¡Qué puta vida!

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Mi padre tiene gallinas. En el campo, en una caseta de hormigón, rodeada de terreno suficiente para que se alimenten y campen a sus anchas.

Su relación con ellas es la habitual de una persona de su edad y educación, no personifica a los animales, los trata bien mientras le son útiles, pero cuando ya no son de provecho los sustituye por otros, sin más. No hay cabida a ningún sentimentalismo.

Hace unos días apareció con un nuevo gallo en la mano. El que tenemos actualmente, me dijo, ya está viejo.

Era un gallo de tamaño pequeño, de la raza americana, con largas plumas en la cola. Ya los hemos tenido en otras ocasiones, son como la mitad de grande que los autóctonos, pero a mí siempre me parece que son más huraños y que suelen tener muy malas pulgas, tanto el macho como la hembra.

Estaba atardeciendo, las gallinas ya se habían resguardado y descasaban de su trajín diario subidas en los palos del gallinero. Unos metros antes de llegar, mi padre me pidió que sujetara al gallo. Lo agarré con cautela por las patas mientras miraba cómo se meneaba de un lado a otro su amenazante pico.

Con mi mano izquierda giré la llave que abría la puerta del gallinero, mientras mi padre tapaba una de las salidas para asegurarse de que el gallo, recién soltado, no pudiera salir huyendo. En la penumbra, las gallinas comenzaron a agitarse intranquilas.

No me resultaba fácil depositar al gallo en el suelo de una forma cuidadosa, aquellas garras y aquel pico de alguna forma me lo impedían, por lo que decidí arrojarlo hacia lo alto y esperar a que él corrigiera el vuelo y tomara tierra de la mejor manera posible. Así pasó.

Una vez que pisó la arena, estiró su cuello, agitó su plumaje, y se fue caminando con curiosa parsimonia hacia una esquina.

En el gallinero habría tal vez unas 10 o 12 gallinas más. Una de ellas, quién sabe si la más curiosa, descendió al suelo, yo pensaba que lo hacía en señal de amistad o de galantería, o por hacer un simple recibimiento. Caminó ufana unos pocos pasos e inmediatamente el gallo recién llegado, con toda la desfachatez del mundo y sin atenerse a ningún manual de buen comportamiento, se lanzó sobre ella y la montó. La gallina, asustada por el ímpetu del forastero, echó a correr por la salida natural del gallinero, que previamente había cerrado mi padre, con lo que se produjo un golpe terrible que la dejó aturdida. El gallo americano, que era un completo sinvergüenza, volvió a aprovechar la circunstancia para montarla de nuevo.

Fueron momentos de desconcierto para todos. El viejo gallo, que había observado todo desde lo alto del gallinero con una mezcla de indignación y asombro, descendió también al ruedo para poner las cosas en su sitio. Tristemente, cuando apenas había dado unos pasos en la dirección del inquilino, éste se le tiró encima con las garras por delante despeluchando y poniendo en retirada al viejo rey que, quién lo iba a decir, sólo unos minutos antes estaba a punto de abrazarse al sueño.

Poco podemos hacer, dijo mi padre, mientras cerraba la puerta del gallinero con llave.

Aún cuando la noche se cerró, podían escucharse los cacareos y carreras que se adivinaban en la oscuridad, al otro lado del huerto.

Una semana más tarde comimos arroz con pollo. Decía mi padre que el gallo viejo ya había vivido bastante y que si se hacen muy mayores la carne no sabe igual.

Mientras, con cierto desagrado, rebañaba uno de los muslos, no podía dejar de pensar en lo que presencié y ante la imagen triste de aquellos huesecillos murmuré: ¡Qué puta vida!

Coup de Soupe

 

Nos es que me guste planchar, ¿a quién le puede gustar planchar? Pero no es de las labores domésticas que más me desagrada. Mientras lo hago, entre planchado y planchado, a veces se me descoca la imaginación y me lo paso en grande. Otras veces aprovecho para reencontrarme con aquellos discos antiguos que ya apenas oigo, devorados por la furia insaciable de las novedades, cada vez más efímeras.

Hoy he escuchado a Coupe de Soupe, un grupo memorable para muchos cacereños de mi generación.

No es fácil saber cuándo uno pasa de la infancia a la adolescencia, pero yo creo determinar de manera tajante cuándo dejé de ser adolescente. Rompí con las amistades de mi infancia y me abracé a las amistades de mi instituto a partir de una excursión que se organizó en la semana santa de 1987. La banda sonora de aquel viaje loco, casi salvaje, fue un viejo casete que el conductor reponía una y otra vez. El disco tenía el extraño nombre de «Sonetos Amorosos Portugueses».

