fin. El hombre, en su evolución política, ha planteado diferentes ideologías con la que ha propuesto transformar la sociedad. Doy por hecho que cada una de ellas parte de una buena voluntad en sus orígenes. Hace apenas un siglo muchas de estas ideologías estaban en plena confrontación. En muchos casos se trataba de poner el foco del cambio en las personas, en otros casos en la fortaleza de los estados. Se argumentaba la fortaleza del proletariado unido, o se contraponía la libertad del individuo y la prosperidad del mismo en función de su capacidad y riesgo. Con mayor o menor éxito, de todo ello hemos tenido en los últimos cien años. En mi opinión ha habido ideologías derrotadas, en general las que ocupaban los extremos de esa balanza. Por ejemplo los regímenes comunistas acabaron degenerando en dictaduras, con férreo control de la disidencia, precariedad generalizada y corrupción. En el otro extremo los excesos del liberalismo que se dieron en la época de Reagan o de Margaret Thatcher degeneraron en terribles desigualdades, confrontación, desamparo e injusticia social. En mi opinión a nivel global los mayores avances sociales y económicos han venido de la mano de la Socialdemocracia, un concepto de socialismo surgido en el norte de Europa, con algunos ecos en Sudamérica y que aporta un equilibrio entre el progreso de lo que se ha dado en llamar “Estado de Bienestar” (que agrupa conceptos básicos como la sanidad y la educación pública, el apoyo al desempleo, el cuidado de las pensiones…) y ciertos toques liberales en lo económico que permiten a las empresas ser competitivas. Esa fórmula, con sus defectos, ha funcionado relativamente bien en muchos países, y con sus pequeños matices ha sido llevada a cabo en España tanto por el PSOE como por el PP.

Pero la rueda sigue girando, las ideas se devalúan y muchas veces somos demasiado negativos al criticar lo que somos o lo que hemos llegado a ser. En esa mala percepción de nuestra realidad tiene un papel fundamental la corrupción, como una pesada carga tan extendida que, cualquiera diría, es inherente a la propia naturaleza humana.

En contraposición, o tal vez por el agotamiento del sistema, vuelven a surgir viejos fantasmas de la mano de los populismos y los nacionalismos. Ya he comentado en otras entradas que soy un convencido antinacionalista, me da igual que ese nacionalismo sea español, catalán o vasco. De entrada no puedo evitar mi desagrado ante quien se envuelve tras cualquier bandera.

No me canso de repetir que los nacionalismos y las luchas religiosas están detrás de la mayoría de las guerras que han asolado Europa en los últimos siglos. Y no me resigno a que tengamos que recaer una y otra vez en los mismos errores. En nuestra escarmentada Europa se habían puesto las bases para limitar ese riesgo, fomentando la idea revolucionaria de una Unión Europea donde no sólo se desdibujaban las fronteras, sino que se creaban las bases de un proyecto común. Pocas veces hemos estado tan cerca de conseguir una utopía que hace tan sólo un siglo sería impensable. Se ha puesto mucha voluntad política en el intento, pero los vientos del egoísmo vuelven a golpear con el ansia renovada de levantar los muros y acrecentar las diferencias.

En un breve espacio de tiempo la democracia nos vuelve a poner a prueba y el resultado de estas votaciones determinará nuestro futuro más próximo. El paso de los años me ha demostrado que las cosas por lo general variarán poco, pero también sé que existen riesgos y que en este último siglo, tras algunas elecciones democráticas, surgieron líderes radicales que se encargaron de envenenar el ambiente y de azuzar los bajos instintos de los pueblos. Vivimos en un equilibrio más frágil de lo que a menudo nos creemos y tengo claro que, por más que nos pensemos ciudadanos evolucionados y formados, los pueblos en los que se prende la chispa adecuada del odio y la intolerancia terminan provocando incendios de dolor y muerte.