Por entonces la llamada movida madrileña estaba en pleno apogeo y sus sacudidas se hacían notar incluso por estas tierras. Coupe de Soupe era un grupo moderno, la voz de su cantante tenía ese toque bandarra que lo hacía singular y diferente, sus estribillos eran originales y pegadizos, incluso a día de hoy me siguen pareciendo una banda moderna, eran como los Golpes Bajos extremeños, merecían haber tenido mucha más repercusión de la que tuvieron. Todavía me sorprendo cantando cada canción, como si las conociera de toda la vida, como si aquellos botellones quinceañeros en la plaza de Santiago, junto al bar La Chicha, aún se estuvieran produciendo.

La movida cacereña, los sansones del Extremeño, las copas en San Blas, la Gata Flora, El Campesino, La Furriona, El Capitol, el Duque, el Botellón en la plaza, La Madrila… qué se yo… la juventud en fin. Supongo que ahora los jóvenes cacereños tendrán sus lugares de diversión, no quiero pecar de creer que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero a veces, paseando por la otrora bulliciosa Plaza Mayor, no puedo evitar pensar que ya nada es lo que era.

Hace unos cuantos años, tal vez 15 o 16, Coupe de Soupe se reunió en el Gran Teatro para dar un último concierto, por aquel entonces yo hacía la crónica cultural de la Revista Alcántara y tenía un pase de prensa que me permitía acudir a todas las actuaciones. Cuando quise entrar, como otras veces, el maldito revisor de las entradas no me permitió el paso, no tenía ninguna razón para hacerlo y a esas horas era ya imposible conseguir una entrada, por lo que me quedé en la calle. Nunca se lo perdonaré a aquel tipo huraño y malencarado. Me robó no sólo la posibilidad de escribir sobre ellos en la prensa, también impidió que me reencontrara con aquel aprendiz de jovenzuelo que un día fui, cantando por la Plaza de Santiago: ¡Mira la Iglesia se mueve!

 

(rescatado de mi Mirador de Jaralunas)

El frágil equilibrio político

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Existen diferentes caminos para alcanzar un mismo fin. El hombre, en su evolución política, ha planteado diferentes ideologías con la que ha propuesto transformar la sociedad. Doy por hecho que cada una de ellas parte de una buena voluntad en sus orígenes. Hace apenas un siglo muchas de estas ideologías estaban en plena confrontación. En muchos casos se trataba de poner el foco del cambio en las personas, en otros casos en la fortaleza de los estados. Se argumentaba la fortaleza del proletariado unido, o se contraponía la libertad del individuo y la prosperidad del mismo en función de su capacidad y riesgo. Con mayor o menor éxito, de todo ello hemos tenido en los últimos cien años. En mi opinión ha habido ideologías derrotadas, en general las que ocupaban los extremos de esa balanza. Por ejemplo los regímenes comunistas acabaron degenerando en dictaduras, con férreo control de la disidencia, precariedad generalizada y corrupción. En el otro extremo los excesos del liberalismo que se dieron en la época de Reagan o de Margaret Thatcher degeneraron en terribles desigualdades, confrontación, desamparo e injusticia social. En mi opinión a nivel global los mayores avances sociales y económicos han venido de la mano de la Socialdemocracia, un concepto de socialismo surgido en el norte de Europa, con algunos ecos en Sudamérica y que aporta un equilibrio entre el progreso de lo que se ha dado en llamar “Estado de Bienestar” (que agrupa conceptos básicos como la sanidad y la educación pública, el apoyo al desempleo, el cuidado de las pensiones…) y ciertos toques liberales en lo económico que permiten a las empresas ser competitivas. Esa fórmula, con sus defectos, ha funcionado relativamente bien en muchos países, y con sus pequeños matices ha sido llevada a cabo en España tanto por el PSOE como por el PP.

Pero la rueda sigue girando, las ideas se devalúan y muchas veces somos demasiado negativos al criticar lo que somos o lo que hemos llegado a ser. En esa mala percepción de nuestra realidad tiene un papel fundamental la corrupción, como una pesada carga tan extendida que, cualquiera diría, es inherente a la propia naturaleza humana.

En contraposición, o tal vez por el agotamiento del sistema, vuelven a surgir viejos fantasmas de la mano de los populismos y los nacionalismos. Ya he comentado en otras entradas que soy un convencido antinacionalista, me da igual que ese nacionalismo sea español, catalán o vasco. De entrada no puedo evitar mi desagrado ante quien se envuelve tras cualquier bandera.

No me canso de repetir que los nacionalismos y las luchas religiosas están detrás de la mayoría de las guerras que han asolado Europa en los últimos siglos. Y no me resigno a que tengamos que recaer una y otra vez en los mismos errores. En nuestra escarmentada Europa se habían puesto las bases para limitar ese riesgo, fomentando la idea revolucionaria de una Unión Europea donde no sólo se desdibujaban las fronteras, sino que se creaban las bases de un proyecto común. Pocas veces hemos estado tan cerca de conseguir una utopía que hace tan sólo un siglo sería impensable. Se ha puesto mucha voluntad política en el intento, pero los vientos del egoísmo vuelven a golpear con el ansia renovada de levantar los muros y acrecentar las diferencias.