Alberto Cortez

A la literatura se puede llegar por muchas vías. La normal es leyendo, pero también hay atajos. La sensibilidad cultivada comparte caminos con todas las artes. A mí me empujó a escribir la música, ya lo he contado en otras ocasiones. Y el 5 de abril murió uno de los principales cicerones de ese sendero: Alberto Cortez.

Por entonces apenas estaba empezando a forjar mi personalidad. Me recuerdo bien. Nunca me acompañó un excesivo amor a la vida, pero sí estaba abierto a cualquier experiencia que arañara mi alma: pintaba, esculpía, hacía puzzles, soñaba, escribía… y oía la radio.

Una tarde de sábado apareció en el dial un tipo argentino con un programa que se alargaba desde las 4 hasta las 7 de la tarde. Era 1991 y el programa se llamaba Jazmines en el Ojal. Aquel tipo era Alberto Cortez  y me enseñó muchas cosas.

Por entonces yo andaba siempre buscando mensajes en cualquier sitio y las canciones eran un buen lugar para ello. Por esta razón, armado de mi viejo casete, grababa todo lo que intuía que me podía gustar. A lo largo de la semana lo cotejaba, lo evaluaba y al final desechaba o me quedaba lo que quería, lo almacenaba y lo escuchaba una y otra vez.

Y resultó que Alberto no era solo el cantante melódico de Las Palmeras o los Castillos en el Aire, resultó que Alberto era un tipo realmente profundo, con un amplio amor a la poesía, a los textos trabajados, al contenido. Y parecía que desde las ondas de la radio me daba la mano para compartir lo mucho que sabía.

Recuerdo el programa que dedicó a Antonio Machado, el que dedicó a Miguel Hernández, a Pablo Neruda, a Almagrande, porque acompañando a sus palabras venían Serrat, Manuel Picón, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Atahualpa Yupanqui, Jorge Cafrune, Chabuca Granda, María Dolores Pradera, Rafael Amor, Facundo Cabral… o Alfredo Zitarrosa.

Me enseñó a escuchar a Gardel, a amar los tangos tristes, a sentir el dolor por la muerte de Victor Jara. Me mostró la Pampa en la que nació, me habló de los perros que jamás le olvidaron, del viento que era un delincuente, de la distancia, del compromiso.

Cuando ya tuve años suficientes y escribí mi primer libro de poemas tuve claro que debía ponerlo en conocimiento de quien, indirectamente, tanto había contribuido a gestarlo. Me armé con la pluma y le escribí una carta que, aunque ya no la tengo, recuerdo que era larga y emocionante. Como no sabía a quién mandárselo lo hice a Antena 3 Radio de Madrid, a la atención del cantante Alberto Cortez. Nunca recibí respuesta.

Pero qué importancia tiene eso ahora, su alma de cantor todavía revolotea en la mía, sus palabras siguen ahí alimentando mi espíritu, su emoción sigue contagiándome y, cuando me cansa la vida, me siguen dando consuelo sus canciones. Ante eso sólo puedo dar las gracias por su generosidad. Desde aquí y a dónde quiera que estés

Hasta siempre querido amigo mío.

Encuentro en el IES Javier García Téllez

El pasado lunes tuve un encuentro muy especial con los alumnos y alumnas del Instituto Javier García Téllez de Cáceres.

Una vez más reconozco el esfuerzo e implicación de esos profesores que luchan para mejorar sus centros, que le roban horas a su tiempo libre para organizar actuaciones, encuentros o actividades culturales que estimulen la sensibilidad y creatividad de sus alumnos.  

Mi agradecimiento en especial para Nuria, que durante todo el tiempo en el que hemos mantenido contacto me ha dado pruebas sobradas de su compromiso con la educación y de su calidad humana.

Y también mi agradecimiento a todos los alumnos y alumnas del Instituto García Téllez (a los que se unieron también los del IES Alqaceres), que me recibieron con tanto cariño y respeto. Tanto los más pequeños, con los que conversé de “Los extraños sucesos del bloque sin ascensor”, como los más mayores que me acompañaron en el recorrido por la historia de Extremadura a través de “Los viajes de Lucas Ventura”.

Gracias a todos vosotros para mí fue un día verdaderamente emocionante.

Los viejos vinilos

Dicen que hay sonidos, olores, incluso sabores, que tienen la capacidad de transportarte al pasado. Hace unos días revisaba con mi hijo la película de Ratatouille. En ella, ya casi al final, un crítico gastronómico muy severo, exigente y estricto, hacía la revisión de un plato que, sin que él lo supiera, había sido elaborado por un chef particular, en concreto por una rata. Cuando el crítico probó la sopa recién servida, tan sólo con la primera cucharada, todos sus parapetos sentimentales se vinieron abajo, su gesto altivo y huraño se derrumbó, mientras su paladar le devolvía a la niñez, frente a una sopa similar puesta amorosamente por su madre. Así me sentí yo hace unos días.

Con quince años la mayoría de los jóvenes de mi generación anhelábamos disponer de una cadena de música. No era tan fácil como ahora, el consumismo no había hecho presa fácil en nosotros y cualquier compra de este tipo tenía primero que ser consensuada con mucha antelación, necesitaba además un largo ejercicio de convencimiento y, con algo de suerte, al fin encontrar alguna oferta que encajara con el escaso presupuesto. En mi caso fue un regalo de fin de curso compartido entre mi hermana y yo.

Durante los siguientes años, no más de ocho o diez, me hice con una buena colección de vinilos, más de cincuenta. Me sorprende, porque aquello significaba un esfuerzo económico que todavía no sé bien cómo pude permitírmelo. Todavía recuerdo la emoción cuando iba a Madrid, a casa de mi abuela o de mi tía, y me pasaba por Madrid Rock, o por La Metralleta, o en mi ciudad por la mítica tienda Harpo, que era toda una referencia de mi juventud.

Los tiempos fueron cambiando y llegó el CD. Aquel soporte que según la publicad de entonces era inalterable, con una calidad de sonido inalcanzable para cualquier vinilo y una capacidad para almacenar música mucho mayor. Y de la noche a la mañana lo nuevo se convirtió en moderno y en unos meses los vinilos desparecieron de las tiendas de discos y los CD’s lo invadieron todo.

En mi casa, mi colección fue poco a poco quedando relegada, primero en una esquina, después en un cajón y luego… quién sabe a dónde fueron a parar.

Casi 25 años después volví a recordarlos, sabía que debían andar en algún lugar perdido de la casa de mis padres o de mi hermana. Los buscaba, sin demasiado entusiasmo al principio, con algo más de dedicación después. Pero no había forma. Parecía como si se los hubiera tragado la tierra. El pasado domingo me propuse hacer una búsqueda concienzuda en los viejos armarios y para mi sorpresa los encontré. Al fondo de un altillo, entre bolsas viejas, libros de texto antiguos y maletas, a punto ya de ser engullidos por la desidia.

Los bajé con cuidado, con una sensación similar a la de estar descubriendo un tesoro, y comencé a revisarlos detenidamente, a reencontrarme con ellos como si fueran viejos amigos. Uno tras otro me provocaban sonrisas, carcajadas, exclamaciones, nostalgias. Releía las carátulas, extraía con cuidado los discos, repasaba las fundas gastadas por mis manos, las fotografías, las letras cuidadosamente impresas, las anotaciones, las dedicatorias…

Me sentía pletórico.

Ya en casa localicé en la cochera la vieja cadena de música de mi mujer. Le quité el polvo. Busqué unos altavoces, igualmente abandonados, y los conecté. Como quien retoma una vieja liturgia, saqué unos de los discos y ante la expectación familiar coloqué la aguja en el vinilo.