En un breve espacio de tiempo la democracia nos vuelve a poner a prueba y el resultado de estas votaciones determinará nuestro futuro más próximo. El paso de los años me ha demostrado que las cosas por lo general variarán poco, pero también sé que existen riesgos y que en este último siglo, tras algunas elecciones democráticas, surgieron líderes radicales que se encargaron de envenenar el ambiente y de azuzar los bajos instintos de los pueblos. Vivimos en un equilibrio más frágil de lo que a menudo nos creemos y tengo claro que, por más que nos pensemos ciudadanos evolucionados y formados, los pueblos en los que se prende la chispa adecuada del odio y la intolerancia terminan provocando incendios de dolor y muerte.

Alberto Cortez

A la literatura se puede llegar por muchas vías. La normal es leyendo, pero también hay atajos. La sensibilidad cultivada comparte caminos con todas las artes. A mí me empujó a escribir la música, ya lo he contado en otras ocasiones. Y el 5 de abril murió uno de los principales cicerones de ese sendero: Alberto Cortez.

Por entonces apenas estaba empezando a forjar mi personalidad. Me recuerdo bien. Nunca me acompañó un excesivo amor a la vida, pero sí estaba abierto a cualquier experiencia que arañara mi alma: pintaba, esculpía, hacía puzzles, soñaba, escribía… y oía la radio.

Una tarde de sábado apareció en el dial un tipo argentino con un programa que se alargaba desde las 4 hasta las 7 de la tarde. Era 1991 y el programa se llamaba Jazmines en el Ojal. Aquel tipo era Alberto Cortez  y me enseñó muchas cosas.

Por entonces yo andaba siempre buscando mensajes en cualquier sitio y las canciones eran un buen lugar para ello. Por esta razón, armado de mi viejo casete, grababa todo lo que intuía que me podía gustar. A lo largo de la semana lo cotejaba, lo evaluaba y al final desechaba o me quedaba lo que quería, lo almacenaba y lo escuchaba una y otra vez.

Y resultó que Alberto no era solo el cantante melódico de Las Palmeras o los Castillos en el Aire, resultó que Alberto era un tipo realmente profundo, con un amplio amor a la poesía, a los textos trabajados, al contenido. Y parecía que desde las ondas de la radio me daba la mano para compartir lo mucho que sabía.

Recuerdo el programa que dedicó a Antonio Machado, el que dedicó a Miguel Hernández, a Pablo Neruda, a Almagrande, porque acompañando a sus palabras venían Serrat, Manuel Picón, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Atahualpa Yupanqui, Jorge Cafrune, Chabuca Granda, María Dolores Pradera, Rafael Amor, Facundo Cabral… o Alfredo Zitarrosa.

Me enseñó a escuchar a Gardel, a amar los tangos tristes, a sentir el dolor por la muerte de Victor Jara. Me mostró la Pampa en la que nació, me habló de los perros que jamás le olvidaron, del viento que era un delincuente, de la distancia, del compromiso.

Cuando ya tuve años suficientes y escribí mi primer libro de poemas tuve claro que debía ponerlo en conocimiento de quien, indirectamente, tanto había contribuido a gestarlo. Me armé con la pluma y le escribí una carta que, aunque ya no la tengo, recuerdo que era larga y emocionante. Como no sabía a quién mandárselo lo hice a Antena 3 Radio de Madrid, a la atención del cantante Alberto Cortez. Nunca recibí respuesta.

Pero qué importancia tiene eso ahora, su alma de cantor todavía revolotea en la mía, sus palabras siguen ahí alimentando mi espíritu, su emoción sigue contagiándome y, cuando me cansa la vida, me siguen dando consuelo sus canciones. Ante eso sólo puedo dar las gracias por su generosidad. Desde aquí y a dónde quiera que estés

Hasta siempre querido amigo mío.

Encuentro en el IES Javier García Téllez

El pasado lunes tuve un encuentro muy especial con los alumnos y alumnas del Instituto Javier García Téllez de Cáceres.

Una vez más reconozco el esfuerzo e implicación de esos profesores que luchan para mejorar sus centros, que le roban horas a su tiempo libre para organizar actuaciones, encuentros o actividades culturales que estimulen la sensibilidad y creatividad de sus alumnos.  

Mi agradecimiento en especial para Nuria, que durante todo el tiempo en el que hemos mantenido contacto me ha dado pruebas sobradas de su compromiso con la educación y de su calidad humana.

Y también mi agradecimiento a todos los alumnos y alumnas del Instituto García Téllez (a los que se unieron también los del IES Alqaceres), que me recibieron con tanto cariño y respeto. Tanto los más pequeños, con los que conversé de “Los extraños sucesos del bloque sin ascensor”, como los más mayores que me acompañaron en el recorrido por la historia de Extremadura a través de “Los viajes de Lucas Ventura”.

Gracias a todos vosotros para mí fue un día verdaderamente emocionante.

Los viejos vinilos

Dicen que hay sonidos, olores, incluso sabores, que tienen la capacidad de transportarte al pasado. Hace unos días revisaba con mi hijo la película de Ratatouille. En ella, ya casi al final, un crítico gastronómico muy severo, exigente y estricto, hacía la revisión de un plato que, sin que él lo supiera, había sido elaborado por un chef particular, en concreto por una rata. Cuando el crítico probó la sopa recién servida, tan sólo con la primera cucharada, todos sus parapetos sentimentales se vinieron abajo, su gesto altivo y huraño se derrumbó, mientras su paladar le devolvía a la niñez, frente a una sopa similar puesta amorosamente por su madre. Así me sentí yo hace unos días.

Con quince años la mayoría de los jóvenes de mi generación anhelábamos disponer de una cadena de música. No era tan fácil como ahora, el consumismo no había hecho presa fácil en nosotros y cualquier compra de este tipo tenía primero que ser consensuada con mucha antelación, necesitaba además un largo ejercicio de convencimiento y, con algo de suerte, al fin encontrar alguna oferta que encajara con el escaso presupuesto. En mi caso fue un regalo de fin de curso compartido entre mi hermana y yo.

Durante los siguientes años, no más de ocho o diez, me hice con una buena colección de vinilos, más de cincuenta. Me sorprende, porque aquello significaba un esfuerzo económico que todavía no sé bien cómo pude permitírmelo. Todavía recuerdo la emoción cuando iba a Madrid, a casa de mi abuela o de mi tía, y me pasaba por Madrid Rock, o por La Metralleta, o en mi ciudad por la mítica tienda Harpo, que era toda una referencia de mi juventud.

Los tiempos fueron cambiando y llegó el CD. Aquel soporte que según la publicad de entonces era inalterable, con una calidad de sonido inalcanzable para cualquier vinilo y una capacidad para almacenar música mucho mayor. Y de la noche a la mañana lo nuevo se convirtió en moderno y en unos meses los vinilos desparecieron de las tiendas de discos y los CD’s lo invadieron todo.

En mi casa, mi colección fue poco a poco quedando relegada, primero en una esquina, después en un cajón y luego… quién sabe a dónde fueron a parar.

Casi 25 años después volví a recordarlos, sabía que debían andar en algún lugar perdido de la casa de mis padres o de mi hermana. Los buscaba, sin demasiado entusiasmo al principio, con algo más de dedicación después. Pero no había forma. Parecía como si se los hubiera tragado la tierra. El pasado domingo me propuse hacer una búsqueda concienzuda en los viejos armarios y para mi sorpresa los encontré. Al fondo de un altillo, entre bolsas viejas, libros de texto antiguos y maletas, a punto ya de ser engullidos por la desidia.

Los bajé con cuidado, con una sensación similar a la de estar descubriendo un tesoro, y comencé a revisarlos detenidamente, a reencontrarme con ellos como si fueran viejos amigos. Uno tras otro me provocaban sonrisas, carcajadas, exclamaciones, nostalgias. Releía las carátulas, extraía con cuidado los discos, repasaba las fundas gastadas por mis manos, las fotografías, las letras cuidadosamente impresas, las anotaciones, las dedicatorias…

Me sentía pletórico.

Ya en casa localicé en la cochera la vieja cadena de música de mi mujer. Le quité el polvo. Busqué unos altavoces, igualmente abandonados, y los conecté. Como quien retoma una vieja liturgia, saqué unos de los discos y ante la expectación familiar coloqué la aguja en el vinilo.

Si alguien me llevara a la Edad Media yo mismo sería incapaz de explicar la razón por la que aquel trozo de plástico negro, lleno de pequeños surcos, contenía en sí mismo la música. Mi música. Tras tantos años de silencio aquellos compases volvieron a llenar mi estancia. Quién decía que se escuchaban peor, quién decía que eran menos útiles, quién que estaban destinados a desaparecer. Fui pasando de disco en disco, dejándome llevar, sorprendiéndome de nuevo con aquellas canciones que volvían a sonar una vez más, agitando de nuevo mi alma, cuando ya parecía que nunca más lo harían.

Y, como al crítico de ratatouille, sentí que durante todo ese tiempo mi espíritu había rejuvenecido y se encontraba danzando felizmente en el pasado.