Si alguien me llevara a la Edad Media yo mismo sería incapaz de explicar la razón por la que aquel trozo de plástico negro, lleno de pequeños surcos, contenía en sí mismo la música. Mi música. Tras tantos años de silencio aquellos compases volvieron a llenar mi estancia. Quién decía que se escuchaban peor, quién decía que eran menos útiles, quién que estaban destinados a desaparecer. Fui pasando de disco en disco, dejándome llevar, sorprendiéndome de nuevo con aquellas canciones que volvían a sonar una vez más, agitando de nuevo mi alma, cuando ya parecía que nunca más lo harían.

Y, como al crítico de ratatouille, sentí que durante todo ese tiempo mi espíritu había rejuvenecido y se encontraba danzando felizmente en el pasado.

¿Quién toca el Tambor?

En mi novela “Los viajes de Lucas Ventura” había un capítulo dedicado a la batalla de la Albuera, aquel terrible encuentro que enfrentó a los ejércitos franceses y polacos, con los ejércitos españoles, portugueses e ingleses. Entre los retratos que evocan aquellas batallas me llaman la atención la figura de los tamborileros, personajes que se encargaban de alentar a las tropas, de azuzar el sentimiento guerrero, de mantener la esperanza a golpe de redoble. Aún heridos, tan solo con el arma de su tambor,recorrían temerariamente el campo de batalla.

Aquella imagen dejó su eco en los tiempos actuales. Todavía la expresión “suenan los tambores”, se utiliza para indicar que se está alentando algo.

A lo largo del siglo XX los encargados de hacer sonar esos tambores eran, fundamentalmente, los políticos y la prensa. Pero ahora esos papeles, paulatinamente, se están empezando a desdibujar.

La prensa ha dejado de ser el principal motor de información para la gente, sobre todo entre los más jóvenes. La irrupción de las redes sociales, la facilidad y la inmediatez con la que internet pone a nuestra disposición noticias de todo tipo han provocado un cambio, irrevocable, en nuestra forma de entender el mundo.

Ya nadie duda que hay injerencias malintencionadas cuyo principal objetivo es desinformar, inculcar noticias falsas y desestabilizar compañías, regímenes y democracias.

Es algo muy grave, porque es grave todo lo que carece de control,y además la red ha terminado siendo un espejo despiadado de nuestro mundo con sus espléndidas virtudes y sus terribles bajezas, a distancia de un solo clic.

Antes, detrás de la firma de un editorial había una persona o un grupo de personas a quien podías identificar. Por eso, ya hablé en otra entrada de la importancia que tenía el papel del periodista, que se informa,que analiza, que discrimina lo falso de lo que no lo es. Detrás de una arenga estaba el arengador que daba la cara. Detrás del megáfono estaba el mitinero. Pero detrás de una noticia falsa, quién hay, qué busca, qué obtiene a cambio.

Un claro ejemplo de cómo fluye ahora la información ha pasado hace poco en las elecciones de Andalucía, con un partido nacionalista español como Vox, del que apenas se ha había dado pábulo en los medios de comunicación oficiales y que, sin embargo, ha logrado casi 400.000 votos. ¿Cómo llegó su mensaje a la gente? ¿De dónde salieron tantas personas que no sólo sabían de su existencia sino que llegaron a votarles?

No es algo nuevo, el mismo proceso sucedió hace unos años, con la eclosión de Podemos en el panorama político español.

Alguien tocó esos tambores y no fue la prensa tradicional.

Cada vez el poder de ese maremágnum que nos llega a través de las pantallas, como una pesadilla de Orwell, va a ir adquiriendo más importancia. Desde los asuntos más triviales o superficiales (recordad que se eligió a un representante para eurovisión como Rodolfo Chiquilicuatre, promovido por foros de comunicación muy activos como forocoches y similares) hasta lograr tambalearse democracias tan grandes como la de Brasil, o a candidatos tan potentes como Hillary Clinton.

A veces detrás de estas iniciativas existen personas cuyo interés no pasa más allá de hacer una gamberrada o tantear los límites de lo correcto, pero en otros casos los objetivos son mucho más oscuros y preocupantes, porque detrás de ellos existen países financiando grupos especializados en sembrar discordias, alentar falsedades o perseguir la desestabilización, el debilitamiento de los estados, sin importar las consecuencias.

Y cada vez nos resultará más difícil distinguir la verdad de la mentira, sospechar que alguien nos está dirigiendo malintencionadamente, a nosotros, que nos creemos tan libres y tan formados, detectar si no somos más que un leve eslabón manipulado, un borrego con ínfulas de sabiduría bailando al son que nos tocan.

No sé a vosotros, pero el día que vi a miles de personas corriendo por Central Park, en Nueva York, detrás de aquellos pokémons virtuales que aparecían en la pantalla de sus móviles, como si estuvieran persiguiendo gamusinos virtuales, sentí que era una metáfora perfecta de lo que nos espera.

Je suis neardental

Voy a lanzar una teoría a sabiendas de que no tiene ninguna base científica, ni pies ni cabeza, salvo la que ocupa el lugar de la leyenda o el mero pensamiento romántico.

Hace unos pocos miles de años, existían una serie de homínidos repartidos por lo que ahora conocemos como Europa. Desde un antepasado común aquellos hombres habían colonizado su territorio poco a poco, con dificultad, en precario, con el temor de que en un momento determinado llegara un animal, o una enfermedad o una plaga que acabara con ellos. Eran expertos supervivientes.

Uno de estos grupos tenía el cerebro especialmente desarrollado,  no es que sólo fueran sólo inteligentes, eran prácticos, eran hábiles y habían conseguido una mejor adaptación al terreno hasta hacerlo suyo: mejores herramientas, mejores estrategias de caza, mejor alimentación.

Existía otro grupo menos numeroso, menos hábil, con más dificultades para prosperar, con un lenguaje menos desarrollado pero que, a cambio, tenían un mayor componente místico: enterraban a sus muertos desde hacía mucho tiempo y tenían una conexión más espiritual con su entorno.

Resulta que esos dos bloques de homínidos se encontraron en un momento determinado. Se miraron, en un principio con recelo, después con curiosidad, se esquivaron pero a escondidas fueron adentrándose unos en el terreno de los otros, no siempre buscando la guerra, también buscando satisfacer su  inquietud o sus deseos más íntimos. Y de esos encuentros salvajes surgieron nuevos seres que heredaron características de unos y de otros.

Luego llegaría la guerra, porque la guerra es como ese parásito que nos ha acompañado siempre, el ataque al invasor, al diferente, el anhelo de aplastar al más débil. También vinieron las enfermedades, como aves de mal agüero, que pusieron a prueba sus supervivencias hasta que finalmente una de ellas, la más hábil, la mejor alimentada, logró triunfar y los diferentes fueron expulsados, arrinconados a merced del tiempo, del cansancio y la tristeza.  No fue de un día para otro, no fue inmediato, pero me imagino al último de ellos, su soledad, su angustia, honrando en una cueva fría a sus antepasados, dibujando pobremente la silueta de la última mujer de su estirpe que conoció con vida.

Dicen que todos los seres humanos actuales tenemos un tanto por ciento de Neardental en nuestros genes, no sólo los europeos. Tal vez esa sea la razón que explique el hecho de que unos se desenvuelvan tan bien en el terreno práctico, del poder o del dinero, que no escatiman medios para conseguir su fin, mientras otros parecen recorrer el mundo con una tristeza vieja que les anida en el cuerpo, y han de pintar para expresarse, y han de filosofar para buscar el sentido a su existencia, y han de crear música para disimular el sonido del mundo, y han de escribir un verso para burlar su angustia.